Lloronas de abril

Publicado el Lloronas de abril

Yo soy un milagro

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Por: María Isabel Meza Vélez

Ishwari Paz

Los milagros existen. Yo soy uno. Este es mi regalo para ti y mi forma de retribuir a Dios del amor darme una segunda oportunidad de vivir

Respiro profundo.

Debo hacerlo antes de que las lagrimas empañen mi visión y me impidan expresar lo que siento, que es un universo infinito de cosas que creo debo compartir.

Es inevitable sentir la acumulación de sentimientos, más que por lo difícil de la experiencia vivida, por la grandeza de lo que es la magia, lo inexplicable de la vida, aquello que se escapa de nuestros razonamientos, de la lógica de los más expertos. Lo inefable que se llama Dios.

El dolor tocó a mi puerta un día de noviembre del 2016, me abordó con crueldad en el centro alto de la espalda produciéndome gritos, noches enteras sin dormir, amaneciendo un día en un sofá, otro en un sillón, en medio de la desesperación por no ‘hallarme’ en ningún lugar.

Yo siempre le he huido al dolor porque he elegido desde que tengo conciencia vivir en el lado del amor, la luz y la alegría, la bondad, la fe en los demás y en la posibilidad de un mundo mejor. Pero a la par de esto, fuerzas antagónicas se han levantado. No en vano al lado del ángel que siempre han visto todos, ha habido un demonio merodeando, aprovechando cualquier doblez del alma para hundirme en la más profunda oscuridad, aquella que me ha llevado a infiernos de los cuales he creído no volver a salir nunca.

Creo también haber rehuido al dolor por creer no poder soportarlo, porque tengo en mi esencia la bendición y el karma de sentir demasiado, de dolerme con el mundo y sus tragedias y morir lentamente con el drama de un amigo, caer con el caído y en el borde que separa una cosa de la otra, mas allá de la magnificencia de la vida, cuestionar el sentido de la misma, al punto de no quererla más.

Pues ese cuestionamiento tomó fuerza en mi persona ese año de 2016, en mis veintisiempre, desde principio del año, mucho antes de que la enfermedad llegara.

Recordaba todo el tiempo el Club de los 27, aquellos genios de la música y el arte que por una u otra razón abandonaron la tierra a esta edad. Mi cuestionamiento se tornaba obsesivo pero jamás con un tinte dramático, por el contrario de una forma muy clara y tranquila pensaba si habiendo viajado y ‘conocido tanto’, (la ilusión de viajar, todo es una ilusión), si habiendo amado y sido amada, si habiendo tratado desde lo profundo de mi corazón ayudar a los demás; si habiendo, a pesar de mis rebeldía, amado a mi familia como lo más sagrado; si habiendo tocado las puertas de lo místico y lo orgásmico, tendría sentido vivir más. Enfrentarme a un mundo donde habría que ‘ganarse la vida’ como si la vida no fuera un regalo que ya se hubiera ganado, esclavizarme a un sistema que de alguna manera ya había conocido y morir en vida mientras perdía lentamente lo más preciado a cambio de unos centavos, ver envejecer a mis viejos solos como dos islas aparte en el infinito océano, morirme de la tristeza de la nostalgia que producen todas las cosas de la vida y sus múltiples significados, una belleza casi imposible de soportar. Yo me preguntaba precisamente eso. Si valdría la pena soportarlo más, soportar más la belleza agonizante de la vida.

La vida tampoco me daba tregua. Mis pensamientos no se desarrollaban precisamente en un mar de calma. Todo lo contrario, se me vino encima el cierre radical de varios ciclos, entre ellos con quien creía era el amor de mi vida. Con varios amores más. Con amigos, con cosas que debía soltar, con esquirlas pegadas al alma y a la piel difíciles de despegar, no solo por su belleza sino por su nocividad. Ya había pasado meses atrás por una caída de salud que me trajo desde el océano, nuevamente a este país que creí dejar atrás en busca de la realización personal. Un punto sin retorno, un estado de cero, un limbo me cercaba y dentro de ese encierro yo me preguntaba una y otra vez por el sentido de la vida.

Un exiguo deseo de empezar de nuevo, tras haber vuelto del barco, me acompañaba como una débil llama que parpadea ante el viento tratando de no apagarse, e intente errante encontrar sentidos que se volvieron laberintos, recipientes vacíos donde había un cómo pero no un que, no un porque, no una razón de ser.

