La Sinfonía del Pedal

Publicado el César Augusto Penagos Collazos

Las enseñanzas de la bici

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Mucho se ha hablado de los múltiples beneficios para la salud que ofrece la actividad del pedaleo: control del peso, aumento de la capacidad cardiovascular, fortalecimiento del sistema muscular, entre otros. No obstante, el uso de la bici es toda una escuela por la que deberíamos pasar para convertirnos en mejores seres humanos, aquí unas pinceladas.

El primer gran aprendizaje de la bici es el del equilibrio, el cual, inconscientemente, como casi todas las enseñanzas que de ella obtenemos, se propala al resto de nuestras vidas. Al equilibrio podemos describirlo como esa virtud que nos permite la armonía con el entorno y con la cual garantizamos que lo fundamental y necesario perdure. Por qué no, podemos hablar del equilibrio emocional, económico y el del medio ambiente.

La bici nos enseña la nobleza, cuyo origen se remite a la posición vulnerable que nos caracteriza a los ciclistas en el conjunto embravecido del transporte cotidiano. Esta naturaleza nos lleva a reconocer la superioridad en potencia y velocidad, no sólo de los vehículos más pesados, sino de otros ciclistas inalcanzables en competencia. Si bien sabemos que casi siempre estamos contra las cuerdas en las calles o en carretera abierta, no por ello menospreciamos la importancia de nuestras existencias.

La bici nos enseña a calcular las distancias para evitar roces y choques que nos pueden costar la vida. Una mínima prudencia es vital para sobrevivir en un entorno hostil, como lo es el tráfico citadino. Este aprendizaje está determinado por la consciencia detallada del espacio que ocupa la bici a su largo y ancho, una claridad que nos permite serpentear entre vehículos o calcular un paso seguro entre un bus y el andén. Es un estado de alerta permanente.

La bici nos enseña a mantener la mirada siempre al frente, pues como conductores, los ciclistas debemos estar atentos a los huecos, mascotas, semáforos, peatones, a los frenazos imprevistos de quien va adelante y a cualquier obstáculo. Dependemos de nosotros mismos, pues nadie maneja por nosotros. Mirar al frente es pedalear en función de una meta que se acopla perfectamente al conjunto de la vida, que nos enseña todos los días que el pasado es apenas un punto de referencia; todo está por venir.

La bici nos permite cultivar la capacidad de estar con nosotros mismos, como si de un ejercicio de meditación se tratara. Una jornada de varias horas de pedaleo, digamos un viaje de una ciudad a otra, necesariamente nos lleva a una introspección que discurre sobre esos asuntos pendientes. Sobre la bici repasamos nuestras vidas, nuestros deseos, miedos y sueños. Una y otra vez volvemos sobre ellos y luego de depurarlos o clarificarlos, con la paz interior que ello encarna, encontramos nuestras fuerzas para rematar airosos.

En aquellas jornadas de largo aliento y cuando salimos acompañados de amigos y conocidos, aprendemos el trabajo en equipo que consiste en el mejor aporte de cada integrante, a sabiendas de que en el momento decisivo, el más fuerte se impondrá por naturaleza.

La bici nos enseña a alcanzar las metas sean las que sean. La satisfacción de llegar a la cima luego de un intenso ascenso rompe-piernas no tiene precio (El Romeral, por ejemplo). Muchas batallas internas se libran para alejar aquellos deseos de renuncia, pues bien sabemos que la mente se rinde mil veces antes de que el cuerpo lo haga. La bici nos enseña a sacar todas nuestras fortalezas para pasar la meta, alcanzar un objetivo y llenarnos de gloria. La bici nos da coraje y un espíritu combativo.

La bici es una escuela por la que todos deberíamos pasar.

Por César Augusto Penagos Collazos

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