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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
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	<title>Blog El Río, Bloguero de Blogs El Espectador</title>
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        <title>Las ciénagas del Bajo Sinú agonizan, y con ellas los pescadores</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/el-rio/las-cienagas-del-sinu-agonizan-ellas-los-pescadores/</link>
        <description><![CDATA[<p>Desde hace medio siglo los impactos humanos sobre las ciénagas en las zonas bajas del río Sinú causan catástrofes ambientales. Los pescadores llevan años intentando recuperarlas. Van más de 80.000 hectáreas perdidas. Por: Daniela Quintero Díaz (@DanielaQuinterd / @BlogElRio) El 15 de mayo de 2003, sobre las 11 de la mañana, el cementerio central de [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p><em>Desde hace medio siglo los impactos humanos sobre las ciénagas en las zonas bajas del río Sinú causan catástrofes ambientales. Los pescadores llevan años intentando recuperarlas. Van más de 80.000 hectáreas perdidas.</em></p>
<figure id="attachment_86405" aria-describedby="caption-attachment-86405" style="width: 3339px" class="wp-caption aligncenter"><img fetchpriority="high" decoding="async" class="wp-image-86405 size-full" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2021/09/El-Torno_41448342.jpg" alt="" width="3339" height="1873" /><figcaption id="caption-attachment-86405" class="wp-caption-text">Desde el 2013 los pescadores artesanales del Bajo Sinú han recuperado las tradiciones de los indígenas zenúes para adaptarse a las dinámicas de las ciénagas. Las inundaciones y sequías se han vuelto más extremas. / Gustavo Torrijos</figcaption></figure>
<p><strong>Por: Daniela Quintero Díaz (@DanielaQuinterd / @BlogElRio)</strong></p>
<p>El 15 de mayo de 2003, sobre las 11 de la mañana, el cementerio central de Lorica (Córdoba) se llenó de gritos y llantos. Cerca de diez mil familias de pescadores que vivían en las inmediaciones de la Ciénaga Grande del Bajo Sinú llegaron en una procesión. Sobre sus hombros cargaban un ataúd construido con las tablas de una vieja canoa que llevaba a un enorme bocachico. Se trataba, expresaron, de la muerte simbólica de este pez que durante años les quitó el hambre, pero que ya no estaba llegando a las ciénagas.</p>
<p>¿Por qué? La escasez de bocachico, señalaban (e insisten todavía), se debe en parte a la barrera puesta por la hidroeléctrica Urrá I en la parte alta del río Sinú, con una altura de 73 metros, que impide que estos peces migratorios suban hasta sus lugares de reproducción y que sus huevos fecundados viajen con las aguas del río hacia las partes bajas, donde están las ciénagas, y donde nuevas generaciones de bocachicos se alimentan y crecen, fuente de comida para las familias aledañas. (Puede leer: <a href="https://blogs.elespectador.com/actualidad/el-rio/la-nueva-propuesta-mejorar-la-gestion-del-agua-colombia" target="_blank" rel="noopener noreferrer">La nueva propuesta para mejorar la gestión del agua en Colombia</a>)</p>
<p>Hace un mes, mientras gran parte de los ojos del país estaban puestos sobre la emergencia que causó el desbordamiento del río Cauca en La Mojana, algunos kilómetros más hacia la costa Caribe, las lluvias y el desbordamiento del río Sinú afectaban también las zonas rurales de Córdoba, principalmente en Lorica. La fuerza del Sinú abrió dos puntos de desbordamiento en menos de 12 horas y dejó a 170 familias inundadas y más de 1.000 hectáreas de cultivos destruidas. Sin embargo, con el agua llegó una buena noticia para los pescadores: el río pudo colonizar esos espacios a los que hace un tiempo llegaba y, entonces, volvieron a ver los alevinos de bocachicos.</p>
<figure id="attachment_86408" aria-describedby="caption-attachment-86408" style="width: 1200px" class="wp-caption aligncenter"><img decoding="async" class="wp-image-86408 size-full" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2021/09/Imagen4.jpg" alt="" width="1200" height="900" /><figcaption id="caption-attachment-86408" class="wp-caption-text">Las pesquerías continentales se han reducido cerca de un 80% en Colombia. / Foto: Cortesía Fundación del Sinú.</figcaption></figure>
<p>“El deterioro de los espejos de agua ha hecho que ya no haya zonas de amortiguamiento ni playones. Y la especie que más se ha adaptado a eso es la tilapia, que no es natural, es exótica, introducida a nuestro medio. Esa es la que nos ha mantenido un poquito el nivel alimentario nuestro”, asegura Enildo Cantero, presidente de la Federación de Pescadores Artesanales del departamento de Córdoba. “Pero con este invierno, cuando se desbordan las quebradas y hay abundancia de agua, llega el bocachico. Y en estas semanas hemos visto cientos de alevinos”. (Le puede interesar: <a href="https://blogs.elespectador.com/actualidad/el-rio/este-libro-una-carta-amor-colombia-wade-davis" target="_blank" rel="noopener noreferrer">“Este libro es una carta de amor a Colombia”: Wade Davis</a>)</p>
<p>Pese a las incertidumbres sobre los impactos de Urrá que permanecen en las comunidades, lo cierto es la agonía del Complejo Cenagoso del Bajo Sinú, declarado área protegida en la categoría de Distrito de Manejo Integrado (es decir, con uso sostenible de los recursos naturales), tiene varios orígenes. Muchos vienen desde hace más de medio siglo.</p>
<h2>Los errores históricos</h2>
<figure id="attachment_86407" aria-describedby="caption-attachment-86407" style="width: 900px" class="wp-caption aligncenter"><img decoding="async" class="wp-image-86407 size-full" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2021/09/Imagen5.png" alt="" width="900" height="592" /><figcaption id="caption-attachment-86407" class="wp-caption-text">Playones de ciénaga en época de sequía. / Foto: Cortesía Fundación del Sinú</figcaption></figure>
<p>En la década de los 50 empezaron los tropiezos que tienen hoy a las ciénagas del Sinú en cuidados intensivos. Uno de los primeros impactos vino de la construcción de vías que buscaban conectar a comunidades como Montería-Medellín, Montería Arboletes, Montería-Lorica o Cereté-Lorica. Muchas de estas fueron construidas sobre las ciénagas y los terraplenes levantados taponaron los caños que unían a la Ciénaga Grande del Bajo Sinú con el río. Los niveles de agua comenzaron a reducirse, y grandes extensiones de tierras fértiles se despejaron. “A medida que estos pueblos se fueron desarrollando, los hacendados empezaron a perfilar en épocas de verano aquellos sitios por donde podían hacer caminos y carreteras”, asegura el investigador Víctor Negrete, fundador de la Fundación Sinú y quien ha dedicado su vida a estudiar los conflictos sociales y ambientales del departamento de Córdoba. “Cuando las aguas se recogían, corrían las cercas a las zonas secas, y cuando regresaba el invierno las cercas estaban metidas en el agua, entonces empezaban a desecar, a abrir canales, a levantar terraplenes y a rellenar hasta ese punto, afectando profundamente el curso del agua”, explica. Incluso, agrega, el Gobierno Nacional, hasta bien entrado el siglo pasado, seguía considerando que estas ciénagas eran “charcos de agua”, que producían mosquitos y podían ocasionar enfermedades, por lo que los tapaban.</p>
<p>El segundo gran impacto, dice Negrete, se dio a finales de la década de los sesenta y principios de los setenta, cuando el Instituto Colombiano de Reforma Agraria (Incora) desecó más de 12 mil hectáreas de ciénagas en la zona del Sinú Medio, generando un lío de titulación y tierras que permanece hasta hoy. Los territorios desecados y “baldíos” fueron entregados a campesinos sin tierra. “Actualmente estamos solicitando que se cumpla la Sentencia T-124 de 1999, que dice que lo público vuelva a ser público, y se recuperen los territorios secados de las ciénagas para que vuelvan a ser lo que son: cuerpos de agua”, afirma el líder pescador.</p>
<p>El tercer período llegó con el acaparamiento sin contemplación, entre la década de los ochenta y noventa, con el afán por secar los humedales total o parcialmente, a lo que se sumó —señala el experto— la “desprotección por parte de las entidades gubernamentales y la indiferencia o impotencia de las comunidades”. Este fenómeno ha sido imparable hasta la actualidad, en donde además de ganadería extensiva, los humedales han sido colonizados por búfalos, que alcanzan a destruir lugares a los que las vacas no llegaban. Negrete, quien desde los años 70 recorre las zonas rurales de Córdoba haciendo un seguimiento al deterioro de las ciénagas, ha visto cómo ha cambiado el paisaje. En total, calculó hace casi diez años, de las 140.000 hectáreas de humedales que se conocían en el departamento, se habían perdido más de 80.000. Eso, explica, sin tener en cuenta las aguas subterráneas. (Le recomendamos: <a href="https://www.elespectador.com/ambiente/cartagena-se-esta-hundiendo/" target="_self" rel="noreferrer noopener">Cartagena se está hundiendo</a>)</p>
<figure id="attachment_86410" aria-describedby="caption-attachment-86410" style="width: 1333px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-86410 size-full" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2021/09/ipiccy_image.jpg" alt="" width="1333" height="2000" /><figcaption id="caption-attachment-86410" class="wp-caption-text">Pérdida de fuentes de agua en Cereté entre 1950 y 2005. / Mapa cortesía Fundación del Sinú.</figcaption></figure>
<p>Hace 22 años, cuando hasta ahora empezaba a hacerse visible la pérdida de las ciénagas por desecamiento, la Corte Constitucional, a través de la sentencia que mencionaba el pescador, ordenó a personeros, alcaldes y concejales de 14 municipios de la zona (como Montería, Lorica, San Carlos y Cereté) “suspender toda obra de relleno y desecación de pantanos, lagunas, charcos, ciénagas y humedales en el territorio de sus municipios”. También instaurar acciones para recuperar el dominio público de esas áreas que pertenecían a los cuerpos de agua, pero que fueron desecadas y apropiadas por particulares, y dar prioridad a la recuperación de los humedales. A la Gobernación de Córdoba se le ordenó, por su parte, que coordinara y garantizara el cumplimiento de tales tareas por parte de los municipios. Hasta ahora, aseguran los habitantes de la región, poco o nada ha pasado.</p>
<p>En 2005, la Defensoría lanzó una resolución para hacer cumplir la mencionada sentencia, pero solo hasta hace unas semanas, 15 años después y tras la presión de las comunidades, empezaron las reuniones. Al cierre de esta edición, estaba teniendo lugar la tercera. “Entregamos un pliego de peticiones y esperamos que nos entreguen buenas noticias. Que la Agencia Nacional de Tierras nos entregue claridad sobre las tierras de los campesinos y humedales en Córdoba”, insiste Cantero.</p>
<h2><strong>Recuperando las tradiciones y la ciénaga</strong></h2>
<figure id="attachment_86409" aria-describedby="caption-attachment-86409" style="width: 2200px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-86409 size-full" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2021/09/Imagen3.jpg" alt="" width="2200" height="1650" /><figcaption id="caption-attachment-86409" class="wp-caption-text">Comunidades de pescadores artesanales han empezado a impulsar proyectos para la restauración de las ciénagas del Bajo Sinú. / Foto: Cortesía Fundación del Sinú</figcaption></figure>
<p>“Cuando yo era niño alcancé a disfrutar de las bondades y la riqueza de la ciénaga. Era un sitio lleno de fauna y flora, y mucha diversidad. Veía cómo mi abuelo tiraba una atarraya a un caño y la sacaba con muchas especies de peces, y era feliz”, cuenta Juan Coneo, vocero de Asoprapur, la Asociación de Productores, Pescadores, Agricultores y Artesanos Agroecológicos de Purísima. (Le puede interesar: <a href="https://blogs.elespectador.com/actualidad/el-rio/colombia-tendra-una-comision-accidental-del-agua-se-trata" target="_blank" rel="noopener noreferrer">Colombia tendrá una Comisión Accidental del Agua. ¿Por qué es un paso muy importante?</a>)</p>
<p>También recuerda ver a sus padres y a sus abuelos sembrando patilla, frijol, maíz y habichuelas. Conocían el ciclo y los movimientos del agua, habían desarrollado habilidades casi anfibias. “Como si tuvieran un calendario sabían de memoria las épocas de sequías e inundaciones. Cuando las tierras fértiles quedaban expuestas sembraban alimentos, cuando se inundaban hacían las faenas de pesca. Pero esas dinámicas fueron cambiando cuando empezaron las construcciones de la represa. Ahora se inunda cuando desde allá sueltan agua y se seca cuando la retienen. Esas transiciones naturales que conocíamos se perdieron, y no pudimos saber más cuándo sembrar”, afirma. &#8220;Empecé a sentirme como un hijo de campesinos sin tierra y de pescadores sin agua”.</p>
<p>Por eso, tras las graves inundaciones de 2010 y 2011, las comunidades campesinas y de pescadores artesanales iniciaron un nuevo proyecto. A punta de palas, picas y carretillas empezaron a sacar tierra al borde de los caños y las ciénagas. Buscaban replicar el modelo de sus ancestros, los zenúes, que crearon un sistema de canales y drenajes capaces de regular y distribuir el agua. Se trató de la obra hidráulica más extensa y sofisticada de Latinoamérica. Era, explica Coneo, un modelo en el que, sin intervenir el flujo natural del sistema hídrico, “lograron tener una vida digna y suplir sus necesidades básicas, como la alimentación y la vivienda”. Entre 2013 y 2019 ellos  hicieron lo mismo y hoy, asegura, este proyecto es la muestra de que esta adaptación está funcionando.</p>
<p>Además, crearon el movimiento social “El Agua Contando Historias”, en donde reúnen las voces de quienes habitan las ciénagas para contar lo que han vivido, y las afectaciones que han visto en estos ecosistemas en las últimas décadas. Al visibilizarlos esperan que puedan terminar en decisiones que generen cambios.</p>
<p>“Mucha gente no ha entendido que la pérdida de estos humedales no se trata solo del agua física. Sino que hay una comunidad que pierde gran parte de lo que sabe y conoce. Desaparecen no solo los peces, sino las aves, los reptiles, y los mamíferos. Se pierden árboles maderables, ornamentales, medicinales. La alimentación cambia, la movilidad cambia, el lenguaje cambia”, afirma Negrete. En sus cuentas, se han perdido casi 500 palabras, entre nombres comunes de plantas, animales, enseñanzas y temas musicales que ya no se utilizan.</p>
<p>Por la dinámica natural de esta zona, las ciénagas y sus tierras aledañas seguirán inundándose. Lo cierto es que las comunidades de pescadores artesanales, campesinos e indígenas de estos territorios han empezado a implementar modelos basados en el legado de sus ancestros para adaptarse.</p>
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        <author>Blog El Río</author>
                    <category>El Río</category>
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        <pubDate>Fri, 24 Sep 2021 01:48:02 +0000</pubDate>
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        <title>“Este libro es una carta de amor a Colombia”: Wade Davis</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/el-rio/este-libro-una-carta-amor-colombia-wade-davis/</link>
        <description><![CDATA[<p>Wade Davis, el reconocido antropólogo y etnobotánico, recorrió durante 5 años el río Magdalena escuchando a comunidades, reconstruyendo la historia del país y tratando de comprender su compleja geografía. Hace poco publicó el libro que resume esa travesía: Magdalena. Historias de Colombia.  Por: Daniela Quintero Díaz (@DanielaQuinterd / @BlogElRio) Fotos: Cortesía Xandra Uribe y Wade [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p><em>Wade Davis, el reconocido antropólogo y etnobotánico, recorrió durante 5 años el río Magdalena escuchando a comunidades, reconstruyendo la historia del país y tratando de comprender su compleja geografía. Hace poco publicó el libro que resume esa travesía: Magdalena. Historias de Colombia. </em></p>
<figure id="attachment_86030" aria-describedby="caption-attachment-86030" style="width: 4032px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-86030 size-full" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2021/09/chingaza-2.jpg" alt="" width="4032" height="3024" /><figcaption id="caption-attachment-86030" class="wp-caption-text">Wade Davis recorrió por cinco años la cuenca del Magdalena. En la foto se encuentra visitando el PNN Chingaza. / Xandra Uribe</figcaption></figure>
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<p><strong>Por: Daniela Quintero Díaz (@DanielaQuinterd / @BlogElRio)</strong><br />
<strong>Fotos: Cortesía Xandra Uribe y Wade Davis</strong></p>
<p>La primera vez que Wade Davis pisó Colombia tenía 14 años. Su madre, una profesora en Canadá, había hecho todos los esfuerzos para mandarlo a estudiar español, “el idioma del futuro”. Mientras sus compañeros de viaje canadienses se instalaron en los barrios más ricos de Cali, Davis llegó a una casa de campo en las montañas de Dapa, un pequeño corregimiento del municipio de Yumbo, en el Valle del Cauca. Allí, cuenta, lo recibieron con la calidez de una familia típica colombiana. Un padre tranquilo y cariñoso, una madre que siempre estaba esperando por él, una abuela amante de su jardín de flores y unos hermanos alcahuetas que le permitieron darse cuenta de que había encontrado su lugar en el mundo.</p>
<p>Luego de volver a su país, y de convertirse en un antropólogo cansado de leer sobre los indígenas en sus libros de Harvard, decidió cruzar una vez más el continente para llegar al Amazonas colombiano. Siguiendo los pasos de Richard Evans Shultes, un legendario explorador y botánico que dedicó gran parte de su vida a estudiar nuestra selva, publicó en el año 2002 El río, su primera obra sobre Colombia.</p>
<p>Mientras el país firmaba el Acuerdo de Paz, en un período de optimismo y esperanza, nació la idea de hacer un nuevo libro. Uno que contara la historia (y las historias) de un país único, atravesado por la guerra, que empezaba a renacer. Durante cinco años Davis se dedicó a recorrer en moto las trochas y las veredas, a ponerse las botas de caucho para subir a páramos y montañas, a andar por los caminos de los arrieros a lomo de mula y a navegar por los brazos y ciénagas del Magdalena, viendo en el río el reflejo del espíritu de Colombia.</p>
<figure id="attachment_86032" aria-describedby="caption-attachment-86032" style="width: 4032px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-86032 size-full" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2021/09/cienaga-tabacuru.jpg" alt="" width="4032" height="3024" /><figcaption id="caption-attachment-86032" class="wp-caption-text">Para Wade Davis, el libro &#8220;Magdalena. Historias de Colombia&#8221; es una carta de amor para un país que fue la fundación de su vida. / Foto: Xandra Uribe</figcaption></figure>
<p><em>Magdalena. Historias de Colombia</em> (sello editorial Crítica), como tituló su última obra, es un viaje por más de 1.500 kilómetros desde el macizo colombiano hasta Bocas de Ceniza, que pasa por nuestros períodos de Conquista e Independencia, de esclavitud y de palenques, por las caucherías del Amazonas y José Eustasio Rivera, por las épocas más oscuras del conflicto y la violencia, y por la sabiduría de las comunidades ancestrales que son ejemplo de respeto por la naturaleza. Todo está conectado por el gran río. (Le recomendamos: <a href="https://blogs.elespectador.com/actualidad/el-rio/fragmento-del-libro-magdalena-historia-colombia-wade-davis" target="_blank" rel="noopener noreferrer">Fragmento del libro «Magdalena. Historia de Colombia» de Wade Davis</a>)</p>
<p>Como él afirma, el libro es una carta de amor para un país que fue la fundación de su vida. “Colombia”, dice, “es un regalo del río Magdalena. Y el río Magdalena es la historia de Colombia”.</p>
<figure id="attachment_86036" aria-describedby="caption-attachment-86036" style="width: 4032px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-86036 size-full" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2021/09/con-mamos-en-bocas.jpg" alt="" width="4032" height="3024" /><figcaption id="caption-attachment-86036" class="wp-caption-text">Wade Davis con el Mamo Camilo y Jaison Pérez Villafaña en Bocas de Ceniza. / Foto: Xandra Uribe.</figcaption></figure>
<p><strong>¿Por qué el río Magdalena?</strong></p>
<p>Algo muy curioso es que cuando presentamos al mundo la riqueza de Colombia solemos hablar de los ríos y los bosques del Amazonas. Los ríos Caquetá, Putumayo, Vaupés y Guaviare. Y nos olvidamos que el río más importante es el Magdalena. Es como si hubiera una amnesia generalizada sobre el río en el que no solo viven cuatro de cada cinco colombianos, el corredor del comercio y la fuente del 80 % de ingresos de la nación, sino el que también es la fuente de la cultura colombiana. La madre de los 1.025 ritmos musicales de Colombia.</p>
<figure id="attachment_86027" aria-describedby="caption-attachment-86027" style="width: 1488px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-86027 size-full" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2021/09/Un-pescador-en-la-ciénaga-de-Tabacurú-una-de-cientos-que-hay-en-la-parte-baja-del-río-Magdalena..jpg" alt="" width="1488" height="1002" /><figcaption id="caption-attachment-86027" class="wp-caption-text">&#8220;Cuando yo estuve viajando por la cuenca durante cinco años siempre hubo un tema muy profundo, desde los pescadores, hasta los poetas, hasta los políticos, y era que para limpiar nuestra alma y para alcanzar un sueño nuevo de país teníamos que limpiar el río. Es que el río es el país y el país es el río&#8221;, Wade Davis. / Foto: Wade Davis.</figcaption></figure>
