Tejiendo Naufragios

Publicado el Diego Niño

Fugaz

Delmis1

Sin buscarla, sin siquiera recordarla, la encontré en esta fotografía en la que todo es imaginación y sorpresa.

En la instantánea su cabello continúa despeñándose por la frente a pesar de estar apresado por la mano derecha, las ramas parecen que por un breve instante han cesado en su condición oscilante y se adivina, por algún artificio de la imaginación, el gorjeo de un copetón situado en la copa del árbol. No se puede determinar si la sonrisa viene de una carcajada o se dirige a toda vela hacia ella. Los ojos no dan indicios así como no ayuda su postura. La mano izquierda retiene la falda que de otra manera se dejaría llevar por el viento que viaja hacia la montaña. Posiblemente, pienso mientras repaso esa región de la fotografía, la mano cumple la doble función de retener y tapar aquellas comarcas que antaño denominaban pudendas, es decir, torpes en su significado latino, o vergonzosas, en caso que se quiera optar por su divergencia castellana. El cabello, al desandar el camino, sigue en su eterno propósito de despeñarse por la frente. Entonces los recuerdos emergen de algún callejón de mi cerebro mientras contemplo el hombro que toma un brillo sugestivo a pesar que la tarde amenazaba lluvia…

A ella la conocí un sábado de finales de septiembre del 2011. Aquel día tenía ese mismo vestido. Yo venía de trabajar por última vez en un colegio que queda en Guaymaral. Íbamos con quien ese momento era mi esposa, buscando las escaleras cuando nos atrajo un enjambre de hombres que tomaban fotografías con sus celulares. Su ansiedad me reveló que se trataba de mujeres atractivas, acaso semidesnudas, que sonreían y miraban a la muchedumbre con la seguridad que sólo genera la belleza. Marjorie, mi ex esposa, insistió que nos acercáramos para averiguar la razón por la que convergieron cientos de hombres a la entrada del Centro Comercial. Al otro lado de las vallas en efecto vimos a dos mujeres: una de estatura descomunal y otra de medidas menos escandalosas, sonriendo y tomándose fotografías con los hombres que hacían fila.
—Ve, tómate una foto con ellas, —dijo Marjorie con firmeza.
Poco después estaba ingresando por la rendija que custodiaba un celador. Tome la primera revista que encontré y fui directo donde las modelos me esperaban.
—¿Está lloviendo?, —preguntó Delmis.
Había llovido a cántaros y en ese momento sólo quedaba un rocío que hundía a la ciudad en una tarde melancólica. No sé qué respondí, si acaso lo hice, porque a esas alturas de la tarde, del hambre y la desorientación propiciada por la estatura desbordada de Vanessa Badillo, por la mirada de Delmis, la morena que continúa sonriendo desde la fotografía, no podía articular palabra ni pensamiento. Al leer las anteriores palabras, pienso que ella hizo la pregunta para que me sintiera en confianza, para que pensara que no había nada que temer. Pero la verdad, lo digo en este lugar e instante, es qué sí había que temer: los ojos cálidos, la mirada dulce, la voz perfecta, la sonrisa luminosa, el tono de piel, el cabello y el cuerpo, todo al mismo tiempo y en esas proporciones tan desaforadas, pueden despachar a cualquier humano a las praderas del cielo sin escala en el hospital. Delmis lo sabía perfectamente y por eso interpeló para desorientar a la muerte que venía dos pasos atrás, probando el filo de la guadaña con el pulgar.

Finalmente algo dije, o quizás fue el fotógrafo quien habló, o alguna de ellas, no puedo resucitarlo de las cenizas del olvido, el hecho es que reímos con poca convicción segundos antes que estallara el flash. Agradecí y salí caminando hacia el costado donde otro celador custodiaba una grieta igual que por la que entré. Afuera esperaba Marjorie con cara de circunstancia.
—A ver, príncipe: ¿por qué la vieja esa, la de la derecha, la más bajita, te puso la cabeza en el hombro?, —inquirió por el proceder de Delmis.
—¿Quién? ¿Cuál? ¿Dónde? ¿A mí? ¿Cuándo?
—Eso, hágase el bobo, —dijo con una sonrisa que tenía la misma probabilidad de aceptar que de reprobar…

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