Hundiendo teclas

Publicado el Carlos Mario Vallejo

Volver a piscina

Las luminiscencias de las ondas transportan al poema Piscina, de Luis Antonio de Villena: «…Te detienes y nadas. El fondo es tu capricho. Como un solaz de algas que amase tu cabello te complaces en verte por grutas submarinas…». /Foto: Carlos Mario Vallejo

Me revolcaba en las entretelas de un duermevela a la una de la tarde y veintiocho grados centígrados, raspándole un poco más de modorra a las casi 8 horas que ya había dormido, cuando de pronto las tres palabras tintinearon en la estancia: reabrieron-la-piscina. Las dijo la novia V, un brazo en jarra bajo el dintel de mi puerta -que chirreó con pereza-. Fue como si la azulada epifanía de la palabra piscina despertara la atención de una vaca lejana: abrí una inmensa pupila (la otra yacía aún bajo la almohada). V vio ese destello y se fue a untar el bloqueador solar con filtro UV.

No era mi primer reencuentro con la zambullida desde el confinamiento, pero sí con la piscina, que suelo preferir a los parajes de aguas naturales. Había nadado en dos: el afluente verdegay del río Manso, ubicado entre los ríos La Miel y Samaná, en el oriental municipio de Norcasia. Y en una de las lagunas del sector conocido como Las piedras, en la invasión Pancoger, contigua al barrio Las Ferias de La Dorada, Caldas, Colombia.

En la recepción no pedí nada y me metí a la protocolaria palangana alfombrada para desinfección de suelas. V desocupó una cerveza ligth, que espumeó hasta el borde del vaso desechable, aunque no tanto para sorberle de urgencia como se suele. Intenté sin éxito recordar el dato de cuánto tiempo permanecía el virus en el plástico.

Dos toboganes resecos y un trampolín de madera apuntaban al lado más largo de una gran L. Sobre la tensión superficial visualicé colonias enteras de flotantes coronavirus al acecho de bañistas ansiosos como nosotros. Pero mi optimismo vital y acuático, aplacado durante casi un semestre y ahora tan inexplicablemente vivaracho (en dos meses se pasó de 2 a 20 muertos por virus en La Dorada, una ciudad de 80 mil habitantes) fabuló a su vez a un reciente aseador de piscinas arrojando una gran cubeta de cloro que depurase por completo la alberca. En marzo yo había escuchado y compartido el video de Youtube en que un médico discurseaba sobre el poder aniquilatorio de la lejía (hipoclorito) en materia de virus y bacterias, con solo disolver una tapita en medio litro de agua y valerse de un esprái.

Una de las dos muchachas que ya habían llegado al agua se aferraba a la baranda de la escalerilla y chapoteaba con los empeines. La otra medio hundía la cabeza hacia atrás y la volvía a sacar para que el pelo le escurriera con obediente liquidez. V esperaba entrar al agua en el borde, una mano sumergida, la otra sosteniendo el vaso de cerveza.

Por fin llegó el momento de la zambullida, de explayarse bajo el agua –me gusta la palabra explayar permítanme el subrayado, por su implicación marítima y arenosa (implicación no etimológica, ya sé)- explayarme bajo el agua, repito, hasta que la sed de oxígeno te haga emerger a esos segundos triunfales en que la mitad del cuerpo sale del silencio subacuático y empieza a destilar y el rostro a bruñirse por recibir de nuevo el sol y el aire y los 9.8 metros por segundo al cuadrado de gravedad. Reconozco que el momento es menos triunfal en condición de calvicie o si se está tocado por un gorro de natación.

Recosté la nuca en el hormigón de la zona panda de la piscina para holgazanear un poco y contabilizar gallinazos en el cielo límpido; contemplar sus trayectorias hasta perder interés o perderlos de vista. Había tres. Me concentré en el que volaba en dirección septentrional. (Miento: no sé adónde iba ese chulo. No sé ubicar los puntos cardinales. Pero septentrional es linda palabra y combina con este índigo celeste de las dos de la tarde).

