Tejiendo Naufragios

Publicado el Diego Niño

Aguacates

El año pasado inicié una dieta en la que perdí 16 kg en dos meses. Una dieta inmisericorde pero necesaria. Una dieta que me rapó de las uñas de la muerte. Gracias a ella me enamoré del vértigo de las frutas y de la sobriedad de los vegetales (a los que detestaba).

Uno de los efectos de esta dieta fue la capacidad de comprar aguacates (consumía entre uno y tres aguacates por día). No sólo aprendí a comprar los que estaban en buen estado, sino que adquirí una facultad cercana a la las artes adivinatorias: aprendí a clasificar los aguacates de acuerdo al día en el que estarán listos para consumirse. Después del examen puedo asegurar que el aguacate está listo para consumirse en el almuerzo del domingo o que estará en su punto para el martes en la tarde. Para emitir el veredicto sólo necesito presionar el aguacate en algunos puntos, contemplarlo detenidamente, sentir la topografía de su cáscara. Lamentablemente no podría explicar de qué manera estas variables se reúnen en una esquina del cerebro para formar una imagen del interior de la fruta.

De alguna manera elegir aguacates es como escribir. El borrador se escribe de afán, sin detenerse en detalles y se abandona en un cajón en un ejercicio parecido al de envolver al aguacate en una hoja de periódico. El texto se saca del cajón para contemplar su cáscara. Se presiona en algunas partes. Se sacude. Está maduro si suena la pepa. Es decir, está listo para encarar el proceso de corrección y reescritura. De lo contrario hay que guardarlo nuevamente. Si la presión demuestra que la pulpa está sospechosamente blandita, es mejor abandonar el borrador. Es probable que la pepa esté en proceso de descomposición. Que sea de esos cuentos que tienen la pulpa negra y fibras por todas partes. De esos cuentos que no van a ninguna parte o que no tienen profundidad. De esos cuentos (de esos aguacates) que se consumen por el sólo hecho de no botar la plata a la caneca.

Comentarios