La Sinfonía del Pedal

Publicado el César Augusto Penagos Collazos

El arte de aprender a montar en bici

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Los niños de mi pueblo aprendimos a montar en bicicleta en una época en la que muy pocas familias se daban el lujo de tener una. Los que crecimos en Algeciras, Huila, a finales de los 80 e inicios de los 90, rodeados por una imperante cultura de violencia que siempre nos pareció normal, aprendimos a pedalear de una forma muy peculiar: nos incrustábamos dentro del marco de las bicicletas semicarreras, nos parábamos en los pedales o nos sentábamos en la cadena en la búsqueda del equilibrio. No era la época de las llantas auxiliares de las bicicletas de los niños de hoy.

Esa práctica rudimentaria del pedaleo se hacía a escondidas y sin permiso de nuestros tíos o padres, especialmente aquellos días en los que no llevaban sus ‘burras’ a los cultivos de tomate y habichuela, donde trabajan al jornal. Como pueden imaginarse, nuestras ropas estaban siempre llenas de grasa y en nuestros brazos había uno que otro rasponazo que nos delataba ante los mayores. Así fueron mis inicios en lo que hoy llamo la Sinfonía del Pedal.

Hago parte de esa generación de a los golpes se aprende, más aún si se trata de bicicletas. No teníamos una guía o una mano bondadosa que nos enseñara con paciencia las artes del equilibrio ciclístico, cada quien se defendía como podía. Por eso, cuando sacábamos las bicis a escondidas, buscábamos el terreno plano o las bajadas que nos permitían frenar con los pies o lanzarnos a un costado en caso de emergencia. En las subidas, siempre empujábamos las pesadas máquinas de la época.

En nuestro entorno nunca fue normal ver a un niño con una bici para niño, pues los más versados se atrevían a pasear las calles destapadas del pueblo, que hoy en día siguen siendo destapadas, en tremendas burras panaderas, más en una muestra de contorsión o de estiramiento extremo de las piernas que en un acto de placer. No obstante, existía el servicio de alquiler de bicis al que solo podían acceder los niños que trabajaban y ganaban plata y los adultos que buscaban pareja dando vueltas al parque principal. ¿Recuerdan ustedes quién les enseñó a montar en bicicleta o cómo aprendieron este arte de la vida?

En esos momentos no sospechaba que en mi vida futura aparecerían otros ejemplares que me dejarían imágenes para el recuerdo como aquella todo terreno roja con la que recorrí casi todas las calles de Neiva, durante mi vida universitaria. En ella, que en paz descanse, me atreví a un viaje de 75 kilómetros de regreso a Algeciras, una tortuosa jornada de sol calcinante en la que palidecí por la falta de entrenamiento, alimentación y agua. Varias horas acostado entre una cuneta, al lado de la vía, fueron necesarias para retomar los alientos y caminar hasta el conocido pueblo de zona roja.

Si bien para aquellos años de infancia ochentera y noventera no me imaginaba ni por las curvas una vida de profesional (ya casi), en mis primeros años laborales aparecería una playera azul con cambios, manubrios anchos y llantas gruesas en la que me consagré como ciclista urbano en Bogotá. Era el único periodista que llegaba en bici a la famosa emisora donde trabajaba, cuyo distinguido director, en uno de esos días en que estaba de buen humor, me preguntó si podía utilizar mi casco como cenicero. Se trataba de una broma tan pesada como los 20 kilos que tenía la playera.

Así de un momento a otro, como pasan décadas, siglos y milenios (ahora tengo 33), pasé de las polvorientas calles de Algeciras a las ciclorutas y atestadas calles de la capital colombiana. Jamás pensé que el rudimentario aprendizaje de montarse sobre la cadena de las bicicletas de mis tíos me serviría para recorrer 25 kilómetros diarios en esta urbe que no para de crecer.

Tal vez el miedo de hacer algo a escondidas con su consabida reprimenda, provocaron en mí una neurosis del pedaleo que me ha llevado tan lejos como alto, pues sobre dos ruedas recorrí unos 14 mil kilómetros en 2014, uniendo los 150 kilómetros semanales, los 520 kilómetros que hay desde Bogotá hasta San Agustín (Huila) y los 1.500 kilómetros que hice en un acto de euforia, entre Uruguay y Chile, pasando por los Andes.

Mi fiebre ciclística que tiene sus orígenes en un pueblo de tradición agrícola al que no he vuelto desde hace unos diez años, me ha empujado a recorrer otros 8000 kilómetros en lo que va de este año, sumando los recorridos por la ciudad y las salidas a los municipios de la sabana y departamentos vecinos. Parece que en vez de alas para poner a volar mi imaginación, a ésta le nacieron dos ruedas con las que cada día expande sus límites.

Adenda: Este artículo se lo dedico a todos los niños de Algeciras, Huila, población que ha padecido con crueldad la violencia de Colombia y que recientemente se quedó sin agua potable tras un atentado de las FARC contra el acueducto de la población. 

Por: César A. Penagos Collazos

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