Se interpuso en primer plano el verdor de una palmera, tras cuyo pendular desapareció el puntito negro.  Conté nueve de estos árboles alrededor y entonces se me revelaron tres citas para este texto: 1. Este fragmento de la canción Caribe soy, de Leo Marini con la Sonora Matancera: “donde las verdes palmeras se mueven airosas al soplo del mar”. Cambio mar por río Magdalena, distante a unos 500 metros de aquí según calculo. 2. Algún aparte de El nadador, el cuento de Jhon Cheever en que el protagonista va de una a otra piscinas en un condominio domiciliario mientras escruta las sociológicamente a sus vecinos. Aborto esta cita. Y 3. Un día perfecto para el pez plátano, el cuento de J.D. Salinger en el que un joven acompañaba a Sybil, la protagonista, acostada en un flotador de goma sobre el mar: “… (el joven) empujó al flotador y a su pasajera treinta centímetros hacia el horizonte”. Si tuviéramos una cama flotante hubiese robado esta cita, no sin antes maquillarla en primera persona.

Apareció un jovencito que omitió la ducha previa de rigor y fue directo a la alberca usando la aburrida técnica de sentarse y dar un saltito. Era el único que se metía con tapabocas entre los bañistas. V y yo los habíamos guardado en los morrales. El muchacho empezó a trazar diagonales con nadadito de perro combinado con incursiones rápidas de nado convencional, cuyos cabeceos alternados con brazadas le tumbaron de inmediato la careta. Aparentaba unos veintidós. Visualizó a las chicas y empezó a merodear para buscarles charla, lo cual consiguió aludiendo por supuesto a los favores del clima.

Sobre las aguas ondulantes vi el sobrenadar del tapabocas, de tipo desechable, e imaginé una estela viral detrás, como gasolina que irisa un charco. Pero de nuevo me fie en la invencibilidad clórica.  Desde luego que recordaba el reciente post en Facebook del aforista Luis H. Aristizábal: “Veo mucha gente que, obsesionada por la limpieza, cree que se está cuidando. Hay muchos que no parecen advertir que lo del virus no es tanto cuestión de desinfectarse sino de no respirar la respiración de otros”. Pero hice la vista gorda.

Ejecuté dos flexiones apoyado en un dedo y me imaginé que lo estaba haciendo fuera del agua y que recibía vítores como un gimnasta olímpico. Luego elevé las piernas a un lado y al otro, sostenido del bordito y me dije que con eso ya bastaría por hoy para empezar a desarrollar abdominales laterales. Y así seguí adoptando poses artificiosas y creyendo lograr la atención por ejemplo de aquella señora, que parecía reconocer mis dotes de atleta flotante, hasta que V se aproximó y se ocupó de retirarme un moco. Una pelota amarilla enrumbó en nuestra dirección, proveniente de una familia que acababa de llegar y que había embadurnado de bloqueador solar el rostro de un niñito indefenso. Nos abstuvimos de entrar en contacto con la bola, con bastante dificultad de mi parte. Efectué un kamehameha dirigido a V pero ella lo consideró un jugueteo convencional de piscina porque no le gusta Dragon ball, la serie animada en que los muñecos ejecutan esta técnica marcial juntando las muñecas y moviéndolas desde las costillas hasta el frente con las manos abiertas, con lo que disparan un fogonazo de poder resplandeciente que se proyecta hacia al enemigo.

En media hora ya la espalda del jovencito servía de moto acuática a una de las jovencitas recién conocida, y V y yo habíamos roto amarras y atravesado varias veces la piscina y sus respirantes bañistas -como quien dice “sálvese quien pueda”- y niñitos jugaban a aguantar la respiración bajo el agua o a efectuar inmersiones con saltos de 360 grados.

Una niña inclinó la cabeza y saltó en una pata tres veces. Luego recogió agua de la piscina y la vertió sobre el tobogán más pequeño.

–Me robaron el vaso –dije.

–Será el mío, el de mi cerveza –repuso V.

Enseñarse las palmas de las manos como pasas siempre precede al final del paseo. Pasó eso.

Y también había pasado que el niño de la cara blanca por exceso de bloqueador había navegado en la parte poco profunda sobre una rosca inflable. Y su madre o la señora que lo cuidaba había empujado al flotador y a su pasajero treinta centímetros hacia el horizonte.

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