Tejiendo Naufragios

Publicado el Diego Niño

Diálogo

Chaza_Cigarrillos_1

— El peor febrero que he conocido, —dice uno de los comerciantes.

Pero no se trata de un comerciante agremiado en Fenalco. Ni si quiera de los que trabaja en un barrio. Son un puñado de hombres que venden al pie del puente peatonal que cruza la Avenida Boyacá.

Afirman que la vida se puso difícil por culpa del petróleo y del dólar. Por la elección de alcaldes y la ley de garantías.

Entre una palabra y otra, el más anciano vende un cigarrillo. Mira las monedas con desconfianza y después las lanza al cajón. Tintineo de monedas que recuerda que la situación está difícil.

El anciano empieza a hablar de viejas crisis que desembocaron en paros y movimientos guerrilleros.

—Y nada que se hace la paz, —dice un señor que vende obleas. Su tono es denso, como si respondiera una pregunta formulada en su juventud.

Entretanto el anciano mira las nubes en busca de una sombra que presagie la tormenta. Porque la culpa también es de las lluvias. Y de la familia Santos y la familia Pastrana. De la familia Petro. De la familia Lleras y de la familia Uribe.

—De los oligarcas, —dice el anciano al tiempo que un muchacho prende un cigarrillo con el encendedor que está amarrado a la chaza.

Vuelven a sonar las monedas en el cajón.

—De la guerrilla que traicionó al pueblo, —dice un hombre que está entrando a los cincuenta. Después limpia la vitrina y acomoda los termos lentamente, sin afanes.

Las palabras empiezan a trenzarse. Los ánimos se mantienen bajitos. Acá nadie pelea por política. Saben que todos son igual de malos. No hay de dónde escoger.

—El único bueno era el doctor Gaitán, que Dios lo tenga en su santa gloria, —dice fuerte el anciano.

Nadie se opone a su argumento por respeto a su edad y porque no existen pruebas que demuestren lo contrario.

Una mujer atractiva pregunta por una dirección que tiene anotada en su dispositivo móvil. Discuten. Señalan para todas partes. La joven se impacienta. Agradece y se va para el lugar que señaló el hombre de los termos.

—Acompáñela para que le enseñe la ruta. Y para que le enseñe cómo se hacen los niños, —le sugiere el anciano al de las obleas.

Todos sueltan una carcajada. Después se callan porque no saben qué decir.

El anciano decide contar las monedas y acomodar los dulces en las casillas.

El de los tintos arrastra el carro hasta el paradero del Sitp.

El de las obleas mira hacia el lugar por el que se fue la muchacha. Quizás se imagina caminando a su lado, invitándola a almorzar. Sonríe. Después suspira. Toma las galletas y arma una oblea que se come despacio para distraer el hambre.

El anciano vuelve a contemplar las nubes. Mira el reloj como si nunca lo hubiera visto. Cuenta las monedas mientras se acuerda de los días en los que enamoraba a jovencitas como la que se acaba de ir. Quisiera sonreír, pero no lo hace. El tiempo le pesa en la espalda. Se miras las uñas. Están largas y sucias. Recuerda cuando su esposa se las limpiaba. Después llega el recuerdo de las discusiones y el momento en le que ella se fue con sus hijos.

Carraspea.

—No debería comerse la mercancía, —le dice al de las obleas.

Este levanta los hombros y mira hacia la Avenida Boyacá con la esperanza de ver a la muchacha regresando entre el río de personas.

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