Tejiendo Naufragios

Publicado el Diego Niño

Homicida

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Era una tarde de plomo en las nubes y smog en las arterias. Al final de la calle y de mi infancia, entre la angustia de testigos y peatones, aullaba un perro que había sido atropellado minutos atrás. El animal, hincado ante lo ineludible (ojos vidriosos, venas aferradas al pánico), suplicaba que lo rescataran de las entrañas del dolor. Entre los circunstantes apareció un hombre que se arrodillo frente al cuerpo tembloroso. La alegría del perro hablaba de los lazos afectivos que los unían. El hombre le acarició el lomo, contempló las heridas y la sangre que emergía de todas partes. Entre murmullos y ojos temblorosos, se quitó la correa, se la puso al cuello del animal, haló fuertemente hasta que el perro empezó a lanzar aullidos dolorosos que entraba como un huracán por las rendijas del alma. No flaqueó a pesar de sus lágrimas ni del pataleo enérgico que fue bajando en intensidad hasta derivar en una quietud melancólica (tanto de las manos que apretaban como del cuerpo que luchaba contra la muerte). Al final de un silencio compasivo, levantó lo que quedó del animal y se lo llevó por la misma calle que trajo al asesino…

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