Catrecillo

Publicado el Ana Cristina Vélez

De Steven Pinker: El mundo quizás no sea tan desastroso como creemos que es. Sobre la virulencia del pesimismo contemporáneo

Los intelectuales odian el progreso. Los que se hacen llamar “progresistas” realmente lo odian. No es que odien los frutos del progreso, tengámoslo en cuenta: la mayoría de los expertos, críticos y sus lectores bien pensantes utilizan computadoras en lugar de plumas y tinteros, y prefieren someterse a una cirugía con anestesia, que sin esta. Es la idea del progreso lo que irrita a la clase parlanchina, la creencia de la Ilustración de que al comprender el mundo podemos mejorar la condición humana.

Todo un léxico de abuso ha crecido para expresar ese desprecio. Si crees que el conocimiento puede ayudar a resolver los problemas, entonces tienes una “fe ciega” y una “creencia cuasirreligiosa” en la “superstición pasada de moda”, en la “falsa promesa” del “mito” de la “marcha hacia adelante” del “inevitable progreso”. Usted es un “animador” de la idea vulgar americana del “todo se puede” con el espíritu “arre- arre” de la “ideología de sala de juntas” de “Silicon Valley” y de la “Cámara de Comercio”. Usted es un practicante de la “Historia whig”, es un “optimista ingenuo”, un “Pollyanna” y, por supuesto, un “Pangloss”, una versión moderna del filósofo en el Cándido de Voltaire, que afirma que “todo es para bien en el mejor de los mundos posibles.”

El profesor Pangloss, tal cual, es lo que ahora llamaríamos un pesimista. Un optimista moderno cree que el mundo puede ser mucho, mucho mejor de lo que es hoy. Voltaire satirizaba no la esperanza de la Ilustración en el progreso sino su opuesto, la racionalización religiosa del sufrimiento llamada teodicea, según la cual Dios no tenía más remedio que permitir epidemias y masacres, porque un mundo sin ellas es metafísicamente imposible.

Dejando a un lado los epítetos, la idea de que el mundo es mejor de lo que era y que aún puede mejorar pasó de moda hace mucho tiempo entre los clérigos. En La idea de la decadencia en la historia occidental, Arthur Herman muestra que los profetas de la fatalidad son las estrellas del currículum de las artes liberales, incluidos Nietzsche, Arthur Schopenhauer, Martin Heidegger, Theodor Adorno, Walter Benjamin, Herbert Marcuse, Jean-Paul Sartre, Frantz Fanon, Michel Foucault, Edward Said, Cornel West y un coro de eco-pesimistas. Al examinar el paisaje intelectual a fines del siglo XX, Herman lamentó un “gran receso” en “las luminarias de exponentes” del humanismo de la Ilustración, quienes creían que “dado que las personas generan conflictos y problemas en la sociedad, también pueden resolverlos”. En La historia de la idea del progreso, el sociólogo Robert Nisbet estuvo de acuerdo: “El escepticismo sobre el progreso occidental que una vez estuvo limitado a un número muy reducido de intelectuales en el siglo XIX ha crecido y se ha extendido no solo a la gran mayoría de intelectuales en este último cuarto del siglo, sino también a muchos otros millones de personas en Occidente”.

Sí, no solo son aquellos que intelectualizan para ganarse la vida los que piensan que el mundo va directo al infierno en carretilla de mano. Es la gente común, cuando se pone a intelectualizar. Los psicólogos saben desde hace mucho tiempo que las personas tienden a ver sus propias vidas con lentes color rosa: creen que tienen menos probabilidades que una persona promedio de ser víctimas de un divorcio, de un despido, de un accidente, de una enfermedad o de un delito. Pero la pregunta cambia cuando se pasa de las vidas de las personas a su sociedad, y se transforma de Pollyanna a Eeyore.

