En contra

Publicado el Daniel Ferreira

A veces siento las piernas

Abrí los ojos y vi a la doctora. Era una fisioterapeuta. Pensé: es una mujer muy hermosa. Yo estaba tendido en la cama de un hospital, en cuidados intensivos, durante un mes, conectado a un respirador artificial, y lo primero que pensé fue eso: esta mujer tan hermosa quién es. Entonces intenté hablarle pero la voz no salió. Salió un gruñido por la cáñula que tenía en la tráquea. Ella me dijo que estaba en la clínica, que acaba de salir del estado de coma y que la esperara un momento. Entonces salió un momento y volvió a entrar con el abecedario impreso en una fotocopia. Me pidió que le indicara con un dedo las letras para contestar a preguntas que me iba a hacer. Le indiqué que se acercara y marqué mi primera frase. ¿Qué me pasó? Ella entonces me dijo que recibí dos disparos. Cuando lo dijo recordé una sola imagen no conectada con nada más. Un hombre aprieta el gatillo de un revólver, pero no tiene munición. El martilleo del arma es lo que recordé. Le pregunté qué día era y me dijo que estábamos en el día de la madre. Es decir: 10 de mayo. Yo salí de mi casa en marzo. Y ahora era mayo y no había nada en el medio. Le pedí que me trajera un espejo. Me miré y la barba había retoñado. Es increíble cómo cambia el rostro con barbas. Es increíble que haya partes del cuerpo que se regeneren. Uno se afeita y medio día después ya está saliendo el pelo.  El hueco en la tráquea acabó por cerrarse solo. Ahí no se pueden coser puntos de sutura porque pueden dejarte mudo. El médico dijo que quedaría con un defecto en la voz, que no recuperaría el tono ni la modulación, pero también eso se regeneró y hoy hablo bien. Lo único que no se regenera es la médula espinal. De modo que estaba tendido en una cama, recuperando la memoria y con las piernas muertas por los disparos. Uno de los cuales se desvió de la trayectoria y rompió la cuarta vértebra, me explicó la doctora. El dolor que sentía en el hombro era del segundo disparo que no tuvo complicaciones y estaba sanando. Ella tenía la labor de hacerme terapias para evitar que la espalda y los miembros se llenaran de úlceras por la falta de movimiento. Preguntó si estaba dispuesto a hacer una prueba de sensibilidad en las extremidades y le indiqué en la hoja que sí. Pero no sentí nada. Le pregunté si volvería a caminar y me explicó la gravedad de la lesión. Dijo además que mi esposa había luchado con la burocracia por mantenerme conectado al respirador, porque los cirujanos que realizaron las intervenciones y me aplicaron el reanimador las dos veces que perdí los signos vitales habían dado un diagnóstico desfavorable: podía recuperar la conciencia en ocho días, en cinco años o nunca. Hasta ese día en que desperté en los brazos de la fisioterapeuta yo era un vegetal para la medicina. Me hizo un cuestionario breve para examinar mi grado de conciencia, pero recordaba todo, menos el momento de los disparos. Recordaba haber abierto la puerta de mi casa. Afuera era un día soleado. Iba al aeropuerto a recoger a mi jefe para llevarlo a la oficina. Oí el motor de mi carro en marcha. Vi a un muchacho joven en la cabina. El carro tenía un sistema de alarma de alejamiento. El sistema activaba un bloqueo si el carro se alejaba de mí más allá de doscientos metros. Mi esposa entró en la habitación, advertida por una enfermera que la localizó en la cafetería. Su marido despertó, le dijo. Subió enseguida por el ascensor, accedió a la sala de cuidados intensivos con el atuendo del protocolo médico y entró enseguida para echárseme encima con todo su dolor y alegría. Yo sabía que no te ibas a morir. Entonces sus palabras me hicieron recordar algo más: el día que ingresé al hospital en la camilla de la ambulancia le dije a los médicos: tengo un hijo que me necesita, no me deje morir. Mi esposa lloró un momento sobre mi cuerpo y luego me besó. Yo quise hablarle, pero el aire no pasó la tráquea y salió por la cáñula. La doctora le entregó la fotocopia con el abecedario. Yo señalé: “Volví”. “Te amo”. Ella me dijo: Yo también te amo. La fisioterapeuta se fue para citar una junta médica y nos dejó solos. Mi esposa habló de los conceptos médicos. Ahora que había despertado sabríamos qué tan grave era la lesión. Entonces le pregunté qué me había pasado. Ella quiso saber si recordaba a dos hombres. Le dije que no. Solo recordaba estar en el piso y el martilleo de un revolver sin balas y a un muchacho que había encendido mi carro. Ella entonces me confesó que ya la justicia había hecho lo propio con esos ladrones. Dos médicos entraron con ayudantes y le pidieron a mi esposa que saliera. Luego me examinaron con máquinas y linternas. Fui trasladado a una habitación convencional porque la fonoaudióloga extrajo la cáñula de mi tráquea y notó que yo respiraba sin ayuda. La cáñula estaba cubierta de flemas asquerosas que salían de mí. Me dijo que no intentara hablar. Que usara el abecedario. Y así salí de cuidados intensivos. Mi esposa regresó con mi hijo. Ambos me abrazaron. Le pregunté a mi esposa qué ocurrió con los ladrones. Me dijo que el jefe habló enseguida con los hombres, los que cobraban el impuesto de seguridad por sus tierras, y les