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17
03
2013
Daniel Ferreira

La Universidad Nacional y la vocación equivocada

Por: Daniel Ferreira

“Ahora me pregunto qué hubiera dicho Roberto Perry del nuevo examen de admisión a la Universidad Nacional vigente desde 2013.” Obituario extemporáneo del profesor Roberto Perry.

Me entero hoy, siete meses después: en julio del año pasado falleció el profesor Roberto Perry. Fue mi profesor de fonética en la Universidad Nacional. A él le oí algunas de las ideas más fascinantes sobre las palabras y su evolución. Él imaginaba, por ejemplo, que en Antioquia, Colombia, la unión de rasgos suprasegmentales (simplificación de expresiones a palabras como “asozí”, “eavemaríapuesome”) conllevaría a que, más o menos en 800 años, en esa codiciosa región del planeta se hablara una lengua tonal más parecida al chino que al español. Por él comprendí que cada quien vive lo que habla como la lengua de verdad y que por eso la profilaxis y corrección y ambición purista que pretende sanear la lengua de palabras “malas” es un trabajo estéril; casi siempre un ejercicio de pedantería o la forma más barata de parecer inteligente. Por él traté entender la primeridad, segundidad y terceridad peirceana (que eran, para el pragmatista norteamericano las tres formas para interpretar la realidad: la física, la imaginaba y la simbólica).

Un día llegué a su clase más temprano que de costumbre para un exámen extemporáneo. Llegué a las seis y media, porque vivía a un tiro de papabomba de la Universidad, y me senté a leer las cartas del Vincent Van Gogh a su hermano Theo. Perry llegó poco después y vio la carátula del libro con una reproducción del holandés en la portada y me dijo: “¿Estudió el AFI para el examen?” (El AFI era el Alfabeto Fonético Internacional: un tablero lleno de signos que correspondían al punto donde ponemos la lengua y los labios y hacemos vibrar la laringe al pronunciar los sonidos). Por supuesto, yo no había estudiado, porque era uno de sus estudiantes más apáticos. Por eso, además, tenía que validar. Para evitar sus preguntas insidiosas antes del examen, le dije honradamente que no, que estaba más interesante el proceso de descomposición mental de Van Gogh que el AFI. Él abrió los ojos quelonios que tenía y se fue acercando como una tortuga hasta la portada del libro y entonces me interrogó: “¿Usted de verdad quiere ser lingüista?” Negué, con el pudor de los desenmascarados. Quiero ser escritor, me rendí. Entonces él se irguió, encendió el cigarrillo que apretaba en la juntura de los dedos y me dijo al mismo tiempo que expulsaba la bocanada de humo con sus palabras: “Si sigue leyendo esas cosas tan peligrosas seguramente va terminar siéndolo, pero dejará la carrera.” No era una advertencia, lo sé hoy; era un consejo. Esa vez no contesté. Él volvió a hablar: “Y más le vale dejarla pronto, porque lo peor que hay en la vida equivocarse de vocación.”

Era un pedagogo que interrogaba a sus estudiantes constantemente y divagaba sobre temas ajenos a su ciencia. Era un maniático de la puntualidad en los horarios, de la palabra precisa en los escritos, del debate a través del diálogo socrático. Trataba de responder a todas las inquietudes de todos sus estudiantes tomándose unos segundos para reflexionar. En esos segundos, podía pegarse al vidrio y mirar los prados del Freud con los grupos de aplicados fumadores de marihuana (si estábamos en un salón convencional) o mirar un punto indefinido de la pared si estábamos en el salón sin ventana que él llamaba “laboratorio de fonética”. Luego pegaba un grito con la misma frase arcana de siempre: “!En qué mundo estamos!”. Quería decir que había que situarse: adoptar una perspectiva para tratar de comprender un fenómeno particular, para poder dialogar.
Un día le pregunté esta tontería que a tantos amarga: qué ocurría cuando alguien decía “haiga” en lugar de “haya”, y aunque se quedó un momento con los ojos desmesuradamente fijos en el punto indefinido mientras frotaba los labios como borrándose un mal regusto, luego de cinco segundos exactos contestó: “Porque la gente quiere regularizar un verbo irregular.”
Otro día una alumna le preguntó esta profundidad: si estaba bien dicho “vaso de agua” o si debía decirse “vaso con agua”. Él, que estaba acostumbrado a que lo consultáramos como a un cazador de gazapos en periódicos, dijo que los guardianes de la corrección defendían el caso con un argumento tonto: el vaso era de vidrio y no de agua, por lo tanto, correcto era decir “vaso con agua”. Pero enseguida añadió que la expresión incorrecta tiene una connotación metafórica que la validaba y que purificaba su uso contra la regla pragmática: pedir un vaso de agua era pedir una medida (la del agua que cabe en el vaso, como cuando decimos, y es lícito, “un metro de tierra” o “un kilo de carne”); lo que se pedía de esa manera era la cantidad de tierra que cabe en un metro cuadrado o la cantidad de carne que cabe en un peso y que corresponde a un kilo.

