Reencuadres

Publicado el Manuel J Bolívar

Rappi

El éxito es vulgar
Simon Leys

Uno de los principios de esta famosa empresa multinacional colombiana reza: «Ejecutamos Rappi-do y priorizamos para siempre mover la aguja». Una libre interpretación de este críptico postulado sería que toda satisfacción es para ya. Que a su vez es una magnífica síntesis de la filosofía de vida que parecen haber asumido la gente —sobre todo las nuevas generaciones—, las empresas y los políticos. Hemos creado un mundo hiperacelerado en donde la lentitud y el gradualismo son muestra de pereza y fracaso. Toda pausa es pérdida de tiempo. 

Para entenderlo mejor quizás es pertinente acudir a un bello y útil concepto del profesor James Carse, que luego aplicó el consultor Simon Sinek al campo organizacional. Los juegos finitos y los juegos infinitos. Y detenernos en un momento histórico en el que se materializó esta idea cuando Mandela asumió la presidencia de Sudáfrica y ante la presión de sus copartidarios negros porque no aceleraba los cambios, respondió: este es un juego largo. 

La idea es sencilla. En la vida hay juegos de duración finita y otros de duración infinita; al igual que hay jugadores con mentalidad finita y jugadores con mentalidad infinita. Y todos sin excepción los jugamos en nuestros espacios personales, familiares, laborales, sociales y políticos. 

Los finitos tienen reglas definidas, jugadores previamente identificados, periodos limitados de duración, y están claramente establecidos los criterios para determinar los ganadores y los perdedores. No hay lugar para la ambigüedad y la incertidumbre. Se gana o se pierde. Un partido de fútbol es un buen ejemplo. 

Por el contrario, los infinitos se juegan, no para ganar o perder sino para seguir jugando. No tienen tiempo establecido, las reglas pueden variar durante el juego y cambiar los jugadores. Nunca están completamente definidos un ganador y un perdedor, porque el juego sigue su curso indefinido ya que surgen nuevos propósitos y razones para prolongarlo; se esperan sorpresas, que generan transformaciones en los jugadores. La formación educativa es un ejemplo: un verdadero profesional en su campo jamás deja de aprender y estudiar.

En el ámbito personal el reto consiste en separar los unos de los otros en los que estamos involucrados. Porque jugar todo en la vida como si fuera finito, pensar que todo arroja una pérdida irremediable o una ganancia imperecedera, es una actitud desgastante. Fracasar en un empleo, ser víctima del robo de un celular, se viven como derrotas y decepciones definitivas. No encontrar a la vuelta de la esquina la pareja perfecta; no alcanzar todos los sueños a la mayor brevedad posible son causales de intolerable frustración. Creemos que todo debe ser provisto en minutos. ¡Cultura Rappi!

Las consecuencias de este frenesí en el bienestar son aterradoras. La impaciencia existencial corroe nuestras posibilidades de disfrutar el momento, vivir los procesos y disfrutar los caminos que pacientemente, bien andados y con algo de suerte, nos aproximan a lo soñado. Hoy poco se goza la carretera, solo la llegada a la meta. Tiramos por la borda vínculos afectivos ante la menor adversidad, protestamos porque no acumulamos un gran capital antes de los 30. Evitamos las sorpresas y huimos de la incertidumbre. Los niveles de ansiedad y desánimo vital se disparan. Asumimos con facilidad la identidad de víctimas y nos consume el sentimiento de que el mundo nos adeuda todo. Estamos convencidos de que cada ámbito de la vida es un juego definitivo. Todo o nada, ahora o nunca. 

En el mundo de los negocios ocurre algo similar. Algunas empresas solo se centran en vender sus productos a los clientes mediante cualquier estratagema y obtener un beneficio inmediato que satisfaga a los inversionistas. Su juego es finito. Otras, en cambio, apuestan por crear un vínculo de largo plazo con sus clientes y la generación de buenos resultados en el mediano y largo plazo. Su juego es infinito. Sinek sostiene que Microsoft respondía a la primera categoría y Apple a la segunda. 

En política, ya mencioné a Mandela. No se dejó arrastrar por aquellos que querían la expulsión de los blancos. Sabía que los cambios políticos y sociales no tienen línea de llegada, siempre están abiertos, su horizonte de tiempo es indefinido. Que en política los juegos son infinitos y que hay que dar un paso a la vez. Que cada gobernante en su periodo trata de avanzar a sabiendas de que el camino no tiene fin pero que cada escalón cuenta. Mandela fue un líder con mentalidad infinita.

Uno no debería sucumbir a la arrogancia de considerar que tuvo total éxito en algo. Tampoco pretender alcanzarlo a cualquier precio. Cuando se llega al poder, los políticos aprenden que no pueden hacer todo lo que quieren pero sí querer lo que pueden hacer. Su trabajo debe reducirse a hacer avanzar una causa. Claro que para eso se requiere menos mesianismo y más humildad, dos virtudes que no están en temporada alta.

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