Me golpeaba el hecho de haber despertado a la conciencia habiendo tomado ya algunas decisiones y sintiéndome acorralada por el tener que hacer, por el deber social, y no por el querer genuino de mi alma enjaulada y deseosa de volar, pero atrapada e invadida por algo realmente oscuro e implacable: el miedo, que no es otra cosa que el dolor de no poder hacer algo, por no enfrentar algo. Ese dolor —y conectando los puntos hacia atrás como decía Steve Jobs— se manifestó en mi cuerpo, de una forma bestial y abrumadora. Aquel dolor de noviembre del año pasado.

Tomada por sorpresa, junto con mis padres, hermanos, toda mi familia y amigos, me descubrí pronto en una clínica en la que pasaba mis días en medio de dolores alucinantes, acercándome lentamente al mes que mas me gustaba y sin saber sí tendría que pasarlo allí metida.

El dolor me circundaba, me invadía, me despertaba con él, con él me acostaba, me acompañaba como una sombra que incluso me abrazaba, con la ternura de mis padres, con la templanza de la vida me azotaba y me dejaba exánime, a la vera de una cama que parecía un precipicio insuperable.

Sábanas blancas que se cambiaban a diario, atardeceres que de no ser por el dolor parecerían de película, drogas inyectadas por la vena. Así pasaban mis días en ese lugar al que le debo para siempre mi infinita gratitud en todos y cada uno de sus integrantes, desde la gente de la cocina, del aseo, hasta las enfermeras, los que tomaban los signos como Jorgito que siempre me inyectaba sobredosis de amor y buena energía, cuando me decía “culicagada usted va a salir de esto, hay peores cosas”. A Jorgito, días después, le notificarían la tragedia de unos familiares que estando en el sur de América se accidentaron, perdieron a su bebe y fueron amputados de varias partes. Una noticia que salió hasta en los periódicos. Jorgito nunca cambió su cara y su energía amorosa.

A pesar de estar allá, en medio de la belleza que me salvaba, del amor de todos y los atardeceres, y el viento en mi cara, y mis  ángeles de la guarda mi mamá, mi hermana y mi papá, y mi hermano en la distancia, estaba completamente consternada, sumida en un silencio y un dolor superior al que pesaba sobre mi espalda, un dolor del alma de verme otra vez entre las cuatro paredes de un hospital y mas allá de eso, sentir el fuego que me quemaba, por el que la vida me pasaba, y no entender porque, una pregunta siniestra que me acechaba, penumbra que se acercaba cada segundo a la oscuridad. Aquella a la que inevitablemente llegué.

Recuerdo una noche sentir mucho dolor. No podía moverme. Ese día le dije a mi mamá que no se quedara para que pudiera descansar. Error garrafal. Tuve que pedir ayuda para orinar en una vasija y esperar a que la recogieran, con una tristeza atroz de no poder valerme por mi misma. Miraba la ventana, miraba mucho por esa ventana del tercer piso de la Clínica Central y el viento era lo único que menguaba por algunos segundos aquello que me quemaba y alteraba mis sensaciones corporales a causa de la compresión de mi médula espinal. De repente el dolor se hizo tan intenso que la sensación de querer escapar se volvió insoportable. Una ráfaga de luz pasó por mi mirada al ver la ventana y pensar en que un escape sería saltar por ella. Cuando me descubrí pensando así entendí que no hay cabida al juicio cuando el dolor acorrala y sentí mucha compasión por aquellos que no han encontrado otra salida… Tal vez no fue un error que mi mamá no se quedara, ese día vi el rostro del dolor y lo enfrenté.

El médico, después de muchos exámenes, nos dijo que al parecer tenía un tumor en la espalda.  Sentí que me ahogaba en lágrimas metida en el abrazo de mi papá, como el tipo de Trainspotting cuando se hunde en la alfombra, pero peor. Por primera vez sentí lo que es llegar al límite de la fuerza, que es en realidad una sensación de desvanecimiento donde nada importa. Y la oscuridad me invadió hasta en los más recónditos lugares. Ante la tragedia, no me aferre como muchos a Dios, lo que me invadió fue una incomprensión total por la vida y sus designios. La pregunta sobre el por qué me volvía loca. Pero mis gritos eran pensamientos que se expresaban silenciosos con lágrimas en un mutismo total del alma y de la voz, unas ganas de nada, un encierro total donde no había escapatoria ni siquiera saltando por una ventana.