Pequeñas reflexiones en las que él aprovechaba para devolvernos las preguntas y nos desmenuzaba los mitos de la profesión de lingüistas, entre los cuales el primero a derogar era el de ser un defensor del bien decir, porque la lengua era hablada antes que escrita, antes que formalizada, y estaba viva y sus reglas cambiaban con los usos y las regiones y las formas del mundo en que vivían los hablantes.

Para la huelga estudiantil del año en que Uribe Vélez y no los votos de los estamentos eligieron al glosador de la historia de las colonizaciones económicas en Antioquia y el Valle, el reformista y tecnócrata Marco Palacio, como rector de la Universidad, Roberto Perry había vuelto de un año sabático pasado en el Amazonas y decidió continuar haciendo su clase fuera del edificio de Ciencias Humanas que había sido clausurado con una pila de pupitres hecha por los propios estudiantes declarados en huelga.

Aquellos que alcanzamos a llegar a tiempo para la clase de Fonética fuimos con él hasta un prado, cerca del edificio de posgrados y nos dispusimos a tener una clase al aire libre. Esta vez nos acosó con preguntas que tenían poco que ver con las lecturas: quería saber si estábamos a favor o en contra de la huelga estudiantil. A los que se declararon a favor de la huelga, los atosigó a continuación con otra clase de preguntas: si sabíamos qué era el ALCA (embrión del TLC), si habíamos averiguado algo de Marco Palacio; por qué estábamos a favor, o por qué nos oponíamos a la elección del rector, o por qué insistíamos en el cese de clases.

Primero llegó el turno a quienes se oponían al bloqueo. Los que estaban en contra al comienzo miraban, pero luego los dos grupos acabaron enfrentados en una discusión con mucho calor y pocas ideas, pero en el intercambio de frases oímos los estallidos de las primeras papas explosivas y vimos a un grupo de estudiantes cubiertos con capuchas que vinieron hacia nosotros para interrumpir el coloquio. Ellos pidieron la aprobación del profesor para que dejara abandonar la clase a los estudiantes que quisieran participar de la protesta. Perry dijo que bien podrían abandonar la clase los que quisieran, pero que él les impondría una falla, y nos recordó que su clase era del tipo teórico-práctica y estábamos obligados a cumplir con el 80% del horario o correríamos el riesgo de perder su materia, por inasistencia.

Una encapuchada no se arredró y dijo en voz alta que por culpa de profesores como aquel era que la universidad estaba en crisis. Esto provocó un gesto payasezco en el profesor Perry: se llevó una mano al oído, simulando sordera, y preguntó, con sus ojos muy abiertos, camaleónicos: “¿Crisis? ¡Ella dijo crisis!” y nos miró a todos con una interrogación feroz en la cara: “¿Alguien sabe qué es crisis?”.
Un estudiante alzó la mano y dijo que crisis era cuando las cosas iban mal.
Perry volvió a fingir sordera y preguntó: “¿Alguien sabe qué es crisis en el sentido filosófico del término?”.
Nos miramos en silencio. Las papas seguían explotando en la calle 26. Nadie sabía definir crisis.
“!Crisis es algo que se rompe! ¡La crisis te obliga a pensar! ¡De crisis vienen las palabras crítica y criterio!”.
Luego se dirigió a la encapuchada y dijo: “¿A usted le interesa tanto el futuro de la universidad y la educación como para no asistir a clases?”.

La estudiante eludió la respuesta y lo tildó de fascista y de partidario de Marco Palacio y sus secuaces, y a continuación nos invitó a todos a desertar masivamente de la materia en son de protesta.

