El ojo de Aetos

Publicado el elcides olaznog

La renuncia de Benedicto, ¿me importa, me afecta?

Renunció Viejo Benedo. ¿Este hecho me afecta?

El tema obligado es la dimisión de Benedicto decimosexto. Sí, porque la renuncia de un pontífice de la poderosa Iglesia Católica no se da todos los días, debido a que el reinado de un papa es Per omnia saecula saeculorum o, como decimos los que no sabemos latín, por sécula seculorum, aunque el pontífice de Roma no tiene que reformar ninguna constitución “ni modificar un articulito” para eternizarse en el cargo. Si es su voluntad, puede permanecer en él hasta cuando Dios lo llame a calificar servicios.

Para empezar, veamos una versión seguramente peregrina de lo que significa la palabra papa, en la versión “nada que ver” con el tubérculo paramuno. Una fuente de alta fidelidad dice que “papa” posiblemente es un acrónimo del latín Petri Apóstoli Potestatem Accipiens que significa el sucesor del apóstol Pedro.

Bien. Mucho se ha hablado de la figura que encarna el embajador de Dios en la tierra y hasta se le han atribuido poderes divinos emanados de una santidad que siempre ha estado en entredicho por algunos falsos ateos. Por ejemplo, la infalibilidad. Es este un atributo que no resiste análisis racional por cuanto, dicen, se da por la directa relación entre el Sumo Pontífice y el Espíritu Santo. Y esa infalibilidad se concentra en el discurso de fe, es decir, en lo que los expertos llaman ex cátedra, que consiste en que lo que dice respecto de la fe y la moral, como las famosas encíclicas, no puede ser puesto en duda, sencilla y llanamente porque lo expresa un personaje cuasi divino.

Divino o cuasi divino, lo cierto es que el Sumo Pontífice de Roma es el mandamás religioso de una suma cercana al millón trescientos mil fieles católicos. Esta circunstancia por sí sola ya connota un poder incontrovertible por la inmensa fe que profesan sus fieles fieles. Y por el zumo que les sacan algunos conocidos avivatos a sus feligreses.

No se trata de despotricar de la fe católica ni cristiana sino de reflexionar acerca del porqué la renuncia de un papa moja tanta prensa mundial y genera tantas especulaciones. Hay, por ejemplo, versiones en las redes sociales que dan cuenta de una posible captura de Benedicto XVI por delitos que no cobra “el de arriba” sino los de abajo. Y que a eso se le puede atribuir la renuncia. Se dice, además, ignoro si con fundamento, que el estado Vaticano es de los más poderosos del mundo y que la fortuna vaticana supera los cálculos más desaforados.

Y de dónde sale esa fortuna. Pues un simple parroquiano hace estas cuentas: únicamente el día del óbolo de San Pedro o Jornada mundial de la caridad del papa (fecha cercana al día de San Pedro y San Pablo) la ofrenda en las misas dominicales va a parar a las arcas del papa con un detalle adicional – como decía el inspector Ruanini – así de chiquitico: el sacerdote común, el de la parroquia de barrio, el del pueblito, insta a sus fieles a ser un poco más generosos con la ofrenda dominical pues esos centavitos no son de la parroquia sino que deben enviarse a las arcas de la Ciudad del Vaticano para la manutención del papa y de su séquito de colaboradores. Resultado: casi cien millones de dólares en los templos  católicos del mundo, que equivalen a 180 mil millones de pesos colombianos ¡en un día! Muchísimo más que lo que se tiran los gerentes de hospitales públicos bogotanos en caviar y vinos franceses para sus pacientes estrato cero.

Pero riqueza económica aparte, lo que verdaderamente llama la atención es el derroche de lujos y la fastuosidad de los altos jerarcas de la Iglesia, en contraposición con lo que predicaba Jesucristo, que es la renuncia a la riqueza material y la consagración a la humildad y al recogimiento, al amor por el semejante. Esta circunstancia hace dudar a quienes son un poco más racionales que creyentes. Y piensa uno: ¿Será verdad lo del poderío económico del Estado Vaticano? ¿Por qué tanto lujo y tanta demostración de poderío cuando la prédica de Jesús es totalmente contraria? ¿Hay verdaderos sacerdotes que cumplen sus votos de pobreza y castidad? ¿Es cierto que los máximos jerarcas de la Iglesia protegen a los curas pederastas? ¿Será verdad eso de la condenación eterna por no ser tan buenos como lo ordenan los curas y los pastores? ¿Cuál debe ser el castigo ejemplar para los curas violadores? Y después de tantas dudas, ¿no será mejor establecer una excelente relación con Dios sin necesidad de intermediarios?

Colombia se precia de ser uno de los países del mundo con más arraigada fe católica. Pero también nuestro país es de los más abundantes en problemas de sacerdotes violadores no solo de mujeres y de niños sino de toda la Ley de Dios y en no pocos casos la de los hombres. Y no solo ocurre en la Iglesia Católica sino en las demás iglesias que pululan en los barrios cual floreciente negocio. Y todo ello apoyado la mayoría de las veces por una fe demasiado ciega que no permite la más mínima posibilidad de raciocinio. El dogma de la fe católica, o de la otra, en muchas, muchísimas, ocasiones es utilizado por los prelados, sacerdotes y diáconos para sacar provecho insano como dinero y favores sexuales.

Pero también en esta circunstancia hay evidente ignorancia de unos – y unas – fieles que cierran los ojos a esperar que un santo ministro le solucione todos sus problemas incluidos los de la carne. Seguramente piensan que si se entregan en cuerpo y alma, especialmente en cuerpo, hallarán el paraíso eterno. Y las consecuencias están a la vista. Qué hace o deja de hacer el Pontífice Sumo para evitar abusos debe ser materia de análisis. Porque no es justo que la Iglesia esté harta de poder económico y quizás político como para pensar que también tienen dominio sobre los cuerpos y las propiedades de la gente.

Es por ello que la comunidad católica del mundo entero debería aprovechar este gran cisma que se acaba de dar con la abdicación de Benedicto XVI al trono de San Pedro y repensar su relación con la iglesia, con las iglesias. Y establecer una relación independiente con Dios sin necesidad de intermediarios, sin hacerle daño a nadie, sobre la base del respeto por el otro, por la naturaleza, por la propiedad ajena. Más Dios y menos curas. En suma, más espiritualidad y menos religión.

Colofón: no abdica de la fe cristiana – católica ni es ateo quien fiscaliza y reprocha los errores y delitos de los sacerdotes o pastores, sean estos rasos o jerarcas. Un mundo inteligente y globalizado como el de hoy, obliga a reordenar el pensamiento y despojarse de ciertas creencias y costumbres que evidentemente hacen más mal que bien. Y nos permite desconfiar de los procuradores fundamentalistas que tanto daño le hacen a la memoria de Jesús Cristo en la tierra.

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