En contra

Publicado el Daniel Ferreira

Ochenta y dos

Cumpleaños.

En un café de Pijao hay dos mujeres sentadas. Las vemos de paso y nos acomodamos lejos del sol. Pedimos granizados de café para bajar la insolación. Veníamos del río de algas que baña el pueblo. Un pueblo pequeño de la cordillera a donde vinimos porque yo lo elegí entre varios cercanos de la cordillera central. Para ir a cualquiera de estos pueblos hay que bajar al valle del río y volver a subir. Pijao está entre montañas, entre el Quindío y el Valle. Hace tanto sol que no se pueden ver las montañas del frente. Una de las mujeres es anciana. Otra es una mujer madura, pero tiene un pelo hermoso, de vitalidad dorada, aun no es vieja. La mujer más joven pone un pastel pequeño sobre la mesa y encima enciende una vela que indica: 82 años. Las miramos conmovidos. Un festejo silencioso. Podría parecer patético, por la desolación del café a esta hora de la tarde, porque es un pastel recién comprado, porque las miramos, pero no inspira lástima. Algo esconde ese festejo que se parece a una felicidad marchita, pero felicidad al cabo. Dos mujeres que han ido hasta ese pueblo para celebrar un cumpleaños como si fuera una promesa. La mujer más joven toma fotos de la anciana. La anciana nos mira y parece un poco avergonzada, aunque su rostro no trasluce sentimiento alguno. Tiene esos rostros arcanos de masapán que va moldeando la vejez y que esconden las emociones. Está ataviada con un cuello de gemas de todos los colores sobre el vestido negro. Tiene bastón y cojea con delicadeza de la pierna derecha que no parece responderle del todo. Ochenta y dos, pienso, y miro el chisporroteo de la vela que se niega a ser apagada de un soplo. Nada queda ileso a esa edad. La vida pasa. Los amigos mueren. Los hijos empiezan a ser también ancianos. La vejez es irse quedando solo en una banca esperando que alguien se acuerde que estás vivo y venga a hacerte visita. Prepararse para la soledad sería la advertencia. La vejez es lo único que no se puede derrotar en una vida humana. Pero es también el descubrimiento de lo que es importante y de lo que no lo fue. Una sabiduría que ya nadie quiere oír. Los jóvenes, porque están muy jóvenes y la juventud se cree inmortal. Los niños, porque no la necesitan. Los que están haciendo el tránsito a la adultez sí podrían aprender lo fundamental de alguien en la edad provecta, al menos los tres errores que no puedes cometer (dejar tus sueños, no amar, destruir tu cuerpo) y aprenderlo de unas pocas palabras de alguien que alcanzó la sabiduría por la vía seca como en la alquimia. No hay tiempo para oír. ¿Por qué vinieron hasta este pueblo a celebrar el cumpleaños? ¿Es el pueblo de su infancia, el lugar de una promesa, un sitio elegido al azar como lo elegimos nosotros? ¿Por qué en este lugar la anciana decide preguntar si el edificio aledaño es aún la alcaldía? ¿Por qué pregunta? ¿Por qué está aquí celebrando sus ochenta y dos años? Las vemos alejarse del café. La anciana nos saluda por la simple incomodidad de que no hemos dejado  de mirarla. Nosotros la saludamos también. Parece un sueño. La emoción del sueño casi siempre delata el sentido oculto del sueño. La emoción ahora es un deseo intenso de llorar.

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