Tejiendo Naufragios

Publicado el Diego Niño

Cogiéndole el paso a la solidaridad

Mónica Pineda tiene los ojos enormes y redondos, como si los hubiera dibujado un ilustrador japonés. Tiene manos de pianista, brazos y piernas largos y una sonrisa contagiosa. Su alma es como un amanecer en el que cabe toda la esperanza del mundo.

Hace dos semanas decidió donar su cupo de papelería a los estudiantes porque ella no lo necesitaba. Para hacerlo subió la propuesta a MyEF 2.0, un grupo de facebook de estudiantes de la Universidad Nacional.

Algunos estudiantes dijeron en los comentarios que no necesitaban fotocopias sino una maleta, dinero para buses o para mercado. También hubo mensajes de jóvenes que querían donar sus cupos de papelería, colaborar con alimentos, maletas, cuadernos o dinero para los compañeros que estaban en una situación económica difícil. Entonces surgió en ella la idea de centralizar la necesidad y la generosidad de los jóvenes. En poco tiempo salieron voluntarios que se ubicaron en varios lugares en la universidad para que los estudiantes dejaran sus donaciones en mercado o dinero.

—Muchas personas querían dar el primer paso, pero no sabían cómo hacerlo —dijo Mónica con los ojos luminosos—. Incluso algunos ya se han postulado como padrinos.

—¿Qué son padrinos?

—Son estudiantes que quieren acoger a otros estudiantes.

—¿Cómo es eso?

—Algunos estudiantes me han dicho: “el próximo semestre puedo ‘apadrinar’ a un compañero con transporte”. También se han ofrecido a ayudar con papelería o con alimentación.

—¿Cuántos padrinos hay?

—En este momento tenemos seis.

—¿Esos seis ayudan a seis estudiantes?

—En este momento aún no está claro porque hasta ahora estamos iniciando. Por ahora estamos haciendo la actividad del mercado y la recolección de dinero. En vacaciones tendremos que organizar a los padrinos.

—¿Hoy termina la actividad?

—Sí: terminamos con una bailatón organizada por Lina Palacios, una estudiante de Trabajo Social.

Lina, una mujer con vocación para la alegría, se le ocurrió organizar una bailatón para recoger fondos. La idea era que bailaran los integrantes de Baile UN, un grupo de estudiantes fundado por ella y por Vanessa Ahumada, estudiante de enfermería.

El viernes pasado, como habían acordado, Baile UN se reunió en Ciencias Humanas. Armaron una mesa plástica sobre la que pusieron una caja, una olla, un computador y un amplificador. Después programaron salsa y la pusieron a todo volumen.

A las tres de la tarde el edificio proyectaba una sombra que se desprendía de la pared y se perdía en las grietas de los andenes. Todos miraban el cielo en el que había una nube que no se atrevía a interponerse en la ruta del sol.

Sebastián, estudiante de biología, quizás aburrido de la espera, programó música electrónica y saltó a la mitad del parqueadero. Se movía con una alegría desbordante. Los pasos eran técnicos, como de bailarín profesional. Los demás miembros no tardaron en hacer lo mismo. Se formó un corrillo de jóvenes que seguían sus movimientos.

Entre tanto, en el Jardín del Freud, había dos muchachos que boxeaban cercados por un grupo de jóvenes que reían a carcajadas. A sus espaldas había más de cien estudiantes que hablaban, leían, se besaban, fumaban, dibujaban o hacían avioncitos que lanzaban a favor de la brisa que llevaba la música hasta la Facultad de Derecho.

Después fue David Arrieta quien asumió la dirección. David es un san andresano que tiene el tumbao de un hombre hecho para la rumba y para el amor aventurero.

—¡Permiso, por favor! —gritó una muchacha que estaba bajo una carpa en la que ofrecía toda suerte de golosinas. Movía las manos para que aclararámos el campo visual. A su lado tres muchachas contemplaban a David sin parpadear.

Mónica y yo nos hicimos a un lado para que pudieran verlo a sus anchas.

—¡Papasito rico! —dijo la misma muchacha con una voz que se perdió en los acordes de La Espelucada, la canción que sonaba a todo volumen.

Se multiplicó el grupo de bailarines. Algunos de los muchachos que estaban en el pastizal se animaron a probar suerte en la coreografía. Una pareja empezó a bailar amacizados con las manos debajo de las camisetas.