Afuera las explosiones se intensificaron y empezaron a llegar los policías y una jaula negra para disolver manifestaciones y disturbios. Un par de bombas de gas lacrimógeno trazaron una curva en el cielo y cayeron en predios de Posgrados y Uriel Gutiérrez. Los encapuchados reaccionaron en una carrera a todo vapor hacia la puerta de la calle 26 para impedir con piedras y papas explosivas el ingreso de la policía al campus.
Perry se quedó en suspenso, mirándonos desafiante y fumando su cigarrillo con esos ojos intensos cuyos párpados no alcanzaban para cubrirlos.
Yo miraba a los estudiantes que habían abandonado la clase y se alejaban, encapuchándose, hacia la calle 26. No sabía si quedarme o desertar. La misma ambigüedad se reflejaba en la cara de los otros, que corrían el riesgos de ser insolidarios para los estudiantes que defendían la universidad pública o desertores para un profesor intransigente. Creo que fueron los momentos más tensos que hayamos tenido con él en su clase llena de suspensos y estallidos.

Solo después apisonar la colilla con el talón, Perry empezó a hablar y dijo que en mayo de 1984 él presenció una huelga estudiantil que acabó en desapariciones forzadas. Las residencias de estudiantes fueron asaltadas y quemadas a plomo por el ejército. Por la calle la 26 los tanques aplastaron a los manifestantes y desparecieron a ocho personas. Eso sí había sido una “crisis”. La universidad fue cerrada por casi dos años, y luego, por orden del rector entrante de la época, Marco Palacio (el reformista) cuando volvieron a abrir el alma mater ya no había restaurantes gratuitos, ni residencias estudiantiles y toda la universidad que era abierta, la habían enrejado con cercas de alambre. La única prueba que quedaba de la represión eran aquellos edificios incinerados que aun siguen en pie en el Centro Nariño, frente a Corferias.

“¿Quien se acuerda de los nombres de esos desaparecidos?”, preguntó, “¡Nadie! ¡Solo yo! ¿Y saben por qué? Porque una de la desaparecidas era mi novia.”

Ahora fuimos nosotros los que quedamos en suspenso.
Él siguió hablando contra los que solían confundir a los mártires con los héroes, y sugirió que su novia de aquellos años había sido víctima de la revolución.
A este punto un estudiante alzó la mano para hablar y dijo:
“No, Perry: fueron víctimas de la bota fascista. Y si no hacemos hoy algo, mañana solo va haber universidad para unos cuantos.”

Ahora varios nos decidimos por los que convocaban a movilizarse contra la privatización y el abuso, y no con él y lo dejamos allí parado, con su cigarrillo en la comisura de los dedos.
Entonces abandonamos la clase y corrimos con dos piedras en la mano.
Seis horas después de los tradicionales gases, arengas y pedreas, todo acabó, sin desaparecidos ni saldo de muertos.
Al lunes siguiente volvimos a su clase y en la calle 26 no había huella del combate, porque un ejército de barrenderos borró los rastros.

En mi mente tengo también otro día en que el profesor Perry se refirió a aquella declaración de García Márquez en el Congreso de la lengua de México cuando avaló la eliminación de la consonante sorda (la H), y de las tildes. Perry dijo, de manera premonitoria, que esa declaración era una muestra de demencia senil del Premio Nobel: proponer la abolición de la ortografía ameritaba una réplica de su parte, no por parecer él un defensor del purismo, ya que la lengua era un dialecto con ejércitos (Hjemslev) y se defendía sola, sino porque esa abolición nos sumiría en una babel desmemoriada: no sabríamos reconocer las palabras por familias y derivaciones y la escritura sería anárquica e indescifrable. “¿Qué pasaría por ejemplo con la palabra ‘chulo’ si no existiera la hache?”.