Los investigadores de la opinión pública lo llaman la Brecha del Optimismo. Durante más de dos décadas, en los buenos y malos tiempos, cuando los encuestadores preguntaban a los europeos si su situación económica mejoraría o empeoraría en el año siguiente, muchos de ellos decían que mejoraría, pero cuando les preguntaban acerca de la situación económica de su país, la mayoría decía que empeoraría. Una gran mayoría de los británicos cree que la inmigración, el embarazo adolescente, la basura, el desempleo, el crimen, el vandalismo y las drogas son en general un problema en el Reino Unido, mientras que pocos piensan que son problemas en su área. También la calidad del medio ambiente es juzgada en la mayoría de las naciones como peor en la nación que en la comunidad, y peor en el mundo que en la nación. En casi todos los años desde 1992 hasta 2015, una era en la que la tasa de crímenes violentos se desplomó, la mayoría de los estadounidenses decía a los encuestadores que el crimen iba en aumento. A fines de 2015, la gran mayoría, en once países desarrollados, dijeron que “el mundo está empeorando”, y en la mayoría de los últimos 40 años una sólida mayoría de estadounidenses ha dicho que el país está “yendo en la dirección equivocada”.

¿Están en lo cierto? ¿Es correcto el pesimismo? ¿Podría el estado del mundo, como las rayas del poste de la barbería, seguir hundiéndose más y más? Es fácil ver por qué las personas se sienten así: todos los días las noticias están llenas de historias sobre guerra, terrorismo, crimen, contaminación, desigualdad, abuso de drogas y opresión. Y no estamos hablando solo de los titulares; también de los artículos de opinión y de los artículos largos que cuentan historias. Las portadas de las revistas nos advierten sobre la llegada inminente de anarquías, plagas, epidemias, derrumbes y muchas otras “crisis” (en granjas, salud, jubilación, bienestar, energía, déficit), tan así que los redactores han tenido que escalar al uso redundante de la expresión “grave crisis”.

Ya sea que el mundo empeora o no, la naturaleza de las noticias interactuará con la naturaleza de la cognición para hacernos pensar que sí. Las noticias se refieren a cosas que suceden, no a cosas que no suceden. Nunca vemos a un periodista diciéndole a la cámara: “Estoy informando en vivo desde un país donde no ha estallado una guerra”, o desde una ciudad que no ha sido bombardeada, o desde una escuela en la que no ha habido ningún tiroteo. Mientras las cosas malas no desaparezcan de la faz de la tierra, siempre habrá suficientes incidentes para llenar las noticias, especialmente cuando miles de millones de teléfonos inteligentes convierten a la mayoría de la población mundial en reporteros de crímenes y corresponsales de guerra.

Y entre las cosas que suceden, las positivas y negativas se desarrollan en diferentes cronologías. La noticia, lejos de ser “un primer borrador de la historia”, está más cerca de ser como el comentario deportivo, de jugada por jugada. Se centra en eventos definidos, generalmente en los que ocurrieron después de la última edición (en épocas anteriores, del día anterior; ahora, de segundos antes). Las cosas malas pueden suceder rápidamente, pero las cosas buenas no se generan en un día y, a medida que se desarrollan, no estarán sincronizadas con el ciclo de noticias. El investigador sobre la paz, John Galtung, dijo que si un periódico saliera una vez cada 50 años, no reportaría medio siglo de chismes de celebridades y escándalos políticos. Informaría cambios globales trascendentales, como el aumento en la esperanza de vida.

Es probable que la naturaleza de las noticias distorsione la visión del mundo que las personas tienen, debido a una falacia mental que los psicólogos Amos Tversky y Daniel Kahneman llamaron heurística de disponibilidad: las personas estiman la probabilidad de un evento o la frecuencia de cierto tipo de cosas según la facilidad con que se venga a la mente. En muchos ámbitos de la vida, esta es una útil regla de oro. Los eventos frecuentes dejan huellas más profundas en la memoria, por lo que esos recuerdos más fuertes generalmente indican eventos más frecuentes: se encuentra en un terreno firme quien afirma que las palomas son más comunes en las ciudades que las oropéndolas, aunque se inspire en la experiencia de recordarlas, en vez de hacerlo pensando en un censo de aves. Pero, cada vez que un recuerdo surja en la lista de resultados del motor de búsqueda de la mente por razones distintas a la frecuencia, ya sea porque es reciente, vívido, sangriento, distintivo o perturbador, las personas sobreestimarán la probabilidad de que este evento se dé en el mundo. ¿Cuáles palabras son más numerosas en el idioma inglés, las que comienzan con k o las que tienen k en la tercera posición? La mayoría de la gente dice que las primeras. De hecho, hay tres veces más palabras con k en la tercera posición: ankle, ask, awkward, bake, cake, make, take… (tobillo, preguntar, incómodo, hornear, tarta, hacer, tomar …), pero traemos a la memoria las palabras por sus iniciales, así que keep, kind, kill, kid, and king (mantener, amable, matar, niño y rey) llegan más fácilmente cuando se las busca en la mente.