<p><strong>Para los que vivimos en el centro o en las grandes ciudades el río no ha sido tan cercano a nosotros. Nos hemos acostumbrado a darle la espalda. Sin embargo, el libro nos muestra cómo todo está interconectado&#8230;</strong></p>
<p>Siempre he dicho que la geografía de un país traza su propio destino. Y gran parte de los desafíos de Colombia se deben a su topografía, que es casi imposible. En el siglo XIX, cuando Bogotá era llamada la Atenas de Suramérica, todo lo que entraba a la capital -la maquinaria, los objetos de valor, los pianos, todo- tenía que llegar cargado a lomo de mulas. Esas mulas y sus arrieros recorrían caminos entre las montañas que eran como cordones umbilicales que conectaban a las ciudades con el río Magdalena, y que les permitieron a los colombianos establecerse en una tierra de montañas. Por muchos años las ciudades principales de Colombia se conectaron con el mundo a través del río Magdalena, pues era la única forma en la que los productos colombianos podían salir del país, y otros podían llegar a Colombia. Pero lo curioso es que para los colombianos se trataba más como de una frontera, y no de una arteria principal y la conexión con el resto del mundo, que es como lo vemos desde afuera. (Le puede interesar: <a href="https://blogs.elespectador.com/actualidad/el-rio/colombia-tendra-una-comision-accidental-del-agua-se-trata" target="_blank" rel="noopener noreferrer">Colombia tendrá una Comisión Accidental del Agua. ¿Por qué es un paso muy importante?</a>)</p>
<p><strong>¿Esa geografía casi imposible de Colombia es también lo que lo hace un país único?</strong></p>
<p>Esa geografía es la que hace a Colombia el país más diverso en el mundo, ecológicamente hablando. No hay lugar en el país que quede a más de un día de cada nicho ecológico conocido en la Tierra. Solo en Colombia se puede pasar por una costa desértica, caminar por humedales tan brillantes como el cielo, ver cómo los bosques tropicales se unen con los valles vírgenes templados, encontrarse con una selva amazónica sinfín y llegar a las planicies eternas de los Llanos. Es un territorio bucólico que nunca encontrarías en el Viejo Mundo. Y lo más bello es que esa diversidad de su topografía y geografía encontraron su espejo perfecto en el espíritu de Colombia. Por momentos plácido y calmo, en otros tiempos explosivo y violento, como una montaña que se sacude y se desmorona al mar.</p>
<figure id="attachment_86038" aria-describedby="caption-attachment-86038" style="width: 4032px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-86038 size-full" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2021/09/Honda.jpg" alt="" width="4032" height="3024" /><figcaption id="caption-attachment-86038" class="wp-caption-text">Wade Davis tomando apuntes para su último libro en Honda, al lado del Río Magdalena. / Foto: Xandra Uribe.</figcaption></figure>
<p>Para mí, Gabriel García Márquez, que regaló al mundo y a la literatura el realismo mágico, más que un escritor de ficción, fue un periodista que se dedicó toda su vida a escribir lo que vio. Lo maravilloso fue que vivió en un país en donde el cielo y la tierra convergen de manera regular para revelar destellos de lo divino. Esto es lo que hace a Colombia tan hermosa y tan sublime, la riqueza de los paisajes y la belleza de su diversidad. Es como si la cordillera de los Andes, tras levantarse, se encontrara con el espíritu colombiano y se detuviera. No puede llegar más allá. Entonces se condensa en este accidentado nudo de montañas, el Macizo colombiano, desde donde nacen las cinco arterias fluviales más importantes del país: los ríos Magdalena, Cauca, Putumayo, Caquetá y Patía; y las tres cordilleras que corren y se desvanecen hacia el norte.</p>
<p>Cuando caminas los antiguos caminos precolombinos que cruzan el macizo hay un punto en el que, dependiendo del lado del Magdalena en el que estés, puedes literalmente estirar un brazo y tocar el nacimiento de la cordillera Oriental. O con la otra mano tocar el nacimiento de la cordillera Central. Es increíble, porque de verdad puedes tocar los orígenes geográficos de la que yo creo que es la nación más maravillosa del planeta.</p>
<p><strong>El recorrido por el libro es también una muestra de la violencia que el país ha atravesado durante su historia…</strong></p>
<p>Todos los grandes ríos se convierten en metáforas de la historia de la nación. Y, en muchas formas, el Magdalena ha visto y ha vivido todos los capítulos de la historia de Colombia. Por eso el título del libro es Magdalena: historias de Colombia, porque más allá de mostrar el río, estuve tratando de encontrar colombianos que tenían algo que decir, y que el mundo tenía que escuchar y entender. Mi intención fue tratar de presentar una imagen de Colombia distinta. Claro que ha habido 50 años de conflicto, claro que hay 260.000 muertos y siete millones de desplazados. Los ríos y las quebradas se llenaron de sangre, y el río Magdalena se convirtió en el cementerio más grande del país. Pero Colombia es mucho más que eso. Es un país de colores y cariño.</p>
<p>Lo que también hay que gritarle al mundo es que ese conflicto de 50 años fue totalmente un conflicto por la cocaína, y que la responsabilidad sobre eso la tiene el resto del mundo.</p>
<p>Ya vimos que la guerra contra las drogas no funcionó, y que solo resultó en más cultivos y más personas consumiendo como nunca antes. Para mí, la salida está en descriminalizar las hojas de coca y crear un mercado sobre lo benigno, lo nutritivo, que ha sido usado por más de 500 años por las comunidades indígenas sin evidencia de toxicidad o adicción. El problema que tenemos con la guerra contra las drogas es que ninguno de los lados quiere que se acabe, ni los carteles ni los oficiales antidrogas de Estados Unidos.</p>
<figure id="attachment_86046" aria-describedby="caption-attachment-86046" style="width: 4032px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" class="size-full wp-image-86046" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2021/09/puerto-wilches.jpg" alt="" width="4032" height="3024" /><figcaption id="caption-attachment-86046" class="wp-caption-text">Wade Davis, Juan Gonzalo Betancur y Xandra Uribe en Puerto Wilches, Santander. / Foto: Cortesía</figcaption></figure>
<p><strong>¿Ese río al que le hemos dado la espalda y hemos contaminado, pero sigue corriendo en búsqueda de vida, podría ser también una muestra de la resiliencia de los colombianos?</strong></p>
<p>Sin duda solo los colombianos podrían sobrevivir a un conflicto así de duro. Para mí es impresionante ver cómo con medio siglo de guerra el país ha logrado mantener su democracia, su sociedad civil, su cuidado y conservación de la naturaleza con tantos Parques Nacionales Naturales. Creo que con el río pasa lo mismo. Durante toda nuestra historia ignoramos el río, y en los tiempos más oscuros del conflicto lo convertimos en el cementerio de la nación. Sin embargo, él siempre siguió corriendo, como un río de vida, y nunca nos abandonó. Nos dio en cambio la pulla, la cumbia, la tambora, la cultura, la literatura, la poesía, la oración. Ya es momento también de devolverle eso al río y dejar que se depure de todo lo que lo ha mancillado.</p>
<p><strong>Aunque por años los científicos y las comunidades llevan diciéndonos que somos un país de agua, un país anfibio, parece que aún no hemos aprendido lo que significa. Actualmente hay muchas propuestas que podrían afectar el Magdalena. ¿Cómo conectar esos conocimientos con quienes toman las decisiones?</strong></p>
<p>Gran parte de la grandeza del Magdalena es que es un río funcional, de trabajo, y siempre lo ha sido. Es la fuente de la energía que ilumina a las grandes ciudades de Colombia, y de recursos que se necesitan para la economía. Aunque Colombia tiene que compensar sus necesidades, es importante que esas necesidades tengan en cuenta que la preservación es la esencia de este país. Hay que encontrar un punto medio, un balance. El problema con las represas del Magdalena, por ejemplo, es que no fueron pensadas para permitir la migración de peces, y eso es increíble. En términos de planes futuros, los colombianos tendrán que decidir si lo que quieren es responder a intereses de grandes empresas que quieren construir 12 represas en el Magdalena o conservar su patrimonio más grande, que también le ayudará a compensar sus necesidades.</p>
<p><strong>El libro dice que el atributo más grande de Colombia es su naturaleza, ¿por qué?</strong></p>
<p>Colombia, más que ninguna otra nación, fue concebida con una visión desde la naturaleza. Simón Bolívar odiaba a los españoles, pero lo que más odiaba era su falta de voluntad para permitir que las colonias prosperaran, basada en un modelo extractivo en el que sacaron, sacaron y sacaron. Esa violación del paisaje se convirtió en un sinónimo de los personajes rapaces de España, por lo que, contrariamente, Bolívar vio en la protección de los paisajes la esencia de Colombia. Y eso lo aprendió de Alexander von Humboldt. Para Bolívar, la riqueza natural de la nación era una expresión de vitalidad, de libertad y de independencia. Y desde ahí están los cimientos de este país.</p>
<figure id="attachment_86045" aria-describedby="caption-attachment-86045" style="width: 4032px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-86045 size-full" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2021/09/la-mina-antioquia-1.jpg" alt="" width="4032" height="3024" /><figcaption id="caption-attachment-86045" class="wp-caption-text">Wade Davis en La Mina, Antioquia, junto a una estatua de Simón Bolívar. / Foto: Xandra Uribe.</figcaption></figure>
<p>Recuerdo un personaje que me gustó mucho en el libro: Morita, el guardián de los manatíes. Era un hombre muy humilde y trabajador que se enamoró de los manatíes y se convirtió en su protector. Los quería tanto que los buscaba y los cuidaba en tiempos de sequía, si estaban en riesgo los protegía, y eran también su fortaleza cuando tenía que enfrentarse a los actores del conflicto. Una vez, alrededor de una ciénaga muy pequeña, me contó que trabajando con los alumnos de un colegio de su pueblito encontraron allí 75 especies de mariposas, todas distintas. Me pareció increíble. En Canadá, mi país, que es enorme, tenemos quizás 150 o 200, y ustedes tienen 75 ahí mismo. Y él me respondió algo que me encanta. Me dijo: “Hermano, tiene que entender que en Colombia las mariposas son sencillamente una flor que puede volar. Por eso tenemos tantas”. Para mí esa es la esencia de este país.</p>
<figure id="attachment_86037" aria-describedby="caption-attachment-86037" style="width: 4032px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-86037 size-full" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2021/09/con-Morita-Cienaga-de-Paredes.jpg" alt="" width="4032" height="3024" /><figcaption id="caption-attachment-86037" class="wp-caption-text">Wade Davis con Jose “Morita” Manuel Zapata, el cuidador de los manatíes, en la Ciénaga de Paredes. / Foto: Xandra Uribe</figcaption></figure>
<p><strong>¿Cómo podemos volver a conectar a Colombia con el río que le dio vida?</strong></p>
<p>En los cinco años que duré recorriendo la cuenca, una de las cosas que más me sorprendió fue que cada persona con la que hablaba me transmitía la misma idea. Me decían: para limpiar nuestras almas tenemos que limpiar el río, y para limpiar el río tenemos que limpiar nuestras almas. Y esa no era una expresión que iba buscando, sino que me la entregó cada persona que conocí. Una idea de limpiar un río como símbolo de resiliencia y del renacimiento a una nación.</p>
<p>Limpiar el río no es tan difícil. El río Hudson, al lado de Nueva York, o el río Temes, en Londres, estaban hace unos años mucho más dañados que el río Magdalena. Estaban totalmente muertos. No había ninguna percepción de vida. Pero se pusieron en la tarea de recuperarlos, y lo lograron. Los ríos tienen una capacidad de recuperarse enorme, entonces, si queremos limpiar el Magdalena lo que tenemos que hacer es dejar de arrojarle toda la basura y la mierda al río.</p>
<figure id="attachment_86028" aria-describedby="caption-attachment-86028" style="width: 1494px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-86028 size-full" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2021/09/Atardecer-en-el-Magdalena-río-arriba-de-La-Gloria..jpg" alt="" width="1494" height="1006" /><figcaption id="caption-attachment-86028" class="wp-caption-text">Atardecer en el Río Magdalena, aguas arriba de La Gloria. / Foto: Wade Davis</figcaption></figure>
<p>Lo que a mí me parece clave en el Magdalena es que entendamos que el río es como el corazón del país, y que limpiarlo no es solo un tema ambiental, sino un acto patriótico. Si los ríos, las ciénagas, los páramos y los bosques son la riqueza del país, quienes los están dañando están atentando contra el país mismo. Si eso se entendiera, quizá podríamos conseguir la ayuda de todos los colombianos, campesinos, pescadores, del norte, centro y sur del país, de izquierda, de derecha. Porque todos los colombianos sienten amor por su país. Como me lo dijo alguna vez el mamo Camilo, de la comunidad arhuaca de la Sierra Nevada de Santa Marta: “La paz no vale nada si es solamente una manera en la que los varios lados del conflicto se unen para mantener una guerra contra la naturaleza”. Hoy, tras el Acuerdo de Paz, Colombia tiene una oportunidad única de tomar decisiones, basadas en el conocimiento científico, sobre el destino de su naturaleza y de sus tierras, a las que durante años no se pudo acceder por el conflicto.</p>
<p><iframe loading="lazy" title="Trailer libro Magdalena. Historias de Colombia de Wade Davis" width="500" height="281" src="https://www.youtube.com/embed/5kdvi68jmpM?feature=oembed" frameborder="0" allow="accelerometer; autoplay; clipboard-write; encrypted-media; gyroscope; picture-in-picture; web-share" referrerpolicy="strict-origin-when-cross-origin" allowfullscreen></iframe></p>
<p><em>Video: Cortesía. Realizado gracias al apoyo de la Embajada de Canadá en Colombia y a la editorial Planeta. Crédito: Cauca, Atlas de los Andes, 2014 @camiloechavarría_</em></p>
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        <author>Blog El Río</author>
                    <category>El Río</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=86026</guid>
        <pubDate>Sun, 05 Sep 2021 00:22:13 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[“Este libro es una carta de amor a Colombia”: Wade Davis]]></media:description>
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            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>Descubriendo peces en el río Mira, una de las cuencas más inexploradas de Colombia</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/el-rio/descubriendo-peces-rio-mira-una-las-cuencas-mas-inexploradas/</link>
        <description><![CDATA[<p>Durante siete años, investigadores expertos en peces de agua dulce de Colombia y Ecuador se dedicaron a recorrer una de las zonas menos estudiadas de ambos países: la cuenca binacional del río Mira, un afluente que recorre ambas naciones en la zona del Pacífico. Sus hallazgos acaban de ser publicados en un libro. Por: Daniela [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p><em>Durante siete años, investigadores expertos en peces de agua dulce de Colombia y Ecuador se dedicaron a recorrer una de las zonas menos estudiadas de ambos países: la cuenca binacional del río Mira, un afluente que recorre ambas naciones en la zona del Pacífico. Sus hallazgos acaban de ser publicados en un libro.</em></p>
<figure id="attachment_85845" aria-describedby="caption-attachment-85845" style="width: 800px" class="wp-caption alignnone"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-85845 size-full" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2021/08/QTQDSAL22JG75AG7UWAPZTQLLA.jpg" alt="En total, se documentaron 45 especies de peces." width="800" height="541" /><figcaption id="caption-attachment-85845" class="wp-caption-text">Tras las expediciones científicas se lograron identificar 45 especies de peces en la cuenca del río Mira, distribuidas en 11 órdenes, 22 familias y 33 géneros. / Ilustración: Valentina Nieto</figcaption></figure>
<p><strong style="color: #1a1a1a; font-size: 16px;">Por: Daniela Quintero Díaz (@DanielaQuinterd / @BlogElRio)<br />
</strong><strong>Ilustraciones: Valentina Nieto Fernández (@Valenietof)</strong></p>
<p>José Iván Mojica lleva más de 35 años estudiando los peces de agua dulce de Colombia. Biólogo y doctor en biología, es el director y curador de la colección de ictiología del Instituto de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional de Colombia, en donde se encuentran las colecciones más antiguas y completas de fauna y flora del país, con cerca de 2,5 millones de especímenes.</p>
<p>Desde hace 22 años es profesor asociado de la Universidad Nacional, en donde dicta la asignatura de taxonomía animal. Junto a sus estudiantes ha recorrido varios rincones del territorio colombiano en búsqueda de “bichos” con el fin de estudiarlos, describirlos, nombrarlos y clasificarlos. Entre 2009 y 2016 decidió, con cuatro profesores más, llevar las expediciones científicas a una de las zonas más inexploradas: la cuenca binacional del río Mira, ubicada en una importante región geográfica del Pacífico de Colombia y Ecuador. Eran tres días de viaje por carretera desde Bogotá hasta Tumaco, pero valía la pena.</p>
<figure id="attachment_85865" aria-describedby="caption-attachment-85865" style="width: 4032px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-85865 size-full" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2021/08/IMG_0032.jpg" alt="" width="4032" height="3024" /><figcaption id="caption-attachment-85865" class="wp-caption-text">Los ríos de Colombia tienen cerca del 10 % de la diversidad de peces dulceacuícolas de todo el mundo. / Ilustración: Valentina Nieto</figcaption></figure>
<p>El río Mira nace en el territorio ecuatoriano, a 3.000 metros sobre el nivel del mar. Con cerca de 400 kilómetros recorre ecosistemas andinos de páramo, bosques de niebla y altoandinos, llegando hasta la planicie costera del Pacífico colombiano, en la región del cabo Manglares (Tumaco), donde se encuentra con el mar. Sus cuencas media y baja se encuentran dentro de la ecorregión del Chocó biogeográfico, reconocida mundialmente por su gran diversidad biológica y ecosistémica.</p>
<p>“Por sus condiciones geográficas y, como resultado de un contexto histórico, político y social complejo, la cuenca del río Mira ha sido una de las menos estudiadas en el país, con un bajo número de expediciones, colecciones e investigaciones científicas”, explica el profesor Mojica. “Cuando empezamos a trabajar ahí tan solo se conocían 16 especies de peces de agua dulce, una diversidad muy bajita. Ahora tenemos 45 identificadas, casi el triple”. Con la ayuda de investigadores del Instituto de Estudios del Pacífico, la Pontificia Universidad Católica de Ecuador y la Universidad Tecnológica Indoamérica de Ecuador lograron llegar a más de 40 puntos de muestreo a lo largo de toda la cuenca, en los dos países (ver mapa).</p>
<p><img loading="lazy" decoding="async" class="aligncenter size-full wp-image-85864" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2021/08/riomira.jpg" alt="" width="638" height="523" /></p>
<p>Hoy todas las especies se encuentran descritas, detalladas e ilustradas en el libro <a href="https://www.researchgate.net/publication/354006372_Peces_de_la_cuenca_del_rio_Mira_Pacifico_Colombo-Ecuatoriano" target="_blank" rel="noopener noreferrer"><em>Peces de la cuenca del río Mira</em></a>, que se lanzó hace unos días en el marco de la Feria del Libro de Bogotá. Una publicación que recoge todo lo que se conoce hasta ahora de los peces que habitan este río transfronterizo.</p>
<p>Más allá de ser un texto en el que se pueden consultar los aspectos técnicos y científicos sobre la distribución, biología, taxonomía y ecología de las especies, el libro busca ser una obra de divulgación que reúne ciencia, ilustración, fotografía y diseño. “Diría que es un libro que no está escrito para colegas, sino para todos los lectores curiosos. Para personas interesadas en peces, para la gente de la región, para los estudiantes de la sede de la Universidad en Tumaco. Es un libro que estéticamente es muy bonito, pero que además tiene un detalle y rigor científico claves”, asegura el profesor, también editor de la obra.</p>
<figure id="attachment_85863" aria-describedby="caption-attachment-85863" style="width: 3456px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-85863 size-full" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2021/08/FotoPeces.jpg" alt="" width="3456" height="2304" /><figcaption id="caption-attachment-85863" class="wp-caption-text">Página a página tienen lugar cuidadosas ilustraciones realizadas en acuarela por la bióloga Valentina Nieto, egresada de la U. Nacional. / Ilustración: Valentina Nieto</figcaption></figure>
