Tejiendo Naufragios

Publicado el Diego Niño

Lucille

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El humo de las canecas no solo afectaba la voz de Riley, sino que le irritaba los ojos. Quizás por eso cantaba mal, trastocando tiempos, cambiando las letras o inventando fragmentos. Sin embargo, a nadie le importaba: cada uno estaba concentrado en sus asuntos, que por lo general tenían que ver con el alcohol o la pareja de turno. A pesar del humo y de la algarabía que hacía que su voz fuera apenas un rumor, tocar siempre sería mejor que trabajar en la plantación. Como obrero o como conductor. Daba igual. Las dos eran oficios que lo llenaban de amarguras. Lo suyo, lo supo desde que cantaba en la iglesia, era el Blues, la música que habla de la marginalidad de los ciudadanos de segundo nivel. O de quinto, porque los negros en Estados Unidos, todos lo sabían, eran poco menos que esclavos. Y más él, que nació en medio de la plantación de algodón, como si fuera un animal salvaje.

Quizás ese razonamiento fue el que lo invitó a tomar la botella de cerveza, levantarla a la altura de su cabeza como si brindara con alguien que estuviera al otro lado de la sala. Nadie se percató de su gesto. Miró hacia el escenario donde estaba la batería, el piano y la guitarra que compró con los veinte dólares que ganaba por manejar un tractor doce horas al día, los treinta días del mes. Aquel domingo tomó su sueldo, atravesó el pueblo hasta llegar a la tienda de Joe, a quien le preguntó por la Gibson ES-335 de segunda que le había encargado. Joe se la dio con expresión de desconfianza. Pero no salió corriendo, como pensó Joe, sino que la examinó como si fuera un mapa y luego pasó las yemas de los dedos sobre las cuerdas como si fueran la piel de una mujer que sonríe con los ojos cerrados. Dejó el sueldo sobre el mostrador y salió a la calle. Afuera volvió a examinar la guitarra. Después se sentó en el andén y la dejó entre sus piernas. Pensó que no era justo que las horas se consumiera sobre un aparato que rompía el silencio con sus gruñidos de animal herido. Lo único que quería hacer era cantarle a la vida, que era lo único que le pertenecía en ese momento. Se levantó y tomó el camino de la izquierda (el de la derecha iba para la granja), con la certeza que no volvería a subirse a un tractor ni a trabajar en una plantación.

Giró sobre la butaca y le dio la espalda a la multitud alcoholizada. Dio un sorbo a su cerveza y se perdió en las reflexiones. No escuchó a los hombres que estaban a pocos metros de él, al lado de una caneca que ardía para atenuar el frío que azotaba Twist, Arkansas. Las palabras fueron subiendo en volumen y agresividad. «Las mujeres son de quien las conquista», gritó el más joven. El otro calló por unos segundos, le dio un sorbo a la botella y después la rompió contra la cabeza del otro, quien trastabillo y se fue contra la caneca que se volteó. El queroseno corrió y, detrás de él, corrieron las llamas que encendieron el bar en pocos minutos.

Riley Ben King, a quien meses después llamarían Blues Boy King y, posteriormente, B.B. King, salió corriendo, como el resto de personas. En la calle examinó los zapatos gastados, un pantalón demasiado ancho para sus delgadas piernas, una camisa que le faltaban botones y una corbata que era apenas un pedazo de tela vieja. Después observó a los hombres de la pelea. Estaban frente a una mujer que podría ser su madre. El mayor se acercó para besarla, pero ella le puso la mano en el pecho para detener su avance. El hombre le quitó el brazo de un golpe e intentó acercarse de nuevo. La mujer lo empujó y gritó hasta que el hombre levantó las dos manos como si lo amenazaran con un arma, dio media vuelta y se fue. La mujer abrazó al más joven y luego lo besó.

«Lucille hace que los hombres pierdan el juicio», dijo un hombre que estaba al lado de B.B King. «Meses atrás…», iba a continuar, pero B.B. se tomó la cabeza a dos manos y salió corriendo hacia el bar. El hombre intentó tomarlo del brazo, pero se zafó y continuó su camino hacia el incendio. Minutos después emergió de las llamas con la guitarra envuelta en su camisa, como si fuera un bebe. Cayó de rodillas cuando llegó a la otra acera. Sólo en ese momento fue consciente de lo que había hecho. Vio a la mujer abrazada al joven. Pensó que su acto había sido igual de estúpido que el que estaba cometiendo ese muchacho. Contemplo la guitarra y le dijo: «Lucille, haces que pierda el juicio». La abrazó con fuerza. «No me lo vuelvas a asustar de esa manera», le susurró al clavijero. Se levantó para irse caminando con la guitarra en la mano derecha y la camisa sobre el hombro izquierdo.

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