En contra

Publicado el Daniel Ferreira

Solsticio

Plazas de mercado
Samper Mendoza- Fabricio Galindo

En el barrio Samper Mendoza hay un mercado de plantas comestibles, medicinales, y de hierbas dulces y amargas y arvenses (nunca decir malezas) para esoterismo. Fui a conocerlo porque era solsticio. Solo quería comprar un poco de tilo. Me habían dicho que brujos y brujas muy poderosos de los 28000 que hay en Bogotá se daban cita en ese mercado. Debía ser algo extraordinario asistir. El mercado acababa de distribuirse al amanecer. Así que fui a las cuatro de la mañana y constaté que ya había una parte de la ciudad en marcha. Caminé entre arrumes de sábila, el calor de la ruda florecida, caléndulas anaranajadas y albahaca púrpura. Me tomé un café porque en pleno mercado de plantas no había una infusión decente. La gente compraba al por mayor para surtir otros mercados. Hombres alzaban atados en forma de cubo. Era solsticio y había tomado la costumbre de hacer un rito o algo extraordinario desde los aquelarres que vi festejar entre antorchas y ollas comunitarias y canelazos en la Universidad Nacional. En el pueblo donde viví el Corpus Cristi era una manifestación de la alegría por la abundancia de una tierra fértil que no necesitaba misterios de Eleusis para dar frutos. Recordé, mientras acababa mi café, que todos los pueblos antiguos festejaron el solticio a su manera. Los tayronas en la orilla del mar, de espaldas a las nieves perpetuas de la sierra. Los Mayas en sus templos mayores. Los mediterraneos con sus demebramientos y fluidos corporales vertidos en la tierra: la menstruación y el semen, la carne de los reyes y las vísceras para apaciguar el dolor de la diosa Deméter a la que le habían arrebatado a su hija Perséfone. Recordé los misterios que imaginó Pasolini en Medea y el Paraíso, en el jardín de las delicias de El Bosco, que parece pintado tras haber asistido a los misterios y a las noches de San Juan porque conservan el secreto al que se comprometían todos los participantes. Una vez fui a una pequeña montaña con mi amigo Jorge a hacer la quema del manuscrito de mi primera novela. Bebimos vino y releímos pasajes antes de echar las hojas al fuego. Ese día él me dijo, al ver su vida incluida dentro del relato, que la ficción era distinta, consistía en imaginar, no en escribir lo que te habían contado con los nombres cambiados. Otro solsticio fuimos con Germán y Yamile a tomar mate en la cima del pico de Aguila entre Chía y Cota tras un almuerzo abundante. La tradición de la gran comilona la abandoné un par de años después tras invitar a mis mejores amigos de la época sin que se dieran por enterados de que la fiesta no tenía nada que ver con sus egos y sus teléfonos celulares. Ahora intento estar solo para ritualizar la vida. ¿A qué había ido? A buscar algo para el insomnio.

-La diferencia entre un remedio, una infusión y un veneno es la dosis -me dijo un librero experto en tratados de plantas, citando a Schultes.

En el último año probé todos los remedios naturales que me dieron. Tilo, pasiflora, valeriana, mandrágora.

-La mandrágora, el primer día te duerme y el segundo te vuelve loco -insistió el librero.

-Como ciertas mujeres- respondí.

Fui al mercado de hierbas porque había llegado al límite. Cinco días sin dormir. Mi rostro había empezado a cambiar. Tanto control, tanto aparente control y no tener nada controlado en realidad. Hice lo que pude. Seguí escribiendo, que es mucho, en la mañana que era cuando mas tenía fuerzas, y la novela se fue pareciendo a la forma en que vivía. Por la tarde regresaba la ansiedad extraña de no poder dormir porque estás pensando en que no puedes dormir. Llegó una vez más y no dormí. ¿Cuántas noches? Perdí la cuenta. No tenía internet, estaba de mal humor. Vinieron días extraños. Viví como un solo día de dos semanas de largo. Aparté una cita con el médico que vio a la hija de mi amiga Mercedes y la trató con plantas, pero me dijo que él no llevaba casos así. ¿Pensaría que eran siquiátricos? Me recomendó a dos médicos mujeres. Llamé. Una me concertó cita. Pero el día de la cita, descubrimos perplejos que ella estaba en otra ciudad, Barrancabermeja, mientras yo trataba de ubicar su dirección en un taxi por el sur de Bogotá. Entonces vi a mi amigo Germán que iba de paso a Buenos Aires. Hablamos de mil cosas. Alguna vez, en Argentina, él me dio un frasco de tintura de tilo para la ansiedad. Lo recordé mientras acababa mi café en ese mercado de hierbas. En una venta una mujer me vendió tilo florecido. Regresé a casa y empecé a tomarlo. Todo el cansancio acumulado desapareció tras el primer sueño. Desde entonces he dormido mal solo cuando mi cuerpo no está de acuerdo con mis pensamientos. El insomnio es también un maestro. Un exceso de fuerza creativa que puede darte clarividencia sobre tu obra, tu vida, tus ideas, tu cuerpo, tu modo de vivir. Viví esos insomnios como una ordalía. Examiné todo. Lo que me gusta y lo que no. Lo que puedo hacer para mantener la llama viva es: trabajar solo en lo que me de paz y en lo que me de tiempo para disfrutar con la gente que amo.

Ahora he vuelto al manuscrito. Escribo todos los días, al menos una página. Y trato de ser feliz con lo que tengo. No sé si vuelva el insomnio. Ya no le temo. Hoy es solsticio.

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