El Peatón

Publicado el Albeiro Montoya Guiral

Memorias de La Habana: quedarse en las cosas

Teatro Alicia Alonso, La Habana, Cuba. Foto: @Saragapi.
Teatro Alicia Alonso, La Habana, Cuba. Foto: @Saragapi.

El deseo de visitar La Habana se había acendrado en mí desde la primera lectura de Lezama. «La mar violeta añora el nacimiento de los dioses, / ya que nacer es aquí una fiesta innombrable». Estas palabras del poeta en su Noche insular: jardines invisibles, me sonaban en mi temprana juventud, rodeada de guamos y cafetales cubiertos de escarcha y de ceniza del Nevado del Ruiz, como una invitación. De modo que cuando mi corazón desembarcó en esta ciudad se recogió como un pájaro ante un sentimiento desconocido. El verde, bajo esta nueva luz, era tan diferente al de los Andes, incluso los ríos parecían otros sobre el mundo luminoso. Llegaba a una ciudad donde las avenidas son costas o riberas, cuyos muros iban quedando atrás como fotogramas donde se veían sin envejecer todos los rostros de la Revolución.

Los turistas me han parecido siempre una especie despreciable que afea el paisaje y que, cualquiera que sea su origen, se empodera con el dinero. Compran, creen comprar, la cultura local –aunque les da fastidio tocarla− imponiendo la suya. Irrespetan lo sagrado de los lugares que visitan porque lo comparan con lo poco que conocen de su comarca. Sin olvidar, lo que pareciera ser peor, que la gente baila como los perros ante la plata extranjera. Así que en Cuba me había propuesto vivir, en la medida de lo posible, como un lugareño más. Un amigo del alma, a quien dedico estas palabras, me permitió vivir en su casa del barrio Playa con sus compañeros de infancia. Todos los andenes, que llevan al mar, son lavados allí con agua dulce cada dos días. Agua dulce que escasea y debe cuidarse como un preciado combustible, cargarse de los tanques de abastecimiento para la limpieza y para preparar el humilde e insuperable arroz congrí. Y el café dulcísimo y cargado a la vez, servido en pocillos diminutos, que les gusta a los cubanos y les toca tomar así por tradición y por la dictadura, experta en racionar.

Teatro Alicia Alonso, La Habana, Cuba. Foto: @Saragapi.
Salida al mar. La Habana, Cuba. Foto: @Saragapi.

Esas calles de Playa me llevaron al mar por primera vez. Treinta años viviendo en las montañas con la vista hacia los páramos, sin conocer el mar. Empecé a caminar con el pulso acelerado. Su sonido monstruoso me llamaba, su olor de abrevadero para ganado mitológico. Imaginaba que al acercarme a la orilla iba a ver a Dios como la ballena encallada en el poema de Rómulo Bustos. A Dios muerto en la arena y a los niños cortándolo para comerlo aunque su carne pudiera indigestarlos. Pero mi primera imagen del mar fue la del amor, me pareció tan sólo un animal enamorado de la tierra que va y viene hasta sus pequeños pies sin poseerla nunca. Por eso, ante esa sensación mentirosa de infinito, aumentó mi amor por las montañas indomables de mi tierra, más altas aún que el más alto de los cerros cubanos. Como en la clásica canción de Compay Segundo: «El arroyo de la sierra/ Me complace más que el mar».

Colombia estaba lejos, para ser más exacto, Bogotá estaba lejos de La Habana, en espíritu. Quienquiera que haya tenido la idea suicida y dolorosa de visitar nuestro Cementerio Central, que lo haya recorrido paso a paso, esquivando moscas y ladrones, proxenetas y necronarcos, entre el frío calante y la suciedad de los mausoleos con vista a los cerros grises de la ciudad –gris es para mí siempre Bogotá en la memoria− y que haya también visitado el Cementerio Colón habanero, sabrá de lo que hablo. Mientras que el primero es una apología del odio y del fanatismo de los colombianos y demuestra nuestra insensibilidad, el segundo pareciera más un parque que un lugar fúnebre. Sembrado de árboles, la blanca arquitectura, acariciada por la luminosidad del día y el sosiego de las noches, lo hace ver como un lugar perfecto para imaginar, al menos, no sin cierta sonrisa, que se puede descansar después de la muerte. La soledad de este cementerio, su tranquilidad, por el contrario, son una apología del respeto por lo humano, por lo desaparecido que es, en fin, lo que queda.

Teatro Alicia Alonso, La Habana, Cuba. Foto: @Saragapi.
Cementerio Central de Bogotá. Foto: @Saragapi.

Pero no solo es tranquilo y respetuoso el cementerio de La Habana, lo son sus calles antiguas, sus parques y plazas, tanto en los barrios como en La Habana Vieja. Nadie habita allí las calles ni mendiga, nadie atraca ni usura y esto se debe a su gente y no a otra cosa, a su gente que se presenta, que vive, con su corazón dispuesto para los demás. No necesitan más policías por esquina: entienden que una sociedad educada, lectora, que sepa hablar y escuchar, es la mejor prevención contra la violencia. De hecho, la ciudad perfecta para dialogar la paz colombiana.

Teatro Alicia Alonso, La Habana, Cuba. Foto: @Saragapi.
Cementerio Colón de La Habana, Cuba. Foto: @Saragapi.

Como les decía, fue Lezama Lima quien me incitó a conocer La Habana, y lo encontré en una librería de viejo de la calle Obispo: La moderna poesía −ir a una ciudad sin volver lleno de libros es una impiedad−. Inaugurada en 1890 por José López Rodríguez, inmigrante gallego, empezó a adquirir su gran reconocimiento en la isla desde 1910, cuando instaló el único taller de grabado en acero y la imprenta de donde saldrían los sellos postales y los billetes de lotería del país. Este lugar demuestra que es posible encontrar las más profundas y humanas versiones de la historia de un pueblo entre los estantes sobrevivientes de sus librerías de viejo, museos vivos, casas de la memoria. Allí se sigue citando Eliseo Diego con su amada ciudad para fotografiarla en sus poemas. Allí sigue llegando Reinaldo Arenas sin sospechar siquiera que un día su manera de amar le iría a costar el exilio. Y ya fuera de los libros, aunque no tanto, en Santos Suárez está la casa de Pierre Bernet Ferrand, en cuya tertulia se reúnen las nuevas voces de la poesía cubana y latinoamericana a compartir la palabra y a brindar mientras cae la tarde.

De los días en La Habana traje la gratitud hacia su gente, con quien conviví y amé. La memoria de los lugares donde comparten el café que les hace falta, donde la comida se paga en pesos cubanos. A veces, ciertas calles bogotanas, cuando las pincela el sol, me hablan de vejeces sin nostalgias como las calles habaneras. A veces, la proliferación de fanatismo religioso que hay aquí le hace pensar a uno en embarcarse de nuevo hacia aquel lugar donde ningún dios es tratado como una mercancía.

De aquellos días queda la certeza de haber cambiado la mirada sobre el mundo al intentar ser un peatón y no un turista. Los turistas pasan, los peatones se quedan en las cosas.

Para Alexis García Ardila

twitter.com/amguiral

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