<p>Página a página tienen lugar cuidadosas ilustraciones realizadas en acuarela por la bióloga Valentina Nieto, egresada de la U. Nacional, quien encontró en este libro su primer gran proyecto, en el que se juntan la rigurosidad científica de su carrera con su pasión por el arte. “Las ilustraciones muestran cada uno de los detalles taxonómicos de las especies de peces. El número de escamas, la cantidad de espinas en las aletas, la distancia y la proporción entre una parte y otra, pero también eso que las hace bellas: los colores, las manchas desordenadas, las figuras y formas propias de cada una”, cuenta.</p>
<p>Para hacer su trabajo tuvo que revisar juiciosamente en el laboratorio los animales colectados en las salidas de campo, estudiar los artículos científicos en los que se describían detalladamente las especies y revisar fotografías. Después empezaba a pintar. Aunque al principio pensó que recrearía cerca de 20 especies, con los hallazgos de las expediciones terminó haciendo 45. Cada ilustración le tomó, en promedio, 10 horas.</p>
<p>“En los peces”, explica, “hay que ser supercuidadosos con el número de escamas, los conteos de las espinas, los radios de las aletas y los colores, porque esas pueden ser características claves para diferenciar una especie de otra”.</p>
<p>https://www.instagram.com/p/BHBOPDvDBVJ/?utm_source=ig_web_button_share_sheet</p>
<p>El diseñador y diagramador, Rubén Jiménez, fue quien logró unir la belleza de las ilustraciones con los datos técnicos y científicos de la investigación, y tener como resultado un Libro-Arte para todos los públicos. En las palabras del investigador Mojica, se trata de un libro &#8220;entendible y disfrutable&#8221;.</p>
<h2>“Estamos acabando con la diversidad de nuestros ríos”</h2>
<p>Suramérica tiene una enorme riqueza de ecosistemas que dan vida a una de las mayores concentraciones de biodiversidad del planeta. Si solo hablamos de peces de agua dulce, por ejemplo, de las 15.000 especies que se reconocen en todo el mundo, Colombia cuenta con cerca de 1.500. En otras palabras, nuestros ríos guardan el 10 % de la diversidad de peces dulceacuícolas de todo el mundo. Sin embargo, todo ese patrimonio se está acabando antes de que podamos conocerlo y describirlo. Las especies más amenazadas, explica Mojica, quien también es coautor del Libro Rojo de Colombia, son las endémicas. Esas que no se encuentran en ningún otro lugar del planeta.</p>
<figure id="attachment_85866" aria-describedby="caption-attachment-85866" style="width: 4000px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-85866 size-full" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2021/08/Collage-peces.jpg" alt="" width="4000" height="2357" /><figcaption id="caption-attachment-85866" class="wp-caption-text">Suramérica tiene una enorme riqueza de ecosistemas que dan vida a una de las mayores concentraciones de biodiversidad del planeta. / Ilustraciones: Valentina Nieto</figcaption></figure>
<p>Durante las últimas décadas, la cuenca del río Mira ha sido sometida a un intenso y permanente proceso de deforestación. ¿Los motores? Los cultivos ilícitos y el monocultivo de palma africana, principalmente. Según el último informe de la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (Undoc), Nariño es el segundo departamento con mayor presencia de cultivos de coca, con casi 31.000 hectáreas. La palma africana, por su parte, pasó de tener 28.000 hectáreas cultivadas en 2008 a 33.800 en 2015.</p>
<p>La cuenca ha sido afectada por agroquímicos, la implementación de glifosato para controlar los cultivos ilícitos, el vertimiento de aguas residuales sin tratamiento y sustancias químicas como mercurio y cianuro por la reciente minería de oro, así como derrames de petróleo provenientes del Oleoducto Transandino de Colombia, una infraestructura obsoleta construida hace casi 60 años y que sigue en funcionamiento. Sin embargo, los efectos ambientales sobre los ecosistemas acuáticos y los peces aún no han sido evaluados.</p>
<p>“Con un suelo desnudo la lluvia arrasa todos los sedimentos y convierte el río en una sopa de barro. Eso tapa las branquias de los peces, afecta la fauna que vive en los sedimentos y cambia la dinámica fluvial”, argumenta Mojica. “Estamos acabando con la diversidad de nuestros ríos”. Para él, libros como este son una muestra de la importancia de hacer más esfuerzos para el conocimiento y la conservación de nuestros ecosistemas y especies.</p>
<p><em>Puede ver el lanzamiento del libro en la Filbo aquí:</em></p>
<p><iframe loading="lazy" title="#LaUNALenlaFILBo | «Peces de la cuenca del río Mira Pacífico colombo-ecuatoriano»" width="500" height="281" src="https://www.youtube.com/embed/3tbK4eKQ8wk?feature=oembed" frameborder="0" allow="accelerometer; autoplay; clipboard-write; encrypted-media; gyroscope; picture-in-picture; web-share" referrerpolicy="strict-origin-when-cross-origin" allowfullscreen></iframe></p>
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        <author>Blog El Río</author>
                    <category>El Río</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=85844</guid>
        <pubDate>Sat, 28 Aug 2021 00:25:26 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/04/DefaultPostImage-3.jpg" type="image/jpeg">
                <media:description type="plain"><![CDATA[Descubriendo peces en el río Mira, una de las cuencas más inexploradas de Colombia]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Blog El Río</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
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        <title>Fragmento del libro &amp;#8220;Magdalena. Historia de Colombia&amp;#8221; de Wade Davis</title>
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        <description><![CDATA[<p>Presentamos el capítulo “Bocas de Ceniza” de uno de los libros más esperados del antropólogo y etnobotánico canadiense que se enamoró de Colombia y sus ríos, Wade Davis: &#8220;Magdalena. Historias de Colombia&#8221;. Bocas de Ceniza La desembocadura del río Magdalena es del color de la tierra. Hacia el norte, atravesando un mar de nubes de [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p><em>Presentamos el capítulo “Bocas de Ceniza” de uno de los libros más esperados del antropólogo y etnobotánico canadiense que se enamoró de Colombia y sus ríos, Wade Davis: &#8220;Magdalena. Historias de Colombia&#8221;.</em></p>
<figure id="attachment_85575" aria-describedby="caption-attachment-85575" style="width: 4440px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-85575 size-full" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2021/08/Magdalena10486.jpg" alt="" width="4440" height="3240" /><figcaption id="caption-attachment-85575" class="wp-caption-text">El libro, que hace un recorrido durante 480 páginas por muchos de los rincones del río Magdalena, fue traducido y publicado en español por la Editorial Planeta. /Foto: Cortesía</figcaption></figure>
<p style="text-align: center;"><strong>Bocas de Ceniza</strong></p>
<p class="4Texto-Primerprrafo" style="margin-top: 0cm; line-height: normal;"><span lang="ES-TRAD">La desembocadura del río Magdalena es del color de la tierra. Hacia el norte, atravesando un mar de nubes de oro, el cielo del Caribe se difumina en el lapislázuli de la luz difusa. Hacia el occidente, el sol se pone sobre el Atrato y los bosques tropicales del Darién, el golfo de Urabá y todos los islotes perdidos de Panamá. Hacia el oriente, las playas y orillas de roca se extienden hasta Santa Marta y más allá, hasta la ciénaga Grande —un vasto humedal que resplandece como un gran espejo del cielo— y hasta las cimas de la Sierra Nevada —la cadena de montañas costeras más alta del mundo—, para llegar finalmente a las arenas de La Guajira, una península desértica donde los colombianos han sobrevivido a punta de dureza, comercio, resiliencia y pasión. </span></p>
<p class="4Texto-Primerprrafo" style="margin-top: 0cm; line-height: normal;"><span lang="ES-TRAD">Hacia el sur, río arriba, las luces de Barranquilla relumbran como un halo distante suspendido sobre una ciudad que, desde su nacimiento, le ha dado inexplicablemente la espalda al río que le dio vida. Fundada entre 1627 y 1637, Barranquilla fue una pequeña aldea pesquera hasta que llegaron los buques mercantes en 1824, pero incluso entonces no pudo decidir si ser un puerto sobre el río o una ciudad sobre el mar. La construcción, en 1872, de una vía ferroviaria desde Barranquilla hasta Salgar, abrió el camino para una gran salida marítima hacia el mundo. Y fue así como buques transatlánticos entraron por primera vez a la desembocadura del río, luchando contra una corriente que cargaba el peso y las promesas de toda una nación. De hecho, se podría decir que el Magdalena cargaba con el territorio colombiano en sus aguas, pues en 1883, la acumulación de fango y sedimentos taponó nuevamente el estuario, haciendo innavegable la desembocadura.</span></p>
<p class="4Texto-Primerprrafo" style="margin-top: 0cm; line-height: normal;"><span lang="ES-TRAD" style="letter-spacing: .05pt;">En 1893, la construcción en Puerto Colombia de uno de los muelles más grandes y sofisticados del mundo en ese entonces, a veinte kilómetros costeros al occidente de Barranquilla, desvió el comercio por más de una década, pero en 1906 se le volvió a prestar atención al potencial que tenía Bocas de Ceniza, la verdadera desembocadura del río. Con el ambicioso plan de drenar el canal fluvial y construir un puerto moderno en Barranquilla, el gobierno contrató una empresa estadounidense en 1907. Luego redirigió el contrato a una empresa alemana en 1912, a un consorcio nacional en 1919 y, finalmente, en 1924, con poco o nada para mostrar, volvió a poner su dinero en manos de los estadounidenses. Puerto Colombia fue abandonado, y su magnífico muelle de hierro y concreto se fue desmoronando lentamente. En 1943, una ley impulsada por turbios intereses políticos de la época prohibió el uso de cualquiera de las instalaciones de Puerto Colombia. Al final, lo poco que quedó fue destruido por el mar. </span></p>
<p class="4Textonormal" style="line-height: normal;"><span lang="ES-TRAD">Entretanto, la desembocadura del río fue reforzada por una larga línea de tajamares que corrían paralelos a la corriente, con la intención de encauzar el Magdalena en un canal estrecho que concentrara su fuerza, de forma que arrastrara los sedimentos hacia el mar. Desafortunadamente, estas barreras de roca, cuya construcción tomó una década de arduo y costoso trabajo, tuvieron el efecto contrario y atraparon los sedimentos en el estuario, taponándolo más que nunca. La crisis económica de 1929 suspendió la obra durante varios años, de tal forma que solo en 1936 el presidente Alfonso López Pumarejo pudo inaugurar oficialmente el nuevo canal (aunque en realidad la obra solo se completó en 1939) y la Terminal Marítima y Fluvial de Barranquilla, al cruzar la desembocadura del Magdalena a bordo de un buque militar, con un cortejo de ministros, almirantes, gobernadores y alcaldes. “Barranquilla”, declaró ese día, “será de ahora en adelante un puerto en el mar”. Tristemente, eso nunca llegó a ser más que la expresión de un deseo. </span></p>
<p class="4Textonormal" style="line-height: normal;"><span lang="ES-TRAD">Durante un tiempo, a principios de 1936, buques cargueros y navíos de gran envergadura pudieron transitar por el río y llegar hasta la ciudad. Pero era una pelea perdida con un río nacido a miles de kilómetros al sur, en el gran Macizo Colombiano, un nudo de montañas que se iza sobre el continente y le da nacimiento no solo al Magdalena, sino también al río Putumayo, al Cauca, al Caquetá y al Patía, por no mencionar que allí nacen también las tres principales ramas de los Andes, que se despliegan por Colombia en gigantescas cordilleras que se extienden hacia el norte, para terminar en la inmensa planicie de la Costa Caribe. </span></p>
<p class="4Textonormal" style="line-height: normal;"><span lang="ES-TRAD">En el cuerpo de Colombia el río Magdalena podría considerarse su arteria principal. Un río joven —si se lo considera desde la perspectiva de las eras geológicas—, con un sistema de drenaje que abarca un cuarto de la nación y fluye de un extremo del país al otro, atravesando una variedad asombrosamente diversa de paisajes de glaciares y volcanes de picos nevados, bosques de nubes y páramos saturados de lluvia. Alimentado por lagos e incontables arroyos montañosos, el río cae a una enorme llanura que antiguamente estaba cubierta de bosques tropicales, pantanos poblados de caimanes y corrientes habitadas por manatíes. Regados por toda la cuenca de la ribera baja hay literalmente miles de humedales resplandecientes, algunos del tamaño del cielo. De hecho, todo el Bajo Magdalena es un mundo de agua que va y viene con cada temporada, haciendo que el río desborde sus flancos y llegue así a besar tierras que pueden estar a ochenta kilómetros de distancia, mientras que su estuario se expande para abarcar y definir —tanto geográfica como hidrológicamente, por no decir también económica y culturalmente— a toda la costa colombiana. </span></p>
<p class="4Textonormal" style="line-height: normal;"><span lang="ES-TRAD" style="letter-spacing: -.05pt;">Los intentos que durante años se han hecho para transformar Bocas de Ceniza en un puerto industrial se han concentrado en reconfigurar la desembocadura e invariablemente han terminado siendo obras quijotescas que desafían a la naturaleza y recuerdan los fútiles intentos del rey Canuto por mantener a raya las olas del océano. Todos los años el río Magdalena lleva, a pesar de su sinuoso vagabundeo, alrededor de 250 millones de toneladas de fango al mar; es como si se vertieran en el delta mil ochocientos camiones llenos de sedimentos al día. A pesar de haber hecho sus mejores esfuerzos, los ingenieros nunca pudieron cumplir su cometido. El nombre de las empresas encargadas de domar el río mediante la construcción de tajamares y drenando el canal fue cambiando cada década, pero ninguna sería capaz de lograr lo imposible. El río se llenó de sedimentos y se estancó en 1942 y 1945, y de nuevo en 1958 y 1963. Millones de dólares se han invertido, y seguramente se seguirán invirtiendo, en nuevos y, quizás, mejores intentos de industrializar la desembocadura del río. Pero al final, el Magdalena seguirá llevándolo todo al mar, fundiendo el cuerpo de Colombia, como canta Shakira, como el de un amante con las aguas del mundo. </span></p>
<p class="4Texttraspausa" style="margin-top: 0cm; line-height: normal;"><span lang="ES-TRAD">Desde el poblado ribereño de Las Flores, una vieja aldea de pescadores que hoy en día se encuentra sitiada por los barrios periféricos de Barranquilla, un ferrocarril de vía estrecha corre hacia el norte, a lo largo del Magdalena, pasando junto a astilleros modestos y talleres humildes, restaurantes y muelles, barcazas oxidadas encadenadas a la orilla. Llega a la costa, donde las amplias playas en forma de medialuna están cubiertas de desechos plásticos y algas marinas, y sigue por encima de los primeros tajamares construidos en la década de 1920, una estrecha escollera hecha de piedras desiguales que se prolonga por varios kilómetros dentro del mar. Las bases de roca siguen siendo sólidas, pero la vía férrea, torcida y deteriorada, remendada por tramos con tablas de madera en lugar del hierro original, evidentemente ha visto mejores épocas. </span></p>
<p class="4Textonormal" style="line-height: normal;"><span lang="ES-TRAD">Los trencitos de vagones sin paredes que se atreven a surcarla, mientras sus motores rugen y tosen nubes de humo, con frecuencia se descarrilan y esto suscita una oleada de emoción, mientras los pasajeros se bajan y pequeños grupos de jóvenes se acercan para volver a encaramar las carcazas a los rieles. Cuando dos de estos trencitos se encuentran, yendo en direcciones opuestas por el carril solitario, los pasajeros se pasan de uno al otro con eficiencia cortés y silenciosa, a menos, claro, que en uno de los trencitos haya un radio o una vieja grabadora sonando; entonces todos se olvidan de todo, mientras la gente se mezcla e invariablemente alguien empieza a bailar. Si lo que suena son vallenatos, esos cantos del alma acompañados del gemido quejumbroso del acordeón, la demora suele tomar apenas un momento. Pero si la música que se oye es cumbia, alegre y seductora, y las mujeres comienzan a ondear sus largas faldas alrededor de los talones, entonces no queda de otra que aceptar el nuevo rumbo que ha tomado el día y cambiar de planes.</span></p>
<p class="4Textonormal" style="line-height: normal;"><span lang="ES-TRAD">Bocas de Ceniza es un destino turístico bastante popular, sobre todo entre familias y estudiantes locales. Los rieles llegan casi hasta la mitad de la escollera, una angosta rotonda donde, bajo la mirada protectora de una Virgen blanca puesta sobre una columna de cemento, todo el mundo se baja a caminar. Niños pequeños, impecablemente vestidos, vagan como mariposas por todas partes. Niñas adolescentes de bluyines apretados y <span class="Itlica">tops</span> llenos de pedrería desafían la gravedad al aventurarse en tacones un poco más allá, caminando delicadamente en puntas de pie sobre rocas y viejos vestigios de carrilera. Las mujeres mayores buscan en vano rincones de sombra, para contentarse al final con un raspado, un cono de hielo rallado empapado en jarabes de distintos sabores. </span></p>
<p class="4Textnormal-5" style="line-height: normal;"><span lang="ES-TRAD">La escollera está rodeada, a ambos lados, de pequeñas chozas de madera, hogar de hombres y mujeres que viven en las rocas, pescando de noche y durmiendo de día. Al calor del sol, se siente su ausencia; el espacio se siente baldío y abandonado. La escollera de piedra no llega a tener más de diez metros de ancho en ningún tramo. A un lado está el mar, de agua oscura y turbia, y pequeñas olas que chocan contra las rocas y salpican la tierra. Al otro lado corre el Magdalena, marrón por el fango, demasiado tóxico como para ser potable, contaminado por desechos industriales y humanos que le llegan desde todos los pueblos y ciudades de una cuenca que alberga a cuarenta millones de colombianos. Los pescadores usan el río para lavar la ropa y bañarse en él, pero ni el más valiente entre ellos se atreve a beber de sus aguas. Algunos, atormentados por el recuerdo de días oscuros, cuando veían cadáveres flotando en un río que se había convertido en el cementerio de la nación, se niegan incluso a comer de la pesca.</span></p>
<p class="4Textonormal" style="line-height: normal;"><span lang="ES-TRAD">La suya parece una existencia precaria, apostada al borde de un estrecho malecón, viviendo en chozas armadas con viejas tablas de madera que el sol ha blanqueado y tornado grisáceas, y expuesta a que una ola acabe con su vida cualquier día. Sin embargo, como si quisieran desafiar el destino a conciencia, rechazando cualquier gesto de lástima, todas las personas que viven allí han pintado sus casas poéticamente, con sencillas declaraciones de fe y satisfacción con la vida, cada una firmada por su autor. “Yo vivo feliz en Bocas de Ceniza”, afirma Wilfrido de Ávila Barrios. “Con lo que he ganado pescando he logrado criar a mis hijos y mantener a mi familia y por eso no me quiero ir nunca de acá. Es lo que quiero yo y lo que quiere mi familia”. Una tabla que cuelga de la fachada de la casa de Gilberto Hernández dice: “Lo que me gusta de este lugar es la paz que sólo se respira aquí, los pescados y el sonido de las olas al romper sobre las rocas”. En otra fachada, propiedad de un apuesto joven de veinte años, soltero y sin interés alguno por casarse, dice: “Acá vive Beethoven. Acá se respira paz, amor y tranquilidad”. </span></p>
<p class="4Textonormal" style="line-height: normal;"><span lang="ES-TRAD">Solo cuando la luz se desvanece, y el alegre y acalorado grupo de turistas se retira en los vagones del trencito que los regresa a la ciudad, vuelve a cobrar vida esta pequeña comunidad de pescadores. Los hombres y mujeres salen, entonces, de sus casas y se reúnen alrededor de fogatas, tomando tinto en pocillos pequeños, alistándose para la noche. Solo trabajan en la oscuridad, en la punta del tajamar, donde sopla un viento feroz que viene del norte. Pescan con cometas hechas con pedazos de plástico y pequeños trozos de madera, que se levantan en el viento llevando sus cordeles cargados con una docena de anzuelos y varias botellas plásticas que flotan adentrándose en el mar. A la luz del resplandor de las linternas que se ponen en la cabeza, se encaraman a las rocas para vigilar sus cordeles, mientras las olas los salpican al chocar contra las piedras, esparciendo chorros de agua salina por todo el malecón. De perfil en el cielo nocturno, su silueta parece casi heroica: desafiante, independiente e incontestablemente libre.</span></p>
<p class="4Textonormal" style="line-height: normal;"><span lang="ES-TRAD">Ese es el verdadero espíritu del lugar, su razón de ser. Entre los más respetados y venerados de los pescadores está el veterano Andrés de la Ossa. Es un hombre delgado con un rostro suave y las manos ásperas de quien ha trabajado toda la vida pescando en el mar. Nacido en Cartagena, Andrés llegó a Bocas de Ceniza en 1962. La escollera ha sido su hogar por más de cincuenta años, un lapso que corresponde a la duración del conflicto interno que ha atormentado a Colombia. En un país asolado por la barbarie, el tajamar siempre ha estado a salvo de la violencia. “Acá no pasa nada”, explica, sacando el cordel para volver a poner carnada en sus anzuelos. “Tenemos una vida normal, la gente viene y habla con uno y se da cuenta de que todo sigue igual a como ha estado siempre. Hay épocas en que la pesca es buena y otras en las que no tanto. Pero el agua está siempre ahí y siempre habrá peces en el mar”. </span></p>