El cuerpo no me dejaba comer y lo hacía por la determinación de mi familia que a cucharadas me alimentaba. Esa oscuridad me sumergía cada vez más en lo profundo de mi debilidad humana, negándome todo rastro de divinidad. Sin respuestas ni explicaciones, solo silencio. Mi conciencia, el tesoro más sagrado, parecía haberse desvanecido. Despojada de todo en cuanto creía, despojada de la magia de la vida, perdí la conciencia de Dios y de la vida misma cuando toda esperanza se había esfumado en mí siendo una persona tan optimista…

Me llegaba mucho a la mente la imagen de Frida Kahlo. A veces intentaba desahogar mi silencio en palabras que son mis compañeras desde que estaba pequeña, ese día escribí:

Una invitación a volar

La invoqué, evoqué su dolor

Mis ritos me persiguen

Desde sus huesos la llamé

No sé si tenga su fuerza para soportar este dolor

¿Mi sangre se derramará de nuevo sobre la tierra?

Mis rituales me persiguen para no desfallecer

En la tristeza infinita me conmueve la vibración de nuestras almas.

He pensado en lanzarme desde lo alto de la piedra. La vocecilla no deja de hablar, cada vez asciende más y más. Se abre paso entre la oscuridad.

Cuando entro al cuarto oscuro de mi ser solo encuentro silencio, no hay respuestas ni explicaciones, solo silencio. Recuerdo mirar por la ventana, hacia abajo la altura del edificio y pensar en las probabilidades de morir al lanzarme. Luego pienso que no sería suficiente, soy muy fuerte y sobreviviría.

No sé… si me preguntaran cómo pase del borde de la locura a la cordura, diría que de repente me descubrí en la profecía del águila, pero en mi caso, antes de tiempo.

Esto me lo enseñó mi padre. Cuando el águila llega a la mitad de su vida tiene que tomar una decisión trascendental. Morir o vivir. El camino más difícil para el águila es decidir vivir, pero ella lo escoge. Y con su decisión se encamina en un ritual brutal de dolor y transformación en el que básicamente debe arrancar una a una las garras encorvadas de sus patas que atentan con enterrase, y contra un árbol, arrancarse a golpes el pico que amenaza con clavársele en el pecho. Es así como la gran águila de los cielos, la reina de los aires, se destruyera y muriera en vida para renacer por segunda vez. Al borde de la muerte y con el último aliento de su fuerza se aferra a la vida y lucha como una fiera por ella, porque sabe que es la única, que no hay mas momento que el ahora. Sobrevive y renace.

Así, mientras todo se desvanecía vi que había algo que no se iba y no entendía por qué. Lo veía como una luz pequeñita adentro de mi que se manifestaba a través de una sonrisa que me sacaba mi hermana, o de la calidez embriagadora de los abrazos de mis padres, o de la ráfaga de fuerza que me traspasaba el cuerpo cuando hablaba con mi hermano… y esa luz pequeñita que no entendía como subsistía en un ambiente tan árido comenzó inesperadamente a tomar fuerza, a crecer cada vez más, a apoderarse lentamente de mi ser llenando de luz todos los rincones de mi alma y de mi cuerpo. Empecé a hacerme consciente de todas las cosas. Un crescendo de cuerdas de guitarra. El punto máximo de una emoción pura. Y sentí como me embistió el peso del amor. Mi corazón se abrió inevitablemente y aunque había dolor y temor había también una fuerza superior, lo más grande que en el mundo llaman amor y era precioso y maravilloso y me inundaba por cantidades. Supe que esa luz era Dios, no había otra explicación.

Un hombre de mi alma me envió una carta desde lejos que decía “La esperanza y el temor son inseparables y no hay temor sin esperanza, ni esperanza sin temor” de Francois de la Rodiefoucauld. La esperanza renació en mi como la más resplandeciente luz de la existencia, me invadió y llenó de paz y de felicidad de saber que todo iba a estar bien porque todo es perfecto aun en lo incomprensible de la vida, todo es perfecto y la vida se teje en un orden divino, en una perfecta sincronía casi ridícula, ridículamente hermosa, impresionante, maravillosa, que nos deja perplejos de ver como todo es sencillamente y en una palabra: Perfecto.

