Un cuento de Albeiro Guiral

Familia Chéjov.

 

Antón llegó a la casa de su hermana antes del mediodía. Mientras ella preparaba café, ojeó la biblioteca, sacó algunos libros y, poniéndolos en el suelo, se sentó a pasar sus páginas, las olía, las ponía a contraluz, las acariciaba. Cuando la mujer llegó con el café, le dio la impresión de que su hermano parecía un niño rodeado de juguetes.

—No cambias —le dijo, sonriendo.

—Ya sabes, no puedo evitarlo.

—Oíste, ¿y cómo es eso de que no vas a publicar más?

Antón bajó la mirada. Lo tenía decidido, pero se avergonzaba cuando alguien lo cuestionaba, y sentía que aquel día tendría que enfrentarse a los más feroces cuestionamientos. Dio un sorbo al café, y le dijo a su hermana:

—No es tanto publicar, sabes… Es escribir lo que no me satisface.

—¡Pero tus cuentos son geniales!

—Creo que no es justo conmigo todo lo que he tenido que hacer para escribirlos. Quiero una vida tranquila.

Cada vez que Antón hablaba de su oficio se volvía sombrío, a la gente le parecía que hablaba como un sepulturero o un embalsamador. Fueron al comedor y se sentaron. Cambiaron de tema, hablaron de cómo le iba a ella en esta nueva etapa de casada, de cómo se iba a llamar el bebé que esperaban; Antón, mirando el vientre inmenso de su hermana, sugirió un nombre.

—¡Ni de riesgos! —dijo ella, a carcajadas.

—Acéptalo —repuso él, confiado—, Vladimir es un buen nombre.

—Lo es, pero no le voy a poner a mi hijo el nombre de un político.

—Bah… él no es político.

Ella se quedó en silencio, adoptando la actitud sombría de su hermano.

—Volviendo al tema —dijo—, si quieres ahora que venga Iván, yo le cuento tu decisión. Se va a poner histérico.

 

Antón y su hermana fueron a la cocina. Él insistió tanto en que lo dejara ayudarle que ella no pudo evitarlo. Se remangó la camisa y se puso un delantal viejo que encontró en la alacena. Ella se burló de él, quien comenzó a imitarla y así, entre juegos, fueron preparando el almuerzo. Un bistec como el que les preparaba la mamá antes de la cuarentena. Antes de que no la volvieran a ver.

Cuando sonó el timbre y vieron al hermano mayor por la ventana con una bolsa de pan en la mano, ya tenían todo listo, puesta la mesa e, incluso, hecho el café de la sobremesa. Sólo tenían que servir. Iván les saludó de abrazo, con una sonrisa ancha y una voz estrepitosa. Les contó que el tráfico estaba insufrible, que la policía lo había interrogado apenas entró a la comuna, que había estado de mal humor hasta que parqueó frente a la casa, cuando vio el jardín.

Antón amaba a sus hermanos, sentía que por ellos sería capaz de lo inimaginable, hasta de volverse un criminal si fuera necesario. El almuerzo transcurrió en esa bella calma que sólo interrumpen las risas y las anécdotas, los elogios a la sazón del anfitrión, las invitaciones a almorzar de nuevo en la casa de otro de los comensales.

En el momento del café, Antón y la hermana se pusieron serios e Iván lo notó.

—¿Qué pasa? —preguntó, preocupado.

—Nada grave, esperamos —dijo ella.

Antón los miró con una mueca y no fue capaz de decir nada.

—Te pido el favor de que lo veas por el lado amable, si lo piensas bien, no es tan grave —siguió diciendo la mujer.

Antón bajó la mirada, avergonzado por segunda vez en el día. Iván miró a la hermana a los ojos e insistió. Entonces ella dijo:

—Antón no va a volver a escribir, ya lo decidió, se va a dedicar a la fotografía.

Iván se sonrió, y con esa voz explosiva tan característica suya, dijo:

—¿Al fin y al cabo qué es un cuentista sino un retratista?

@amguiral

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