Catrecillo

Publicado el Ana Cristina Vélez

¿Es El cielo a tiros otra novela sobre narcotráfico?

Cedo la palabra a Catalina López Arango

¿Es El cielo a tiros otra novela sobre narcotráfico? es la pregunta con la cual muchos se acercan tímidamente a la lectura del último libro del escritor colombiano Jorge Franco.

He leído varios de sus libros y en al análisis que pretendo hacer, más para mí, que para otros, empiezo a darme cuenta de que la mayoría de los escritores crean su propio modelo espacio-temporal de realidad que soporta no solo una historia, sino varias de las historias que constituyen su acervo literario, su propio mundo privado (“My own private Idaho”).

En Colombia tenemos una realidad que parece estar atrapada en el campo gravitatorio de la actividad ilegal del narcotráfico. Y es en ese trasfondo en donde se tejen los sucesos tan nuestros, tan regionales, tan folclóricos, tan “mágicos”, absurdos y excéntricos como solamente pueden cosecharse en estas tierras abundantes de todo, hasta de historias.

El relato de El cielo a tiros, aunque es ficción, tiene una existencia en el imaginario colectivo paisa, en nuestros propios mitos urbanos. Haya sucedido o no, no existe la menor duda que pudo haber pasado. Para los lectores ajenos a nuestra cotidianidad, estas historias representan un mundo exótico, que solo es posible en el cine o en los libros o en la leyenda aumentada, vuelta gigante del narco más famosos de todos los tiempos.

Pero más allá de ese trasfondo, la narración va descubriendo, para el lector, otros niveles de existencia. Tres dimensiones van creando paulatinamente la redondez del mundo de Larry.

En nuestro medio cuesta mucho escuchar el lado humano de las vidas de los seres que activamente o por determinismo evolutivo cumplieron con el pesado hado de haber nacido en hogares dedicados a esta actividad ilegal. Cuesta aceptar que hay algo positivo, humano o digno de rescatar en ese entorno. Cuesta muchísimo adoptar una lectura imparcial, sin sesgos, desprevenida, sin prejuicios. Y si al lector le cuesta, me pregunto cuántas cuartillas, cuántas frases, cuántos borradores, cuántos tachones, cuánto esfuerzo le habrá costado al escritor contar una historia como ésta, sin adoptar un tono moralista, pero al mismo tiempo teniendo el cuidado de no caer ni dar la impresión de cercanía moral, disculpa o paternalismo cómplice. Me imagino que no fue nada fácil mantener un equilibrio ascético al contar la historia, no la de Libardo, sino la de Larry.

Larry es un joven, ya casi un adulto, que regresa a casa. Pero éste no es un regreso adobado con añoranzas ni con fantasías infantiles, despreocupadas y alegres. Es un regreso estigmatizado, lleno de visiones claroscuras, de incertidumbres y de ausencias. Un joven que tenía una vida que había logrado construir arrancándosela a las garras de un destino que parecía ser inequívoco. Sin embargo, tan pronto toca tierra vuelve a ser atrapado por la perentoriedad de unos acontecimientos en los cuales la voluntad y el libre albedrío poco o ningún peso tienen. Pero no todo está perdido. La esperanza también viaja en el mismo avión y se va fortaleciendo en la oscuridad de las interminables horas de un vuelo que parece nunca llegar a su destino. En el viejo mundo se queda el futuro, mientras que el nuevo recibe a Larry con el peso de un equipaje que creía sepultado, perdido u olvidado. En ese avión viajan demasiados cuerpos, unos vivos y otros muertos que se resisten a dejar en paz a los vivos. Son cadáveres mortíferos y letales para un futuro mejor. Ante este sombrío panorama aparece Charlie, la posibilidad incipiente, incierta y poco probable de un mundo mejor…

En esta novela encuentro, además de la trilogía en los tiempos de la narración, otra trilogía más profunda y filosófica, y que hace referencia a lo que creemos que es futuro como entidad ontológica.  Encuentro que los personajes tienen tres formas de entenderlo:
-El futuro entendido como una vivencia que repite cíclicamente acontecimientos del pasado, donde no hay nada nuevo, un futuro donde los sucesos se repiten indefectiblemente. Es un camino sin bifurcaciones, no hay divisiones que obliguen o le den el privilegio o la capacidad a Robert Frost de decidir cuál de las dos tomar.
– El futuro entendido como una vivencia que se construye, se delinea, se prevé, que se siembra, se riega y se cosecha. El futuro como construcción de la voluntad.
– Y por último, una tercera visión del futuro como algo que pasa, que sucede, que fluye, que se vive, sin hacerse preguntas, ni predicciones; simplemente se da, y uno lo vive.

En la primera hipótesis vive Larry en la espiral que lo atrapa apenas llega a Medellín.
En la segunda vive Fernanda, pretendiendo construir un futuro como copia mejorada del pasado.
En la tercera hipótesis se encuentra Julio, alejado de todo, viendo pasar los días en el único activo que quedó del patrimonio de Libardo.

Después de leer el libro me quedo con la habilidad asombrosa que tiene Jorge para contarnos cuentos y relatos, con la transparencia, sin aspavientos moralistas, que sostiene magistralmente durante el decurso de los acontecimientos, con la destreza adquirida de no tratar de convencer al lector, de dejarlo en libertad para que haga (o no) su propio juicio de valor. Eso requiere un trabajo delineado, estudiado, maduro y sobre todo, un control total de la narración. Jorge no manipula, no se vale de artificios, ni trata de guiar en esta o aquella dirección al lector, lo respeta. Igual que respeta a los personajes y no los convierte en caricaturas.

¿Es El cielo a tiros otra historia de narcotráfico?
Esa respuesta se encuentra al pasar de las hojas. En el desenvolvimiento de los acontecimientos. En mi criterio, El cielo a tiros es la historia de la vida de varios personas y en palabras del autor: “vida es la única palabra que aguanta cualquier adjetivo”, incluyendo la “vida narca”…

 

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