Si tuviese que definir su pedagogía con su carácter, creo que Roberto Perry era un peripatético pasional, que es la forma más natural de transmitir conocimiento a principiantes. Había fundado el “laboratorio de fonética” (un computador con un software capaz de separar una muestra de habla en curvas, dibujos y espectros) y allí estaba casi siempre con un grupo de filósofas novicias con las que estudiaba la obra de Charles Sanders Pierce (la Universidad Nacional cuenta con un archivo completo de sus manuscritos). Una de sus exentricidades consistía en escandalizarnos al describir los experimentos que llevó acabo Peirce en Estados Unidos para probar que el pensamiento era consubstancial a otras formas de la vida, no sólo al ser humano. El que más le gustaba narrar era el de una rana a punto de ser guillotinada con un hacha. En una mano de Peirce estaba el filo y en la otra un alfiler. El científico soltaba la guillotina sobre la cabeza de la rana y una vez decapitada clavaba el alfiler y lo clavaba en una pata. Para sorpresa de su ayudante que sostenía el cuerpo del animal cercenado, la pata se recogía como si sintiera dolor. Eso, para la época de Peirce, decía Perry, era la prueba de que la representación no estaba ligada solo al cerebro, porque la cabeza no era el centro del pensamiento; ese experimento, decía, solmene, “era pensamiento hecho cuerpo”.
Todos lo mirábamos entre indignados e incrédulos, como si estuviérmos en presencia de un científico loco. Luego se maravillaba, Perry, hablándonos de otros misterios que un día serían resueltos. El fenómeno de resonancia, o cenestesia, o telepatía, mediante el cual el cuerpo podía anticiparse a las enfermedades o a los acontecimientos por venir; las mujeres que al vivir bajo el mismo techo regularizaban sus periodos menstruales y les llegaba al mismo tiempo; los árboles estériles que florecían al ser podados; el azar que llevaba a encontrarnos en la calle a la persona en la que habíamos estado pensando toda la mañana.

Su voz era un rugido de león en un cuerpo de ratón. Recuerdo que usaba una chaqueta de dril beige cuyas mangas le llegaban a las rodillas y le daban ese aire a señor Hyde empequeñecido después de una noche de crimen convertido en el temible Dr. Jekyll.

Por lo demás, nunca logré aprobar Fonética y fonología (la cursé tres veces), pero creo que aún sus advertencias me sirven para tratar de entender la forma en que hablo y hablamos en esta vida onírica.

Pregunto de qué murió, pero hay un silencio misterioso. Me entero de que una de sus amarguras de los últimos años (tal vez la que le llevó a la muerte) fue un proceso académico por acusaciones de plagio en su contra. No sé qué fundamentos hayan tenido esas acusaciones y si acabaron por prosperar en una amenaza de destitución, pero desde que las ideas producen dinero todo el mundo las quiere privatizar. Las ideas no pertenecen a nadie: solo nos pertenecen las formas, anotó en su diario Julio Ramón Ribeyro.

Recuerdo ahora que un día dije esta frase en su presencia y fue una de las pocas que me corrigió: “Él no dijo nada”. Perry me interrumpió con la advertencia de haber dicho todo lo contrario de lo que quería decir: que la persona dijo muchas cosas.
Recuerdo su encono contra las presentadoras de televisión, “esas vrutas” que hablaban en neutro y contra toda lógica despachaban boletines abstractos y revivían en cada emisión los sonidos que habían desaparecido del español desde el siglo XVI.

Ahora me pregunto qué hubiera dicho Roberto Perry del nuevo examen de admisión a la Universidad Nacional vigente desde 2013. Con el pretexto de buscar la excelencia, la Universidad designará arbitrariamente la carrera que debes estudiar, desechando tus aspiraciones y amparándose solo en los mejores puntajes obtenidos para asignar los cupos por carrera, como si un puntaje bastara para revelar a quién le viene bien estudiar medicina y a quién le va el derecho y a quién sociología, y quién no merece sino el azadón, el fusil o la mina. A largo plazo ¿a quién le conviene que en la universidad pública solo pueda educarse una minoría formada en colegios privados? A esa minoría. Con ese modelo, los pobres venidos de los circuitos de la educación estatal hacinada en campos de concentración de mil quinientos estudiantes, ya no irán a la Universidad a tirar piedras, claro, sino a los cursos técnicos para manufactureros del TLC. ¿Y qué conseguirán los elegidos? Una vocación errónea.

Creo que él habría dicho lo mismo que me dijo a mí la mañana del libro de Van Gogh: “Lo peor que te puede pasar en la juventud es perseguir una vocación equivocada.”

*****

http://unahogueraparaqueardagoya.blogspot.com/

 

Recomendados:

Roberto Perry sobre “lenguaje sexista” en Revista Semana

Perry sobre Afi

Acervo peirceano, en UN periódico

Laboratorio de fonética, Universidad Nacional

Roberto Perry. /Google imágenes. Modificada por D.F.

