En contra

Publicado el Daniel Ferreira

Tumbas en extinción

Publicada originalmente en Conjuro Revista Cultural, Quimbaya, Mayo 2016. Carteros de la noche.

-Qué bonito sería tener un panteón.

Lo dijo mientras el sepulturero pavimentaba la boca del osario.

-Ya no se vende tierra en el cementerio, porque si hay que trasladarlo tendrían que indemnizar a los propietarios. Por eso no se venden panteones ni tumbas en el suelo.

-¿Cuánto vale un osario?

-650.000.

-¿Y es para siempre?

-Nada es para siempre -dice el sepulturero-. Este cementerio, dicen, lo van a trasladar.

Ahora el sepulturero encaja la lápida y rellena los bordes con masilla. Un hombre joven se acerca al osario.

-Nosotros seguimos vivos gracias a Dios.

Todos ignoran al muchacho. El muchacho da las buenas tardes y se aleja. Lleva un frasco de pegante en el bolsillo trasero para inhalar.

-Yo no les paro bolas a esos viciosos.

El sepulturero dice que en ese estado nadie sabe muy bien lo que hace ni lo que dice.

-¿Cuánto vale todo el trabajo?

-El osario vale 400.000, la lápida 100.000 porque es de mármol y el trabajo 150.000.

-¿Y por qué no dejan enterrar a la gente en el suelo para que se pudran más rápido?

-Porque en la alcaldía dicen que es un foco de infección.

-A mí me gustaría que me cremaran, pero cuando ya esté en los huesos. Recién muerta, no.

-Eso es feo, algunos quedan sentados cuando encienden el horno y otros alzan la pierna derecha. Uno se va encogiendo como cuando ponen un pedazo de carne en una sartén y empieza a achicarse.

-En los tiempos de antes, lo único que quedaba de uno era un nombre entre dos fechas, pero ya ni eso.

El sepulturero corta esquirlas de baldosines triturados y los incrusta entre los bordes de la lápida.

-Uno dura mientras lo recuerdan, dice.

-En eso sí tiene razón -dice el otro al sepulturero-: cuando se mueren los que lo recuerdan, uno deja de existir.

-¿Y de los osarios ya no lo sacan a uno?

-De estos, no. Si trasladan el cementerio, habrá que hacerles las tumbas a los mismos muertos y devolverles los osarios. El que no pague osario, va a la fosa común, dice la norma. En la iglesia ya está prohibido vender osarios. Era como vender la cripta a pedacitos. No hay campo para tanta gente.

El sepulturero refila los bordes y luego lustra la lápida con un trapo gris.

-Cuando exhumamos a mi mamá, tenía una manguera metida del esófago al estómago. Hubiéramos podido demandar a la clínica. Ella salió todavía completa. El sepulturero de Bucaramanga la partió con una motosierra para que cupiera en el osario.

-Qué salvajada. ¿Y usted vio eso?

-Sí.

-Uno ya de muerto no siente nada –dice el sepulturero.

Decían “uno” por empatía. Se imaginaban en el lugar del muerto. Les incomodaba la idea de no permanecer en el mundo, ni tan siquiera como un nombre grabado en mármol, menospreciados por el sistema subarrendatario de las necrópolis. Les parecía un despropósito que con “la inflación” subiera al año también el precio de los ochenta osarios construidos con materiales comprados el año anterior, así como el precio de las misas fúnebres y el de los ataúdes. La única solución posible para estos cementerios con tumbas en extinción era que las familias se hicieran cargo y se llevaran las urnas para darles un lugar entre los objetos domésticos, o tener el panteón en casa, o hacerles un sitio en internet, ese cementerio.

Mientras exhumaban al abuelo, yo había estado viendo a dos mujeres jóvenes que llevaban una escalera tomada por los extremos al fondo del cementerio. La reclinaron en la última hilera de tumbas y luego una de las mujeres subió hasta la tumba más alta. La otra, desde abajo, le alcanzó un ramo de flores artificiales a la otra. La de arriba puso las flores en un cuenco sobresaliente del mármol. Luego bajó la escalera temblorosa y ambas entrelazaron las manos. Rezaban en silencio mientras dos golondrinas revoloteaban en el pabellón central del cementerio blanco.

-Todos necesitamos que nos entierren –dijo una de las mujeres a la otra cuando salían por el callejón de los osarios.

“Aminta Rincón y Antonio García pasaron su vida entre 1930 y 1985”, decía una lápida. En otra tumba había un mensaje de la administración: “Se le informa a los familiares que los restos serán trasladados a la fosa común el próximo 18 de Abril”. Las casas de los dioses y de los presidentes son de piedra, pero nosotros somos de paja, escribió Fayad Jamis.

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