Mónica estaba feliz.

—¿Tienes identificados a los estudiantes a quienes ayudarás?  —le pregunté a gritos, para que pudiera escucharme entre la algarabía.

—Claro. Un estudiante de Trabajo Social les hizo las entrevistas para estar segura de que las ayudas llegarán a las personas que la necesitan de verdad.

—¿Quiénes son?

—La mayoría son de admisión especial.

—¿Qué es admisión especial?

—Miembros de comunidades indígenas y afrodescendientes y mejores bachilleres de regiones pobres.

—¿Por qué los ayudas?

—Porque sé que cuando estén bien los muchachos a los que ayudo, harán lo mismo con alguien más. Y esa persona ayudará a otro. El cambio se hace desde lo pequeño.

La verdadera revolución no se hace derrumbando gobiernos, disparando en las montañas ni maldiciendo desde las redes sociales. El cambio, el de verdad, el que forja naciones, se hace compartiendo lo que se tiene, tendiéndole la mano al compañero de clase, al amigo y al vecino.

La pareja renunció a bailar y a toquetearse bajo las camisetas:  se entregó a la tarea de besarse con una pasión que despertó una rechifla unánime.

Más estudiantes se fueron acercando para saber cuál era la razón de los gritos que despertaban los movimientos de David.

—Aprovechemos —dijo Juan Felipe Sierra, politólogo que va por la doble titulación con Economía.

Llevaba una caja que decía “Apadrina UN estudiante”. Explicó en voz alta el objetivo de la colecta y luego caminó entre los jóvenes que fueron introduciendo billetes y monedas.

Mónica y yo replicamos la iniciativa en el Freud. Los muchachos se levantaban para sacar billetes arrugados o puñados de monedas.

—¿Cómo sé que no es la vaca para la farra de esta noche? —preguntó un estudiante de cabello largo y chaqueta de cuero.

—Porque entregaré cuentas la próxima semana a MyEF 2.0

—Tranquila monita, estaba molestando. Va una luca para los compas —dijo apenado.

Regresamos cuando una muchacha morena, de jean roto y camiseta a rayas, bailaba con una sensualidad que me erizó la piel. Detrás de ella un joven de chaqueta de cuero, camisa blanca, gafas oscuras y audífonos rojos se acercó para introducir un billete de diez mil. Después se filtró entre la multitud de estudiantes que hablaban a gritos sobre Kant y los imperativos categóricos.

—Debo irme —dijo Mónica. —Tengo que sustentar el anteproyecto de aprendizaje de máquinas.

Le dio un abrazo a Lina y a un par de muchachas mientras David continuaba dirigiendo la coreografía al ritmo de La Ametralladora.

Karen Erazo, estudiante de música que apadrinará un estudiante, miraba a los muchachos con deseo de bailar.

—¡Anímate! —la persuadí. Me miró con ojos de curiosidad—. No lo pienses dos veces —insistí.

Se unió al grupo que en ese momento era una masa compacta de más de treinta jóvenes. Empezó a seguir los pasos: vacilante al inicio, pero con más confianza en la mitad y al final lo hacía sonriente, como si la música le entrara por las arrugas del alma.

Viéndolos bailar era imposible desprenderse de la nostalgia de los años universitarios, de los sueños y de la juventud que, en mi caso, empieza a irse por los sifones del tiempo.

Luego sonó salsa y cada uno tomó su pareja. Se acercó Lina Palacios. Me saludó con una sonrisa enorme. Hablamos un rato sobre la iniciativa, el baile y la situación económica de la universidad. Luego se unió al grupo de bailarines que se zarandeaban como si fuera el final del mundo.

Al siguiente día retornarán a las responsabilidades académicas: el taller con treinta integrales, el ensayo de diez páginas, el parcial del lunes. Saben que no existe peor lastre que un profesional mediocre, sin ética ni conciencia social. Mónica, y un grupo de jóvenes, harán el mercado. En vacaciones ella trabajará en el proyecto “Apadrina UN estudiante”, con los seis padrinos y los trece estudiantes con problemas económicos. De ahí en adelante será una lucha para que el proyecto se sostenga solo.

Pero eso será en vacaciones. Por ahora Mónica está en clase contemplando el tablero lleno de ecuaciones mientras el futuro se irá formando en el aire, en las hojas que se enroscan en los pastizales y en los algoritmos que modelan los flujos y reflujos de la realidad.

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