<p class="4Textonormal" style="line-height: normal;"><span lang="ES-TRAD">Al preguntarle sobre el Magdalena, al otro lado del tajamar, él habla del río como si fuera otro mundo, uno de oscuridad y discordia. Las redes se enredan en las piedras del lado del río. El agua no se puede beber. Quienes viven en el tajamar tienen que traer agua potable de la ciudad. Justo el domingo anterior, en el día del Señor, Andrés sacó dos cadáveres del río, un hombre y una mujer envueltos en un tapete. En el peor período de la violencia, dice, el flujo de cuerpos era constante. La mayoría venían decapitados, pero a veces se podía identificar a los guerrilleros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (</span><span class="Versalita"><span lang="ES-TRAD">farc)</span></span><span lang="ES-TRAD"> por sus botas de caucho, las mismas que él solía ponerse de niño para trabajar en la huerta que había en la casa de su tío. </span></p>
<p class="4Textonormal" style="line-height: normal;"><span lang="ES-TRAD">Al día siguiente amanecí en un catre de madera en la casa de un hombre a quien recién había conocido. Su generosidad y amabilidad, rasgos comunes en colombianos que aparentemente tienen poco para compartir, no dejaban de asombrarme. Mientras escuchaba las olas chocando contra las rocas a un lado de la cabaña, y al otro, el reflujo tranquilo de un río tan contaminado que no se puede beber de él, pensaba en cómo tanta gente alrededor del mundo da por hecho la existencia del agua, contaminando ríos y lagos, y olvidando que el agua potable es uno de los bienes más escasos y preciados del mundo. Si toda el agua del mundo se vertiera en un recipiente equivalente a un galón, lo que podríamos beber apenas llenaría una cucharita. </span></p>
<p class="4Textonormal" style="line-height: normal;"><span lang="ES-TRAD">Gastamos miles de millones de dólares en enviar sondas al espacio en busca de rastros de agua en Marte, o de hielo en las lunas de Júpiter, y al mismo tiempo despilfarramos la riqueza de las naciones en plantas industriales que ponen en riesgo el suministro de agua potable en nuestro planeta azul. En la fe cristiana, el agua es símbolo de pureza espiritual al bautizar a nuestros hijos con agua bendita, trazando la forma de la cruz sobre sus frentes, o sumergiéndolos en fuentes sagradas, de las que salen dotados de gracia y con la promesa de la salvación divina. Y aun cuando bendecimos a nuestros hijos con esa preciosa sustancia extraída de cuerpos vivos de agua, no nos importa contaminar esos mismos ríos con nuestros desechos, a una escala y de una forma que solo podrían calificarse de vergonzosas. </span></p>
<p class="4Textonormal" style="line-height: normal;"><span lang="ES-TRAD">Vivimos en un mundo de agua. Dos átomos de hidrógeno unidos a un átomo de oxígeno, multiplicados por el milagro de la física y la química, se vuelven nubes, ríos, lluvia. Una gota de agua se desliza por la palma de la mano, protegida por la tensión superficial, una barrera de átomos de oxígeno. Al caer al suelo, cambia de forma y se ajusta a aquello que toca, aunque en realidad se adhiere y se une solo a sí misma. Solo las singulares propiedades físicas del agua permiten que las lágrimas rueden por la piel, que se formen gotas de sudor en la nuca y que la sangre fluya por el cuerpo. El aliento se condensa, suave como la niebla. El agua lluvia corre por las hendiduras del suelo, formando riachuelos. Los arroyos desaparecen. Los ríos de hielo se endurecen y fluyen. </span></p>
<p class="4Textonormal" style="line-height: normal;"><span lang="ES-TRAD">El agua es capaz de cambiar de estado, y volverse gaseosa, sólida o líquida, pero su núcleo no puede ser creado ni destruido. El grado de humedad del planeta no cambia con el tiempo. El agua que sació la sed de los dinosaurios es la misma que corre hoy en día al mar, el mismo fluido que ha nutrido toda vida orgánica desde el alba de la creación. El sudor de tu frente, la orina de tu vejiga, la sangre misma de tus venas caerá tarde o temprano al suelo, para hacer parte del ciclo hidrológico, el interminable e infinito proceso de evaporación, condensación y precipitación que hace posible toda existencia biológica. El agua no tiene principio ni fin. Al meter la mano en un río estamos retornando a nuestro punto de origen, atravesamos eones y rozamos el instante primordial, inconcebiblemente lejano en el tiempo, en que los cuerpos celestes, quizás en forma de cometas congelados, entraron en colisión con la Tierra y trajeron el elixir de la vida a un planeta yermo y solitario, que giraba en el vacío terciopelo del espacio.</span></p>
<p class="4Texttraspausa" style="margin-top: 0cm; line-height: normal;"><span lang="ES-TRAD">En la mañana, la pequeña comunidad del tajamar revela otra de sus variadas facetas: todos los pescadores también son, sin excepción, comerciantes, amos de su propio destino, lo cual refleja ese espíritu emprendedor que permite que millones de colombianos sobrevivan, e incluso prosperen, en circunstancias económicas que harían que un pueblo con menos ánimos perdiera toda esperanza. No es casualidad que a Colombia a veces la describan como “la tienda de la esquina”. Los pescadores de Bocas de Ceniza siempre han vivido en la incertidumbre; sus fortunas, al vaivén de los azares que traen el día y la noche. Algunos regresan con cestas llenas de pescado, de sábalo plateado, de corvina, de róbalo, de lisa y burel, y con una sonrisa se dirigen a los mercados de Barranquilla. Otros, habiendo trabajado las mismas aguas, vuelven a su casa sin nada que mostrar tras horas de paciente labor. Una noche de mala suerte, o dos, pueden pasar inadvertidas, pero si al cabo de días los resultados siguen siendo igual de desafortunados, invariablemente se alude a seres místicos como El Mohán, amo de los peces y amante de las aguas, que desde su palacio subacuático de oro castiga a los pescadores que violan a la madre naturaleza. </span></p>
<p class="4Textonormal" style="line-height: normal;"><span lang="ES-TRAD">La única persona que nunca falla en sacar pescado vive sola en la que alguna vez fue la casa de los que operaban el muelle de Puerto Colombia, una estructura en ruinas decorada con grafitis de ángeles volando y una sirena rubia, cuya cola exhibe todos los colores del arcoíris. Se dice que es un hombre “marcado” y los otros pescadores dicen que su continuo éxito es la forma en que Dios lo recompensa por los males que ha vivido. Una joven estaba explicándome esto, cuando un gigantesco buque mercantil apareció a lo lejos, deslizándose silenciosamente río abajo, justo al otro lado del tajamar, empequeñeciendo con su tamaño las chozas de madera, lo que queda de la casa de los operadores y la Virgen en su columna. Estábamos frente a una clara imagen de lo que significan la industria y el comercio para este país: una nave transatlántica que salía por la desembocadura del río Magdalena, ondeando la bandera de otra nación, y llevándose la riqueza de Colombia hacia el mundo, al igual que lo han hecho millones de barcos extranjeros durante quinientos años, desde el primer momento en que llegaron los españoles y se abrieron camino por las misteriosas costas del Caribe. </span></p>
<p class="4Textonormal" style="line-height: normal;"><span lang="ES-TRAD">Bajo el comando de la Corona española, Rodrigo de Bastidas llegó a las costas de América del Sur en </span><span class="Versalita"><span lang="ES-TRAD">1501</span></span><span lang="ES-TRAD">. Navegando hacia el oeste desde La Guajira, con los ojos clavados en los picos nevados que se alzaban más alto que cualquier otro en el mundo conocido, encontró a los taironas, la civilización más sofisticada con la que se habían topado los españoles hasta ese momento. Deslumbrado por su trabajo en oro, uno de los más bellos jamás producidos en América, estableció una serie de puestos de comercio y luego avanzó en sus exploraciones por el norte del continente. El primero de abril llegó a un río de tal poder, furia y violencia, que lograba descargar grandes cantidades de agua dulce, marrón y llena de sedimentos, varios kilómetros mar adentro. Bastidas describió ese estuario como <span class="Itlica">bocas de ceniza</span>, bautizando a la vez al río con el nombre de Río Grande de la Magdalena, en honor de la santa María Magdalena, cuya conversión se celebraba precisamente el día en que descubrió el río. En su bitácora de viaje anotó que el río era “en efecto, muy grande”. </span></p>
<p class="4Textnormal-5" style="line-height: normal;"><span lang="ES-TRAD">Ya existían, por supuesto, otros nombres para el río: Yuma, Guaca-Hayo, Karakalí, Kariguaña y otros que, al igual que estos, aludían a la grandeza de las culturas y los caciques que vivían a lo largo de su ribera, en tierras que permanecieron por el momento fuera del alcance de los españoles. La atención de estos se concentró en consolidar su posición en Santa Marta y pacificar a los taironas, que fue, concretamente hablando, el primer acto de la conquista española. En una guerra tan cruel y salvaje como aquellas que adelantarían luego en México o el distante Perú, los invasores incendiaron cultivos y casas, destruyeron templos y santuarios, quemaron o rompieron objetos sagrados. Los cautivos eran crucificados, o se les dejaba morir de hambre colgándolos de garfios que insertaban entre sus costillas. Se arrestaron sacerdotes para descuartizarlos y sus cabezas fueron puestas en jaulas para que se pudrieran. En obscenos espectáculos públicos, los frailes españoles, o “los sotana negra”, como los llamaban los taironas, usaban perros rabiosos para desmembrar a los acusados de practicar sexo como lo habían hecho siempre los nativos: al aire libre y a plena luz del día, pues creían que los niños engendrados en la oscuridad corrían el riesgo de nacer ciegos. Los taironas que lograron escapar a esa forma de muerte huyeron hacia la costa, retirándose a la altura de los bosques y los valles ocultos de la Sierra Nevada de Santa Marta, una fortaleza natural que llegó a ser conocida por ellos como el Corazón del Mundo. Evitando contacto sostenido con forasteros por más de trescientos años, los sobrevivientes de esta tribu y sus descendientes abrazaron la fortuna que les otorgó la salvación y transformaron su civilización en una cultura devota de la paz. </span></p>
<p class="4Textonormal" style="line-height: normal;"><span lang="ES-TRAD">Al día de hoy los pueblos de la Sierra Nevada —los koguis, los wiwas y los arahuacos— siguen siendo fieles a sus antiguas leyes, los mandatos ecológicos y divinos de la Gran Madre, la Madre Creadora, y siguen siendo guiados e inspirados por una hermandad sagrada conocida como “los mamos”. En su interpretación del cosmos, los seres humanos son esenciales, pues la Madre Creadora solo puede manifestarse a través del corazón de los seres humanos y de su imaginación. Para la gente de la Sierra Nevada, los humanos no son el problema, sino la solución. Ellos se denominan a sí mismos como los Hermanos Mayores. Nosotros, que amenazamos la Tierra debido a nuestra ignorancia de la ley sagrada, somos los Hermanos Menores. Ellos creen, y así lo afirman explícitamente, que son los guardianes del mundo, que sus oraciones y sus rituales literalmente mantienen el equilibrio ecológico del universo. Por generaciones han contemplado horrorizados cómo los extranjeros profanan a la Madre Creadora, deforestando los bosques, que son la piel y el tejido de su cuerpo, y envenenando los ríos, las venas y arterias que le dan vida.</span></p>
<p class="4Textonormal" style="line-height: normal;"><span lang="ES-TRAD">Aunque la desembocadura del Magdalena está mucho más allá de la Línea Negra, con la que marcan la frontera de su territorio tradicional, la gente de la Sierra Nevada se siente responsable por el río, pues reconocen que todas las cosas están conectadas. Cuando sienten que es necesario y espiritualmente beneficioso, se embarcan en peregrinaciones a Bocas de Ceniza para hacer ofrendas, rituales de pagamentos y oraciones. Como me explicó un amigo arahuaco, Jaison Pérez Villafaña, cuando bajé con él y un grupo de veinte hombres y mujeres de la montaña al mar: “Nosotros no llamamos a la Sierra Nevada el Corazón del Mundo porque sea un capricho nuestro, sino porque los ríos que bajan de las montañas se unen con los demás ríos para refrescar el mar. Cada animal que hay en el bosque, en la montaña, en la tierra, existe en parte gracias al mar. Todo se nutre de todo y ese equilibrio es el que conocemos y respetamos. Todo es parte de un balance perfecto. El aire se vuelve viento, el viento se condensa en nubes, la lluvia cae de las nubes y fluye por la tierra a través de los ríos hacia el mar, donde vuelve a ascender en las alas del viento”. </span></p>
<p class="4Textonormal" style="line-height: normal;"><span lang="ES-TRAD">El hielo se forma para enfriar el mar, pues si no entrara agua dulce, el océano se volvería demasiado caliente. Por otro lado, si el mar se vuelve demasiado frío, dice Jaison, no podrá brindar la energía necesaria para darle luz y vida al mundo. Cuando un río se encuentra con el mar, sus energías se juntan, así como la coca, las hojas sagradas del hayo, se mezclan en el poporo —recipiente hecho de calabaza de la montaña— con la cal, derivada de conchas sacadas del mar. Los ríos son como la gente: cuando están jóvenes, requieren atención; cuando crecen y se juntan con otras corrientes, deben aprender a socializar y llevarse bien; y cuanto más fuertes se hacen, más deben trabajar por el bien de la comunidad, dando parte de su agua, pero no toda. Al envejecer, cuando llegan a sus últimos años al entrar en los océanos del mundo, buscan el modo de retornar a la Madre Creadora, pues el mar es el útero de todo origen. “Sabemos”, concluye Jaison, “mucho más que nuestros Hermanos Menores sobre la vida. Nunca destruiríamos un río, pues al hacerlo nos destruiríamos a nosotros mismos”. </span></p>
<p class="4Textonormal" style="line-height: normal;"><span lang="ES-TRAD">Los arahuacos no distinguen entre el agua que está en nuestro cuerpo y el agua que existe fuera de él. “La sangre que fluye en nuestras venas”, me dijo alguna vez una joven mujer, “no es distinta del agua que fluye a través de las arterias de la vida, los ríos de la Tierra”. Ellos ven una relación directa entre la orina, la sangre, la saliva y las lágrimas, por un lado, y el agua del río, los lagos, el páramo y los manantiales. E, indudablemente, están en lo cierto. Los seres humanos nos formamos en el agua, envueltos en el cómodo capullo del vientre de nuestra madre. Cuando somos bebés, nuestros cuerpos son casi exclusivamente líquidos. Incluso como adultos, apenas un tercio de nuestro ser es sólido. Si se comprimieran nuestros huesos, nuestros ligamentos, músculos y tendones, y se extrajeran las plaquetas y las células de nuestra sangre, se vería que el resto de nosotros, casi dos tercios de nuestro peso, una vez limpiado y enjuagado, fluiría suavemente como las aguas de un río al mar. </span></p>
<p class="4Textonormal" style="line-height: normal;"><span lang="ES-TRAD">De Jaison aprendí, para mi asombro, que los mamos arahuacos solían hacer peregrinaciones no solo a la desembocadura del río Magdalena, sino a su fuente misma. Viajaban kilómetros y kilómetros río arriba, haciendo ceremonias y ofrendas, cantándole al agua, evaluando su salud y bienestar a lo largo de todo el curso. Esa era su manera no solo de cuidar al río, sino de medir qué tan bien habían cumplido con su labor de guardianes cósmicos de la Tierra otras comunidades indígenas. Los ríos, sostienen los arahuacos, son un reflejo directo del estado espiritual de la gente, un indicador infalible del grado de conciencia que posee una comunidad. En otras palabras, los ríos son el alma de la tierra por la que corren.</span></p>
<p class="4Textonormal" style="line-height: normal;"><span lang="ES-TRAD">Cuando los mamos se dirigían a la fuente del Magdalena, viajando durante muchas semanas y meses, lo primero que hacían al llegar a cualquier asentamiento era ofrecer plegarias al río, sondeando el estado en el que se encontraba, al cantar canciones en su honor. Así, según los mamos, para que Colombia pueda liberarse de la violencia que la aflige y limpiar y liberar su alma, también debe devolverle la vida y la pureza a un sufrido río que le ha dado mucho al país. Cuando compartí con Jaison mis planes de dirigirme a la fuente del Magdalena, él solo dijo: “Para limpiarnos nosotros, debemos limpiar el río; para limpiar el río, debemos limpiarnos nosotros”.</span></p>
<p class="4Textonormal" style="line-height: normal;"><span lang="ES-TRAD">Cuando partí de Bocas de Ceniza en dirección al sur, al Cauca, a la primera etapa de un viaje intermitente por todo el Magdalena, la sabiduría de los mamos permaneció conmigo, como siempre lo hace. Cualquiera que sea el peso que uno quiera darles a sus palabras, cualquiera que sea la manera de reconocer, celebrar o, incluso, rechazar sus invaluables contribuciones al patrimonio de la nación, una cosa es cierta e indiscutible: infundirle al agua el sentido sagrado que ellos le dan no es algo contrario a la ciencia, sino, más bien, un reconocimiento de la complejidad y maravilla de los sistemas ecológicos y biológicos que solo la ciencia ha sabido iluminar.</span></p>
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        <author>Blog El Río</author>
                    <category>El Río</category>
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        <pubDate>Wed, 11 Aug 2021 21:50:21 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Fragmento del libro &#8220;Magdalena. Historia de Colombia&#8221; de Wade Davis]]></media:description>
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        <title>Embalse Los Besotes: un proyecto sin ninguna certeza</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/el-rio/embalse-los-besotes-sin-ninguna-certeza/</link>
        <description><![CDATA[<p>Aunque el Gobierno ha impulsado la construcción de este proyecto, lo cierto es que aún está muy lejos de materializarse. Mediante una consulta previa, se necesitaría el aval de las cuatro comunidades indígenas que habitan la Sierra Nevada de Santa Marta, quienes han manifestado en reiteradas ocasiones que el proyecto los afectaría ambiental, social y [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p><em>Aunque el Gobierno ha impulsado la construcción de este proyecto, lo cierto es que aún está muy lejos de materializarse. Mediante una consulta previa, se necesitaría el aval de las cuatro comunidades indígenas que habitan la Sierra Nevada de Santa Marta, quienes han manifestado en reiteradas ocasiones que el proyecto los afectaría ambiental, social y culturalmente.</em></p>
<figure id="attachment_85396" aria-describedby="caption-attachment-85396" style="width: 986px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-85396 size-full" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2021/08/Embalse-Besotes-1.jpg" alt="" width="986" height="655" /><figcaption id="caption-attachment-85396" class="wp-caption-text">El Embalse Multipropósito Los Besotes estaría ubicado en las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta, hogar de cuatro pueblos indígenas, en una zona declarada como Reserva Forestal según la Ley 2da de 1959.</figcaption></figure>
<p><strong>Por: Daniela Quintero Díaz (@Danielaquinterd / @BlogElRio)</strong></p>
<p>Leonor Zalabata es una lideresa arhuaca, defensora de derechos humanos. Durante décadas ha representado a su pueblo en mesas de conversación tan importantes como la Constituyente de 1991 y la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Ha luchado históricamente por el acceso a la educación y la salud de las comunidades indígenas y por preservar su territorio ancestral: la Sierra Nevada de Santa Marta, desde el pico más alto hasta el mar Caribe. El 28 de julio sintió, una vez más, que su sentir y su continuidad en el territorio estaba siendo amenazada. <span data-offset-key="8hqhh-0-0">(Lea: </span><a class="src-reactapp-DraftEditor-plugins-draft-js-anchor-plugin---link" title="https://www.elespectador.com/economia/gobierno-anuncia-obras-para-el-cesar-y-la-guajira-por-4-4-billones-article/" href="https://www.elespectador.com/economia/gobierno-anuncia-obras-para-el-cesar-y-la-guajira-por-4-4-billones-article/" target="_blank" rel="noopener noreferrer"><span data-offset-key="8hqhh-1-0">Gobierno anuncia obras para el Cesar y La Guajira por $4,4 billones</span></a><span data-offset-key="8hqhh-2-0">)</span></p>
<p>A principios de este año, durante la firma del Pacto Territorial Cesar-La Guajira, el presidente Iván Duque anunció millonarias inversiones para impulsar la reactivación económica y favorecer el sector productivo de estas regiones. En total, dijo, serían al menos setenta proyectos de alto impacto que se financiarían con $4,4 billones. Entre los proyectos insignia estaba el Embalse Multiproyecto Los Besotes, una promesa que lleva siendo planeada desde 1969, que se ha incluido en los planes de desarrollo de los últimos tres presidentes del país (y en las propuestas de campaña de varias autoridades locales y regionales del Caribe), pero que, hasta ahora, solo ha dejado un arrume de estudios caducados, unas cuantas maquetas y miles de millones de pesos malgastados.</p>
