Reencuadres

Publicado el Manuel J Bolívar

Autoayudas

Muchas personas han sobrevivido con relativa cordura al confinamiento gracias a la compañía de los libros. Desde “Vive y déjame vivir” del padre Linero hasta “De animales a Dioses” de Harari, pasando por “Akelarre» de Mario Mendoza. Todos los libros son, de alguna manera, de autoayuda; solo se necesita descubrir su propósito. Atraviesan nuestra alma, anidan allí y nos cambian algo por dentro y por fuera.

Con esta convicción en mente podría abordarse la lectura del ensayo “La persecución del ideal” de Isaiah Berlin, un sesudo historiador de las ideas. Plantea varias reflexiones sanadoras para la atormentada alma colombiana.

Una, la diversidad es el resultado de la libertad y la evolución de las civilizaciones; o sea, no es una anomalía que deba alterarnos. Dos, todos los valores y preferencias positivos no pueden aplicarse al mismo tiempo y con la misma intensidad. Y tres, existen maneras de vivir decentemente y con alegría en medio de ideas y creencias en contienda.

Hace años un embajador japonés en Colombia declaraba que por las venas de los colombianos corría sangre de tigre. Era su fina manera de resaltar la pasión, el humor irritable (hay partidos que solo admiten a los más malhumorados) y el ardor con el cual defendemos o atacamos ideas.

Es frecuente que nos sobreexcitemos discutiendo sobre temas contrarios y plausibles. Seguridad y libertad, salud y privacidad, paz y justicia, sector público y sector privado, control y autonomía, renta básica e hipoteca inversa. En estos puentes de junio con ley seca vacilamos entre fiesta y salvación. Y descendiendo a los infiernos, nos echamos pestes de nuestras respectivas madres por defender a Uribe y lo que simboliza o a Petro y lo que simboliza. Todo aviva la fogosidad que llevamos por dentro.

Cada semana hay un aliciente adicional para esta sempiterna riña: la alineación de James en la titular del Real Madrid, los secretos de la Vicepresidenta, el nuevo delito de una oveja descarriada del Ejército. Por fortuna, la polémica suscitada por el dilema entre la protección de la economía o de la vida, a propósito de la pandemia, se suavizó cuando detectamos que tener trabajo es bueno para la salud y viceversa.

Lo curioso es que en todas estas discusiones que llevamos hasta los extremos más inconcebibles (ásperos modales, madrazos, demandas, sufragios y balazos), ambas facciones pueden estar defendiendo algunas causas estimables.

El ensayo precitado desentraña esta colisión de valores y preferencias a lo largo de la historia de la humanidad. Porque la diversidad no la inventamos aquí. En la Antigüedad, La Verdad y Los Valores eran impuestos por los dioses y sus representantes. Aunque era expedito el método, generó abusos: suele pasar con los mandatos divinos gestionados por sacerdotes terrícolas. Luego, fueron la ciencia y la razón las que determinaban La Verdad y Los Ideales. Hasta que notamos su insuficiencia: la razón sin emoción se paraliza.

En estos tiempos, ante la proliferación de intereses étnicos, de género, de edades, económicos, regionales, partidistas, profesionales, de oficios y demás tribus, y su búsqueda de reconocimiento, se dificulta la elección de los grandes fines y medios. Cada bando se resiste a compartir espacio con otros y rechaza lo que lo perturba. Y aquí estamos gritándonos por todo.

Hay, sin embargo, experiencias que buscan y alcanzan equilibrios temporales en medio de estas tensiones irresolutas. En la política, en la calle, en el lecho matrimonial, en el trabajo. Logran priorizar, escoger y avanzar.

La JEP es un equilibrio político entre paz y justicia. Es complejo, después de 50 años de confrontación armada, lograr simultáneamente un 100% de justicia y un 100% de paz.

Otra es el cumplimiento de normas sociales: respetando el confinamiento sacrificamos libertad individual en aras del bien colectivo; los motociclistas, por el contrario, maximizan su libertad y propician miles de muertes cada año.

La intervención del Estado en asuntos económicos y sociales (precios, subsidios, uso del espacio, salario mínimo, salud, páramos y una larga lista) es una forma de proteger a los débiles y menos dotados de la iniciativa y ambición de los poderosos, suertudos y capaces. (A veces actúa a la inversa, sobra advertirlo). Las empresas sin control son tan nocivas como un Estado omnipresente.

Y otra más, los matrimonios duraderos y felices son una prueba de convivencia de contrarios.

En suma, la persecución del ideal y la maximización de nuestras preferencias es causa de frustración personal y de deterioro de vínculos. No obstante, hay mecanismos aprovechables para gestionar estas paradojas de la vida.

Llegar a acuerdos de conveniencia, utilitarios e imperfectos, como el Acuerdo de Paz.

Construir equilibrios precarios y temporales entre valores positivos en conflicto. Algo de intervención del Estado y algo de libertad del mercado según la situación concreta; más soluciones inmediatas y menos ideología buenista; repartición de espacios, complacencias y poderes en la casa.

Y acordar mínimos de coexistencia. No exagerando discrepancias e incompatibilidades. Reconociendo los avances y mejorando el sentido del humor.

No hay camino sino estelas en la mar, como cantaba Machado, en la travesía hacia una sociedad decente y hacia la alegría, que es menos fugaz que la felicidad. Todo esto suena muy elemental. Pero, siguiendo a Berlin en su escrito, quién dijo que las soluciones tienen que ser interesantes.

A los colombianos se nos dificulta desenvolvernos pacíficamente en ámbitos en los que convivan preferencias y procedimientos contrarios. Superarlo, elevaría el debate público y salvaría parejas.

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