En contra

Publicado el Daniel Ferreira

Buenos para nada

Tenía 39 años (músico) y se iba los fines de semana a lavar en la casa de su madre (peluquera). «Me iba, mejor dicho, a que me lavara la ropa sucia» (se corrige). Tenía 45 (ingeniero) y una mujer lo traicionó y se fue a vivir en la habitación de adolescente en casa de su madre que se había convertido en el altillo de San Alejo. Durante 3 años no trabajó ni pudo aportar a la manutención de la casa porque solo le alcanzaba para el ron. Fue el tiempo que le duró el despecho y el alcoholismo. Tenía 38 años (literato) y había estado 1 año en Inglaterra aprendiendo inglés. Cuando regresó al país no consiguió trabajo relacionado con bibliotecas en los dos primeros meses, así que pronto dejó de buscar y se dedicó a cuidar el apartamento que su madre había comprado en aquella pequeña ciudad de provincia donde no había nada para él; durante los 3 años que vivió allí antes de que ella lo echara, soñaba con regresar a Inglaterra becado, aunque tampoco buscaba mucho en las convocatorias; cuando consiguió trabajo en el call center ella le pidió que se marchara de la casa. Tenía 40 años (bióloga) y ya no quedaría embarazada, así que cuando la despidieron de la ONG resistió con ahorros 6 meses en la capital; el día que se encontró raspando la olla arrocera volvió a casa de su madre, y allí la acompañó hasta que un día se molestó por una actitud que encontró machista en la madre, al oírla calificar de «autoembarazada» a su mejor amiga (dice que se molestó porque sintió que calificaba el embarazo como «amarre» de un hombre convertido así en «víctima» de una trampa) y supo que no podría vivir con una madre que no entendiera la opresión de las mujeres, así que se fue a vivir en casa de su prima durante seis días. Tenía 38 (abogada y animalista) y seguía llevando perros a la parcela de sus padres para que se los cuidaran los «mayordomos». Tenía 41 (sociólogo) y recibía salario de su madre para quien cuidaba las 10 vacas de la finca familiar, único empleo que había conseguido, tras negarse a hacer trabajo de campo (cooptar propietarios campesinos) para una trasnacional petrolera. Tenía 42  (dos carreras) y aún vivía en casa de su padre. Había terminado la universidad y una maestría, pero prefirió hacerse maestro de yoga. Era bueno en eso, consideraban sus alumnos meditadores. Para lo que no era bueno era para cobrar, diría su padre. Tampoco había logrado conseguir trabajo como diseñador industrial ni de docente de matemáticas. Entre semana usaba el carro del padre para movilizarse y los fines de semana se iba a casa de su madre, quien vivía con su segundo esposo en otra zona exclusiva de la ciudad, donde también había un cuarto para él y comida en el refrigerador. A una de sus novias la llevaba a casa del padre, pero en casa de la madre se presentaba con otra, y los fines de semana andaban los tres. Le explicaba a su padre que era poliamoroso y que las dos chicas lo sabían y no les incomodaba. El error que empezó con la liberación del padre fue preguntar si se amaban tanto los tres y si permitían la promiscuidad, por qué entonces no se organizaban para alquilar una casa e irse a vivir y a compartir los gastos muy juntos. El hijo se molestó por el comentario. El comentario tenía que ver menos con echarle en cara su comodidad que su promiscuidad, pero el hijo lo tomó personal, le recordó al padre por qué el amor tradicional y los valores judeocristianos de la fidelidad habían roto la relación con su madre y él había tenido que criarse sin una figura materna en casa. El padre entonces reflexionó que ya estaba lo suficientemente entrado en años como para recibir de su hijo mayor recriminaciones por traumas de adolescencia y le pidió que no volviera a traer a sus dos novias a la casa monógama del padre. El hijo le retiró el saludo un par de semanas. Entonces permanecía encerrado en el cuarto hasta que el padre ya se hubiese ido al trabajo y luego vaciaba la nevera y no volvía a aparecerse hasta altas horas de la noche, cuando ya el padre estaba durmiendo. Un día tuvo que volver a hablarle al padre para pedirle prestado dinero y las llaves del carro. El padre le dio dinero, pero le dijo que ya no le volvería a prestar el carro. El hijo encolerizó y amenazó con irse de casa. Cumplió su promesa, porque esa semana se marchó a la habitación que tenía en casa de su madre. A ella le explicó la extraña actitud del padre para con él, y luego le pidió prestado el carro, pero la madre también se negó. Sorprendido por la primera negativa que recibiera de ella a lo largo de sus 42 años, habló de la conspiración que había entre ambos progenitores para arruinar su vida poliamorosa, de la dificultad de conseguir un empleo en sus áreas de conocimiento y de que lo que ganaba dando clases de yoga solo alcanzara para cubrir algunas de sus necesidades básicas. La madre no transigió y se negó a darle dinero también desde ese momento, tras lo cual el diseñador industrial, a sus tiernos 42 años, abandonó las dos casas de sus padres para siempre. Dejó de hablarles seis meses. Para cuando volvió a aparecer, ya era un adulto y vivía en un apartamento en alquiler, trabajaba y se había quedado con una sola de sus parejas.

