Catrecillo

Publicado el Ana Cristina Vélez

Calificas, eres sexy. La sexualidad humana

Boucher, pintura. Tomada de Wikicommons.

En la actual sociedad humana, la mujer exhibe sus atributos para poder atraer a los hombres y escoger entre ellos el de su preferencia. El hombre, si ella es muy atractiva, tiene que competir con otros para tenerla. El atributo número uno es la juventud. El segundo atributo es la belleza. Un famoso aforismo dice: “De nada sirve la juventud sin belleza, ni la belleza sin juventud”. Ser bello es mostrar que se posee salud y el adecuado balance hormonal propio del género. En la hembra, el cuerpo, el cabello y la piel dan fe del balance adecuado de estrógenos y progesterona. En el macho, la musculatura, el tamaño, la fortaleza, la agresividad e incluso las facciones se encargan de demostrar que posee las cantidades apropiadas de testosterona. Las hormonas sexuales son las escultoras del cuerpo y del rostro.

Como es de esperar, las hembras humanas son más atractivas en la edad reproductiva; el pico es alrededor de los veinte años, y coincide con el pico de la fertilidad. Las revistas Soho y Playboy constatan lo dicho. Sin juventud no hay fertilidad. El macho, en cambio, más que juventud, debe dar muestras de inteligencia, de jerarquía, poder, dominio y fiabilidad. Para procrear, las mujeres preferimos una pareja que demuestre que es fuerte, pero además honesta, confiable, y que va a cuidar a largo plazo de sus crías.

En promedio, hombres y mujeres somos distintos. Los hombres son más fuertes, musculosos, tienen más vello corporal y facial, los arcos superciliares, el cuerpo, la mandíbula y la cabeza son más grandes. Las mujeres poseen pecho y caderas abultados, cintura más estrecha, pies, manos, estatura y cabeza de menor tamaño. A estas diferencias se las llama “dimorfismo sexual”. En los humanos es considerable, pero no enorme, y determina variados aspectos del comportamiento sexual. Un gran dimorfismo indica que los machos tienen que competir con otros de su misma especie por las hembras, y que no todos los machos se reproducen. Un gran dimorfismo muestra que la hembra es remilgada para escoger al macho para aparearse, o que los machos deben enfrentarse y competir entre ellos para acceder a las hembras. En algunas aves es enorme: los machos son bellos y coloridos, y las hembras pardas y pequeñas (no se pierdan el documental “Birds”, en Netflix, en el que se muestran los aspectos más inusitados de gasto exorbitante de recursos, de belleza, de performance, para la conquista). Entre algunos mamíferos, los machos son mucho más grandes que las hembras, como ocurre en los leones marinos, en los leones, en los venados, en las cabras, en los elefantes…

En los monos antropoides, hay dimorfismo sexual en los gorilas de espalda plateada, en los papiones, en los macacos. El dimorfismo es evidente en la masa corporal, el color del pelo y en el tamaño de los caninos. Los rasgos propios de la atracción sexual deben ser evidentes, muy fáciles de percibir; mejor dicho, deben ser conspicuos. Cuando macho y hembra son irreconocibles por lo parecidos en sus atributos, casi siempre hay monogamia. Los gibones, por ejemplo, se enamoran, hacen parejas y se mantienen unidos durante muchos años. Los cisnes, macho y hembra, lucen idénticos y son fieles; bueno, relativamente fieles, pues la fidelidad perfecta no existe en la naturaleza. Los ratones de pradera son monógamos y fieles.

En los humanos y en los animales existen estrategias para aumentar el atractivo y conseguir pareja. Los machos de la especie humana hacen pesas, aprenden a tocar un instrumento musical, escriben poemas o novelas, echan carreta, dan regalos, y presumen de tener hasta lo que sueñan. Ostentan posesiones económicas, conocimiento, fuerza, diplomas, títulos y poder. El macho corteja, miente si es necesario, y hace ofrecimientos y promesas. Si le va mal, ejerce la coerción, compra sexo, ve pornografía y hasta viola.

Machos y hembras buscamos genes complementarios, sexo opuesto (en el 90% de los casos), belleza, salud y buena herencia genética y cultural. Pero estas preferencias no están labradas en piedra; digamos que se ajustan a las circunstancias. Existen buenas razones para ser volubles, inestables en el deseo, y una es estar “cogidos de la noche”, tanto de manera figurada como real. Veamos: se ha hecho un experimento que muestra lo que ocurre en un bar a medida que se hace tarde. Para los hombres que están a la conquista, cuando no lo han logrado en las primeras horas, a medida que se hace más tarde, las no atractivas empiezan a ganar puntos, o sea, a parecerlo. Ellos, sin ser conscientes, van bajando los estándares de exigencia.

El reloj biológico hace que muchos remilgos desaparezcan. A medida que envejecemos, todos bajamos los estándares de selección sexual. Mi abuelo (qué pensaba que me estaba cogiendo la noche) me contaba la historia de la muchacha que se quería casar con el hombre que ocupara el puesto más elevado del pueblo. Pasaban los años y descartaba uno a uno sus pretendientes. Se le pasó “el aroma”, y finalmente aceptó casarse con el campanero: el hombre que ocupaba el puesto más “elevado” del pueblo. Y eso de bajar los estándares ocurre hasta en las ranas túngaras. Ellas también bajan los estándares en la medida en que se acaba la noche. La hembra acepta al macho que antes no le gustaba, con tal de no echar a perder sus huevos.

Otro factor que suena increíble, pero es cierto, y ocurre hasta en las aves, es el de la “popularidad”. Crea fama y échate a dormir. Una vez una hembra (se presume que de alta jerarquía social) elige un macho, contagia su gusto a las otras hembras. El gusto, la pasión, la adoración son contagiosos, se riegan en la población. Es como si no tuviéramos personalidad ni preferencias, es como si una voz interior dijera: ese le gusta a todas, por ende, debe gustarte a ti también. Los machos sufren el mismo efecto, les gusta “la que gusta”, pero en ellos tiene menos gracia, por todas las razones que se han explicado.

Robert Trivers ha dicho muchas veces que los hombres se autoengañan cuando se sienten atraídos por una joven, pues ¡se sienten jóvenes! Solo que la verdad tarde o temprano se impone, y entonces, descubren que están viejos, y, al lado de la muchacha, lucen todavía más viejitos. —Señor, viejo verde, entienda, la juventud no se pega.

Para entender al hombre se recomienda la lectura de Homo sapiens. Autor: Antonio Vélez, publicado por la Editorial Universidad de Antioquia.

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