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Publicado el J. Mauricio Chaves Bustos

Afrocolombianidad

Afrocolombianidad

 

En la niñez celebrábamos con gran pompa el l2 de octubre, entonces se llamaba el Día de la raza, nos hacían preparar actos académicos y los curas y monjes hacían gala de la herencia hispánica: la religión y el idioma; no faltaba también aquel muchacho, influenciado quizá por lo que escuchaba en casa, que ostentaba con orgullo sus ilustres ancestros supuestamente españoles. Nunca tuve compañeros negros en las aulas, y los pocos indígenas que estudiaban eran casi tratados como parias, se los excluía disimuladamente, provenían estos del Putumayo, donde los monjes tenían también algunos colegios-misiones.

Escuchaba a los viejos que a mi abuelo, un ilustre abogado y hombre sabio, lo llamaban “El negro”, así como llamaban a Jorge Eliecer Gaitán en Bogotá, en alusión al color de su piel oscura; supe, por lo que leía en viejos periódicos de los años 40 y 50, que a mi abuelo lo llamaban así con respeto, era “El negro” por su postura intachable, por la fuerza de su convencimiento en sus ideales, por el color de su piel que les recordaba a esos grandes hombres que luchaban por las causas sociales y que finalmente eran invisibilizados.

Mi padre y mi madre, recién casados, vivieron en el Chocó, allá pasaron su luna de miel, ahí se amaron, ahí vivieron y soñaron. Entonces ese territorio me parecía idílico por lo que escuchaba, mi padre decía que Bahía Solano era un verdadero paraíso, y mi madre recordaba con humor cómo en una ocasión, acompañando a la caravana que escoltaba al carro que trasportaba el oro, se volcó, y ella, junto con mi padre y otras personas tuvieron que sacar los lingotes del barro, apilarlo y después hacer una rigurosa contabilidad. Entonces la honestidad tenía unos basamentos mucho más profundos.

A mi casa llegaba a veces gente negra, amigos de mi padre, era una alegría recibirlos, porque sus voces estridentes alcanzaban casi a sacudir las paredes de calicanto conque estaba hecha; en la huerta se soltaban las jaibas y cangrejos, en la cocina se disponían los cocos y chontaduros, y luego, en el patio solariego, ellos y mi padre tenían charlas que se podían prolongar por días. En una ocasión padecí una enfermedad, la fiebre no bajaba y empecé casi que a delirar, teniendo dos tíos médicos, mi padre le confió mi salud a un curandero negro, quien me dio algo de beber, hizo unos cuantos rezos, y al otro día estaba ya jugando en las calles de la gélida ciudad.

Ya un poco más grande, mi hermano mayor fue nombrado Juez en el municipio de Barbacoas, tuvo él la entereza de llevar a una niña y a dos cuasi adolescentes a pasar vacaciones a ese hermoso municipio. El viaje duró más de 15 horas, apilados en un bus donde los únicos mestizos éramos los 4, el resto eran todos negros, y en cada varada, en cada trancón, sus voces alcanzaban a estremecer a la propia selva, algunos maldecían, algunas mujeres cantaban, y para nosotros fue un duro regocijo. Ese fue el primer gran acercamiento al mundo afrocolombiano, allá nos engolosinamos con el pusandao, con los ciruelos y otros frutos que nunca habíamos ni siquiera visto. Estuvimos en la fiesta de la virgen de Atocha, en una procesión donde parecía que el oro que recogieron mis padres había llegado en forma de collares, gargantillas, prendedores, sarcillos y hasta un mondadientes y un cortaúñas que ostentaba vanidoso un negro de más de dos metros de alto.

Me gradúe de bachiller, y en el colegio jamás hubo estudiantes negros. Luego ingresé a la Universidad Nacional de Colombia, en la facultad únicamente tenía un compañero negro, era de Roberto Payán, es decir nariñense, y por ende cuando lo veía yo le decía paisano. Así fue el trato, siempre cordial, nos ayudábamos en lo que podíamos y siempre nos despedíamos con un hasta luego paisano. Entonces, muchos de los compañeros no entendían por qué yo le decía paisano a un negro, si sabían que yo era pastuso, como nos dicen a los nariñenses de la sierra cruzando El Mayo. Tenía que explicarles que en Nariño había costa Pacífica, que allá también había negros, que su cultura era maravillosa, que tenían las décimas, que sus cantos eran asombrosos y que la marimba encantaba hasta al más incrédulo.

Comprendí entonces lo que quiso decir Aurelio Arturo cuando dijo “Los vientos que cantaron por los países de Colombia”. Lo dicho antes, es para mostrar cómo en un mismo país, en un mismo departamento, y hasta en una misma ciudad, conviven los varios países: uno, el del centralismo y el de las periferias, que se replica también en los departamentos y en las regiones, otro el de las élites que se aprovechan y excluyen a las otredades. A Gaitán lo llamaban las élites negro para ofenderlo, pero el pueblo engrandeció ese nombre; Candelario Obeso, el poeta políglota, no soportó la pobreza y terminó por pegarse un tiro en el estómago; Arnoldo Palacios debió salir al exilio en Paris y tuvieron que pasar décadas para descubrir la importancia de su novela Las estrellas son negras.