Categoria: OBITUARIO

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Opiniones

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johann kaspar schmidt

17 marzo 2013 a las 17:45
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El exámen de la UN se hace justamente para ampliar las posibilidades de quienes, al no aprobar el anterior, quedaban sin posibilidad de acceder a la educación superior. Ejemplo, alguien de estrato 2 hacinado en uno de los colegios públicos se presentaba a medicina. Sacaba, por decir algo, 600 puntos, pero resulta que había sólo 40 cupos y el último puntaje de esos 40 era 602. Conclusión: no podía ingresar. Ahora bien, resulta que en otras áreas quizá afines a las destrezas e intereses intelectuales del estudiante, pongamos por caso Biología, había 30 cupos y el último puntaje fue de 540. Esto implicaba que si el estudiante se hubiese presentado a Biología, habría obtenido el cupo. De fondo Usted pone el problema de la “vocación”, como si estuviésemos aún en la edad media, donde se suponía que los seres humanos estábamos predestinados a esto o a aquello y la vocación era una suerte de don divino. Pues creo que esa creencia tiene dos problemas: primero, la vocación no existe, y segundo, limita las posibilidades del conocer a la estructura disciplinaria vigente, en un mundo cuyos problemas cada vez reclaman más inter, trans, multi disciplinariedad. Aclaremos el primer punto: Usted supone que ser un buen escritor o incluso ser escritor es un problema de vocación, porque así se lo insinuó su profesor, q.e.p.d. Debería tomarse el trabajo de estudiar un poco la biografía de algún escritor que Usted considere de relevancia o de calidad, para darse cuenta del trabajo que implica escribir así. No digo que se fije en un nobel o en el último que haya escrito un más vendido. Si existe algo así como la vocación o el talento, nunca es suficiente para que alguien sea bueno en una actividad: el talento sin disciplina no llega a ningún lado, lo mismo pasa al contrario. Ahora bien, creo que definitivamente Usted se equivocó de vocación, porque francamente es un mal escritor. Por una parte, nos vende una imagen bastante distorsionada de la UN y por otra, pretende acomodar esa imagen a una serie de moralejas que provienen de interpretaciones suyas de lo que dijo su profesor. Llevo más de 10 años metido en la UN y se me hace una falta de respeto y una ridiculez insinuar siquiera que un encapuchado irrumpe en una clase a decirle a los demás “camine a tirar papas”. Hay un desconocimiento y una ridiculización de la Universidad desconcertante y abusiva. Ni siquiera en sociología, derecho o ciencia política pasa eso, es obvio que no pasa en lingüística. Además, su relato da a entender que en la UN todos los estudiantes andan con una capucha y tres papabombas, como si de un condón se tratara, por si las moscas. Todo eso es francamente risible y no pasa en la UN. De todo ese relato qué queda una suerte de moraleja sobre el sentido de crisis que ni qué decir. Finalmente, para ser un buen escritor, creo que hay que trabajar, lea mucho, entérese, esté abierto a lo que dicen los otros y lo que piensan los otros. No es suficiente con que lea escritores, fórmese de forma holística, eso es lo que se hace en la UN, por eso al final termina siendo poco importante a qué carrera pasa uno. Pero ante todo, así lo que le interese sea la ficción, no banalice lo real ni ridiculice. Es la primera vez que lo leo, pero no volveré a cometer ese error.

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    stanislausbhor

    17 marzo 2013 a las 20:51
      Responder

    Vaya, vaya: cómo hemos progresado desde la Edad Media: tenemos Papa latinoamericano, resultó que los afros esclavizados tampoco tenían alma y ahora la gente nace para que marche el sistema económico y financiero. Notable.
    Yo también estuve con otros 19.000 aspirantes aceptados durante algunos años en la Universidad; no tantos años, como los brutos que siguen intentando graduarse después de diez años; pero los suficientes para saber que no todos los que estudian están conformes con lo elegido, y que hay gente con inteligencia exclusiva para las matemáticas pero analfabeta funcional en lo demás y que el privilegio de estudiar en la universidad pública colombiana es un porcentaje ínfimo en un país donde al menos la mitad de su población (20 millones) está en edades de formación (entre 15 y 33 años) y son pobres y no podrán acceder. A largo plazo ¿a quién le conviene que solo puedan estudiar en la universidad pública bachilleres de colegios privados (donde hay mejores estándares y menos hacinamiento escolar) y que podrán pagar las tarifas que imparte el Banco Mundial como modelo educativo para este sub continente de esclavos? Esa estrategia es un simulacro de la calidad.

    Por lo demás, la revolución de las capuchas y las papas explosivas es más caricaturesca de lo que puse ahí. Y sobre la incompetencia que me endilgas, déjame decirte que el sistema educacional sabe muy poco de la sangre, de la soledad y de vivir en los basureros.

    (Con un apellido menos habría pensado que eras el escritor desde el ultratumba).

