No solo comemos lo que necesitamos y hasta más. También leemos lo que necesitamos y hasta menos. De ser medianamente cierta esta anotación, tenemos a la mano un revelador informe de lo que acongoja el alma de los colombianos. La Cámara Colombiana del Libro acaba de dar a conocer los 25 libros más vendidos en el 2023. 

Por supuesto, generalizar induce a errores. Pocos colombianos tienen capacidad económica para comprar libros. Y entre los que la tienen, es escaso el gusto por la lectura, como lo sugieren las cifras de libros leídos por año y por persona: 2,5 (Chile 5.4, India 10.7). Con estas salvedades en mente debe utilizarse la estadística para plantear conjeturas.

De los 25, cinco son de «ficción». Los restantes 20 son de «no ficción», y en su totalidad corresponden al género de superación o crecimiento personal. Una primera ojeada permite afirmar que los colombianos poco gustan de las historias imaginarias y buscan soluciones para sus dramas. 

No es una novedad que los libros de superación personal sean los más vendidos. Se trata de una industria que mueve billones de dólares en el mundo. Y como todo en la vida, hay libros afortunados y libros que son verdaderos fraudes. Sin embargo, sería injusto menospreciar de un tajo este tipo de literatura. Incluso no es atrevido afirmar que toda literatura es de autoayuda. Nos hace mejores. 

Los libros de superación personal perpetúan tres creencias. De las cuales es mejor ser conscientes, no para dejar de leer sino para hacerlo con cautela. 

La primera es pensar en fórmulas simples para asuntos complejos, que por supuesto no funcionan, generando frustración en el lector. Es un cuentazo eso de «Los diez pasos para …»  cualquier cosa. Lograr el éxito en el matrimonio, alcanzar las cumbres laborales, criar hijos felices y superdotados, liderar equipos de trabajo, superar la ansiedad. 

La segunda consiste en la idea de que todos los problemas y retos tienen una solución individual, independientemente del contexto de la persona. Suele menospreciar las condiciones sociales y económicas del lector; hace a un lado su entorno familiar y de trabajo; incluso oculta que, sin las competencias debidas (conocimientos, actitudes, experiencia) y un esfuerzo concentrado, es poco probable llegar a algún lado. No basta con «querer para poder». 

Y la tercera, algo muy interiorizado en la cultura de todos, que a punta de optimismo y pensamiento positivo nos ocurrirán cosas maravillosas y nuestros sueños se harán realidad. Mírate al espejo todos los días y dile lo poderoso que eres. Ese gesto diario traerá suerte y alineará los astros para que actúen en tu favor. Es el pensamiento mágico en todo su esplendor. Pocas cosas lastiman más a un enfermo de gravedad que decirle que una actitud optimista es la clave de su recuperación. A este fenómeno tan extendido lo denominan con razón «optimismo tóxico».

Creo que si uno toma precauciones de realismo puede salir ileso de la lectura de libros de superación. Y de pronto se convierte en un lector más selectivo para comprarlos y creerles. ¡Pero no deje de leerlos!

En esta lista hay síntomas más preocupantes: la poca lectura de novelas y ensayos. Pienso así porque estos dos géneros brindan una mayor posibilidad de convertirnos en mejores personas y ciudadanos. 

Las novelas nos desvinculan de nosotros mismos, obligándonos a familiarizarnos con nuestro prójimo (R.L. Stevenson, escritor inglés). Las historias de ficción nos permiten simular y aprender de otras vidas. Y la simulación, como lo saben los pilotos que se adiestran en simuladores de vuelo, es un paso esencial para el aprendizaje en entornos seguros. Las novelas no imponen un dogma ni dan lecciones. Son una fuente de placer y aprendizaje. Muestran la trama de experiencias vitales de personajes que nos importan. Expanden nuestra empatía con sus dificultades porque caminamos en sus zapatos. Disparan nuestra imaginación moral: vislumbramos otras maneras de ser y actuar. Y hay una sutil transferencia desde la ficción a nuestras interacciones cotidianas. Tienen el potencial de convertirnos en ciudadanos más tolerantes y serenos. No haber leído aún «Esta herida llena de peces» de Lorena Salazar y «Lo que no tiene nombre» de Piedad Bonnett es privarnos de entender y aprender de historias sublimes y duras. 

Y leer ensayos alienta a pensar con el cerebro de otros. Tratan de interpretar con libertad y creatividad la realidad. Sugieren otras miradas a los hechos y nos protegen de afiliarnos incondicionalmente a una sola versión, a una sola narrativa, evitan llegar a una conclusión única e imperecedera. Un buen ensayo, más que información y definiciones, es una invitación a pensar por cuenta propia. De la lectura de «Delirio americano» de Carlos Granés y «Las viejas emociones del Nuevo Mundo» de Mauricio García, el lector emerge con otras posibles formas de percibir y juzgar la realidad.

En suma, los colombianos tenemos problemas que procuramos resolver con optimismo e individualismo insólitos. La apatía por la literatura reduce la capacidad de comprensión de la condición humana. Y no leer ensayos nos aleja del pensamiento pluralista, donde podríamos encontrar otros enfoques y posibilidades de acción en una situación crítica. 

Si es verdad que comemos y leemos lo que necesitamos, es tiempo de introducir algunos cambios en el menú.

Para seguir la pista

(https://www.eltiempo.com/cultura/musica-y-libros/los-25-libros-mas-vendidos-en-colombia-en-el-primer-semestre-de-2023-791776). 

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