dijo que a su mejor trabajador lo habían asaltado a bala en la puerta de su casa y enseguida salió una orden para ubicar a los asaltantes. Para ellos no se podía robar un automóvil o asaltar negocios que pagaran la tarifa de seguridad sin autorización. Los dos ladrones fueron localizados y ejecutados quince días después del asalto. Eran dos muchachos del barrio vecino que solían ir a robar en la avenida. Recordé la alarma disparada. Yo estaba en la puerta de mi casa y el carro se puso en marcha. Lo conducía el mismo que habría de dispararme. El carro avanzó doscientos metros. Luego se bloqueó por el sistema de alejamiento. Oí el motor de una moto de bajo cilindraje a toda marcha. El que conducía mi carro salió a la carrera y subió a la moto de su compañero. Cuando los vi cerca noté que uno estaba armado. Sonaron los primeros disparos y yo corrí por el andén. De repente me vi en el suelo. La moto se detuvo y entonces oí el martilleo del revolver sin balas antes de perder el sentido. Salí del hospital un mes después de recuperar la conciencia. Durante ese mes recibí visitas de todos mis familiares. Al comienzo tenía miedo de quedarme dormido porque pensaba que podía volver a quedar en estado vegetal y no despertar nunca. El miedo a ser desconectado y a que mis órganos fueran donados me mantenía despierto y alerta a las conversaciones de los médicos. Pero al filo de la madrugada me dormía. Tenía sueños vívidos. Soñé que Cristiano Ronaldo saltaba para cabecear un balón y se golpeaba contra el arco y se moría. Pero no podía distinguir si era sueño o recuerdo. Así que por la mañana le pregunté a la fisioterapeuta qué había pasado con Ronaldo y ella no supo de qué le hablaba, así que le expliqué el accidente que tuvo al golpearse con el arco y ella me dijo que no era real, que lo estaba imaginando. Encendió el televisor y puso en ESPN. Vi un partido de fútbol donde ya no me interesaban los goles. Solo miraba a esos hombres correr. El movimiento en las piernas de esos hombres. Antes del error, me gustaba jugar futbol con mi hijo. Me gustaban las motos. Alcanzaba 100 por hora en autopista. Me gustaba el boxeo. Yo quería correr otra vez, montar en moto, boxear, pero mis piernas no respondían. Intenté moverlas. Nada. Las pellizqué. Nada. Alcé la sábana y vi mi cuerpo desnudo. Había bajado quince kilos de noventa que pesaba antes del error. Mis piernas estaban blancas y no se movían. Entonces recordé algo más. Recordé al ladrón que salía del carro bloqueado y corría hacia donde lo esperaba su compañero en la moto. Recordé que corrí y ellos vinieron hacia donde yo estaba. Corrí, le di la espalda y ese fue el error que cometí. La bala entró por entre las costillas izquierdas mientras yo corría, se desvió hacia la médula y se alojó en el pulmón derecho. Caí y vinieron a rematarme. Ellos decidieron su destino disparándome. Cinco años después, otra empleada me contó la verdad: un ex amigo contrató a los dos ladrones para que me dieran un susto. Era un hipócrita conmigo. Yo lo llamaba Perro Zalamero, porque era de esas personas que fingen ser de una manera delante de uno y resultan ser otras cuando les das la espalda. Él me tenía por arribista, por el simple hecho de no aceptar sus invitaciones a los bares nocturnos. Todas las veces que me invitó a la salida del trabajo, me negué. Me gustaba pasar la noche con mi esposa y mi hijo. No los veía durante el día, seis días de la semana. Y yo tenía carro, pero él no. Eso tampoco le gustaba. Mandó a dos ladrones principiantes a que me dejaran sin carro. Pero ellos decidieron disparar. El patrón se enteró por la empleada de que él había organizado el robo. Al parecer se emborrachó y tuvo un ataque de culpa con la secretaria del patrón y le confesó que se había equivocado al contratar a los dos ladrones para darme el susto. Cuando el patrón se enteró mandó a los hombres de las autodefensas por él también. Pero alcanzó a escapar saltando de su casa por el solar hacia las casas vecinas. Nunca volvió al trabajo y desapareció de la ciudad. He cometido muchos errores en mi vida, pero solo dos han sido los peores. El día que le dije a mi ex amigo que no yo no me dejaba ver en sociedad con negros y lo ofendí y el día que salí de mi casa y vi al ladrón robándome el carro. Debí entrar de nuevo en la casa. La alama se habría activado a los doscientos metros. El ladrón habría escapado sin dejar rastro. La policía me habría localizado para hacer entrega del automóvil abandonado. Pero cometí el error de observar al ladrón encender el carro. Lo vi avanzar por la avenida. Doscientos metros después la alarma bloqueó el carro. El ladrón abrió la puerta. El motor de la moto se oyó a lo lejos. Salí a la calle y observé a los ladrones. Entonces la moto vino hacia mí. Alcancé a ver el arma. Corrí por la avenida. Oí el primer tiro. Luego el otro. Caí.

(Dice que al caer no sintió dolor. Dice que pensó: «No quiero morirme. Mi hijo me necesita». Tal vez en ese momento dejó de sentir el cuerpo. A veces cree que puede mover las piernas, y entonces me mira y se aferra a las agarraderas de la silla de ruedas y trata de moverlas como las movería si las moviera.)

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