J’accuse!

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Hablar de la ley SOPA (Stop Online Piracy Act) sería discutir sobre la punta del iceberg. No es la primera ley que ataca la libre circulación de la información, pero sí es la primera que tiene un seguimiento mediático a nivel mundial. Recordemos que el ACTA Acuerdo comercial anti-falsificación (Anti-Counterfeiting Trade Agreement) fue negociado en secreto y fue una negociación que no perteneció a ninguna organización internacional. Recordemos también que el nuevo milenio comenzó con una reunión del G8 en París, en la cual se trataba de delinear una jurisdicción internacional para establecer el ciber-delito. Los ejemplos son infinitos; podríamos hablar de WikiLeaks o de Indymedia. Estos últimos, no son penalizados por piratería, estos entran en el la taxonomía de la prohibición, a ser parte de la violación de la información confidencial. Y como “la paz es guerra y la guerra es paz”, podrían ser calificados de atentar contra la libertad de expresión establecida.

No podríamos pretender algo diferente puesto que nuestros gobiernos no son otra cosa que simples traductores del querer de los poderes económicos, y las leyes simples instrumentos de protección de un sistema económico establecido. Véamos que sucede hoy en Europa. En Grecia, un estado completamente quebrado que tuvo que aceptar unos planes económicos dictados por las finanzas internacionales, e impuestos por los poderes políticos de la Unión Europea. Recordemos que le fue prohibida la organización de un referéndum al gobierno griego. Véamos en Italia, un estado al borde de la quiebra que con un gobierno técnico, el gobierno de Mario Monti, sin ser elegido a través del voto popular, ha aplicado un plan “Salva Italia” que no castiga a aquellos que crearon el colapso económico sino que pone a pagar a las víctimas de ese colapso. Estas últimas, carentes de representación en el parlamento.

Nadie se indignó cuando el ACTA le quitó la posibilidad de producir medicamentos genéricos a los países en desarrollo. Peor aún, países del tercer mundo votaron la ley contra la piratería que les impedía producir medicamentos. Por estas y muchas más razones considero que el problema no pueda centrarse el la ley SOPA, en la imposibilidad de compartir películas o música. Sin lugar a dudas, ésta es la punta del iceberg, la punta de un problema absurdo que se arraiga en la cosificación de una idea, en la inmaterialidad impuesta por la era digital y que pone al sistema económico regente en un aprieto sin precedentes. Aquí no hablamos de productos, no puede ser considerada piratería la utilización de una idea. No puede ser considerado hurto la aplicación de una técnica. Ahí están las raíces del problema. La inmaterialidad hizo que el capitalismo empezara progresivamente a basarse en la producción de ideas y no de productos materiales. La fuente de plusvalía se desplazó hacia la fuerza de trabajo intelectual. De ahí la llamada deslocalización de los centros de producción del primer mundo a los países del tercer mundo, en donde la mano de obra está mal remunerada y el poder sindical es casi inexistente; en casos como el nuestro, altamente arriesgado. Los países ricos empezaron así a centrar su economía en la producción de patentes, a cosificar todo tipo de idea. Y el fenómeno empezó a ser cada día más claro; el capitalismo empezó a morderse la cola. Invirtió toda su energía en la tecnología digital, en la información y progresivamente empezó a descubrir que él mismo, como modelo económico, había creado su propia ruina. Sin querer, crearon una nueva clase social que basa su existencia en la producción de ideas, en la circulación de información, la llamada clase Hacker. Y mejor aún, basaron la circulación de capital en la clase Hacker, esta última, en otras palabras, se convirtió en el pilar del capitalismo. Pero se dieron cuenta un poco tarde que esa clase, y en consecuencia la producción de riqueza, se basaba especialmente el la libre circulación de ideas; si este flujo incesante es cortado, la producción de riqueza desaparece. Hoy, a regañadientes, tratan de aplicar un modelo económico ya obsoleto. Querer extender una ley anti-piratería pensada hace más de un siglo es más que un sin sentido, es simplemente inútil. Siempre se podrá copiar el código de programación de cualquier programa; siempre habrá la posibilidad de copiar la fórmula de cualquier medicamento, como es bien sabido, las ideas nunca mueren. El riesgo que corremos actualmente es la radicalización del control, es la pérdida de la autodeterminación de las naciones. La situación actual, catalogada como caótica por los poderes económicos y políticos, puede generar actos de violencia inaudita. Vimos el año pasado que el gobierno inglés, durante las manifestaciones violentas en Londres, propuso la ‘desconexión’ de las redes sociales. Irónicamente, durante las manifestaciones en los países árabes, el mismo gobierno había catalogado la misma medida de autoritaria, una medida que solo podía ser propuesta por un dictador que ignora los derechos humanos. Hemos visto la suerte de Julian Assange; estamos viendo el proceso de Schmitz por Megavideo. Posiblemente, seremos testigos de la creación de un tipo policía internacional concentrada en el respeto de las leyes “anti-piratería”. ¿Cuantos tendrán que parar en la cárcel por comprar un lector Mp3 cuya producción llena los bolsillos de grandes compañías? ¿La publicidad de una fotocopiadora será considerada una apología al delito? ¿terminaremos siendo sometidos a un control paranoico por conectarnos a Internet?
Veremos que Twitter terminará por ceder a las presiones económicas y políticas, y censurará a sus usuarios. Pero con seguridad también veremos el nacimiento de otros tipos de Twitter, de otros FaceBooks de otros Megavideos, y empezaremos a ver un juego de persecución que para la generación que vendrá será simplemente vergonzoso, como lo es hoy para nosotros el apartheid en Sur África, la discriminación de la mujer o como empieza a ser la discriminación de las parajes homosexuales. Serán con toda seguridad medidas consideradas absurdas.

Ya están surgiendo soluciones pintorescas al problema. Por ejemplo, en Suecia, Isak Gerson, estudiante de filosofía, el año pasado fundó la iglesia misionaria del copista, la cual fue reconocida por la Kammarkollegiet, órgano estatal con sede en Estocolmo que se encarga de registrar a las autoridades religiosas. Dicha religión, cuyo símbolo sagrado es la “K”, predica la libre circulación de la información, santifica la libertad de copiar y venera el file sharing. Cuenta con un texto sagrado, una lista de comandamientos y más de tres mil fieles. Gozan de una liturgia bien definida que consiste en un encuentro, no necesariamente material, normalmente en un Server, en donde se comparten archivos copiados. Y como la libertad de culto es sagrada en un estado de derecho, sus seguidores están prácticamente exentos de persecución judicial por crímenes como la piratería. Algo que en un país católico podría hacer pensar seriamente en la apostasía.

Pongo en duda la capacidad de nuestro sistema económico-político de adaptarse a esta revolución digital. Es un proceso que no puede ser frenado. Es un proceso que confirma la teoría mcluhiana que afirma que el medio es el mensaje. Creo precisamente que en este teatro jurídico, en el que la trama se basa en la búsqueda obsesiva de un crimen cibernético, el medio digital nos pone frente a su mensaje, y éste cada día se hace más claro.

German A. Duarte.
Berlín, 31/01/2012

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