<p>“Este es un tema que, en épocas electorales, siempre sale a relucir”, dice la lideresa indígena. “Como el embalse del río Ranchería, o la Ruta del Sol, han sido infraestructuras que no han sido sino elefantes blancos, consumos de recursos del Estado nacional y una amenaza a los pueblos ancestrales que habitan esos territorios”.</p>
<p>El capítulo más reciente de esta historia de medio siglo, del que se conoce como “uno de los proyectos más importantes de infraestructura en la costa Caribe”, puede resumirse así: en agosto del año pasado, el Departamento Nacional de Planeación contrató a la Empresa Nacional Promotora del Desarrollo Territorial (ENTerritorio) para realizar un nuevo perfilamiento del proyecto y su estructuración integral. El pasado miércoles, 28 de julio, ENTerritorio anunció la adjudicación de los contratos de consultoría e interventoría para hacer los estudios técnicos, sociales, prediales, ambientales, jurídicos, financieros y de riesgos del proyecto. Según su cronograma, en trece meses (hasta el 31 de julio del 2022) se completaría el plazo de la estructuración del proyecto. La “súper noticia para Valledupar”, como fue presentada por el gobernador del Cesar, Luis Alberto Monsalvo, en su cuenta de Twitter, empezaba a ser, ante los ojos de muchos, un nuevo avance. Sin embargo, el proyecto aún estaría muy lejos de materializarse.</p>
<h2><strong>El proyecto</strong></h2>
<p>A solo siete kilómetros del municipio de Valledupar (Cesar), sobre la margen izquierda del río Guatapurí, estaría ubicado el Embalse Multipropósito Los Besotes. El proyecto tendría lugar en las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta, hogar de cuatro pueblos indígenas (kogui, wiwa, arhuaco y kankuamo), en una zona declarada Reserva Forestal de acuerdo con la Ley 2 de 1959 y con potencial arqueológico identificado por el ICANH.</p>
<p><img loading="lazy" decoding="async" class="aligncenter size-full wp-image-85400" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2021/08/besotes.jpg" alt="" width="638" height="706" /></p>
<p>El Embalse, para el que se calculan inversiones aproximadas de $600.000 millones, tiene el objetivo de garantizar el suministro de agua para abastecer el sistema de acueducto de Valledupar durante los próximos cincuenta años, regular el caudal del río Guatapurí, fortalecer las capacidades agrícolas de la región a través de tres distritos de riego (en un área aproximada de 10.000 hectáreas) y generar energía a través de una pequeña central hidroeléctrica. <span data-offset-key="e6rtv-0-0">(Puede leer: </span><a class="src-reactapp-DraftEditor-plugins-draft-js-anchor-plugin---link" title="https://www.elespectador.com/ambiente/cambios-en-el-pnn-chingaza-aun-hay-muchas-preguntas-sin-resolver/" href="https://www.elespectador.com/ambiente/cambios-en-el-pnn-chingaza-aun-hay-muchas-preguntas-sin-resolver/" target="_blank" rel="noopener noreferrer"><span data-offset-key="e6rtv-1-0">Cambios en el PNN Chingaza: aún hay muchas preguntas sin resolver</span></a><span data-offset-key="e6rtv-2-0">)</span></p>
<p>Tendría un área de inundación de 169 hectáreas, con una represa de 1,5 kilómetros de longitud y 52 metros de altura que regularía el flujo del agua. Allí se acumularían hasta 37,7 millones de metros cúbicos que irían al acueducto de Valledupar y a los distritos de riego de Callao, Ovejas y Corazones. ¿El motivo? Desde hace algunos años, en épocas de sequía, el caudal del río Guatapurí se ha reducido hasta en un 60 %. La deforestación, la contaminación y los desvíos de su cauce para el aprovechamiento han puesto en riesgo la garantía de agua para una población de casi 800.000 habitantes. La producción agropecuaria intensiva también hizo necesario el establecimiento de distritos de riego que necesitarían ese recurso.</p>
<p>Para María Elia Abuchaibe, gerente general de ENTerritorio, “el embalse es un anhelo que tiene desde hace años la población de Valledupar y sus alrededores y, aunque tiene unos desafíos, cada vez es más necesario. Los Besotes es el proyecto más ambicioso que estamos haciendo en este momento. Por eso estamos tan empeñados y comprometidos con él”.</p>
<h2><strong>El río Dwamuriwa y la Línea Negra</strong></h2>
<p>Sin embargo, por su ubicación, la construcción del embalse tiene muchos reparos. El área de inundación, por ejemplo, dejaría bajo el agua algunos lugares donde se hacen rituales de pagamento de los pueblos indígenas que habitan la Sierra. Además, causaría el desplazamiento de cerca de ochenta familias arhuacas de la comunidad Ikarwa, ubicada en esa zona.</p>
<p>“Pretender la represa Los Besotes a estas alturas, en donde hay una comunidad indígena arhuaca instalada, en un lugar de pagamento de las culturas indígenas, es una terquedad institucional que amenaza nuestros derechos civiles y políticos, pero también los derechos económicos, sociales, culturales colectivos y ambientales de estas comunidades”, señala Zalabata. “Se produciría un desplazamiento forzado no por actores armados, sino por una visión de desarrollo que, está demostrado, es una visión depredadora de la naturaleza y el medio ambiente, y de las sociedades más vulnerables y las comunidades indígenas”.</p>
<p>Y es que el proyecto se encuentra, también, dentro de la Línea Negra o Sei Shizha (establecida por el Decreto 1500 de 2018 y protegida por la Corte Constitucional), que no solo reconoce el territorio ancestral de estas comunidades, sino que también demarca sus espacios sagrados, de especial protección, valor espiritual, cultural y donde realizan sus pagamentos. Para estos pueblos, su Ley de Origen les determina la misión de cuidar la naturaleza y el universo. A la Tierra le retribuyen permanentemente sus servicios. Solo así es posible que se mantenga el equilibrio. <span data-offset-key="69ed0-0-2">(Podría leer: </span><a class="src-reactapp-DraftEditor-plugins-draft-js-anchor-plugin---link" title="https://www.elespectador.com/ambiente/ecoturismo-comunitario-malestar-por-los-cambios-desde-parques-naturales/" href="https://www.elespectador.com/ambiente/ecoturismo-comunitario-malestar-por-los-cambios-desde-parques-naturales/" target="_blank" rel="noopener noreferrer"><span data-offset-key="69ed0-1-0">Ecoturismo comunitario: malestar por los cambios desde Parques Naturales</span></a><span data-offset-key="69ed0-2-0">)</span></p>
<p>El río Guatapurí, conocido por ellos como río Dwamuriwa, es la fuente hídrica más importante. Su origen glaciar mantiene vivos a más de 95.000 nacederos de agua, es la sangre de la madre tierra y les permite la vida y el equilibrio en el territorio. Por eso, luego de que el Ministerio del Interior confirmara,<a href="http://www.mininterior.gov.co/sites/default/files/resolucion_procedencia_de_consulta_previa_st_-_0358_de_2020.pdf" target="_blank" rel="noopener noreferrer"> en mayo del 2020</a>, la presencia de comunidades indígenas en la zona del proyecto y la presencia del proyecto dentro de la Línea Negra, se hizo evidente (una vez más) la obligatoriedad de realizar la concertación del mismo con los cuatro pueblos indígenas mediante la consulta previa.</p>
<p>Así, aunque todos los estudios de prefactibilidad y factibilidad recién adjudicados concluyeran en el tiempo estimado, todavía habría muchos pendientes sobre la viabilidad del Embalse Los Besotes. Por un lado, tendría que hacerse un trámite de sustracción de la zona de Reserva Forestal en la que se encuentra el proyecto, tendría que presentarse un Estudio de Impacto Ambiental (EIA) que sería evaluado por la Autoridad Nacional de Licencias Ambientales, que decidiría si le otorga o no una licencia ambiental al proyecto y, además, necesitaría que fuera aceptado por las comunidades tras la consulta previa, quienes en reiteradas ocasiones han expresado su rechazo al proyecto.</p>
<p>“Estamos vivos todavía y no podemos aceptar que se irrespeten nuestras decisiones. Lo hemos dicho muchas veces: seguir interviniendo el ambiente para su deterioro y seguir intentando violar nuestra cultura y nuestras tradiciones, que están protegidas constitucionalmente, es atentar contra nosotros. Impulsar de nuevo esa represa es volver a llover sobre lo mojado. Por nuestro lado ya todo está dicho”, insiste Zalabata.</p>
<p>La presencia de estas comunidades en la Sierra es tan importante que el Plan de Ordenación y Manejo de la subcuenca Hidrográfica del Río Guatapurí, así como el plan de manejo del Parque Nacional Natural Sierra Nevada de Santa Marta fueron concebidos con la visión ancestral de los pueblos indígenas como principio orientador. Para ellos hay otras opciones posibles.</p>
<p>&#8220;El río Guatapurí tiene muchos problemas supremamente graves desde hace años, y se ve a tientas para tener agua suficiente para su cauce. Hacia arriba hay sobrepoblación humana y de animales, se contamina y se saca el agua desproporcionadamente. Pero insisten en que los indígenas somos es un obstáculo al desarrollo. Es necesario reforestar las partes altas para que se pueda mantener un estado ecológico que permita garantizar el agua, y es necesario que valoren también los conocimientos que poseemos milenariamente.&#8221;</p>
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        <author>Blog El Río</author>
                    <category>El Río</category>
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        <pubDate>Mon, 02 Aug 2021 00:34:37 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Embalse Los Besotes: un proyecto sin ninguna certeza]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Blog El Río</media:credit>
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        <title>Las nuevas teorías sobre los plásticos que “desaparecen” en el océano</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/el-rio/las-nuevas-teorias-los-plasticos-desaparecen-oceano/</link>
        <description><![CDATA[<p>Durante años los expertos han pensado que existe un lugar, aún no identificado, a donde llegan los desechos plásticos que los ríos descargan en el océano. En las últimas semanas han surgido nuevas teorías al respecto. Aquí le explicamos. El planeta cuenta con cinco islas que pocos conocen y que, probablemente, nadie escogería para pasar [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<div class="controlled-font" data-block="true" data-editor="d0p5v" data-offset-key="2ekfs-0-0">
<div role="presentation">
<div class="public-DraftStyleDefault-block public-DraftStyleDefault-ltr" data-offset-key="2ekfs-0-0"><em>Durante años los expertos han pensado que existe un lugar, aún no identificado, a donde llegan los desechos plásticos que los ríos descargan en el océano. En las últimas semanas han surgido nuevas teorías al respecto. Aquí le explicamos.</em></div>
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<figure id="attachment_85091" aria-describedby="caption-attachment-85091" style="width: 986px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-85091 size-full" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2021/07/L3JHGCPMWVHVLCKGU4TIP4Y33Y.jpg" alt="" width="986" height="657" /><figcaption id="caption-attachment-85091" class="wp-caption-text">Cada año los humanos arrojan al océano 8 millones de toneladas de plástico.</figcaption></figure>
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<div class="controlled-font" data-block="true" data-editor="d0p5v" data-offset-key="d01id-0-0">
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<p>El planeta cuenta con cinco islas que pocos conocen y que, probablemente, nadie escogería para pasar unas vacaciones. Se trata de las “Islas de basura” que se forman en los océanos debido a los residuos flotantes, en su mayoría plásticos -y específicamente microplásticos- que los continentes desechan y que terminan contaminando el mar.</p>
<p>Según <a href="https://theoceancleanup.com/plastic-tracker/" target="_blank" rel="noopener noreferrer">la aplicación para rastrear plásticos de la fundación “The Ocean Clean Up”</a>, si usted se encuentra en Bogotá y una botella plástica que tiene en su casa termina, por alguna razón, en la cuenca del río Bogotá este elemento recorrerá, en promedio, 103.279 km hasta llegar a la “Isla de basura del Atlántico Norte”.</p>
<p>Esta mancha de desechos que, según la revista National Geographic, puede llegar a contener 200,000 pedazos de basura por kilómetro cuadrado y medir unos 4 millones de kilómetros cuadrados de extensión -el equivalente a dos veces el tamaño de Bogotá- flota en el Atlántico producto de las corrientes que llevan los residuos hasta allí.</p>
<p>A pesar de que estas cifras son alarmantes, los datos que existieron durante décadas sugerían que los residuos que se encuentran flotando en el océano en lugares como las “Islas de Basura”, como consecuencia de la mala gestión de desechos terrestres, no coinciden con los desechos que arrastran los ríos, que son la principal fuente de descarga de plástico en el océano. Entonces ¿a dónde van a parar estos residuos?</p>
<p><strong>La teoría del sumidero</strong></p>
<p>Para justificar esa diferencia en el conteo de residuos, los expertos creen que existe una especie de “gran sumidero de plásticos”, aún no identificado, en el que los residuos se quedan. Durante años han intentado resolver el misterio de la ubicación, cantidad y rastreo de los desechos faltantes.</p>
<p>Por ejemplo, para 2019, un artículo publicado <a href="https://royalsocietypublishing.org/doi/10.1098/rsos.180667" target="_blank" rel="noopener noreferrer">en la revista Royal Society Open Science</a> sugirió que el sumidero se encuentra en el mar profundo. Los investigadores llegaron a esa conclusión luego de encontrar microplásticos en criaturas submarinas de seis de los lugares más profundos del mundo.</p>
<p>Aunque esta es solo una de las muchas posibilidades que, aún se están estudiando, en las últimas semanas dos artículos científicos publicados en las revistas Science y Nature, proponen nuevas teorías que explicarían este desfaz en las cifras.</p>
<p><strong>Un mal cálculo</strong></p>
<p>El <a href="https://science.sciencemag.org/content/373/6550/107" target="_blank" rel="noopener noreferrer">artículo de la Revista Science</a>, dirigido por la Dra. Lisa Weiss y sus colegas del Centro de Educación e Investigación en Ambientes Mediterráneos (CEFREM) sugiere que el supuesto sumidero correspondería a un conteo de microplásticos superior al real.</p>
<p>Para resolver el enigma Weiss y sus compañeros reformularon cómo se calculan los flujos de masa de los ríos a partir de las observaciones del número de partículas.</p>
<p>“Los datos in situ que tenemos ahora para medir microplásticos en los ríos, en comparación con los primeros estudios de modelos empíricos, nos permitieron ensamblar una base de datos robusta que luego pudimos analizar para obtener una estimación más confiable de la cantidad de microplásticos que se descargan de los ríos al mar”, aseguró Weiss al medio Phys.org.</p>
<p>Este proceso que llevaron a cabo los expertos reveló varios errores metodológicos significativos en estimaciones de flujo de masa fluvial realizadas en años anteriores y que suponen entre 20 y 30 veces más residuos de los que realmente arrastran los ríos al océano.</p>
<p>“La necesidad de un sumidero donde los microplásticos terminarían de forma masiva desaparece si consideramos que un factor clave en la ecuación, es decir, las contribuciones del río, se sobreestima debido a errores acumulativos en la metodología y el enfoque comúnmente aplicado por la mayoría de los equipos de investigación”, señala el profesor Miquel Canals, responsable del Grupo de Investigación Consolidado en Geociencias Marinas de la Universidad de Barcelona.</p>
<p>Además, el estudio explica que la contaminación marina por microplásticos no proviene solo de los países con una pobre o nula gestión de residuos -como los investigadores, admiten, suponían- también los países con sistemas de gestión de residuos bien asentados generan estos desechos.</p>
<p>La publicación sugiere a la comunidad científica internacional a unificar criterios en los estudios que analizan el impacto de la contaminación por plásticos y, en particular, microplásticos.</p>
<p><strong>El sumidero está en las costas</strong></p>
<p>Por otra parte, un estudio publicado el pasado 2 de julio <a href="https://www.nature.com/articles/s41893-021-00720-8?utm_source=twitter&amp;utm_medium=social&amp;utm_content=organic&amp;utm_campaign=NGMT_USG_JC01_GL_NRJournals" target="_blank" rel="noopener noreferrer">en la revista Nature</a>, sugiere que la basura -especialmente plásticos grandes- queda atrapada en áreas cercanas a la costa, de modo que la mayoría de los desechos que se liberan al océano abierto serían microplásticos.</p>
<p>Los expertos explican que el misterioso sumidero de plásticos estaría en siete entornos acuáticos en donde los desechos más comunes serían envases de alimentos y bebidas para llevar, seguido de los objetos utilizados en las actividades pesqueras.</p>
<figure id="attachment_85094" aria-describedby="caption-attachment-85094" style="width: 984px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" class="size-full wp-image-85094" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2021/07/VideoMesa-de-trabajo-1-100.jpg" alt="" width="984" height="1360" /><figcaption id="caption-attachment-85094" class="wp-caption-text">El color de la barra se relaciona con su origen potencial (desechos de uso cotidiano, elementos de pesca y desechos industriales y de tareas del hogar).</figcaption></figure>
<p>Además, el estudio identificó cómo este “sumidero” varía su contenido de desechos de acuerdo a la región del planeta en la que se encuentre.</p>
<p><img loading="lazy" decoding="async" class="aligncenter size-full wp-image-85095" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2021/07/VideoMesa-de-trabajo-2-100.jpg" alt="" width="984" height="1360" />Los investigadores aseguran que tras esta investigación buscan brindar una primera descripción general del origen, el transporte y el destino final de la basura en el océano global y explicar, al fin, la ubicación del “plástico desaparecido” en el océano.</p>
<p>Aunque ambos equipos de científicos sugieren un origen distinto del buscado “sumidero”, todos coinciden en un punto: la urgencia por preservar los océanos.</p>
</div>
<p>“El consumo masivo y el descarte acelerado de productos hechos por el hombre plantean un grave problema de eliminación a escala mundial” explican los expertos del artículo de Nature y, como si estuvieran respondiéndose, los investigadores de la publicación de Science aseguran que este tema es tan urgente, ya que aún “si el vertido de microplásticos de los ríos a todos los océanos se detuviera de golpe, la cantidad de partículas flotantes y sus efectos perjudiciales para los ecosistemas marinos persistirían durante muchos años”.</p>
<div></div>
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        <author>Blog El Río</author>
                    <category>El Río</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=85089</guid>
        <pubDate>Thu, 15 Jul 2021 21:17:42 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Las nuevas teorías sobre los plásticos que “desaparecen” en el océano]]></media:description>
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        <item>
        <title>Con el agua al cuello: la tragedia de los ríos que se desbordan</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/el-rio/agua-al-cuello-la-tragedia-los-rios-se-desbordan/</link>
        <description><![CDATA[<p>Esta temporada de lluvias dejó a Puerto Asís, en Putumayo, sin planta de tratamiento de aguas tras un desbordamiento. En Salamina, el río Magdalena arrastró un kilómetro de muro de contención y gran parte de una vía nacional. Varios territorios del país están en alerta roja por posibles desbordamientos. ¿Por qué nos seguimos inundando? Por: [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<div class="controlled-font" data-block="true" data-editor="7866f" data-offset-key="4v34o-0-0">
<div role="presentation">
<div class="public-DraftStyleDefault-block public-DraftStyleDefault-ltr" data-offset-key="4v34o-0-0">
<p><em>Esta temporada de lluvias dejó a Puerto Asís, en Putumayo, sin planta de tratamiento de aguas tras un desbordamiento. En Salamina, el río Magdalena arrastró un kilómetro de muro de contención y gran parte de una vía nacional. Varios territorios del país están en alerta roja por posibles desbordamientos. ¿Por qué nos seguimos inundando?</em></p>
<figure id="attachment_84248" aria-describedby="caption-attachment-84248" style="width: 728px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" class="size-full wp-image-84248" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2021/05/inundación.png" alt="" width="728" height="444" /><figcaption id="caption-attachment-84248" class="wp-caption-text">El desbordamiento del río Putumayo este mes inundó ocho barrios en Puerto Asís. / Alcaldía local</figcaption></figure>
<p><strong>Por: María Mónica Monsalve, Daniela Quintero Díaz, Helena Calle. </strong></p>
<p>Esta semana hubo una serie de noticias que pasaron casi desapercibidas. En el municipio de Viterbo, Caldas, las insistentes lluvias desbordaron una quebrada, que inundó el municipio y dejó cinco muertos. El jueves 20 de mayo, uno de los jarillones que contenían al río Risaralda, a la altura del municipio La Virginia, se rompió, haciendo que el agua se desbordara por la mitad de los barrios. Días antes en Bolombolo, Antioquia, medios locales reportaron que la intensidad de las lluvias fue tan fuerte que afectó a 150 familias que, además, se quedaron sin energía por algunas horas. (Le puede interesar: <a href="https://blogs.elespectador.com/actualidad/el-rio/vietnam-huila-los-miedos-la-produccion-del-pez-basa" target="_blank" rel="noopener noreferrer">De Vietnam a Huila: los miedos de la producción del pez basa</a>)</p>