En otro de los casos, los padres de la hija cuarentona, educada en una universidad costosa y con máster en negocios, bilingüe, soltera, y el hijo cineasta que solo se dedicaba a ver películas en la cinemateca, en vista de que ninguno despegaba, prefieren marcharse ellos, los padres, de la casa, y dejar que sus hijos se apropien y paguen las cuentas. En otro, el padre avergonzado porque iba a casarse por segunda vez y tendría que echar al hijo de la habitación para compartir la casa con su nueva esposa, recibió como respuesta del hijo de 45: «¿para dónde me voy?». El hijo, acosado por el cambio de realidad, poco después consiguió un lugar y un trabajo.

Hablo con una de las madres cuyos tres hijos están rondando la cuarentena y viven aún en su casa y, según ella, aunque recibieron la mejor educación, no consiguen misteriosamente trabajo, ninguno de los tres, en el área del saber que eligieron libremente. Para ella el fin del proceso de paz, la crisis de las ongs, y las dificultades actuales de encontrar empleo «digno» explican la comodidad de sus hijos acampando en casa por 18 meses. Pero no se plantea que lo sea la comodidad de no tener que pagar facturas ni llenar la nevera lo que les inspira a permanecer. Ella dice sentir nostalgia anticipada de solo pensar que un día se tengan que ir (síndrome del nido vacío, lo llaman los psicólogos), por eso sigue trabajando en el magisterio, aunque ya cumplió el tiempo de jubilación y odie su trabajo, y prefiere pagar los recibos y llenar el refrigerador a verlos mal.

Las características notorias en otros casos es que la estabilidad alcanzada por una clase media burguesa es lo que acomodó a los hijos y les impidió despegar cumplidos los 40. Antes, cuando no había nada qué comer, ni quién pagara las cuentas, el único camino era el «sálvese quien pueda» (dice uno de los padres aquejado por el vampirismo de sus hijos).

Hará tres generaciones que los padres no tenían una educación universitaria que les permitiera una vida acomodada y darles libertad de cátedra a los hijos. De hecho, una madre y profesora inquieta por el tema pidió a sus estudiantes que alzaran la mano solo aquellos que tuvieron antepasados educados en la universidad y apenas alzaron la mano tres. Pregunto a esta madre cuyos hijos se fueron temprano, qué fórmula usó, y la solución que prevé está en que los padres ayuden a despegar a los hijos y que los hijos descubran sus habilidades y asuman su libertad a partir de aproximaciones a la independencia de forma temprana. Da ejemplos prácticos a continuación: viajar antes de ser mayor de edad. Enfrentarse a retos propios. Adquirir sus propias herramientas para enfrentar la vida. A uno de sus hijos le pagó un viaje a Nueva York, y a otro lo apoyó cuando quiso irse a vivir con su pareja. Después de conocer la independencia, ya no hubo la menor razón para que quisieran regresar al régimen de la casa materna, también llamado «hotel-mama», como decían  las abuelas que sufrieron ya antes el síndrome de los buenos para nada: gente de cuarenta, sobre-educados, pero incapaces de ganarse la vida.

Se necesita un poco más de imaginación. De recursividad. De estrategias de supervivencia. De dejar de ser hijos.

O se necesita que ellos también dejen de ser padres.

Imagen: Guía de la buena esposa

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