Los Errores de disponibilidad son una fuente común de error en el razonamiento humano. Los estudiantes de primer año de medicina interpretan cada erupción como síntoma de una enfermedad exótica, y los turistas no se meten al agua si han leído sobre un ataque de tiburón o si acaban de ver la película Tiburón. Los accidentes de avión siempre son noticia, pero los accidentes automovilísticos, que matan muchas más personas, no lo son casi nunca. No es sorprendente que muchas personas tengan miedo a volar, pero casi nadie tiene miedo de conducir. Las personas clasifican los tornados (que matan a aproximadamente 50 estadounidenses al año) como una causa de muerte más común que el asma (que mata a más de 4.000 estadounidenses al año), presumiblemente porque los tornados son más atractivos para la televisión.

Es fácil ver cómo la heurística de disponibilidad, alimentada por la política de las noticias: “si sangra, lidera”, podría incitar una sensación de pesimismo sobre el estado del mundo. Los expertos en medios, que cuentan historias de diferentes tipos, o presentan a los editores un menú de posibles historias y ven cuáles escogen y cómo las exhiben, han confirmado que ellos prefieren una cobertura negativa a una positiva, mientras mantienen constancia en los eventos. A su vez, esto proporciona una fórmula fácil para los pesimistas en la página editorial: haga una lista de las peores cosas que suceden en el planeta en la semana, y obtiene un buen caso, impresionante, en el cual la civilización nunca ha enfrentado un peligro mayor.

Las consecuencias de las noticias negativas son en sí mismas negativas. Lejos de estar mejor informados, los espectadores de noticias duras pueden llegar a descalibrarse. A preocuparse más por el crimen, incluso cuando las tasas están disminuyendo, y algunas veces a apartarse de la realidad: una encuesta de 2016 encontró que la gran mayoría de los estadounidenses siguen de cerca las noticias sobre ISIS, y el 77% estuvo de acuerdo en que “los militantes islámicos que operan en Siria e Irak representan una seria amenaza para la existencia o supervivencia de los Estados Unidos”, una creencia que no es más que ilusoria. Los consumidores de noticias negativas, como es lógico, se vuelven sombríos: una revisión bibliográfica reciente muestra: “percepción errónea del riesgo, ansiedad, niveles de ánimo más bajos, desesperanza aprendida, desprecio y hostilidad hacia los demás, desensibilización y, en algunos casos. . . la completa evitación de las noticias.” Y se vuelven fatalistas, y dicen cosas como: “¿Por qué debería votar? “No va a ayudar”, o “Podría donar dinero, pero la próxima semana va a haber otro niño que se muere de hambre”.

Al ver que los hábitos periodísticos y los sesgos cognitivos sacan lo peor uno del otro, ¿cómo podríamos evaluar razonablemente el estado del mundo?

La respuesta es contar. ¿Cuántas personas son víctimas de la violencia en proporción al número de personas vivas? ¿Cuántos están enfermos, cuántos están hambrientos, cuántos son pobres, cuántos están oprimidos, cuántos son analfabetos, cuántos son infelices? ¿Y suben o bajan esos números? Un modo de pensar cuantitativo, a pesar de ser como de nerdos, es de hecho un modo iluminado moralmente, porque trata cada vida humana otorgándole el mismo valor, en lugar de privilegiar a las personas que están más cerca de nosotros o son más fotogénicas. Y ofrece la esperanza de que se puedan identificar las causas del sufrimiento y, de ese modo, saber qué medidas tienen más probabilidades de reducirlo.

Escrito por Steven Pinker, THE WORLD MIGHT NOT BE AS DISASTROUS AS WE THINK IT IS. STEVEN PINKER ON THE VIRULENCE OF CONTEMPORARY PESSIMISM

Traducción de Catrecillo autorizada por el escritor.

 

 

 

 

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