<p>A pesar de que a mediados de la semana pasada la Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos anunció que el fenómeno de la Niña había llegado a su fin, en Colombia aún no hemos salido de nuestra primera temporada de lluvias. “Hemos lanzado una advertencia de que en el segundo semestre el océano Pacífico tropical puede tener un enfriamiento significativo y, cuando esto sucede, las temporadas de lluvias se acentúan”, dice Yolanda González, directora del Ideam.</p>
<p>Hacia mitad de año, indica, hay una gran diversidad climática en el territorio nacional, y los patrones de lluvia son diferentes desde San Andrés hasta Leticia. En la región Andina, por ejemplo, comienza la primera temporada de lluvias, mientras que la Amazonia se encuentra con precipitaciones crecientes. En la Orinoquia se está consolidando la temporada de lluvias y para la región Caribe se espera para junio, al igual que el inicio de la temporada de huracanes. En este momento, en la mayoría de regiones del país, hay ríos en alerta roja por inundaciones. Los ríos Atrato (Caribe), San Juan y Baudó (Pacífico) se encuentran en permanente monitoreo por niveles altos del caudal. Las cuencas medias y bajas de los ríos Magdalena y Cauca también, ya que por ellas están transitando todas las aguas del inicio de la temporada lluviosa en el sur del país. Las cuencas de los ríos Guape, Guejar, Ariari, Meta y Casanare, en la Orinoquia, están igualmente en alerta roja, según la entidad.</p>
<figure id="attachment_84259" aria-describedby="caption-attachment-84259" style="width: 745px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-84259 size-full" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2021/05/alertasinunda-copia_39609662_page-0001.jpg" alt="" width="745" height="799" /><figcaption id="caption-attachment-84259" class="wp-caption-text">Departamentos en alerta por posibilidad de inundaciones hasta el 21 de mayo, según el IDEAM.</figcaption></figure>
<p>Un escenario que, como sucede casi periódicamente, vuelve a plantear una pregunta: ¿Por qué Colombia se inunda desastrosamente cada vez que llueve?</p>
<p>Para empezar, unos 190.935 km cuadrados de Colombia tienen condiciones que los hacen propensos a las inundaciones, sobre todo en la Orinoquia, donde según el Estudio Nacional de Agua 2018, el 31 % del área no solo puede inundarse, sino que debe hacerlo. Que Colombia se inunde es necesario. El problema es que hemos atravesado cultivos agrícolas, edificios y barrios enteros en esas zonas que deben inundarse, y hemos canalizado, enjaulado e impermeabilizado ríos haciendo que su agua corra más fuerte.</p>
<p>De acuerdo con Santiago Duque, limnólogo de la Universidad Nacional sede Leticia, en este país anfibio lo anormal es cómo nos relacionamos con el agua, y no el hecho de que el país se inunde. Según explica, la inundación es un proceso natural de los ríos, que se desbordan cuando tienen excesos en sus caudales. “Las zonas por donde corre el río cuando se desborda también hacen parte del río. Pero tenemos la idea de que la inundación es un problema, en vez de aprender a vivir con ella. No hay manera de frenar una inundación”.</p>
<p>“De forma histórica se ha intentado gestionar el agua solo como recurso hídrico, pensando en cómo ponerla en un tubo, un acueducto o que vaya a un distrito de riego”, explica Sandra Vilardy, bióloga marina y PhD en ecología y medio ambiente. “Pero se ha desligado el agua de su ciclo, de su relación con los ecosistemas e, incluso, de la captación de carbono en suelos. Se usa una fórmula muy simplista, y la misma, para gestionar el agua en zonas montañosas o en el valle”.</p>
<p>Se ha intentado mitigar las inundaciones con muros de contención, dragados y murallas, pero los ríos las resisten y vuelven a sus cauces. Y parte de por qué no funcionan es que esta perspectiva olvida recuperar los ríos desde sus funciones ecosistémicas que son, precisamente, las que evitarían que se desboquen.</p>
<p>Una alternativa que plantean los expertos, y que de hecho se convirtió en el mandato del Informe Mundial sobre el Desarrollo de los Recursos Hídricos de las Naciones Unidas en el 2018, son las Soluciones Basadas en la Naturaleza, que consisten en usar o imitar los procesos naturales de los ecosistemas. “Se trata de soluciones generales, como conservar las coberturas de bosques o restaurar ecosistemas, hasta imitar procesos naturales como los que se dan en un humedal”, comenta Carlos Rogéliz, líder del programa de conservación en gestión integrada de recursos hídricos para <em>The Nature Conservancy</em>. Un ejemplo sencillo es el de priorizar la cobertura de bosques durante cualquier proyecto de infraestructura. “Si pierdes cobertura vegetal y hay precipitación extrema, va a escurrir más agua y de forma más rápida, entonces el pico de la creciente será más alto. Pero con la vegetación, tanto la velocidad como el tiempo se amortiguan y mitigan una inundación”, comenta. (Le puede interesar: <a href="https://www.elespectador.com/ambiente/restaurar-la-naturaleza-el-secreto-contra-el-cambio-climatico-article/" target="_blank" rel="noopener noreferrer">Restaurar la naturaleza: el secreto contra el cambio climático</a>)</p>
<p>Pero los casos de aguas manejadas bajo esta estrategia son pocos. Francisco Charry, director de Cambio Climático del Ministerio de Ambiente, comenta que la cartera sigue liderando el Proyecto Mojana Clima y Vida, donde se están fortaleciendo estaciones hidrometeorológicas para el monitoreo de variables como inundación y se están restaurando 40 mil hectáreas potenciales para la Adaptación Basada en Ecosistemas (ABE), “donde se intervienen sistemas de humedales puntuales como caños y ciénagas aumentando su conectividad y relación con el paisaje agropecuario y los conocimientos de etnias locales”. Además, comenta, para el 2030 hay un compromiso para ajustar 135 Planes de Ordenación y Manejo de Cuencas Hidrográficas a las consideraciones de variabilidad y cambio climático. Por ahora, según Vilardy, la regla parece seguir siendo dragar los ríos como solución a las inundaciones.</p>
<h2>Los errores de Salamina</h2>
<figure id="attachment_84252" aria-describedby="caption-attachment-84252" style="width: 1242px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-84252 size-full" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2021/05/E1lzUvSX0AYJvpo.jpg" alt="" width="1242" height="684" /><figcaption id="caption-attachment-84252" class="wp-caption-text">La erosión sobre la vía-dique que une a los municipios de Salamina y El Penón, en Magdalena, causó el colapso del kilómetro 2.1 de la carretera. / Foto: Cormagdalena.</figcaption></figure>
<p>Si hay un buen ejemplo de los esfuerzos fallidos por contener el caudal de un río con diques, dragas y muros de contención, es el de Salamina, en Magdalena. La vía-dique que construyeron no solo conectaba este municipio con El Piñón, sino que también funcionaba como una barrera entre el río y la ciénaga más importante del país. ¿El objetivo? Prevenir inundaciones y habilitar tierras fértiles para otros usos, como cultivos y ganadería. (Le recomendamos: <a href="https://blogs.elespectador.com/actualidad/el-rio/erosion-salamina-las-consecuencias-construir-vias-sin-pensar-medio-ambiente" target="_blank" rel="noopener noreferrer">Erosión en Salamina: las consecuencias de construir vías sin pensar en el medio ambiente</a>)</p>
<p>En octubre de 2020 los habitantes de Salamina vieron cómo el río se llevaba la orilla y la caseta de dos pisos del ferry en segundos. El pasado 15 de mayo vieron nuevamente el colapso del 75 % de la vía-dique y, tan solo dos días después, la erosión se encontraba al borde de una finca de plantación de palma. Los sacos que había instalado la Unidad Nacional de Gestión de Riesgos y Desastres (UNGRD) el día anterior –como parte de la protección de la orilla– fueron arrastrados en menos de 24 horas por el río. Tan solo en el último año se han invertido más de 16 mil millones de pesos en obras de dragado, protección de orilla y muros de contención en los puntos más vulnerables a la erosión. Pero la emergencia no ha sido controlada.</p>
<blockquote class="twitter-tweet" data-width="500" data-dnt="true">
<p lang="es" dir="ltr">Salamina en alerta roja! </p>
<p>Es urgente, vital, necesario actuar ante esta emergencia que puede ser mayor cada día qué pasa. </p>
<p>Este es un clamor de todos los ribereños. Por favor <a href="https://twitter.com/MagdalenaGober?ref_src=twsrc%5Etfw">@MagdalenaGober</a> <a href="https://twitter.com/InviasOficial?ref_src=twsrc%5Etfw">@InviasOficial</a> <a href="https://twitter.com/MinTransporteCo?ref_src=twsrc%5Etfw">@MinTransporteCo</a> <a href="https://t.co/rrRlNLHMn9">pic.twitter.com/rrRlNLHMn9</a></p>
<p>&mdash; Jair Mejia (@JairMejiaA) <a href="https://twitter.com/JairMejiaA/status/1395379446669053956?ref_src=twsrc%5Etfw">May 20, 2021</a></p></blockquote>
<p><script async src="https://platform.twitter.com/widgets.js" charset="utf-8"></script></p>
<p>“¿Qué está pasando? ¡Que los sacos se van flotando!”, decía el cartel de uno de los habitantes de la zona que protestaban ante la falta de soluciones. “Salamina necesita soluciones, no pañitos de agua”, se leía en otro cartel. En las últimas semanas, los pobladores aledaños al río no han podido dormir por el temor a inundaciones. De acuerdo con el informe más reciente del Ideam, Salamina y El Piñón están en alerta roja luego de que el río se llevara más de un kilómetro del muro de contención.</p>
<p>Lo que sucede en este punto no es nuevo, ni único. Según Alfredo Martínez, subdirector de Gestión Ambiental de Corpomag, el departamento del Magdalena tiene cerca de 370 kilómetros paralelos al río Magdalena en la parte baja. “Por lo menos el 70 % es una zona muy inestable en la que se presentan constantes erosiones, producto de la dinámica del río”, señala. Lo grave es que muy cerca de este punto crítico hay poblaciones que llevan años asentadas. “Lo que se está tratando de hacer es proteger a esas poblaciones”.</p>
<figure id="attachment_84253" aria-describedby="caption-attachment-84253" style="width: 1280px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-84253 size-full" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2021/05/E1iEtIeX0AI8Al0.jpg" alt="" width="1280" height="960" /><figcaption id="caption-attachment-84253" class="wp-caption-text">El río Magdalena arrasó con la vía-dique, llegando hasta la cerca de una propiedad privada de plantación de palma y exponiendo un tubo de gas. / Foto: Cormagdalena.</figcaption></figure>
<p>Ante la emergencia, el Tribunal del Magdalena pidió la elaboración de un Plan Maestro, que agrupara a instituciones como la UNGRD, la Gobernación del Magdalena, el Invías, las alcaldías de Salamina y El Piñón y Cormagdalena (entidad encargada de coordinarlo), con el fin de entregar una “solución definitiva” en un plazo de 90 días, que se cumplen el 15 de junio. La base principal de ese Plan Maestro es un estudio llevado a cabo, y entregado en marzo pasado, por la Sociedad Colombiana de Ingenieros (SIC). En este se presenta un “concepto técnico sobre las alternativas de solución tanto en los componentes fluvial como vial” para la emergencia de Salamina. En pocas palabras, en más de 400 páginas el trabajo presenta cuatro alternativas para hacer frente al progreso inminente de la erosión en la carretera, desplazándola algunos kilómetros hacia el lado contrario de la orilla. El costo aproximado es de 90 mil millones de pesos.</p>
<p>Aunque el estudio hace un trabajo juicioso de diagnóstico presentando determinantes ambientales, biomas, cobertura de la tierra, principal uso del suelo y las medidas necesarias al estar ubicados en el humedal Ramsar de la Ciénaga Grande del Magdalena, estos detalles están enfocados en dos cosas: la viabilidad y costos de construir la vía, y las licencias ambientales necesarias en cada una de las alternativas. Para controlar los efectos del río sobre las márgenes, por ejemplo, las respuestas siguen siendo las mismas que se han aplicado durante años: la construcción de espolones con bolsas y acciones de dragados en río. Una vez más, labores de ingeniería.</p>
<p>Expertos llevan años diciéndolo: este es un problema de manejo de la cuenca. Si aguas arriba no se permite que el flujo del agua se libere, en las planicies va a llegar más agua, más rápido, profundizando la erosión en zonas que, además, ya están definidas como altamente vulnerables. Según el informe de la SIC, el 72 % del área donde se espera reubicar la vía con el Plan de Manejo se encuentra en alto riesgo por inundaciones y el 62 % pertenece a zonas inundables.</p>
<blockquote class="twitter-tweet" data-width="500" data-dnt="true">
<p lang="es" dir="ltr"><a href="https://twitter.com/hashtag/AEstaHora?src=hash&amp;ref_src=twsrc%5Etfw">#AEstaHora</a> nos encontramos en el municipio de <a href="https://twitter.com/hashtag/Salamina?src=hash&amp;ref_src=twsrc%5Etfw">#Salamina</a> con el fin de evaluar la nueva emergencia presentada en el kilómetro 2.1 de la vía Salamina &#8211; El Piñón.<a href="https://twitter.com/hashtag/TrabajamosPorElR%C3%ADo?src=hash&amp;ref_src=twsrc%5Etfw">#TrabajamosPorElRío</a> y las comunidades del Magdalena. <a href="https://t.co/2vAei8en6p">pic.twitter.com/2vAei8en6p</a></p>
<p>&mdash; Cormagdalena (@Cormagdalena) <a href="https://twitter.com/Cormagdalena/status/1393935152003395591?ref_src=twsrc%5Etfw">May 16, 2021</a></p></blockquote>
<p><script async src="https://platform.twitter.com/widgets.js" charset="utf-8"></script></p>
<p>“La erosión en Salamina y las constantes inundaciones en los municipios del norte del Magdalena durante las lluvias son una muestra de la pérdida de regulación hídrica del humedal Ramsar Ciénaga Grande”, asegura Vilardy. “Salamina es el resultado del manejo que se ha tenido de la cuenca históricamente, y que genera problemas principalmente en la parte baja”, dicen desde Corpomag. La deforestación, la pérdida de zonas de amortiguación de los pulsos de inundación, la transformación de pantanos y ciénagas que servían para almacenar los excesos de agua, la construcción de diques y la desconexión de la cuenca son parte de las causas que no están siendo consideradas para la solución “definitiva”. “Si no se mejora el ordenamiento de la ribera, no hay forma de competir contra el río”, explicaba hace unos meses a este diario el profesor Humberto Ávila, director del Observatorio del Río Magdalena de la Universidad del Norte.</p>
<p>“A mí a veces me causa un poco de temor decir que es una solución definitiva”, confiesa Fredy Melo, de Cormagdalena y jefe del Plan Maestro. “Hay que entender que el río es dinámico y que puede cambiar mañana, o en un mes. Hacer dragados es una solución temporal, pero no definitiva”. Sin embargo, para las autoridades la solución sigue estando en una “obra con rigor técnico, que dé bastante protección a la orilla y donde se tenga la tranquilidad de que no va a entrar el agua&#8221;.</p>
<h2>El río Putumayo retoma su “madre vieja”</h2>
<figure id="attachment_84255" aria-describedby="caption-attachment-84255" style="width: 1280px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-84255 size-full" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2021/05/9e8d8eea-c1e9-4ea0-86e9-bcbff587c67d.jpg" alt="" width="1280" height="853" /><figcaption id="caption-attachment-84255" class="wp-caption-text">Las crecientes del río Putumayo pusieron en riesgo a ocho barrios y un territorio indígena del corregimiento de Puerto Vega. / Foto: cortesía Alcadía Local</figcaption></figure>
<p>Otra inundación catastrófica pasó de agache este mes. En mayo, en el municipio de Puerto Asís, las crecientes del río Putumayo pusieron en riesgo a ocho barrios y un territorio indígena del corregimiento de Puerto Vega, dañaron la planta de tratamiento de agua de Puerto Asís y afectaron a cinco mil personas.</p>
<p>Ya ha sucedido antes, y tanto autoridades como pobladores saben que Puerto Asís siempre ha estado en riesgo de inundación por estar sobre el cauce activo del río Putumayo.</p>
<p>Un informe de 2017 hecho por Corpoamazonia sobre la dinámica de este río (cuyo cauce alcanza los 300 metros en este punto) traza una línea azul que demuestra que, hace 60 años, el río Putumayo pasaba por donde ahora es el centro del pueblo. La sedimentación y los años han hecho que modifique su cauce, sin embargo, su memoria podría hacer que el agua retome su antiguo paso y borre barrios enteros como sucedió hace dos semanas. “Nuestros fundadores ordenan construir Puerto Asís en 1912 totalmente a la orilla del río. Por lo tanto el cauce antiguo es este que están viendo. Rogamos a Dios para que nunca más regrese”, dice una imagen que muestra los cambios del río.</p>
<p>A pesar de las oraciones, es justamente eso lo que está pasando: entre 2013 y 2017, el río se corrió unos 200 metros hacia Puerto Asís. “El río intenta volver por sus antiguos lechos, pero encuentra barreras y entra por nuevos ‘rompederos’”. En su nueva dinámica fluvial, socava en lugares distintos modificando sus meandros anteriores de forma irregular. “Es decir, el río está retomando su madre vieja”, dice el informe.</p>
<figure id="attachment_84254" aria-describedby="caption-attachment-84254" style="width: 1280px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-84254 size-full" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2021/05/fe189a45-cc33-4720-ab15-edb0540f95c0.jpg" alt="" width="1280" height="853" /><figcaption id="caption-attachment-84254" class="wp-caption-text">La creciente del río Putumayo arrastró la planta de tratamiento de aguas de Puerto Asís. / Foto: cortesía Alcaldía Local</figcaption></figure>
<p>Precisamente, la Corporación está estudiando cómo proteger a Puerto Asís de las inundaciones naturales del río Putumayo, dado que la totalidad del municipio hace parte de la vieja madre del río. En el puerto de descarga de mercancías de Puerto Asís hay una obra de protección de 150 metros que aún se sostiene, pero que ha cambiado el flujo del agua. Por decirlo de algún modo, el puerto está a salvo de la socavación del río, pero el río se ha movido “hacia la curva externa por efecto de la socavación. Se hizo una estructura con una longitud que aplica para el cauce de una quebrada o río con ancho menor a 30 metros, y aquí el cauce oscila entre 250 y 300 metros”. En otras palabras, el agua está entrando por el ladito.</p>
<p>A finales de 2017, el Ministerio de Ambiente publicó un decreto en donde ordenaba a las Corporaciones hacer un acotamiento de las rondas hídricas que corresponda a las particularidades de cada río. Con la legislación actual, la ronda de los ríos colombianos está fijada en 30 metros, pero hay ríos que se pueden desbordar hasta 100 metros de su cauce.</p>
<p>“Llama la atención el buen número obras de protección construidas en el río Putumayo mediante geomallas, bolsacretos, gaviones y hasta muros en concreto ciclópeo. Se puede concluir que prácticamente todas han fallado por una sola causa fundamental: ausencia de un análisis detallado de la dinámica fluvial”, escribe Corpoamazonia en otro análisis de 2018 que, a la larga, es un desesperado llamado al Minambiente para que busque soluciones para Puerto Asís</p>
<h2>El problema del río Medellín viene loma arriba</h2>
<p>En las grandes ciudades las inundaciones también causan estragos. El seis de abril, el río Medellín se desbordó haciendo olas cerca de La Macarena y Parques del Río, sobre la avenida Regional. Según algunas notas de prensa, el Cuerpo de Bomberos de Medellín atendió más de 200 llamadas de emergencia por inundaciones de apartamentos, parqueaderos y calles en Medellín, Sabaneta, Itagüí y Copacabana.</p>
<blockquote class="twitter-tweet" data-width="500" data-dnt="true">
<p lang="es" dir="ltr">Desbordado el río Medellín 😱 <a href="https://t.co/NrWhinwFBV">pic.twitter.com/NrWhinwFBV</a></p>
<p>&mdash; Alex Quiñones .•. (@qmoncalean0) <a href="https://twitter.com/qmoncalean0/status/1379281634839695361?ref_src=twsrc%5Etfw">April 6, 2021</a></p></blockquote>
<p><script async src="https://platform.twitter.com/widgets.js" charset="utf-8"></script></p>
<p>El agua se llevó postes, torres de luz, se infiltró en el Hospital Venancio Díaz de Sabaneta y unas 20 familias se vieron afectadas por la crecida del río tutelar del Valle de Aburrá. El río Medellín ha sido rectificado y re canalizado muchas veces para sostener la urbanización de la ciudad y sus zonas aledañas. También por lo mismo se ha desbordado varias veces, tal vez nunca tan notoriamente como en abril, y aunque es normal que esto suceda, ha aumentado la frecuencia con que se desborda.</p>
<p>“Hicieron obras de canalización para evitar desbordamientos en los periodos de lluvias, pero eso no sirve mucho porque hay asentamientos en esas zonas de inundación. En Antioquia las montañas son altas, entonces cuando no había tanta población y tanta tala de bosques, el agua llegaba a las quebradas y tributarios del río Medellín después de infiltrarse en los suelos. Ahora hay suelos impermeabilizados (con vías, por ejemplo) y menos árboles, de modo que el agua llega más y más veloz a esas quebradas”, explica José Daniel Vélez, parte del equipo de hidrología de la Corporación Autónoma Regional de las cuencas de los ríos Negro y Nare (Cornare).</p>