En 1511 llegan los primeros 50 negros esclavizados a las Antillas, iniciando un proceso esclavista donde competían portugueses e ingleses, quienes a su vez negociaban con la corona española para introducirlos a los territorios que llamaban conquistados. El primer registro formal aparece en 1518 en las Antillas y el último data de 1873 en Cuba, es decir 355 años ininterrumpidos de africanos esclavizados traídos a América, utilizando la Licencia, el Asiento y, el más común, el Contrabando. De África salieron 90 millones de personas que fueron esclavizadas por europeos, de los cuales 10 millones llegaron a América y de éstos 3 millones a Hispanoamérica desde el siglo XVI, aunque con Colón viajaba el negro Pietro Alonso, quien venía en La Niña en condición de libertad.

La esclavitud de hombres y mujeres, niños y ancianos, provenientes del África, constituye, junto con el exterminio de los nativos americanos, el primer y gran holocausto de la humanidad. Un médico de entonces anotaba lo siguiente: “Los negros llegan a la costa con todos los elementos de la enfermedad. Retenidos por grillos y bozales por muchos meses, bebiendo poco, comiendo raíces, frutos silvestres y toda sabandija, desfallecidos por el calor y las fatigas de las marchas, expuestos a todas las intemperies, llegan de Mozambique casi exhaustos”, más de la mitad perecía en el recorrido por los maltratos físicos, el descuido y, por sobre todo, el daño psicológico causado a hombres libres puestos en las más execrables condiciones inhumanas.

Los países americanos abolieron la esclavitud en el siguiente orden: Haití (1803), Santo Domingo (1822), Chile (1823), Provincias Unidad de Centroamérica – Costa Rica, El Salvador, Nicaragua, Honduras y Guatemala – (1824), Bolivia (1826), México (1829), Canadá (1833), Uruguay (1842), Colombia, Panamá y Ecuador (1851), Argentina (1853), Venezuela y Perú (1854), Estados Unidos (1865), Paraguay (1869), Cuba (1886) y Brasil (1888), aunque, como hemos dicho, las condiciones civiles, económicas y culturales fueron difíciles para los nuevos hombres libres, y las formas de esclavitud fueron mudando disfrazadas de servilismo, patronazgo y laboralismo.

El 21 de mayo de 1851 el presidente José Hilario López firmó la ley sobre Libertad de Esclavos en el país, la cual entró en vigencia el 1 de enero del siguiente año, pero pasaron décadas para que la libertad fuese una realidad. La ley, tan importante desde luego, dedica 17 de los 19 artículos a regular los fondos de manumisión para los antiguos esclavistas y ninguno para el bienestar de los nuevos colombianos libres. Con cierta vergüenza debo decir que en Nariño era normal ver a muchas familias tener lo que llamaban “sirvientes”, que eran verdaderos esclavos, trabajadores de sol a sol sin devengar un salario, eso es esclavitud, así quiera disfrazarse esta situación con el pomposo nombre de filantropía.

Mucho antes, cientos de negros esclavizados buscaron su libertad a costa de lo que sea; huían de las ciudades y villas y se internaban en los bosques y guandales para fundar sus propias repúblicas cimarronas y vivir bajo sus propias costumbres, sin ocultar a sus Dioses y pidiéndoles y alabándolos en sus propias lenguas. Miles fueron los Benkos Biohó que se regaron por las marañas de esteros buscando la libertad, muchos fueron capturados nuevamente, otros fueron traicionados y asesinados como él, y muchos otros más lograron huir y morir con la dignidad de pronunciar soy libre con el último aliento de vida.

Durante muchos años, negros como José Prudencio Padilla, Manuel Piar o Juan José Nieto, fueron blanqueados para que sus retratos fueran colgados en los museos, para que aparecieran en las cartillas de historia sin causar estupor, y miles de familias en toda Colombia seguían desconociendo sus raíces negras, como las del propio Bolívar, a quien aún tratan de negarle sus ancestros africanos, como si esto fuese un oprobio. Queremos olvidar los nombres de Pedro Luis Mina, Ambrosio Mondongo, Juan José Márquez, Vicente de La Cruz, hombres negros de esta América Latina que dieron sus vidas buscando la libertad para los suyos.

Es por ello que los héroes de Tomás Carrasquilla son paisas blancos retratados como titanes homéricos y en los murales de Martínez Delgado o de Pedro Nel Gómez, negros e indios siempre aparecen en posición subyugada y nunca como protagonistas. Y pensar que departamentos como Antioquia, la República Paisa, se han nutrido y enriquecido a costa de los negros del Chocó y de otros territorios, no deberían olvidar que en la colonización paisa muchos negros forjaron con su sudor las armas y los carruajes que los llevaba a invadir los otros países de Colombia, como aun hoy se hace.

