Catrecillo

Publicado el Ana Cristina Vélez

Vacunas y vacas

El ingenio humano no deja de asombrar. Ya en el siglo X existía una rudimentaria forma de vacuna. Parece mentira. Vacunar es inocular en el cuerpo una sustancia ante la cual reaccionamos generando anticuerpos. En palabras sencillas: es tener la capacidad de reconocer el enemigo cuando se nos mete adentro, para que no nos mate o al menos no nos dañe demasiado. En China, en el siglo X, ya se “vacunaban” insuflándose nasalmente polvo de pústulas secas, molidas, con el objetivo de disparar la producción de anticuerpos.

Vacuna viene de la palabra vaca, pues las primeras vacunas (1798), como las entendemos hoy, resultaron de la aguda observación de que las personas que ordeñaban vacas no se enfermaban de la letal viruela. Y esto era así, porque se “infectaban” de una versión moderada de la viruela, que las vacas trasmitían, la “viruela bovina” o “variolae vaccinae”, que los protegía en últimas de la letal y cruel cepa humana.

Dos niños uno vacunado y otro sin vacunar contra la viruela

Las vacunas tienen dos objetivos: uno dirigido al individuo (protegiendo su vida, su salud) y otro a la colectividad. Se trata de lograr la tan mencionada inmunidad de rebaño (de nuevo alusión a las vacas). Inmunidad necesaria, ya que previene que el brote se extienda. Cada persona vacunada actúa de barrera para el virus, impidiendo que pase a otra persona.

Es necesario saber que las vacunas, cuando todo funciona, tardan diez años en promedio en ser producidas. La vacuna para la fiebre tifoidea tomó cien años en ser desarrollada; la de la meningitis, noventa años, la del ébola, cuarenta y cinco años. Tenemos que celebrar y agradecer a los científicos la producción rápida de la vacuna para el SARS-CoV-2. Un desafío como este, con el logro exitoso de contar con más de tres vacunas que funcionan, depende de múltiples factores: apoyo gubernamental económico a la ciencia (indiscutiblemente necesario), a la educación, a la universidad pública; depende del incansable trabajo científico mancomunado entre químicos, biólogos, físicos, genetistas, bioquímicos, médicos e ingenieros; y de tener la suerte de que se han estudiado virus parecidos. Recordemos que para el SIDA todavía no se ha podido inventar ninguna vacuna.

Habemus vacunas porque en enero ya se conocía el genoma del SARS-CoV-2, antes de febrero había estudios preclínicos, en abril y mayo empezaron las fases I y II de las pruebas, en agosto se cursaba la fase III, y en diciembre contamos con la maravilla de tener más de cuatro tipos distintos de vacunas que funcionan. Esto es algo ¡fuera de lo normal!

Por lo general, las vacunas usan proteínas del virus, que son las que al ser reconocidas por nuestro sistema inmunitario disparan la respuesta o producción de anticuerpos. Para quieres se interesan por profundizar en la información, estas vacunas, según la revista Nature, resultan de distintos métodos científicos.

“Las vacunas convencionales contienen proteínas virales o formas inhabilitadas del propio virus, que estimulan las defensas inmunitarias del cuerpo contra la infección por un virus vivo. Pero las dos primeras vacunas COVID-19 cuya eficacia se anunció en ensayos clínicos a gran escala (fase III) utilizaron solo una cadena de ARNm dentro de una capa lipídica. El ARNm codifica una proteína clave de SARS-CoV-2; una vez que el ARNm ingresa a nuestras células, nuestros cuerpos producen esta proteína. Eso actúa como antígeno, la molécula extraña que desencadena una respuesta inmune. Las vacunas fabricadas por Pfizer y BioNTech y por la compañía farmacéutica estadounidense Moderna utilizan ARNm que codifica la proteína de pico, que se acopla a las membranas celulares humanas y permite que el coronavirus invada la célula. [ ] La tercera vacuna que mostró eficacia en los ensayos clínicos de fase III en noviembre, fabricada por la empresa farmacéutica AstraZeneca de la Universidad de Oxford, Reino Unido, no utiliza ARNm. En cambio, utiliza un vector viral (o portador) que contiene material genético adicional que codifica la proteína de pico del SARS-CoV-2. Esto también es producto de años de investigación para seleccionar el vector; en este caso, la empresa eligió una forma modificada de adenovirus aislado de las heces de los chimpancés. Los avances en vacunas convencionales como estas también provienen de la investigación sobre el SARS, el MERS, el Ébola y la malaria, dice Beate Kampmann, directora del Centro de Vacunas de la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres, y tales aproximaciones siguen siendo más baratas que el uso de ARNm.”

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