Tejiendo Naufragios

Publicado el Diego Niño

Mercaderes y mercancías

La adicción las pastillas

No es un secreto que las farmacéuticas son empresas que dirigen sus esfuerzos para hacer medicamentos que consumirán pacientes de altos ingresos. Como consecuencia de esta segregación, los laboratorios investigan medicamentos para la diabetes o el cáncer, que son enfermedades de países del primero mundo, dejando a un lado a países en vía de desarrollo.

Finalmente no es su problema que en estos países mueran millones de personas por enfermedades que podrían prevenirse si las investigaran Como queda dicho, es una empresa privada que no debe enredarse en dilemas éticos. Ni siquiera están obligados a generar salud: el mercado sólo los obliga a crear medicinas que retarden los efectos de enfermedades o que eventualmente curen dolencias, de tal suerte que el comprador sienta la necesidad (o la confianza) de adquirirlos nuevamente.

Así pues, las palabras de Marijn Dekkers, consejero de Bayer, no deberían tomarse mal: sólo hablaba de la razón y naturaleza de una empresa que, por definición, debe producir dinero. Si sus balances concluyen que una medicina no se producirá más, dejarán de elaborarla sin importarles que miles de pacientes mueran como consecuencia de su decisión.

Ahora, según el concepto de expertos, no importan los daños colaterales (ya saben: muertos, lisiados), gracias a que la mayoría de los clientes se verán favorecidos: la competencia hará que los precios se equilibren y que mejore el servicio. Sin embargo, ¿quién se beneficia en este proceso?

Sabemos por lo dicho por Dekkers, que los consumidores potenciales son “occidentales que pueden pagar”. Obviamente se descartan personas que tienen ingresos iguales o menores a dos dólares diarios (cerca del 48% de la población mundial). Del 52% restante, muy pocos pertenecerán a países emergentes.

Para dar luces al respecto, veamos el caso colombiano.

Para hacerlo, tomaré el precio de los medicamentos que aparecen en la circular 04 de 2013 de la Comisión Nacional de Precios y Medicamentos y Dispositivos Médicos. En ella una caja de 21 tabletas Revlimid de 10 mg (un medicamento de Celgene Europe Limited para pacientes con Mieloma Múltiple) tiene un valor de $11’198.996 y una caja de 10 tabletas de Nexavar de 200 mg (un medicamento de Bayer para pacientes con Carcinoma) vale $673.242.

Si tomamos el Nexavar (el precio más bajo de la tabla), quedan excluidos quienes perciben un salario mínimo. Y si nos guiáramos por el precio del Revlimid (que es el más alto de la tabla), quedan marginados todos los que devenguen salarios menores a trece millones de pesos.

Las dinámicas del libre mercado, efectivamente amparan a los clientes. Sin embargo, para el caso colombiano, los favorecidos para los medicamentos citados, en ningún caso serían más del 30% de la población colombiana. Naturalmente que en otros casos el porcentaje mejorará. El problema es que sin importar el esfuerzo que se haga, el volumen no superará el 42,3% de la población colombiana (cerca de 19,25 millones de personas que viven diariamente con menos de $4.000).

A la luz de estas cifras, ¿es aconsejable que sea el mercado quien se defina los lineamientos de los medicamentos? Más aún, ¿debe ser la salud una mercancía? Y si fuese así, ¿quién se beneficiaría con este negocio? ¿Los pacientes? ¿Los propietarios de clínicas? ¿Las grandes farmacéuticas?

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