Nada raro a esto pasa en Popayán o Pasto, ahí las rancias aristocracias tratan de negar las desavenencias de sus abuelos cuando, en Barbacoas o Iscuandé, dejaban regados hijos suyos con las esclavas de las minas, negando toda clase de derechos a sus descendencias; Cartagena sigue siendo la ciudad auto excluyente, ahí los Hay Festival y toda clase de festivales excluyen al negro, la muralla es más que un símbolo que les recuerda a los afrodescendientes los límites que esa sociedad pacata ha impuesto y mantiene.

Tanta ignorancia venida de una educación a medias y castrante que hemos recibido. Un racismo que aún se impone sobre la etnicidad, desconociendo los importantes aportes que han hecho hombres y mujeres como Helcías Martán Góngora, Candelario Obeso, Sofonías Yacup, Arnoldo Palacios, Manuel Zapata Olivella, Ana Fabricia Córdoba, Casilda Cundumí, Delia Zapata, Doris Hinestroza, entre muchos otros que han forjado a Colombia, que le han dejado un legado científico, cultural y literario inmenso a la humanidad, hechos y sucesos que nadie jamás podrá negar.

No hay que ser experto para darse cuenta que las cifras de la situación de la población afrocolombiana están por debajo de todos los niveles; en muchas regiones aún no hay acueductos ni alcantarillados; los puestos de salud y los hospitales son en la mayoría de los casos un homenaje a la desidia de los gobernantes; la educación obedece a viejos modelos fracasados en otras latitudes y la cátedra de la Afrocolombianidad un bonito título en un libro que nadie lee; la pobreza y la miseria imperan en territorios tratados tradicionalmente con desigualdad e inequidad.

José Vasconcelos propuso el concepto de la raza cósmica para poder definir al latinoamericano, es la suma de los sustratos culturales venidos de todos los continentes de la tierra, inicialmente fue una propuesta académica, pero tiene también un contexto de trascendencia hacia un destino común humano. El problema es que en esos sustratos también hemos olvidado sumar partes del todo, crecimos en la escuela y en el colegio como blancos, rezando a un Dios blanco y pensando en el desarrollo y el capital blancos; lo indio era un ideal pasado por el que a veces se suspiraba y lo negro un simple color de unas personas ajenas a nuestra realidad, el mestizaje una realidad que a toda costa trataba de negarse.

Hoy, cuando sueño, bien despierto o dormido, me veo atravesando los ríos y las playas donde también crecí con mis ancestros; veo palacios incrustados en lejanos promontorios que me permiten divisar el origen de la humanidad; corro para no ser atrapado por extraños seres venidos de lejos con aliento de odio y manos para esclavizar; siento el estupor y el tedio en los barcos donde me veo también apiñado como los demás; soy un cimarrón más huyendo de los perros blancos de caza; me veo en los palenques fundando ciudades donde la libertad y el miedo fluyen parejos; soy uno más en medio de los arrullos y los alabaos, y a veces los chigualos se elevan también por mí; y vuelvo nuevamente al mundo, recibido por las manos tibias de las parteras sabias; trepo por entre palmas de naidi y veo como los ríos confluyen en el verde océano, trayendo por entre los esteros los caballetes cargados de peces y frutos de esperanzas y sueños.

Aparezco en el poema de Aurelio Arturo, y no soy el sueño que le alarga los cabellos, si no la nodriza que, como Jenny Tenorio dice:

 

Me gritaron negra como un insulto

como si eso fuera para mí una ofensa.

Me dijeron negra remedando mi acento,

como si la burla me hiciera perder

el honor que tengo.

 

Me gritaron negra, para despreciarme

por mi piel oscura quieren castigarme.

 

Me gritaron negra, luego se rieron,

pero fueron risas que ignoró hasta el viento.

 

Y vi la pobreza de esos corazones,

que solo reían porque estaban presos

en sus propios miedos.

 

Desconocen ellos

que soy, lo que soy.

 

¡Soy una mujer negra!

que lleva orgullosa

la herencia africana por todo sus ser.

 

 

Nota: A todos mis amigos afrodescendientes, con quienes tanto aprendo, y en especial a quienes me hicieron uno más en esos recorridos por los 11 municipios del Pacífico Nariñense durante más de año y medio: Alejandro Castillo, Amanda Castillo, Andrea Escobar, Andrés Benavidez, Andrés González, Carlos Ampudia, Carlos Góngora, Dani Marcela Riascos, Decia Figueroa, Eugenio Estupiñán, Feder Angulo, Felisa, Ferney Cuero, Jairo Cortés, Jesús Lasso, Johanna Velásquez, Jhonny Romero, Jorge Castillo, Laura Biojó, Laura Estupiñán, Lucy Zúñiga, Luis Fernando Sánchez, Manuel Mideros, María Silva, Marisol Delgado, Martha Paredes, Martha Salazar, Menelio Ortiz, Meritza Montaño, Mery Dajome, Omairo Aza, Otto Angulo, Piedad Estupiñán, Robín Camacho, Rocío Dajome, Sandra Bernal, Sandra Viafara, Stiven Izquierdo, Vanessa Aguiño, Vivian  Montaño, Yudi Zambrano y todos aquellos que en las veredas, esteros, playas, ríos, montañas, valles y guandales hicieron de los caminos verdaderas escuelas de enseñanza afrocolombiana.  

 

 

 

 

 

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