Tejiendo Naufragios

Publicado el Diego Niño

Amanecer

puerta2

Rogelio está cansado, quiere seguir durmiendo, pero lo espera un cargamento de troncos. Con los ojos cerrados repasa los trabajos que pasaron para tener lista la carga: derribar un centenar de Chibungós, cortarlos y pelarlos para que resbalaran por las laderas de Opogado, arrastrarlos con yuntas de bueyes hasta un recodo del Río Atrato.

Preferiría no levantarse.

Hay un silencio amenazador. También hay un aroma de floresta que reemplaza el hedor de sudor revuelto con fango. No huele a hombre ni a fatiga. No huele a miseria.

Quiere darse diez minutos más de sueño. Diez minutos que no cambiarán la jornada que lo espera en el Río Atrato. Diez minutos para dejar de ser él mismo.

Da media vuelta. Restalla un chirrido desconocido. Abre los ojos.

No se atreve a moverse porque empieza a entender que está en un lugar desconocido. El olor persiste. Entre las tinieblas reconoce sombras rectas. No se oye nada. No hay grillos ni ranas. Tampoco se escucha el ulular del viento enredado en las ramas ni el río Atrato crujiendo contra las piedras.

Golpean.

Salta de la cama. Siente una oscilación en el pecho, pero no se toca porque vuelven a golpear. Esta vez con más fuerza. Casi con rabia.

Mira hacia el lugar en el que suenan los golpes. Un delgado hilo de luz entra por ese lugar. Una sombra se mueve de derecha a izquierda. De izquierda a derecha. Como un león enjaulado.

Siente comezón en la pelvis. Intenta rascarse. La mano empieza a buscar entre las tinieblas. Tantea. Se queda quieto. Vuelve a tantear. Sacude las dos manos como si quisiera desenterrar un objeto debajo de su piel

¡No tiene pene!

Vuelve a escarbar la piel. El mismo vacío. Retrocede, tropieza, cae una botella que rueda por el piso.

—Camila, sé que estás ahí. Ábreme, —dice un hombre al otro lado de la puerta. —Camila; por favor, —dice más bajo.

Camina a tientas, aferrado a las paredes. Se golpea con una silla. Luego su mano se encuentra con el interruptor de la luz.

Lo pulsa. Se contempla: piernas blancas y más arriba la pelvis de una mujer.

—¡Hijueputa!, —grita Rogelio, pero sale un quejido que se quiebra.

—Camila, mi amor, ¿estás bien?

«Es el acento de un hombre interior», piensa Rogelio. «Ellos hablan sin ganas, como si no quisieran decir nada».

Da dos pasos hacia atrás. Se golpea las nalgas con un objeto. Gira. Hay un tocador lleno de cepillos, cortauñas, pinzas y limas metálicas. Levanta la mirada y encuentra en el espejo a una mujer de treinta años con un ojo morado. Tiene cabello negro, cuello largo, dos senos pequeños y una cintura delgada. Mueve el brazo derecho y la mujer en el espejo hace lo mismo.

—Yissel me hizo brujería, —susurra para evitar que vuelva a quebrarse la voz.

Una tarde de lloviznas intermitentes, Rogelio se encontró con Yissel. El rumor de que había regresado con dos maletas y un niño de cinco años, iba y venía como una marejada. Fueron a un bar de tablas sin cepillar. Hablaron, rieron y al final de un litro de aguardiente, terminaron enroscados en un pastizal a las afueras de Quibdó. A pesar que no sabía de quién era el hijo, ni qué hizo en siete años de ausencia, decidió irse a vivir con ellos.

No tardaron en llegarle los rumores que aseguraban que Yissel se había prostituido en Buenaventura y en Cali. Que continuaba con el oficio sin importar que tuviera hombre.

Al comienzo no prestó oídos a las palabras. Sin embargo, las largas ausencias a causa de sus viajes le empezaron a llenar la cabeza de fantasmas. Al comienzo eran pequeñas dudas que se desvanecían con el paso del tiempo. Pero la acumulación de viajes y rumores se transformaron en certezas. Su vida entonces se centró en descubrirla con un hombre.

Varias veces llegaba antes de lo programado, pero siempre ella estaba sola. Esto lo llenaba de ira que descargaba con unas golpizas que la dejaban en cama durante días. La última vez se amarró el cabello de Yissel en la mano izquierda y con la derecha le dio puños hasta que le sangraron los nudillos. Aquella noche ella juró que le cobraría todas las palizas.

Golpean de nuevo.

—Camila… no seas así… yo te pago el doble, pero no me dejes con las ganas.

—¡Deje de joder gran hijueputa!

—Te juro que no te vuelvo a pegar…

Se mira al espejo. Baja la cabeza. Cierra los puños. Golpea el tocador. Los objetos saltan, haciendo el mismo ruido de cubiertos que entrechocan. Golpea el tocador con más fuerza. Vuelven a tintinear los objetos.

«Tengo que irme a Quibdó para deshacer la brujería», piensa contemplándose en el espejo. «Plata; lo que necesito es plata», continua pensando.

Afuera el hombre vuelve a hablar:

—¿Pasa algo?… ¿Estás bien?

Rogelio sonríe.

—Camila…

—Espere, ya le abro.

Del tocador toma una lima metálica.

Abre la puerta. Bajo el marco aparece un hombre que abre los ojos cuando la ve desnuda.

—Sabía que me perdonarías.

—¿Dónde estamos?

—¿Perdón?…

—¿No oyó?… ¿Dónde estamos?

—En tu apartaestudio.

—¿En qué ciudad?

—En Bogotá… ¿Estás borracha?…

—¿Cómo hago para llegar hasta Quibdó?

—No sé, supongo que en avión… ¿Qué te pasa? ¿Te sientes bien?

—¿Qué cree?

—Empiezas a asustarme…

—¿Tiene la plata?

—¿La qué?

—La plata… muéstrela

El hombre saca un fajo de billetes del bolsillo de la camisa.

—¿Y entonces?… ¿No piensa entrar?, —pregunta Rogelio.

—Gracias.

El hombre intenta sonreír.

En el momento en el que se sienta en la cama, Rogelio cierra la puerta con la certeza que sólo le bastará un cuchillazo en la boca del estómago para asesinarlo.

Comentarios