    Cordial esputo

    Nota: todos los comentarios de este blog están sujetos a moderación.

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unomas_conelminimo

17 marzo 2013 a las 21:14
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Además de asignarle a uno la profesión equivocada, cobran por hacerlo.

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johann kaspar schmidt

17 marzo 2013 a las 21:21
  Responder

Me encantaría decir que es posible discutir con Usted, pero no es así. Usted desconoce totalmente la situación de la Universidad y aun así se da el lujo de pontificar sobre lo que significa o no significa el examen y sobre cuántas personas deja por fuera. Tómese 5 minutos y lea este artículo, así se dará cuenta que el problema no es de la Universidad, sino del país y del gobierno nacional: http://www.elespectador.com/noticias/bogota/articulo-410718-pasa-universidad-nacional El examen, con todo y lo injusto que nos pueda parecer, es la alternativa que han visto las directivas justamente para asegurar que si uno es pobre y no puede pasar a Medicina, al menos pueda pasar a biología. Mal que bien, es la única opción dada la crisis de financiación por la que atraviesa la institución, para que las personas de estratos bajos que no tienen la misma formación en educación básica que los estudiantes de estrato 4 hacia arriba, tengan una oportunidad. No sé si “la revolución de las papas y las capuchas” es o no “caricaturesca”, no es eso lo que estoy tratando de plantear. No estoy defendiendo el “tropel”, ni mucho menos. Ahora bien, si le parece lo discutimos, tengo mi punto de vista sobre eso. Pero lo que sí le estoy diciendo es que Usted abusa de la posibilidad que tiene para expresarse por este medio para faltar a la verdad, y por esa vía lo que hace es crear o más bien ahondar en un estereotipo que pesa sobre la UN. Eso me parece muy poco ético habiendo sido Usted estudiante del Alma Mater. Usted y yo sabemos que es una exageración decir que los encapuchados irrumpen en la clase y convencen gente para que vaya a tirar piedra. Cualquiera que haya estado así sea un mes en la UN sabe que eso no funciona tan así y no es tan espontáneo. Las personas que participan en ese tipo de protestas, que de antemano afirmo que no apruebo porque sea como sea conllevan violencia, preparan eso con antelación y en grupos que se conocen, no es algo tan espontáneo. Eso es obvio para cualquiera. Dije que llevaba 10 años metido en la UN, no todo el tiempo he estado en pregrado. Por si no lo sabía, con todo y sus limitaciones, hace rato existen programas de posgrado, que llegan hasta el doctorado. Finalmente, no había visto su perfil. Le doy un consejo, de puro metido en lo que no me importa: bájele un poquito al ego y sea más autocrítico, eso lo ayudará a escribir mejor, a argumentar mejor.

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    stanislausbhor

    17 marzo 2013 a las 22:08
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    Ah, volviste…
    Ego aparte, es correcto que la decisión está motivada en la falta de recursos y en la política educativa de los gobiernos que se han sucedido la antorcha hasta el de hoy (cuyos ministros no dan la cara tan siquiera para afrontar el paro de trabajadores que lleva un mes). Pero resulta una vergüenza que las directivas participen con errores así del encubrimiento. Una salida que va a profundizar aun más el abismo entre clases (y mal que le ha hecho a todas las generaciones de este país esa separación).
    Del primer comentario solo lamento que quienes se educan sigan pensando que a todos hay que formarlos para la eficacia y la producción.
    Yo sí apruebo la protesta cuando no hay justicia ni equidad.
    El texto es una remembranza con comentario.
    Solo soy especialista en empanadas.

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johann kaspar schmidt

17 marzo 2013 a las 22:27
  Responder

¿De dónde saca eso de que en el primer comentario se afirme que hay que formar “para la eficacia y la producción”? ¿Yo dije que no aprobaba la protesta? Dije que no aprobaba la protesta violenta, nunca que no aprobaba la protesta. No sé si está leyendo mal o es Usted una de esas personas a las que les gusta decir lo que otros quieren oir con el único fin de caer bien, aún a costa de malinterpretar. En tal caso sería recomendable cambiar el nombre del blog, quizás por “a favor”. No se trata de ser especialista en algo para poder escribir, y Ud. bien lo debe saber, se trata de ser responsable con el uso de la razón. Lo que Ud. diga en este blog afecta a mucha gente, por ejemplo si hay un relato amañado de lo que pasa en la UN que refuerce estereotipos.

