Tejiendo Naufragios

Publicado el Diego Niño

Para brillar en tus ojos

adjani

Dedicado a Adjani León

Los hombres creemos que el matrimonio nos quita todas las posibilidades de tener una vida llena de aventuras. Quizás esa sea la razón por la que invité a cuanta mujer se atravesó en mi vida después de que mi esposa me abandonara. Invité desde exalumnas hasta mujeres que conocí por facebook.

Adjani pertenecía a las últimas. Madre de una niña hermosa y con una dulzura que no había visto en otra mujer. Me conoció gracias a este blog. Después de leer todas las entradas, me envió invitación a facebook que acepté inmediatamente. Hablamos esa noche y las noches que le siguieron. Al final de un mes de charlas, aceptó la invitación de dar una vuelta por la Universidad Nacional. Fue una invitación ingenua a pesar de la carga seminal de aquellos días. Mi plan era asistir a clase, almorzar y esperar que ella llegara a las tres. Después daríamos una vuelta por la universidad, un café y cada uno para su casa.

A las tres me esperaba en la entrada de la carrera 30. Tenía un buzo cuello tortuga, un pantalón azul y tenis negros. Ella se trepaba en todos los árboles como una niña. Y como niña reía con una risa limpia, franca, como la que todos perdimos en el camino. Fue tan grata la impresión que me causó su felicidad, que le tomé una foto cuando logró llegar a la copa de un árbol mediano que estaba al margen del estadio Alfonso López.

Después fuimos a Postgrados de Ciencias Humanas, que es el edificio de mostrar. No sólo porque es el menos deteriorado, sino por la arquitectura melancólica de Rogelio Salmona. Agua y circularidad por todas partes. Y lo que siempre me ha gustado del concepto de su arquitectura: se puede deambular por los techos como gato sombrío.

Nos besamos en el techo, frente a unas graderías que están puestas para dar conferencias a cielo abierto. Fue un beso corto que la hundió en un silencio del que salió minutos después, cuando el frío la hizo abrazarse a sí misma.

—Está haciendo frío —dijo.

—¿Quieres un tinto?

—Quiero otra cosa. Algo de comer —respondió con un hilo de voz.

Fuimos a Nicanor, un café que está a dos cuadras de la salida de la Calle 26.

—No debiste… no debimos besarnos —dijo con los ojos hundidos en la carta del Café.

—…

—Aún no he salido de la separación. Lo sabes.

Separación. Esa palabra que me sabía a mierda por aquellos días. Que aún me suena a mierda, a pesar de que han pasado tres años.

Tomé su mano derecha y la puse sobre mi palma. La contemplé por unos segundos y después le acaricié el dorso para tranquilizarla; pero el temblor continuaba como si su mano fuera un pájaro herido.

—No sucederá de nuevo.

—No es que no me gustara; simplemente sucedió muy rápido —aclaró.

Las mujeres necesitan que las circunstancias maduren, como si el amor fuera un arbusto que hay que abonar hasta que sea un tronco grueso que puede soportar el golpe del viento.

O puede que esa no sea la razón: quizás las mujeres obligan al hombre a acumular tiempo para que se diga: “le invertí veinte meses, mejor me echo dos polvos”. O quizás tres. O Tal vez cuatro. Hasta que la inversión es tan grande que lo razonable es una relación estable.

De las palabras de Adjani concluí, como bien lo imagina, que ella quería que todo ocurriera lentamente, sin afanes, hasta llegar a ese punto en el que todo se pone serio. El punto en el que hay que tomar decisiones. Ese lugar en el que se abre la puerta al matrimonio. Porque no existe mujer que inicie un noviazgo con la idea de que será noviazgo para el resto de la vida.

El problema consistía en que yo quería que todo se consumara en el menor tiempo posible. No porque ella no mereciera que me tomara el tiempo de cumplir cada paso, sino porque yo quería borrar la soledad con romances pasajeros. Amores de un par de noches. Encuentros esporádicos que me hicieran creer que había algo más que desolación. Algo más que ese hueco que queda cuando alguien te dice que eres lo peor que le ha pasado en la vida.

A pesar de la advertencia, Adjani perdió la prevención a la tercera cerveza. Habló del papá de la niña y del año que vivieron juntos. Del naufragio en el que se transformó la vida en pareja. Porque toda convivencia naufraga en algún momento. El matrimonio es una institución tan frágil que lo puede destrozar una palabra. O menos que eso: un gesto que se repite una y otra vez, durante años, hasta que rompe lo que se construyó durante décadas.

Naturalmente que yo también dije todo lo que tenía atascado en la garganta. El odio y la frustración de una relación que no había sido más que un callejón en el que se atascaron todos mis fantasmas.

A las doce de la noche terminó el servicio de Nicanor. Fuimos a un bar que quedaba a pocas cuadras. Pedimos media botella de aguardiente que bebimos de afán.

A la una de la mañana caminábamos por la calle 45, esperando que un taxi nos llevara al motel de Chapinero del que salimos enguayabados, con dolor de cabeza y con el hambre mezclada con náuseas (ese estado tan parecido a estar en el infierno). Intentamos comer, pero no lo logramos. Hablamos un rato y después cada uno se fue a su respectiva casa.

Adjani me llamó en la noche, cuando el guayabo se había transformado en un sueño denso del que no quería emerger. Me dijo que se iba de rumba con unos amigos. Sentí envidia de su juventud. Cuando tenía su edad bebía tres días seguidos. Pero cuando se cruza la frontera de los treinta, beber una noche significa tener sueño durante una semana.

La mañana siguiente encontré un mensaje de texto en el celular:

Te pensé toda la noche en un bar. Estaba sentada bebiendo un poco de ron, escuchando música y con la mente paseando entre los árboles, buscando el lente de tu cámara para sonreírte… para brillar en tus ojos…

Y ahí estaba lo que tanto temí: el intento de iniciar una relación. No le contesté el mensaje ni los que vinieron. Como no contesté llamadas ni correos. El silencio, en estos casos, es más elocuente que las palabras. Es el más efectivo de los entierros: en el silencio todas las esperanzas se marchitan hasta ser un puñado de cenizas.

Adjani dejó de escribirme mucho antes de lo que imaginé. Me sacó de sus contactos y dejó de existir hasta ayer, cuando la vi en Villa de Leyva. Estaba en una heladería junto a un hombre que tenía una camisa azul celeste. Al verme, salió a la puerta de la heladería. Creí que me iba a saludar, pero no lo hizo. Se quedó en el vano contemplándome con curiosidad. Sonrió con una sonrisa que me llevó el perdón que necesité en los meses posteriores a mi silencio. Levantó la mano para mostrarme el anillo en su dedo anular. Levanté mi mano y le mostré mi mano sin anillos. Dio media vuelta y entró a la heladería. Se acercó a su pareja por la espalda. Lo tomó por el brazo y se empinó para decirle algo al oído. El asintió con la cabeza. Sonreí como no lo había hecho en años. Tenía la certeza de que la vida había repartido cargas: a ella le dio el amor que buscaba y a mí me dio la soledad del que teme que lo vuelvan a herir.

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