<p><span style="font-weight: 400;">Vélez y otros integrantes del grupo que buscan soluciones naturales al cambio climático han propuesto soluciones como no usar sistemas de alcantarillado en Medellín, sino que se imiten los humedales naturales para que el agua tenga amortiguamiento, ampliar las rondas hídricas dependiendo del río, o que todas las casas del Aburrá tengan sistemas de aprovechamiento de lluvia para que el agua no se estanque o se escurra por los techos de las casas. “Incluso se ha propuesto que se le exija a las construcciones un porcentaje de impermeabilidad. Por ejemplo, que un parqueadero no sea de cemento sino de adoquín para que el agua se filtre”, dice Vélez.</span></p>
<p>“Queremos manejar el agua cuando el agua siempre nos dominará. Las inundaciones y sus desastres son producto de una mala planeación. Siempre andamos peleando los ríos, haciéndoles daño, pero todos los ríos están vivos, mantienen su identidad, cambian y crecen o se alejan, pero nunca olvidan las rutas por donde pasan. Los ríos tienen memoria”, concluye el profesor Duque.</p>
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        <author>Blog El Río</author>
                    <category>El Río</category>
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        <pubDate>Sun, 23 May 2021 00:50:06 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Con el agua al cuello: la tragedia de los ríos que se desbordan]]></media:description>
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        <title>De Vietnam a Huila: los miedos de la producción del pez basa</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/el-rio/vietnam-huila-los-miedos-la-produccion-del-pez-basa/</link>
        <description><![CDATA[<p>Desde el 2015 empezó a reportarse en Colombia la presencia del pez basa en diferentes puntos de la cuenca del río Magdalena, una especie exótica que fue introducida ilegalmente al país. Su presencia genera incertidumbre, pues aún se conoce muy poco sobre los posibles impactos que pueda causar en la biodiversidad nativa. Sin embargo, desde [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p><em>Desde el 2015 empezó a reportarse en Colombia la presencia del pez basa en diferentes puntos de la cuenca del río Magdalena, una especie exótica que fue introducida ilegalmente al país. Su presencia genera incertidumbre, pues aún se conoce muy poco sobre los posibles impactos que pueda causar en la biodiversidad nativa. Sin embargo, desde sectores del Gobierno y gremios de acuicultores se ha impulsado su “domesticación”.</em></p>
<figure id="attachment_84083" aria-describedby="caption-attachment-84083" style="width: 984px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-84083 size-full" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2021/05/Pez-basa-3.jpg" alt="" width="984" height="655" /><figcaption id="caption-attachment-84083" class="wp-caption-text">El pez basa, proveniente de la cuenca del río Mekong, en Asia, llega a medir 1,3 metros y pesar 44 kilos. Puede desarrollarse en condiciones difíciles. / Foto: AUNAP</figcaption></figure>
<p><strong>Por: Daniela Quintero Díaz (@danielaquinterd / @BlogElRio)</strong></p>
<p>Hace unos días hablé con una persona muy cercana que siempre me pregunta por lo que estoy escribiendo. “Estoy haciendo algo del pez basa”, le dije. “Ah, sí. Los bagres. Son muy bonitos. Yo eché en el lago de mi finca como 800 alevinos de esos. Crecen rapidísimo”, respondió. La tranquilidad con la que contó su anécdota me inquietó bastante. “¿Cómo? Es una especie exótica”, dije. “Su cría, comercialización y distribución es ilegal en Colombia. Es un delito ambiental. ¿Dónde lo consiguió?”, insistí, bombardeándolo de preguntas. “No sabía. Lo compré donde compro otros pescados normalmente, en Huila. Los mandan hasta donde uno les diga e incluso le dicen cómo alimentarlos”.</p>
<p>El pez basa (<em>Pangasianodon hypophthalmus</em>), proveniente de la cuenca del río Mekong, en el sudeste asiático, se ha convertido en una de las especies con mayor proyección en la acuicultura del mundo. Su rápido crecimiento (puede alcanzar un kilogramo en solo cuatro meses) y numerosa reproducción (más de un millón de huevos por desove) lo han llevado a colonizar, en gran medida de manera irregular, diversos rincones del planeta. Aunque en Colombia no se tienen investigaciones o reportes oficiales de su llegada, pues fue introducido ilegalmente, en los últimos años se ha hecho evidente la venta de sus alevinos en varios departamentos. Criaderos, tiendas de mascotas, plazas de mercado y hasta páginas de redes sociales comercializan esta especie sin restricción y sin mucho control por parte de las autoridades competentes. Lo grave es que los animales se han registrado, desde 2015, en aguas naturales en diferentes puntos de la macrocuenca Magdalena – Cauca.</p>
<figure id="attachment_84082" aria-describedby="caption-attachment-84082" style="width: 984px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-84082 size-full" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2021/05/Pez-basa-2.jpg" alt="" width="984" height="655" /><figcaption id="caption-attachment-84082" class="wp-caption-text">Ejemplar de pez basa capturado en el río Nechí, el tributario más importante del río Cauca. / Foto: Cortesía</figcaption></figure>
<p>El comercio y la producción ilegal de este pez también conocido como pangasius, que ha generado gran preocupación a nivel internacional, es evidente ante los ojos de muchos, pero pocos se han puesto a hablar de ello.</p>
<h2><strong>Una especie de alto riesgo</strong></h2>
<figure id="attachment_84081" aria-describedby="caption-attachment-84081" style="width: 984px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-84081 size-full" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2021/05/Pez-basa-1.jpg" alt="" width="984" height="655" /><figcaption id="caption-attachment-84081" class="wp-caption-text">Investigaciones nacionales e internacionales han insistido en el posible potencial que tiene esta especie para convertirse en invasora. / Foto: Getty Images</figcaption></figure>
<p>En el mundo, esta especie es considerada como altamente invasora. Investigaciones nacionales e internacionales han insistido en el posible potencial que tiene para distribuirse e impactar nuestros ecosistemas acuáticos, afectar la biodiversidad y los peces nativos de la cuenca del río Magdalena (considerada como la de mayor riqueza de especies en la región). (Le recomendamos: <a href="https://blogs.elespectador.com/actualidad/el-rio/las-amenazas-rodean-los-emblematicos-peces-del-magdalena">Las amenazas que rodean a los emblemáticos peces del Magdalena</a>)</p>
<p>El Instituto Humboldt, tras una solicitud del Ministerio de Ambiente, emitió un concepto técnico en 2012 donde catalogó al pez basa como una especie de alto riesgo. ¿Los motivos? Se trata de un pez que tiene una dieta amplia, es omívoro y puede comer desde algas hasta crustáceos y otros peces; tiene elevadas tasas de reproducción, un rápido crecimiento, y es muy bueno para sobrevivir en ambientes extremos (tiene respiración acuática y aérea, lo que le permite permanecer en condiciones de muy poco oxígeno disuelto). También migra grandes distancias.</p>
<p>A esto se le suma que, en Colombia, cuenta con condiciones ideales para su desarrollo. Para María Camila Castellanos, bióloga de la Universidad EAFIT y parte del Grupo de Ictiología de la Universidad de Antioquia, esta especie no solo tiene la posibilidad de desplazarse ampliamente por la cuenca del Magdalena, sino que además tiene disponibilidad de “nicho ecológico”. A lo que se refiere es a que cuenta con características ambientales idóneas para establecerse: es una cuenca de zona tropical, como la de su lugar de origen, con temperaturas en las que se siente cómoda y con zonas bajas con sedimentos, similares a las que encuentra en el delta del río Mekong, donde se desarrolla. “Para esta especie no sería difícil colonizar estos hábitats colombianos”, asegura Castellanos. (Puede leer: <a href="https://blogs.elespectador.com/actualidad/el-rio/lo-cuentan-las-233-especies-peces-del-magdalena">Lo que cuentan las 233 especies de peces del Magdalena</a>)</p>
<p>En el siguiente mapa, producto de <a href="https://revistas.ucr.ac.cr/index.php/rbt/article/view/44223/46320" target="_blank" rel="noopener noreferrer">su última investigación</a>, se evidencian las áreas de distribución potencial del pez basa en Colombia, es decir, los lugares que cuentan con condiciones idóneas en las que esta especie podría establecerse (presentados con líneas naranjas). Como se sospechaba, muchas de las zonas se traslapan con los nichos ecológicos de especies nativas como la doncella, el blanquillo y el icónico bagre rayado, catalogadas como vulnerables y en estado crítico de amenaza. En el mapa también se muestran los puntos en los que ha sido reportada la presencia del basa a lo largo de la cuenca Magdalena-Cauca.</p>
<figure id="attachment_84097" aria-describedby="caption-attachment-84097" style="width: 638px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-84097 size-full" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2021/05/basa.jpg" alt="" width="638" height="1273" /><figcaption id="caption-attachment-84097" class="wp-caption-text">Las líneas naranjas representan las áreas de distribución potencial de la especie Pangasianodon hypophthalmus en Colombia, es decir, áreas con condiciones ambientales idóneas para el establecimiento de la especie. Los puntos rojos indican los registros de la especie en la cuenca Magdalena-Cauca. / Cortesía María Camila Castellanos</figcaption></figure>
<h2><strong>Una apuesta del Gobierno</strong></h2>
<p>En octubre de 2018, cuando el presidente Iván Duque iniciaba su mandato como jefe de estado, participó de un taller de “Construyendo País” en el Huila (departamento con el 45% de la producción piscícola a nivel nacional).</p>
<p>En medio de proposiciones de los acuicultores para la legalización de la producción del pez basa en Colombia, le solicitó a su entonces ministro de Ambiente, Ricardo Lozano, que se tomara un tiempo para escuchar a los representantes de ese gremio. “Miremos qué tipo de medidas podrían permitir que Colombia no fuera un importador y que nosotros también pudiéramos desarrollar la especie en el país. Esa posibilidad se puede dar en Colombia”, dijo, dando un espaldarazo a esta producción que, hasta entonces, no había tenido cabida.</p>
<p>En enero de este año el senador Ernesto Macías, oriundo de Garzón (Huila), volvió a darle un impulso al tema a través de un artículo llamado “La hora del pez basa”, publicado en un diario regional. En este, al igual que en una misiva enviada al ministro de Ambiente, Carlos Eduardo Correa, le solicitaba a gobierno nacional “tomar las medidas necesarias para proceder a la domesticación del pez basa”. El senador, que según su reporte al Consejo Nacional Electoral recibió 46 millones para su campaña -entre donaciones y contribuciones- de cuatro empresas piscícolas de la región, recordó que su domesticación había sido un compromiso del presidente y que contribuiría a la reactivación económica del país ante la crisis generada por el coronavirus.</p>
<p>La autoridad encargada de la declaración de especies domesticadas en Colombia es la Autoridad Nacional de Acuicultura y Pesca (AUNAP). Tras una solicitud de Presidencia, entre octubre y diciembre del año pasado, dirigió una investigación para conocer el comportamiento de esta especie en cautiverio, así como los protocolos para su transporte y manejo.</p>
<p>El objetivo, aseguraron, era <em>“</em>evaluar aspectos biológicos, de ecología trófica y sanitarios de diferentes grupos etarios del pez basa obtenidos en Colombia, y mantenidos bajo condiciones de confinamiento”. Para hacerlo, se usaron 135 ejemplares de este animal que habían sido decomisados en el Valle de Aburrá y permanecían en el Parque Explora. Los peces fueron distribuidos y enviados, en dos grupos similares, a la Estación del Bajo Magdalena (en Repelón, Atlántico) y la Estación del Alto Magdalena (en Gigante, Huila), de la AUNAP.</p>
<p>Para uno de los puntos álgidos del debate, que se refiere al posible comportamiento predatorio del pez frente a otras especies, se hicieron observaciones de 12 horas en intervalos de 40 minutos durante diez días. Los tanques contenían individuos de diferentes grupos etarios de especies nativas y domesticadas en Colombia, como el Bocachico (<em>Prochilodus magdalenae</em>), la Dorada (<em>Brycon moorei</em>), el Capaz (<em>Pimelodus grosskopfii</em>), el Blanquillo (<em>Sorubim cuspicaudus</em>), la Tilapia Roja (<em>Oreochromis sp</em>) y la Tilapia Plateada (<em>Oreochromis niloticus</em>), junto con individuos de pez basa.</p>
<figure id="attachment_84106" aria-describedby="caption-attachment-84106" style="width: 1280px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-84106 size-full" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2021/05/Pez-basa-2-1.jpg" alt="" width="1280" height="960" /><figcaption id="caption-attachment-84106" class="wp-caption-text">Colombia importa anualmente cerca de 40 mil toneladas de pez basa para consumo. / Foto: AUNAP</figcaption></figure>
<p>Los resultados arrojaron que, en condiciones de cautiverio y controladas, el pez basa puede convivir con diferentes especies de peces de interés de cultivo en sin representar riesgo de predación. Sin embargo, en el mismo estudio, <a href="https://drive.google.com/file/d/1bum9-za_QciLskt-C-6jY_oydAmjf2PM/view?pli=1" target="_blank" rel="noopener noreferrer">publicado por la AUNAP el pasado 4 de mayo</a>, se lee que la respuesta de los peces estuvo “limitada a factores como mortalidad, bajo o escaso instinto de alimentación llevando a una prolongada inanición, estrés producido por el transporte y adaptación al cambio bajo condiciones de confinamiento”. También se indica que los resultados son una “aproximación inicial” y que sería de gran utilidad realizar estudios adicionales en otras etapas de vida animal, soportados en un mayor número de peces, que sean obtenidos preferiblemente en la región.</p>
<p>Según Ayari Rojano, bióloga de la Corporación Autónoma Regional del Atlántico (CRA), una de las autoridades ambientales que acompañó el estudio, “los peces llegaron en malas condiciones por el viaje, aletargados, débiles y en su mayoría no sabían alimentarse en cautiverio. Tras la muerte de la mayoría de individuos adultos, hubo objetivos que no se pudieron cumplir, como por ejemplo conocer la parte reproductiva”. Asegura también que, aunque el pez no presentó agresividad en confinamiento, “esto no significa que se va a comportar igualmente en ambiente natural”.</p>
<p>“Se trata del primer acercamiento a una especie con un potencial invasor importante, pero todavía falta muchísimo por conocer”, agrega Katherine Arenas, bióloga de la Corporación Autónoma del Alto Magdalena (CAM), entidad que también participó de la investigación. “Como autoridad ambiental conocemos la impotancia de este tipo de estudio y lo valoramos como punto de partida, pero nuestra posición es que son necesarios muchísimos más estudios”, insiste.</p>
<p>Sin embargo, para María Rosa Angarita, jefa de la Oficina de generación del conocimiento y de la información (OGCI) de la AUNAP, y quien estuvo a cargo de la investigación, sus hallazgos “son concluyentes”. Como aseguró a <strong>El Espectador</strong>, “aunque es una investigación inicial, sobre lo que hicimos estamos seguros. Estamos seguros del comportamiento del animal. Nosotros hoy sí podemos, completamente, decir que no es un animal agresivo ni un animal voraz, porque ya lo vimos”. En las últimas semanas esta entidad ha participado en eventos nacionales e internacionales en los que, además de mostrar los resultados del estudio, demuestra su interés en que  el país domestique y le apueste a esta especie en la acuacultura.</p>
<p>“El ave de américa es la guacharaca. Pero ahorita es absurdo cultivar guacharacas teniendo gallinas”, asegura Nicolás del Castillo, director de la autoridad pesquera. “El basa es como el cerdo de agua dulce. Se trata de una especie potencial para diversificar la acuicultura de Colombia, y este sería un producto contundente que nos permitiría generar empleo en el país y pensar en exportar”.</p>
<p>Voceros del Grupo de Ictiología de la Universidad de Antioquia, que le han seguido la pista al tema desde hace años, señalan por el contrario que unas muestras pequeñas y una investigación de tres meses no pueden ser concluyentes para tomar una decisión. <em>“</em>Los estanques pueden generar un estrés particular y los peces en situaciones de estrés no se alimentan. Muchas especies de bagre se alimentan en la noche y las observaciones fueron solo de día. Es necesario aumentar las variables, durante más tiempo y tener en cuenta los análisis de riesgo de la especie que se han hecho en otras partes del mundo”, explican.</p>
<p>Y es que, aunque el potencial económico del pez basa es evidente, hay un costo aún más difícil de definir: el de los impactos ambientales y la posible pérdida de biodiversidad tras su introducción en nuestros ecosistemas. Aquí también funcionan las analogías: “Estamos en un momento crucial, porque en 20 o 30 años podríamos estar en una situación similar a la de los hipopótamos del Magdalena”, asegura Silvia López, doctora en biología y experta en peces de agua dulce. “Los resultados de la introducción de esta especie no se van a ver ya, pero, si no se controlan de inmediato, las consecuencias pueden ser irreparables. Los hipopótamos son gigantes y se ven de lejos, pero bajo el agua se hace mucho más difícil hacer observación y seguirle el paso a animales como el basa”, insiste.</p>
<p>Mientras tanto, investigadores, incautaciones de Corporaciones Autónomas Regionales, reportes del Sistema de Servicio Estadístico Pesquero Colombiano (SEPC) y registros de aplicaciones como <a href="http://www.biovirtual.unal.edu.co/invbasa/es/sobre-proyecto/" target="_blank" rel="noopener noreferrer">InvBasa</a> (que hacen seguimiento de las especies invasoras en Colombia) demuestran que la presencia no autorizada de esta especie, su producción y su comercio ilegal, continúan en aumento en el país. “El comercio de este animal es voraz, y en el departamento del Huila es donde más se está dando la introducción de esta especie. Hay un protocolo a oscuras sobre su producción, crecimiento, dieta y condiciones con total ausencia de prevención y vigilancia por parte de las autoridades”, afirma Andrés Algarra, biólogo de la Universidad del Tolima.</p>
<h2>¿Quién da respuestas?</h2>
<p>Pese a las divergencias, todas las personas entrevistadas para este artículo coinciden en que es necesario tomar acciones urgentes para frenar el cultivo y distribución ilegal del pez basa en Colombia. Las corporaciones autónomas entrevistadas aseguran que, aunque han escuchado de la situación, no han recibido denuncias oficiales en sus jurisdicciones. La AUNAP aclaró que no ha expedido ningún acto administrativo que declare como legalmente introducida al país esta especie, por lo que su comercio y producción sigue sin estar autorizado y debe ser judicializado por las autoridades competentes. “Para proferirse el respectivo acto administrativo  que permita domesticar el pez basa es indispensable contar con un pronunciamiento previo del Minambiente”, indicaron.</p>
<p>Durante dos semanas este diario intentó comunicarse con el Ministerio de Medio Ambiente y Desarrollo Sostenible para conocer qué acciones se estaban impulsando para hacerle frente a este problema, que ya ha llegado a aguas naturales y del que se conoce muy poco sobre sus posibles impactos. Luego de varias insistencias, la única respuesta que se recibió, a través de un mensaje de Whatsapp, decía: “Estamos en proceso de una decisión y, hasta que no se tome, no tendremos declaraciones al respecto”.</p>
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        <author>Blog El Río</author>
                    <category>El Río</category>
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        <pubDate>Sun, 16 May 2021 01:52:23 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[De Vietnam a Huila: los miedos de la producción del pez basa]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Blog El Río</media:credit>
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        <title>Científicos muestran cómo podemos mejorar la conservación del río Magdalena</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/el-rio/ampliar-la-vision-conservacion-reto-preservar-la-cuenca-del-magdalena/</link>
        <description><![CDATA[<p>Entender el río como un gran ecosistema es necesario para poder preservar las especies que lo habitan. Incluir a las comunidades de pescadores como actores activos en el proceso y articular a las diferentes autoridades ambientales son algunas de las propuestas para lograrlo. Por: Juliana Jaimes (@Julsjaimes) En la cuenca del río Magdalena existen alrededor [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p><em>Entender el río como un gran ecosistema es necesario para poder preservar las especies que lo habitan. Incluir a las comunidades de pescadores como actores activos en el proceso y articular a las diferentes autoridades ambientales son algunas de las propuestas para lograrlo. </em></p>