    Opinión por:

    stanislausbhor

    17 marzo 2013 a las 23:31
      Responder

    Defender el sistema de puntajes y designación es defender el direccionamiento y la alienación.

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chrihern

18 marzo 2013 a las 2:32
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El autor es escritor, pero definitivamente no es lector: se nota que no leyó como es el mecanismo del nuevo proceso de admision. Lo que mantiene en crisis a la UN es que la gente se lanza a generalizar con la mala suerte que suele equivocarse como en su caso: el proceso no obliga a NADIE a estudiar una carrera. El hecho de que los aspirantes no cumplan sus sueños en la mayoria de los casos es una verdad indudable pero poco tiene que ver el examen o admisiones.

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johann kaspar schmidt

18 marzo 2013 a las 2:35
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Voila! Si nos ponemos radicales, en el sentido de ir a la raíz del problema, muy posiblemente terminamos afirmando que defender la institución universitaria también es defender la alienación. Claro, tendríamos que discutir qué entendemos por eso. Mientras no lo discutamos o, al menos, mientras Ud. no haga explícito lo que entiende por eso y, en consecuencia con ese concepto, proponga una salida factible para el problema en cuestión, su respuesta no pasa de ser dogmática.

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chrihern

18 marzo 2013 a las 2:45
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Para que ponerse a discutir con un escritor que no le gusta leer: al autor le dio pereza leer la normativa o no la pudo entender. En ninguna parte de ese contrato legal entre la UN y los aspirantes se plantea ese desproposito de escogerle carrera a la gente: se le ofrecen alternativas como ha sido durante los ultimos 70 años.

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andymako

18 marzo 2013 a las 5:05
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A la persona que habla de la vocación como algo obsoleto y primitivo, lo invito a ver los videos de Sir Ken Robinson (y ojalá leer el libro).

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magamboaga

18 marzo 2013 a las 15:02
  Responder

Daniel:
Te sugiero amablemente que cambies el tipo de letra que usas, se dificulta la lectura porque los caracteres están muy pegados. Quizá un Times 12 sería mejor… Me pareció una nota muy bonita sobre un maestro universitario. Uno de tus foristas dice que si no entró a medicina por lo menos lo podría hacer a biología, deberías corregirlo porque ninguna carrera es menos que otra, ni ninguna carrera ha sido creada para complementar o compensar las fallas de otra. Ahora bien, la situación actual es la de unos empleados públicos que ilegalmente bloquean edificios públicos. Nos chantajean diciendo que les subimos el sueldo o nos bloquean. Esto no es un estado de derecho, aquí cualquiera hace lo que se le da la gana. Las huelgas y bloqueos no son solución.

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johann kaspar schmidt

18 marzo 2013 a las 18:31
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magamboaga: huelgas y bloqueos no son la solución. La solución es el diálogo. Pero para dialogar se requiere que las personas argumenten, no sólo que descalifiquen al otro y listo. Eso es lo que hace Ud., interpreta a su acomodo mi comentario y, sobre el hecho, sugiere que me corrijan. ¿Usted se ha tomado el trabajo de intentar comprender las demandas de los trabajadores en paro? Aclaro: no estoy diciendo si son o no justas, estoy preguntándole si Ud. sabe, al menos, por qué están en paro. Si va a opinar por favor infórmese. La descalificación del otro y la incomprensión sólo pueden llevar a la intolerancia y hasta la violencia.

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rhinoceros

18 marzo 2013 a las 20:48
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Llegué aquí por casualidad y me voy con el alma llena. Gracias, por el texto, por el ejercicio de memoria (y por el fondo de crítica al nuevo examen de admisión). Un gusto descubrir al personaje (profesor Perry).

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miguelitoun

18 marzo 2013 a las 23:59
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Andrés Caicedo. No es desconocimiento afirmar que los encapuchados entran a clase para finalizarla a las malas. Si usted lleva 10 años ya debería haber experimentado eso. Yo también estuve 10 años en la universidad (2000- 2011) y los capuchos me sacaron de clase al menos en 5 oportunidades. Eso sin contar las veces que nos sacan los celadores porque por la pedrea se dio orden de desalojo. Respecto a la vocación usted no puede ser tan alegre para decir que eso “no existe”. Mire la Distri, allí se nota el inconformismo porque la vocación no era solo estudiar X o Y carrera, era también estudiar eso y en la NACHO como siempre había soñado. La deserción es enorme, la mayoría de las veces es por vulnerabilidad económica, pero una parte significativa es porque algunos estudiantes prefieren estu

