Tejiendo Naufragios

Publicado el Diego Niño

Causas y azares

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Reseña de la Novela No todo lo que brilla es sangre de Alvaro Vanegas

Siempre, desde antes que llegaran los españoles, incluso desde antes que cualquier humano pisara estas tierras, hace frío en Bogotá a las cinco de la tarde. Parece un detalle intrascendente, que no suma. Pero si digo que después de una botella de agua y una caminata por la Carrera Séptima, esto no solo suma, sino que pesa, varía, desordena, inclina.

El frío causó que a las cinco y media de la tarde estuviera en el baño de la Biblioteca Nacional. Cuando estaba lavándome las manos, vi en el espejo que entraba Alvaro Vanegas, autor de la última novela que leí (y de la que me había hecho el propósito de reseñar). Tuve el impulso de tocarle el hombro y hablarle mientras desocupaba la vejiga. Después pensé que era una imprudencia (era probable que me daría un codazo en la boca del estómago o cuando menos, que me madreara). Por tanto decidí esperarlo afuera del baño. Apenas cruzó el umbral de la puerta lo intercepté:

—¡Qué más Alvaro! Usted no me conoce…

Mientras avanzábamos, le conté la razón por la que lo conocía y el seguimiento que le había hecho en la red. Entretanto pensaba que ese encuentro le habría podido suceder a Sergio Valbuena, el protagonista de No todo lo que brilla es sangre. Porque hay que decir que Sergio es un hombre con una suerte poco convencional. No se encuentra a lectores en los baños, porque sus escritos no han salido más allá de las fotocopias que cambia por dinero. Pero bien puede sucederle que se encuentre en un baño con un atracador que le quite hasta la última moneda o con una mujer que lo seduzca. Esa es, de hecho, una de las grandes virtudes de la novela: los personajes son reales. Es factible se se encuentre con Sergio en una buseta vendiendo sus textos. O quizás se cruce en una esquina a Diana Meneses con sus aparatosas curvas o a Martha Lucía con sus aprietos financieros. Este hecho hace que la novela se sienta próxima, quizás familiar, para quien la lee. Lo cual no es poca cosa en estos tiempos delirantes y convulsos. ¿Cuántas veces se leen cosas que no logran asimilarse porque los personajes son completamente ajenos?

Después de salir de la Biblioteca, conversamos mientras iniciaba el encuentro de escritores. Alvaro decía con una sonrisa que no se atrevía a ser carcajada, que le iba a contar a alguien que no sé por qué presumo que es el editor de la novela. Viéndole la sonrisa a media asta, recordé el humor que se filtra entre las páginas de la novela como un guiño que ilumina los pasillos de la narración. En ese instante llegó a mi mente una descripción que no es lo asquerosa que debía ser, sino que gracias a la elección de palabras y a las hipótesis que generan en el narrador, termina siendo un cariñoso golpe en el hombro del lector:

“Vómito, lo que reinaba en el interior de esa buseta era el dulce y nauseabundo hedor del vómito fresco.
Sergio se imaginó un borracho tempranero —eran las cinco de la tarde— aunque bien hubiera podido ser un niño de cinco o seis años a quien la sopa de verduras no le había caído muy bien o, incluso, una universitaria que aún no tenía idea de que estuviera embarazada, pero él, que últimamente lograba imaginar con facilidad asombrosa el peor de los escenarios, se imaginó al borracho maloliente y sin control de sí mismo o de lo que saliera por cualquiera de sus cavidades”

Estas situaciones se aglomeran en la entrada de la novela, como los anfitriones que reciben en la puerta con frases afortunadas y un carisma difícil de evadir. En el transcurso de la novela, las cosas se ponen menos ceremoniosas, más complejas si se quiere usar esa palabra. Todo se pierde en una vorágine de circunstancias que dejan aquellos parajes de la convencionalidad para trasladarse a escenarios cercanos a la pesadilla. Pero no crea que aludo a esas pesadillas desordenadas que acuchillan el sentido común. Me refiero a que la trama deriva hacia los momentos en los que la vida pierde el control, a pesar de conservar la compostura.

Al término del conversatorio, caminamos por la Carrera Séptima. En el Parque de la Independencia nos despedimos. Él continuó su camino en tanto que yo crucé la avenida. Por alguna razón la Iglesia de San Diego me recordó a Estaban Rey. Pero más que acordarme de él, vino a mi mente el odio que fue invadiendo cada milímetro de su vida hasta asaltar sus sueños. En ese momento pensé que debí haberle preguntando cómo nació la idea de entrelazar las pesadillas con el relato y cómo había hecho para que le saliera perfecto el tejido. Sentí el impulso de regresar sobre mis pasos para interrogarlo. Sin embargo me detuve ante la certeza que podré preguntárselo la próxima vez que nos encontremos en un baño público, o si la vida acoge senderos menos excéntricos, en el lanzamiento oficial de la novela. Entonces retomé el camino mientras esperaba encontrarme con Diana Meneses para poder lanzarle un piropo pecaminoso…

Nota: El lanzamiento de la novela se realizará el sábado 04 de mayo en el Auditorio José Eustasio Rivera (4 p.m.).

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