<figure class="wp-block-image aligncenter"><img decoding="async" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2021/04/magdalena.jpg" alt="" class="wp-image-83776"/></figure>



<p><strong>Por: Juliana Jaimes (@Julsjaimes)</strong></p>



<p>En la cuenca del río Magdalena existen alrededor de 233 especies de peces. 113 de ellas son de interés comercial y, al menos, 65 son fuente directa de alimento para los seres humanos. El río ocupa el 24% del territorio nacional y atraviesa once departamentos en los que vive el 77% de la población colombiana. Pero, pese a ser la principal arteria fluvial del país, solo hasta la década de los 70 se formalizaron las primeras medidas para su conservación. Este ecosistema de agua dulce representa además uno de los lugares más ricos en biodiversidad única en el mundo, pues el 68% del total de las especies que habitan el río son endémicas del país. (Le recomendamos:<a href="https://blogs.elespectador.com/actualidad/el-rio/lo-cuentan-las-233-especies-peces-del-magdalena" target="_blank" rel="noopener noreferrer"> Lo que cuentan las 233 especies de peces del Magdalena</a>)</p>



<p>Las estrategias de protección que hasta la fecha se han puesto en marcha se podrían dividir en cinco grandes medidas de conservación. La protección a las especies de interés comercial o en amenaza es la principal medida de conservación del país. Su actualización, con el pasar de los años, se ha centrado en la disminución de la edad y talla de los peces a la hora de su captura. Esto, según explicó Silvia López Casas, bióloga y experta en ecología de ambientes acuáticos, y quien además participó en la elaboración de varios capítulos del libro <em>Peces de la cuenca del río Magdalena; diversidad, conservación y uso sostenible,</em> tiene un único propósito: “garantizar que todos los individuos tengan descendencia antes de que los pesquen”.</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter wp-image-83802 size-full"><img decoding="async" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2021/04/8658cfbb-a0c6-4228-b7f0-71300359ca41.jpg" alt="" class="wp-image-83802"/><figcaption class="wp-element-caption">La creación de áreas protegidas, el acompañamiento a las comunidades de pescadores y la creación de planes de ordenamiento territorial son algunas de las estrategias que actualmente existen de conservación. / Foto: Cortesía Instituto Humboldt.</figcaption></figure>



<p>Aunque la creación de áreas protegidas, el acompañamiento a las comunidades de pescadores, la creación de planes de ordenamiento territorial a lo largo de la cuenca y, el licenciamiento ambiental, son otras de las estrategias de conservación que actualmente rigen a lo largo del río, parecen no ser suficientes. De hecho, cubren solo un cuarto del total de especies de la cuenca. (Le recomendamos: <a href="https://blogs.elespectador.com/actualidad/el-rio/las-amenazas-rodean-los-emblematicos-peces-del-magdalena" target="_blank" rel="noopener noreferrer">Las amenazas que rodean a los emblemáticos peces del Magdalena</a>)</p>



<p>La razón, para Ángela Gutiérrez, una de las biólogas que participó en la investigación, es la falta de entendimiento del río como un gran ecosistema. “No hay una visión integral del manejo de los ecosistemas, sino que existen muchas figuras que se han creado y han ido surgiendo tanto de gobierno como de instituciones, pero son muy fragmentadas entonces no hay una visión integral de cuenca que permita realmente abordar la problemática de una forma mucho más completa con todas las causas y posibles soluciones”, dijo a<strong> El Espectador</strong>.</p>



<p>La cuenca del río Magdalena tiene una extensión de más de 250.000 kilómetros cuadrados, y por ella responden varias autoridades nacionales como el Ministerio de Ambiente, locales como las Corporaciones Autónomas regionales y especializadas como la Autoridad Nacional de Acuicultura y Pesca (AUNAP), entre otras. Y aunque son varias las instituciones que están detrás del monitoreo fluvial, esa articulación -a la que se refería Gutiérrez-&nbsp; se ha quedado corta.</p>



<p>“La AUNAP y, en algunos casos, el Ministerio de Agricultura se encarga de la parte de pescas de interés comercial, el Ministerio de Ambiente y el Instituto Humboldt de las especies que no son pescadas y no tienen interés comercial. Entonces hay muchos grupos que están regidos por diferentes normativas y por eso quedan vacíos de conservación. Y cuando hay incautaciones o trabajos institucionales en los que se encuentran irregularidades no sé sabe quién responde”, complementó López.</p>



<p>Dentro de la visión clásica de conservación, como también es denominada por los investigadores, existe otra artista que influye especialmente en la falta de entendimiento de la cuenca dentro de un gran sistema, y es la importancia que se le da al control de la actividad pesquera. Una preocupación que además de ser histórica, y responde a un miedo que también es tradicional en el ámbito pesquero: el agotamiento de las poblaciones de peces. Algo que, en otras palabras, se traduce en normativas represivas hacia las comunidades de pescadores que subsisten de esta actividad. (Le recomendamos:</p>



<p>Para Gutiérrez, si bien es cierto que cualquier actividad de extracción genera un impacto en los recursos naturales, la pesca artesanal, que es mucho más controlada por las autoridades, no siempre es la que más afecta. “La pesca ha tenido un impacto en los ecosistemas, pero cuando lo comparas con los impactos de todas las otras actividades humanas de extracción como: mal uso del suelo, ganadería, minería y la contaminación, la afectación no es tan alta. Tenemos que empezar a entender que son muchos los factores que generan pérdida de hábitat”, agregó.</p>



<h2 class="wp-block-heading"><strong>La importancia de ampliar la visión de conservación del río</strong></h2>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-full wp-image-78388"><img decoding="async" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2020/08/DJI_0081.jpg" alt="" class="wp-image-78388"/><figcaption class="wp-element-caption">Los pescadores deben ser tenidos en cuenta como actores clave para potenciar la conservación del río Magdalena. / Foto: Cortesía The Nature Conservancy</figcaption></figure>



<p>El primer factor para generar estrategias de conservación que sean efectivas según explicó Yesid Rondón, biólogo de la fundación Natura y quien también participó en la investigación, es que las actualizaciones que se hagan no se piensen bajo las necesidades identificadas en el pasado. “Las medias de conservación no son estáticas, deben ser dinámicas siempre. Una medida propuesta en los70 tuvo que se reevaluada durante ese tipo. Lo que pasa en Colombia es que las medidas estáticas si bien son el punto de partida de algo, luego de un tiempo no responden porque en la vida silvestre y en los procesos de la naturaleza siempre van a haber condiciones que cambian y se van imponiendo”, explicó.</p>



<p>Por eso, explica la investigación, dentro de una visión un poco más holística del ecosistema, los actores que más interactúan, es decir los pescadores, deberían ser tomados en cuenta no solo como aliados claves en el monitoreo de lo que pasa en el río, sino también como personas que a través de su conocimiento ancestral aportan en la construcción de medidas que -más que restrictivas- benefician a ambas partes. Esto de hecho, ya se ha venido desarrollando por voluntad propia de los pescadores locales, quienes a través de diferentes programas protegen no solo el ecosistema acuático sino los bosques que también lo rodean.</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter wp-image-83803 size-full"><img decoding="async" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2021/04/5a1355c7-e417-4a2f-a5b2-180f40be8005.jpg" alt="" class="wp-image-83803"/><figcaption class="wp-element-caption">Los pescadores deberían ser tomados en cuenta no solo como aliados claves en el monitoreo del río, sino también como personas que a través de su conocimiento ancestral aportan en la construcción de medidas de conservación. / Foto: Instituto Humboldt.</figcaption></figure>



<p>La Mesa del Bagre, un proyecto creado por los pescadores regionales, es un ejemplo de ello. Su trabajo enfocado en conservar a los bagres tigre es apoyado por una Ong e incluso fue avalado por la misma AUNAP. Las comunidades del bajo y medio Magdalena también están gestionando aproximadamente 15 Unidades Integrales de Mejoramiento Pesquero (UIMEP) que buscan crear medidas de manejo y participación local en las investigaciones y en los procesos de monitoreo.</p>



<p>El empoderamiento de las comunidades de pescadores locales, agregan los expertos, debería estar acompañado de un refuerzo en educación y el entendimiento de la importancia de conservación de los ecosistemas acuáticos, una deuda histórica en la información ambiental a nivel nacional. López Casas lo explica con un ejemplo muy claro: “Por lo general, la gente entiende que no puedes tener micos en un potrero, pero para los peces muchos piensas que un río es equivalente a un embalse. Entonces una de las cosas que más ha afectado es la falta de educación sobre esos ecosistemas”, agregó.</p>



<p>Entender la cuenca del río Magdalena como un sistema dinámico es saber que lo que pasa arriba afecta también abajo, y que su salud depende de la integridad de todas las partes, incluyendo a los ecosistemas terrestres que la rodean. Por eso, según concluyen los autores, sus medidas de manejo no deben ser sectorizadas o desarticuladas entre sí. Una desconexión que no es solo burocrática sino también cultural. “Se tiene que observar todo a partir del concepto de cuenca. Es decir, desde su nacimiento en el Huila, hasta la descarga en el Atlántico para tener una visión que mitigue varias presiones y para que el resultado pueda ser más robusto”, concluyó Yesid Rondón.</p>
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        <author>Blog El Río</author>
                    <category>El Río</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=83779</guid>
        <pubDate>Fri, 30 Apr 2021 11:53:30 +0000</pubDate>
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        <title>Lo que cuentan las 233 especies de peces del Magdalena</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/el-rio/lo-cuentan-las-233-especies-peces-del-magdalena/</link>
        <description><![CDATA[<p>Investigadores recolectaron toda la información que existe sobre estos vertebrados desde la década de los 50 hasta hoy. Así conocieron no solo a las especies que habitan esta cuenca, sino su distribución e historias de vida. Encontraron que el 68% son especies endémicas. Por: María Mónica Monsalve S. / @mariamonic91 El río Magdalena está cruzado [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p><em>Investigadores recolectaron toda la información que existe sobre estos vertebrados desde la década de los 50 hasta hoy. Así conocieron no solo a las especies que habitan esta cuenca, sino su distribución e historias de vida. Encontraron que el 68% son especies endémicas. </em></p>
<p><figure id="attachment_83777" aria-describedby="caption-attachment-83777" style="width: 984px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-83777 size-full" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2021/04/magdalena-2.jpg" alt="" width="984" height="655" /><figcaption id="caption-attachment-83777" class="wp-caption-text">En la cuenca del río Magdalena se mueven 233 especies de peces agua dulce. el 68% son especies endémicas. / Ilustración Éder Rodríguez.</figcaption></figure></p>
<p><strong>Por: María Mónica Monsalve S. / @mariamonic91</strong></p>
<p>El río Magdalena está cruzado por historias. Está, por ejemplo, la historia de cómo surgió: una atravesada por el levantamiento de las cordilleras de los Andes, especialmente de la Central, primero, y de la Oriental, más tarde, que separó sus aguas de las del Orinoco y el Amazonas. Están, también, las historias de las 233 especies de peces de agua dulce que nadan en su cuenca, las del 77% de la población de Colombia que lo rodea y, claro, la historia económica del país, pues de allí se genera cerca del 80% del PIB. A esta narrativa, además, hoy se suma una nueva historia: la de 58 investigadores que se reunieron para publicar <a href="https://bit.ly/3voaQTw" target="_blank" rel="noopener noreferrer">el libro</a> “Peces de la cuenca del río Magdalena; diversidad, conservación y uso sostenible”, un documento que resume toda la información sobre este río que se ha recopilado por más de 50 años. (Para conocer más: <a href="https://blogs.elespectador.com/actualidad/el-rio/libro-recuperemos-rio-magdalena" target="_blank" rel="noopener noreferrer">El histórico esfuerzo de 58 científicos para salvar al río Magdalena</a>)</p>
<p>Cuenta Jorge García, uno de los cinco autores del segundo capítulo, en el que la misión era conocer el número de peces que hay reportados en el río Magdalena, que se trató de un trabajo detallado. Revisaron el Sistema de Información Sobre Biodiversidad de Colombia (SiB), los datos que hay en las colecciones biológicas del país y, básicamente, toda la investigación que estuviera disponible, desde los estudios de Henry Fowler, en 1942, hasta lo que encontró el profesor Carlos Donascimiento, también autor del capítulo, en el 2020. Lo último se trata de la actualización más reciente de cuántas especies de peces de agua dulce hay en todo Colombia, arrojando una cifra de 1610.</p>
<p>Tras revisar y depurar todos estos contenidos, los investigadores llegaron a la conclusión de que en la cuenca del río Magdalena se mueven 233 especies de agua dulce. Es decir que allí se concentran el 14.5% de la diversidad de peces de Colombia, lo que ubica a la cuenca del Magdalena como la tercera con más riqueza, superada por el Amazonas (con 775) y el Orinoco (con 728). Pero es una cifra que dice mucho más, pues a pesar de todas las intervenciones y contaminación por actividades humanas que ha sufrido el Magdalena, sus peces se han mantenido ahí. Como lo dice García, también investigador de la Universidad de Ibagué, “no se trata solo de peces, sino de testigos de la historia y de los conflictos”. Los peces, además de tener sus historias propias, también cuentan una. (Le recomendamos: <a href="https://blogs.elespectador.com/actualidad/el-rio/las-amenazas-rodean-los-emblematicos-peces-del-magdalena" target="_blank" rel="noopener noreferrer">Las amenazas que rodean a los emblemáticos peces del Magdalena</a>)</p>
<p>Cuentan, por ejemplo, que en la cuenca del Magdalena también hay alto endemismo de peces. En otras palabras, viven allí especies que solo se pueden encontrar en este río y sus afluentes. “El 68% de las especies son endémicas del Magdalena”, comenta Carlos García Alzate, investigador de la Universidad del Atlántico y coordinador del capítulo. “De hecho, 75 especies son endémicas de subcuencas o se encuentran únicamente en ciertas subcuencas”. Las regiones donde más se presentan estos casos son en el Medio Magdalena (27), Sogamoso (16), Alto Magdalena (11), Alto y Bajo-Medio Cauca (7) y Cesar (6).</p>
<p><figure id="attachment_83792" aria-describedby="caption-attachment-83792" style="width: 770px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-83792 size-full" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2021/04/Mapa-pces-moniq.png" alt="" width="770" height="632" /><figcaption id="caption-attachment-83792" class="wp-caption-text">Riqueza de los peces dulceacuícolas de la cuenca Magdalena-Cauca. A) Riqueza total estandarizada para cada una de las subcuencas/secciones del Magdalena-Cauca (el número total de especies está indicado dentro de las áreas). B) Riqueza de especies estimada con base en los modelos de distribución de 115 especies. / Tomado del Libro Peces del Magdalena.</figcaption></figure></p>
<p>Este alto endemismo, comenta García, se explica, en parte, en la historia de cómo fueron surgiendo las cordilleras, separando las aguas y, con esto, poniendo barreras entre las poblaciones de peces. Y, de alguna manera, cada población fue evolucionando por su propio camino. “Es intrigante”, comenta, “porque entender cómo los cambios históricos en el paisaje han dado origen a la distribución actual de especies permite entender cuáles pueden ser sus planes de manejo a futuro”. Uno de los objetivos del libro no es solo hacer el que es, quizá, el diagnóstico más detallado sobre los peces de agua dulce del Magdalena, sino buscar claves de cómo protegerlo de sus amenazas.</p>
<p>Se trata, hemos dicho, de uno de los ríos más intervenidos del país. Y aunque muchos de sus peces persisten, han sido resilientes, otros también han desaparecido y, varios de estos, están en algún nivel de amenaza. La situación no solo se da en la cuenca del río Magdalena, sino a nivel mundial. A pesar de que los peces de agua dulce son uno de los grupos de vertebrados más diversos – y Colombia es el país que con más diversidad de especies por km2 – se estima que su población se ha reducido en un 50% a nivel global. El mayor temor de los investigadores, de hecho, es que no lleguemos a conocer o registrar especies antes de que se extingan. “No nos podemos dar el lujo de que las especies se extingan antes de conocerlas o antes de que los ríos se sequen”, es como lo pone García.</p>
<h2>Pez a pez, varias historias de vida</h2>
<p>Hablar con Juan Carlos Alonso, biólogo marino vinculado a la Fundación Natura y uno de los 20 autores del cuarto capítulo del libro, es como estar viendo una película. Cuenta él sobre la vida de un bocachico, uno de los peces más icónicos y conocidos de la cuenca del Magdalena. Entre abril y mayo, miles de bocachicos salen de las ciénagas y suben por el canal del río, contra corriente, con el objetivo de reproducirse. El caso, por ejemplo, puede ser que salgan de la Ciénaga de Zapatosa, subiendo unos 200 o 300 kilómetros por el río, hasta Barrancabermeja, para encontrar un lugar en donde desovar sus huevos. No se trata de un lugar cualquiera: debe ser uno donde las aguas frías se junten con aguas más tibias, como las que trae el río La Miel, para que la bocachica elija soltar sus huevos que, después, serán fecundados por un macho.</p>
<p>Pasarán entre 40 y 50 horas hasta que el bocachico sea una larva. Pero mientras sigue siendo un huevo, viaja por el río, ayudado por la corriente que, en el caso del Magdalena, es de aproximadamente 0,7 metros por segundo, buscando encontrar una ciénaga. Llegar a este lugar, idealmente, debe darse en las siguientes 30 y 35 horas después de ser fecundado para que, así, cuando ya sea una larva, el bocachico esté en aguas más tranquilas, como las de las ciénagas, donde el alimento es más fácil de conseguir.</p>
<p>Allí, en las ciénagas, el bocachico pasará entre un año y un año y medio hasta convertirse en adulto. Algunas especies de peces comerán fitoplancton, otro zooplancton y, unos cuantos, ambas, hasta estar lo suficientemente fuertes para volver río arriba. Nadarán contra corriente hasta encontrar donde desovar y el ciclo se repetirá, aunque con detalles, lugares y tiempos distintos, para cada uno de los 233 peces del Magdalena.</p>
<p><figure id="attachment_83793" aria-describedby="caption-attachment-83793" style="width: 756px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-83793 size-full" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2021/04/Foto-2-infografía.png" alt="" width="756" height="522" /><figcaption id="caption-attachment-83793" class="wp-caption-text">Movimiento de los peces entre los diferentes ambientes acuáticos de importancia para las especies potámodromas usadas por la pesca artesanal en la cuenca del río Magdalena. / Tomado del libro Peces del Magdalena.</figcaption></figure></p>
<p>Lo que cuenta Alonso, las historias de vida de los peces, fue lo que buscaron descifrar los investigadores del cuarto capítulo liderados por Luz Fernanda Jiménez, vicerrectora de investigación de la Universidad de Antioquia. Pero se trató, claro, de un reto mayor. No todas las especies han sido estudiadas a ese nivel de detalle. Como lo comenta el mismo libro, apenas de ocho de las 233 especies identificadas en esta cuenca se tiene una buena información sobre sus estrategias de vida.</p>
<p>Y es que, así como conocer sobre las especies de peces implica saber sobre la historia del paisaje, investigar sobre las estrategias de vida de los peces también da muchos datos sobre las características de la cuenca. Por los lugares por los que se mueve un pez, qué come y dónde se reproduce, comenta, están determinadas por la interacción de tres cosas. La primera es el tipo de ecosistema acuático, que puede ser de aguas quietas, como las ciénagas, o de corrientes rápidas, como el canal principal. La altura sobre del nivel del mar también juega un rol relevante. “En la parte baja del Magdalena, es de 40 o 60 metros, pero en la parte alta, hacía Neiva, la altura es de más de 700 metros”. Lo último qué define la vida de un pez es los ciclos de lluvia o qué tanta agua cae en algunas subcuencas y en otras no.</p>
<p>De las especies del Magdalena pudieron descifrar que 81 son carnívoras, 53 omnívoras, 32 detritívoras y cuatro planctófagas. También encontraron que, en los ecosistemas formados por el humano, como los embalses, hay 73 especies; que en las lagunas de montaña viven 20 especies y que en los caños y ciénagas en zonas más planas, la cifra puede variar entre 2 y 63 especies.</p>
<p>“En la parte alta del río Magdalena, hacía Huila y el Tolima, hay menos peces y especies de peces por la condición del agua, su elevación y los patrones de lluvia”, comenta Alonso. “Mientras en la parte baja, hacía la depresión de la Momposina, encontramos que se trata de un mega complejo de abundancia”.</p>
<p>Otro de los datos interesantes que da, y que sorprenderá tanto a investigadores como a quienes van a comprar al mercado bocachico, es  que en el Magdalena no hay solo una especie de este pez, sino tres. “No es una diferencia visible y si va a comprarlo no se ve, pero todo a punta a que hay una diferencia genética”.</p>
<p>El Magdalena es un río atravesado por historias y si hay alguien que las sabe contar, son sus 233 especies de peces de agua dulce.</p>
<p><figure id="attachment_83795" aria-describedby="caption-attachment-83795" style="width: 488px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-83795 size-full" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2021/04/Collage_Congreso-1.png" alt="" width="488" height="688" /><figcaption id="caption-attachment-83795" class="wp-caption-text">Fotos de peces dulceacuícolas de Colombia. Proyecto CavFish / Foto: Cortesía Jorge García &#8211; Melo.</figcaption></figure></p>
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        <author>Blog El Río</author>
                    <category>El Río</category>
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        <pubDate>Fri, 30 Apr 2021 11:49:31 +0000</pubDate>
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