Tejiendo Naufragios

Publicado el Diego Niño

Educación

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Me pregunto cuando asisto a debates sobre Educación, cuál será el día en el que estaré entre los expertos que deliberan, estipulan, definen, ordenan, miden, sopesan, ajustan y establecen qué es y cómo deben impartirse la misma. No lo digo porque tenga Doctorado en Pedagogía o en Políticas Educativas. No señores; lo afirmo justamente por lo contrario: porque sólo tengo el título de Bachiller Académico.

[Para aquellos lectores foráneos que desconocen el sistema educativo colombiano, Bachiller Académico es el título que se le otorga a aquel estudiante que se gradúa sin saber contabilidad, mecanografía, metalmecánica, ebanistería, agronomía, dibujo técnico o dibujo artístico. Es decir, aquel joven que lee con bastante dificultad y quien además puede garrapatear dos o tres operaciones aritméticas siempre que estas no involucren fraccionarios.]

Este es mi único título. Después de él tengo, y esa es la razón por la que debería estar entre los expertos y los investigadores, veintinueve semestres de pregrado. Ellos se distribuyen en dos carreras (ingeniería y matemática) y cubren, gracias a mi incapacidad para saber qué me gusta y qué quiero hacer en la vida, más de diecisiete Programas Curriculares. Díganme ustedes, ¿quién más autorizado que yo para hablar de los problemas y dificultades en la Educación Superior?

Sin embargo no soy el único: conozco un centenar de expertos en Educación Media que han estado en el sistema a lo largo de décadas cambiando de colegio, método, pedagogía, docentes, directivas, orientación religiosa y filosófica. Así pues, pasan de un colegio campestre a un internado, del internado salen a una institución de pedagogía experimental, de allí van para un colegio militar, de este se van para un Colegio Distrital y así hasta que terminan el dichoso bachillerato por las bondades del sistema educativo. ¿Quién más autorizado que ellos para enumerar las debilidades de cada institución en particular y del sistema en general?

Es que ese es el punto: quienes deberían deliberar y disertar sobre la Educación seríamos nosotros, los vagos, los que siempre perdemos materias, semestres y años; no aquellos señores de doctorados y postdoctorados que nunca levantaron la cabeza de los libros y que gracias a su voluntad y disciplina, no conocieron la universidad en su estructura ni en su problemática.

Quienes duden de ello pregúntenle al más destacado de su clase, al mejor de la promoción, al Suma Cum Laude, si conoció el pastizal vecino de La Capellanía en La Universidad Nacional.

—¿Cuál?
—Aquel que están detrás del Polideportivo; cerca de la salida de la veintiséis. Allá dónde nos íbamos a tomar aguardiente con las niñas de Psicología y que después se transformaba en motel de mil estrellas…
—¿Cuál? —preguntará inquieto
—En el que estuvo alojada la Biblioteca Central…
—Del traslado de la Biblioteca sí me acuerdo, pero no del pastizal… y mucho menos del motel ese…
—Hombre, pero si usted escribió un artículo sobre La Capellanía…
—Lo que pasa es que esa información la saqué de un artículo de La Universidad de Washington…

Posteriormente ellos vienen a decirle a las universidades y a sus estudiantes cuáles son los problemas que tienen, porque lo leyeron en algún tratado de un sociólogo norteamericano o porque suponen que tendremos los mismos inconvenientes que tuvo la universidad europea en los años cincuenta. ¡Todo eso lo saben sin necesidad de poner un pie en al menos la tercera parte de las más de doscientas instituciones universitarias! ¡Qué lumbreras! O si ponen un pie es para dar una conferencia y luego salir corriendo (o quizás dando botes y tumbos, como le sucedió a Juan Camilo Restrepo hace más de diez años en el auditorio Virginia Gutiérrez de Piñeres). Entonces, ¿Será justo que sean ellos quienes decidan sobre la directrices de la Educación? ¡De ninguna manera! Pienso que el gobierno debería solicitar a los rectores de todas las universidades y colegios la lista de los peores estudiantes, de los que llevan años o décadas en sus instalaciones para llamarlos, sacarlos del olvido, quitarles las telarañas y los estigmas que les han impuesto la academia y la sociedad, y darles la posibilidad que trasformen la Educación en el carnaval de conceptos, en la borrachera de ideas, en la orgía de argumentos que siempre ha debido ser…

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