Catrecillo

Publicado el Ana Cristina Vélez

Habituación y compasión

En el mundo de las personas que hoy son mayores de 70 se consideraba “normal” castigar a los niños pegándoles. Mi abuelo, un ser nada violento, sentía como un deber usar la correa para corregir a sus hijos. Consideraba que no hacerlo podía afectar el buen comportamiento de estos. Mi otro abuelo se fue de la casa a los once años de edad para evitar las pelas que su padre le propinaba.

En el capítulo 32 de su libro Ideas: historia intelectual de la humanidad, Peter Watson nos cuenta lo común que era en 1700 castigar delitos menores con la pena de muerte. Y lo peor es que no solo se aplicaba el castigo de la muerte, también se torturaba con sevicia a los pobres reos. Así relata Watson la espantosa suerte de Francois Damiens (1714-1757). Después de atacar a Luis XV con una navaja y rasguñarle el brazo, “A Damiens se le arrancó la piel del pecho, de los brazos y de los muslos con tenazas al rojo vivo, su mano derecha (la que había sostenido la navaja) fue quemada con sulfuro; sobre la carne expuesta allí donde se le había arrancado la piel se vertió plomo fundido y aceite hirviendo, y por último su cuerpo fue descuartizado utilizando cuatro caballos que tiraban en direcciones diferentes. El verdugo mostró su simpatía por la víctima cortando con un cuchillo los tendones de sus articulaciones para que los caballos pudieran destrozarlo con más facilidad (Pag 1027)”.

Hoy, no solo nos parecen inconcebibles, injustas y aberrantes semejantes prácticas, sino que ni siquiera podemos entender que haya sido posible considerar “aceptables” castigos similares. ¿Cómo puede ser que hubiéramos sido capaces de actuar así como regla, no como excepción; cómo puede ser que ahora nos parezca incluso insoportable leer lo que hacían hace relativamente pocos años, cuando incluso en su momento escenas como esas eran públicas, estilo espectáculo? ¿Qué poder logra transformarnos de manera tan poderosa y mágica, quiénes éramos, y quiénes somos hoy? Steven Pinker ha pensado exhaustivamente en el tema, ha buscado entender las posibles causas de un cambio tan radical. Estudio que podemos disfrutar en su libro Los ángeles que llevamos dentro. El declive de la violencia y sus implicaciones.

Es sorprendente que en la misma naturaleza humana convivan simultáneamente la capacidad de cometer actos atroces y de realizar actos altruistas. La pesadilla más terrorífica imaginable sería volver a aquellas épocas, por la violencia de todos los días, tan común e injusta. Todavía hoy existen individuos capaces de matar a pedradas a una mujer, por la ligereza de una infidelidad, y vemos como “normales” muchos tipos de abuso a los animales.

¿No será que somos ciegos a los eventos que hemos presenciado desde niños? No será que los que defienden las corridas de toros estuvieron expuestos a estas, desde muy jóvenes y sin jamás haber tenido algún cuestionamiento ético al respecto. ¿No será que es necesario aprender a cuestionarnos éticamente frente a lo cotidiano, pues nos cuesta verlo?; y es claro que tenemos la capacidad, pero, ¿no será que esta tiene que ser educada para actuar? ¿Cuántos en su momento veían normal la esclavitud? Estamos “habituados” todavía a muchos tratos infames a los animales, que además ni percibimos, que nos resultan invisibles. Montar a caballo puede ser una forma de tortura para el caballo. Piensa uno que sería sensato regular el peso del jinete respecto al peso del caballo y la duración de las montadas. Se ve gente pesada, muy pesada, montadas a caballo durante horas en las famosas y vergonzosas cabalgatas de Medellín. Cuando veo desensillar un caballo, sudoroso y marcado por el peso de la silla y su jinete, me pregunto si no es esta práctica también una forma de infamia y si en el futuro no se la verá como de salvajes.

 

 

 

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