Opinión por:

miguelitoun

19 marzo 2013 a las 0:09
  Responder

Joder, no le sale el comentario anterior… ya olvide que había escrito. El hecho es que muchos estudiantes prefieren presentarse a algo que no quieren estudiar con tal de estudiar en la Nacional. ¿Eso qué genera? deserción. Hay una carrera que se llama ingeniería agrícola (creo que es esa) y según el estudio “Cuestión de Supervivencia” tiene mucha deserción, ¿por qué? porque la gente estudia allí mientras pasa a alguna carrera que sí les gusta. Ahora bien, eso no implica que todos conozcamos nuestra vocación. Es difícil hallarla, pero es realmente satisfactorio cuando entras a una clase y te das cuenta que después de 4 intentos por fin encontraste lo tuyo. Por cierto… que injusticia que los de arriba escriban 576 palabras y uno solo pueda escribir 800 caracteres. ¿Rosca? ¿donde?

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unomas_conelminimo

19 marzo 2013 a las 2:36
  Responder

Daniel y foristas: No hablan nada del valor del examen. No les parece excluyente? En serio!, en este país mucha gente es excluída antes de presentar del examen. Ni hablar de la provincia. Que el examen de admisión no solo es el costo del mismo, si no el viaje y el costo que acarrea. A modo personal conozco que en la educación pública argentina, lo único que uno tiene que hacer para pasar a una carrera es ír y anotarse en un lista y ya. Además sin necesidad de acreditar la nacionalidad, muchos colombianos que ni siquiera alcanzan a pasar acá migran hacia allá. El costo del examen de admisión en la Nacional hace parte de ese 46% de servicios que tiene que vender para poder la universidad para sostenerse.

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macm85

19 marzo 2013 a las 19:31
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Generalmente cuando hay bloqueo no hay pedrea, la universidad queda sola y esta prohibido reunirse fuera de los salones (aunque hay profesores que lo realizan previo acuerdo con los estudiantes) Pero bueno, no se puede desacreditar la fantasía, y cada quien es libre de creer en lo que se le antoje

Opinión por:

cediazr

20 marzo 2013 a las 11:43
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Con todo respeto, Daniel, una de las cosas que no me gustó de su columna de opinión fue lo de “Me entero de que una de sus amarguras de los últimos años (tal vez la que le llevó a la muerte) fue un proceso académico por acusaciones de plagio en su contra”.

Roberto podrá haber sido lo que usted quiera, pero deshonesto no era. Además, me consta que él nunca tuvo ese tipo de procesos, sino que, por el contrario, llevó a cabo uno en contra de un estudiante al que sí le detectó eso en su trabajo de grado hace unos años.

Esto lo sé porque yo también fui estudiante de sus cursos de Fonología, Lingüística Histórica y Problemas Actuales de la Lingüística, trabajador en el Laboratorio de Lingüística y dirigido en el trabajo de grado por él.

Atte,
Camilo Díaz

    Opinión por:

    stanislausbhor

    20 marzo 2013 a las 13:03
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    Camilo Enrique: gracias por comentar. Tampoco yo creo en la deshonestidad del profesor. Los que trabajaron con él conocen mejor que otros su oficio y ética. En privado recibí un mensaje claro y corto: murió de enfisema mientras trabajaba en su tesis doctoral. El resto es especulación.

    macm85: me gusta la expresión “no hay que desacreditar la fantasía”.

    Alberto Renjifo: educación, leyes, salud, repartición de la riqueza; todo es exclusión.

    Miguel Angel: la ventana de comentarios funciona como le da la gana.

    magamboaga: trataré de mejorar la letra. El defecto de los blogs de El Espectador es que no se pueden personalizar.

    Christian HA: toda la razón. Uno no debe abrir conversaciones que no va a sostener. Al menos en los foros.

    Diana: espero que sea pertinente: la servidumbre voluntaria es también una ideología impuesta. Nos preparan para estar abajo. Y la ideología puede estar en los lugares menos pensados: en las barreras de acceso a la universidad, en la parrilla de la televisión, en los temas del día que impone el periodismo radial, en la agenda presidencial, en el inventario de productos de un supermercado, en los almacenes que están en una calle o en la forma de los inodoros. Recomiendo este video de Zizek, sobre ideología:
    http://www.youtube.com/watch?v=XfOa8G8J72g&list=PL4594EC2F1653B5DC

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