Tejiendo Naufragios

Publicado el Diego Niño

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Después de tres borradores y largas deliberaciones, decidí iniciar el blog desde el momento en el que empezaron a existir (así sea en potencia) todas las palabras que he escrito y escribiré. Dicho instante sucedió en la navidad del setenta y seis, día en el que mis papás se conocieron.

Así pues, inicia este lugar en el que espero se sientan como en casa. Bien pueden habitarlo a sus anchas, sentarse en los verbos, poner los pies sobre los adjetivos, dormir sobre los adverbios. Si desean, pueden dejar un comentario o si prefieren el anonimato pueden escribir a [email protected]. Todos los comentarios, sugerencias o quejas serán bienvenidos y se responderán en el menor tiempo posible.

Por ahora les dejo con la génesis de mis palabras (y de mi vida).

Caía una llovizna rencorosa, incapaz de dar licencia a la euforia de los borrachines que zozobraban en las calles tunjanas. La flota, que es como se llamaba por aquellos tiempos y latitudes a los buses de ventanas ruidosas y puertas desvencijadas, no había llegado. El encargado afirmaba que el bus llegaría de un momento a otro, que no había razones para alarmarse. Mi mamá lo miraba con la desconfianza que le producían (y aún le producen) los hombres que hieden a alcohol. Contemplaba, cuando apartaba los ojos del agente de viajes, las laderas que escoltan la rudimentaria Terminal de Transporte, las tiendas atestadas de hombres que gritaban y manoteaban enérgicamente, las tinieblas que avanzaban con paso incierto. La inquietud le rasguñaba la sangre con violencia. ¿Qué hago?, se preguntaba por décima vez. Segundos después recordaría la invitación de su hermana le hizo y que declinó por la pereza que le producía ir a un lugar en el que a duras penas conocía a su cuñado. Prefirió, en lugar de ello, ir a Moniquirá, a la casa de una tía a celebrar con el enjambre de primos y primas que se reunían a propósito de la festividad. Eso habría hecho si el bus hubiera llegado a las dos de la tarde, como estaba programado, y no la hubiese dejado esperando con el corazón tocando a rebato y la ira palpitándole en las sienes.

A las siete de la noche no tuvo más remedio que aceptar que la flota no pasaría hasta el día siguiente a causa de un desperfecto mecánico, como declaraba el dependiente o, como ella aún supone, a causa de la borrachera en la que a esa hora navegaría el conductor. Sólo le quedaban dos opciones: regresar a Bogotá y pasar la Nochebuena acostada en su cama o buscar el pueblo natal de su cuñado. El problema estribaba en que mi mamá no recordaba el nombre del pueblo gracias a que era una palabra poco sonora, que le daba la sensación de ser una invención, un vocablo para despistar, para salir del paso. Lo cierto es que después que recordó que el pueblo se llamaba Sora se enfiló hacia los malogrados vehículos que llevaban horas estacionados frente a una de las tenduchas que asediaban la Terminal. Buscó a los dueños (quienes seguramente ostentaban narices rojas y tufos de ochenta octanos) para negociar el viaje hacia el pueblo que imaginaba más frío y más pequeño que Moniquirá. Mi mamá sostiene que minutos después de cerrar el trato salieron para el pueblo. Yo, con el respeto que merece su memoria, pienso que se equivoca: lo más probable es que debió esperar durante una hora, acaso más, a que el chofer terminara de ingerir las bebidas espirituosas para empezar a despedirse de los compañeros quienes lo abrazarían, le palmotearían la espalda al tiempo que le rogarían para que se tomara la última cerveza, la última copa de aguardiente, el último trago de Whisky que apuraría directamente del pico de la botella, entre las carcajadas y aplausos de los asistentes. Sea como sea, ella navegaba al borde de las nueve de la noche de aquel 24 de diciembre de 1976, en la oscuridad más tenebrosa que había visto, al lado de un hombre en avanzado estado de embriaguez, hacia un pueblo del que no había escuchado mencionar ni siquiera por la confusión de letras en los nombres de pueblos más populares.

En la casa de los papás de Gerardo (su cuñado) se dio cuenta que sus temores eran justificados: habría sido mejor pasar la navidad enrollada en sus cobijas, en la soledad más absurda, en vez de estar sentada en la sala sin que nadie se atrevía a decirle poco más que el saludo y una que otra pregunta de cortesía. Su hermana pasaba ocasionalmente para indagar por su bienestar para luego ir a cumplir los estrenados compromisos de esposa (conversar con las cuñadas, ayudarle a la suegra servir generosamente las viandas a todo aquel que cruzara frente a la casa y echarle una ojeada al marido para que no se embriagara antes de media noche). Una señora, entre la decena de hombres y mujeres que transitaban por la sala, decidió tomar a mi mamá de la mano y llevarla a lo que se denominaba irónicamente “El Club” (un chiribitil en el que convivían borrachines y parejas que intentaban bailar entre la humareda de cigarros y la gritería de quienes intentaban comunicarse). Al fondo estaban sentados un hombre alto, entrado en años, una señora pequeña, de piel ceniza y en medio de los dos, un hombre cercano a la treintena de años, quien compartía la estatura y el tono de piel de la señora. Él dijo llamarse José Isaías; el señor de su derecha era su padre y la señora de la izquierda su madre. La invitó a sentarse y le brindó, como era y aún sigue siendo su costumbre, todo cuanto ofrecía la tienda (incluidas las flores de la barra y uno que otro artículo del mobiliario). Luego bailaron hasta que mis abuelos le dijeron que debían ir a la casa a celebrar la Navidad. Mi papá avergonzado, acaso ofendido con la imprudencia de los papás, le dijo que la buscaría al otro día, en horas de la mañana, a la casa de los Muñoz, los suegros de mi tía. Ella regresó a la sala que a esa hora estaba atiborrada de gritos y personas.

Supongo que mi mamá se arregló la mañana siguiente de la mejor manera posible, dada la precariedad de las prendas que reposaban en su maleta. Ella, cuando le indago por los pormenores de aquel día, dice que había olvidado la promesa y al que la había hecho. Sea como sea, mi papá no llegó aquella mañana de lloviznas horizontales. Pienso, ahora que lo escribo, que mi mamá no puede admitir, como no lo haría la mayoría de mujeres, que mi papá la dejó arreglada, con el alma colgando de un hilo, sin tener la decencia de aparecer ni de enviar un mensaje o una esquela justificatoria (como quiero creer que se usaba en aquellos años). Esa misma tarde mi mamá fue invitada a la tradicional corrida de toros del 25 de diciembre. Ella aceptó llevada más por el aburrimiento y el rencor que por compartir el gusto por la fiesta brava. El hecho es que entró a la plaza de toros a las dos de la tarde, cuando el sol asomaba tímidamente entre el enjambre de nubes grises, con aquella mirada altanera, con su enérgico caminar de trancos cortos y con los amenazantes pómulos que aún conserva. Vislumbró entre los asistentes a mi papá (quien sospecho estaría continuando la borrachera de la noche anterior). A los pocos minutos él se acercó para ofrecerle la manzanilla que se calentaba en aquella bota que contemplé desgarrándose entre una montaña de cachivaches a lo largo de mi niñez. Ella, vuelvo a conjeturar, declinó la oferta al tiempo que el alma le retornaba al cuerpo o, lo que es más probable dado su carácter belicoso, mientras se tomaba la confianza para cobrar el desaire…

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