El Peatón

Publicado el Albeiro Montoya Guiral

Un viejo dolor

Una relato de Albeiro M. Guiral tomando como partida una carta del tarot.

«Le Monde» (Tarot de Marsella).

Ella seguía mirándolo con la misma inquietud, sin dejar de jugar con el lápiz y hacer de vez en cuando alguna anotación. Cuando el hombre movió sus labios desprendiendo un extraño sonido, ella se sorprendió porque supo que aquel modo de comunicación era una evidencia de memoria. Él la miró a los ojos desde la banca, vio su falda ondular allá arriba. Habló de nuevo. En el reverso de la libreta la mujer anotó lo que escuchó.

En los días posteriores de su visita al parque, acrecentó su curiosidad en el descubrimiento. Leía y releía las publicaciones al respecto, sin embargo, nada se interesaba en el hecho de que el hombre pudiera hablar; siempre anotaba dos palabras, una dolorosa precedida de otra insustancial. Siempre, al final de su libreta, esos dos signos misteriosos. En clase se mostraba ajena, con los ojos clavados en el sur de la ciudad. En su casa no pudo disimular que su cabeza se encontraba en otra parte; se preguntaba para qué todas sus investigaciones, para qué todas sus lecturas, para qué haber perdido su juventud si era imposible desenmarañar un secreto residente en un individuo aparecido en esta época simplemente por un capricho de la ciencia. A pesar de todo, decidió que iría a verlo por una última vez.

Cuando él la vio, mostró sus dientes al instante. Ella no se interesó en esta manifestación; pidió bajar a él sin acompañantes. Le desplegaron la escalerilla y la vieron acercársele. A diferencia de otras ocasiones, no se mostró violento, se sentó en el otro extremo apenas la vio, se dejó tomar por la mano, acariciar el cabello, fue durmiendo, respirando con pausa. Ella se cercioró de que el instrumento que había llevado estuviera bien conectado de modo que una brusca conmoción no pudiera matarlo. Lo activó y se puso los lentes. Vio una niña sentada en un objeto a modo de péndulo que era empujada por un anciano en un lugar similar a donde se hallaban, al fondo una mujer manipulaba un periódico. Avanzó. La de ahora era una imagen más incomprensible: un niño al interior de algo rodante sobre materia y no sobre las líneas de la inmediatez, la aproximación de una masa desquiciada, un choque, oscuridad, silencio. Quiso ir más atrás: una detonación en el monte, de un árbol alto se desprende un ser viviente cuyo pecho palpita acelerado. Y por último la estudiante se halló ante una mujer de ojos blancos, convulsionando, que entregaba a un hombre una carta del tarot. Cuando este la recibía una explosión silenciosa lo privó del curso de su destino, limitándolo a despertar en un tiempo remoto frente a la mirada de lo que parecía una mujer quitándose unos lentes. El hombre miró alrededor; ella, la única a quien podía recordar, se había ido ya. Corrió al límite del parque donde la escalerilla aún no terminaba de esconderse, puso sus ojos en el balcón, pero no estaba ni su rostro inquieto ni su falda. Fue a la banca restringiéndose a esperar.

La estudiante llegó temprano a su casa, saludó a quienes estaban allí por primera vez en mucho tiempo; fue al escritorio sobre el cual había dejado su libreta, la tomó y leyó en su reverso: El Mundo.

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