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Publicado el Carlos Andrés Almeyda Gómez

El lenguaje por encima de la historia: A propósito de Juan Gabriel Vásquez

juangabrielRecién enterado de la obtención del Premio Alfaguara de Novela 2011 por parte del autor colombiano Juan Gabriel Vásquez (Bogotá, 1973) me viene a la mente –más que libros suyos como Los informantes o Historia secreta de Costaguana, novela que recuerda  su gran afecto por Joseph Conrad y que le valiera también la publicación de un par de estudios alrededor de su obra–, sus primeras novelas, Persona (Cooperativa Editorial Magisterio, 1997) y Alina suplicante (Ed. Norma, 1997) , y en las que Vásquez mostraba el germen de una maestría en el lenguaje y todo un abanico de recursos literarios: “En Vásquez hay el placer de la narración por la narración. Como de uno de sus personajes, se puede decir que no son sus palabras lo que cuenta. Lo que cuenta es su autoridad” (Luis H. Aristizabal, 2005).

Se trataba de un autor novísimo que, diferente a otros novelistas menos meticulosos y llenos de ideas pero lejanos a la concreción estilística que sí visitaba ya a Vásquez, se encargaba de mostrar una lúcida visión de la literatura desde el rigor del estilo pero a salvo de la retórica gracias a ese leal afecto que proviene de los noviazgos primerizos. Aparecía velada, de alguna forma, la transculturación y el venir abrevando de fuentes foráneas para dibujar frescos de época o fungir de prosista cuidadoso sin que por ello el artificio le convirtiera en una víctima más de la alienación literaria.

Para aquel entonces, y encontrándome cada tanto con algunas notas y ensayos suyos en medios como el Boletín de Banco de la República, llegó a mis manos el libro Los amantes de todos los santos (Alfagurara, 2001). Se trataba de una selección de cuentos que hablaban del olvido y la nostalgia. La memoria de varios transeúntes cada uno encerrado en sus propias y a menudo fatales búsquedas, un diálogo entre el patetismo y la pérdida irreparable. Se trataba también de un compilado que bien pudo  tener como epígrafe, con el permiso de Rilke, algo tan contundente como eso de que “la belleza es el preludio de la fatalidad”: cinco relatos de contenida fuerza novelesca que construían un vademécum sobre la soledad y el escapismo.  Cuentos sobre el abandono de parejas que, si no fuera por lo que Vásquez denota con cruel pero reflexivo sarcasmo, pasarían por personajes-tipo de cierta idiosincrasia europea  moderna,  el vacío de parejas que se alejan por circunstancias inverosímiles mientras de fondo una canción de Maxime Leforestier o aquella Eleanor Rigby de los Beatles van deshaciéndolo todo entre la enfermedad, el fanatismo religioso o la turbadora desolación humana, materia frecuente en la obra de Juan Gabriel Vásquez. Particularmente desolador es, por ejemplo, el cuento “La vida en la isla de Grimsey”. Escrito desde una rigurosa prosa, este texto soporta una vez más aquella búsqueda perpetua visitada ya en las historias anteriores: el  vacío ancestral, la religión y la pregunta por la existencia que llevan a una mujer dolida ante la reciente muerte de su hija –pese al fanatismo de una congregación de suicidas que en realidad existió y pereció en las circunstancias que Vásquez lo describe- al borde del desasosiego, y su fin no salva, como en ninguno de los otros cuentos, de las garras inhumanas de la soledad.

Luego de este libro de cuentos, Vásquez publica su novela Los informantes (Alfaguara, 2007). Obra de tono igualmente cauteloso con el lenguaje, la narración pasa de lugares parisinos y las Ardenas de Bélgica a las geografías próximas de Medellín, Fusagasugá o Bogotá. La maestría es entonces un argumento para que cualquier suerte de historia se soporte con magistral gracia en un estilo que no cesa de mostrar que, como él mismo dijo alguna vez sobre un autor también bogotano, “la mejor ficción moderna tiende a ser metaliteraria a pesar de sí misma”. Como autor de novela histórica, raro invento editorial que terminó por encasillar a buena parte de los autores actuales, Vásquez resulta en un sentido grato distante de los defectos de rigor en este ‘subgénero’, como el querer tratar estos temas con la insuficiencia de un periodista o desde el letargo de un historiador. De esta manera, su nueva novela, El ruido de las cosas al caer –libro que le acaba de merecer el Premio Alfaguara de Novela, uno de los más respetables y bien dotados de la lengua española–, sugiere una vez más el logro de una novela que, aún bañada de la violencia y el terror como temas ineludibles al hablar de la historia reciente de Colombia (aquí el hipopótamo de Pablo Escobar como excusa para una novela que termina por redescubrir a Bogotá en tanto espacio simbólico y literario), no llega a traicionar por ello el objeto más preciado en su empresa: la literatura.

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