Cuando la luz me inundó una decisión me acompañó. La de poner en manos de mi padre eterno toda mi vida.

El 25 de noviembre, día del cumpleaños de mi papá, llegó la cirugía. Escribí en mi cuaderno

Dia 19. 25 de nov 2016

Ya no tengo miedo

que se haga tu voluntad en mí

Abracé y besé varias veces el rostro de mi hermana, mi papá y mi mamá y cuando me entraron giré hacia atrás y los miré, y vi a mi hermanito con ellos. Mi hermano se encontraba en Irlanda pero ahí estaba junto a ellos, voleándome la mano, sonriendo, dándome la fuerza, el valor, diciéndome en silencio que todo saldría bien que muy pronto nos veríamos de nuevo…

En mi corazón les daba las gracias y los bendecía y les dejaba todo mi amor, pues en realidad no sabía si los volvería a ver.

Cuando entré al quirófano estaba preparada. No estaba sola. Me acompañaban mis abuelos, Yogananda y Jesús, mi madre María, los ángeles y santos y muchos seres de luz. Los curadores cósmicos. A todos los sentía y en mi sueño profundo supe que estaban allí…

Afuera, en la sala de espera, había un batallón de personas, mi familia y amigos. —Mucha gente allí afuera por ti— decían las enfermeras cuando ya estaba en la UCI, y sonreían.

Cuando el doctor salió a hablar con la familia todos se abalanzaron sobre él. Me imagino lo gracioso que debió haber sido. Él dijo que estaba asombrado pues lo que había creído que era un tumor, no lo era, y que mi medula espinal estaba intacta. Al abrir y remover lo que la comprimía vio que ´palpitaba’ como en agradecimiento por ser liberada de la presión… Dijo que mis piernas estaban bien, que no había perdido la movilidad de mi cuerpo. ¡Dios mío que Felicidad! Todos lloraron y se abrazaron en ese momento dando gracias al cielo.

Despertar fue la felicidad. Estaba viva. Lo primero que hice fue mover los pies. ¡y se movían! La gratitud que sentí en ese momento no la puedo describir. Estaba congelándome del frio y tuvieron que ponerme una cobija delgadita que parecía un papel y se conectaba a la energía. El alivio me abrigó con el calor. El resto de lo que recuerdo de esos días en cuidados intensivos es muy confuso pues con los remedios para el dolor aluciné mucho… pero hay algo que si recuerdo muy bien y es cómo me sentía rodeada del más puro y lindo amor. Cuando vi a mi papito lindo por primera vez, a mi mamita y a mi hermana, y a todos, los veía como si hubiera vuelto a nacer. Los miraba y los miraba. Era poco lo que me podía mover pero aun así desde el primer momento tuve que empezar a hacerlo para que no se me ‘pegara’ la herida y para ir recuperando la movilidad de mi cuerpo. Recuerdo mucho que al otro día de la operación solo quería que me aplicaran morfina y que no me movieran ni un centímetro pero la orden era que ese día me debían bañar en ducha así que dos enfermeras hermosas fueron a alentarme para hacerlo y por supuesto en silla de ruedas. Lo sentí como el desafío más grande de mi vida, moverme estando recién operada de la columna era muy difícil, luego para incorporarme, todo con ayuda. El dolor era enorme pero sabía que tenía que aguantar y ellas me animaban. Reviví con esa ducha. Como dos ángeles, una me daba el desayuno y otra me peinaba, desenredaba las trenzas con las que entré a cirugía y en las que tenía un pegado de sangre y pelo cortado por la mini afeitada que me hicieron en la parte inferior de la cabeza donde comenzaba la incisión.

Contaban muchas cosas entre ellas y me hacían reír. Creo que lo hacen más que por hablar por traerlo a uno de vuelta a la vida. Luego dormí, como hacía mucho tiempo no lo hacía.

Me dieron de alta. Felicidad infinita. Los colores brillaban, las montañas, los olores…la comida de mi casa. Había pasado una eternidad. Todo me parecía nuevo. Cada día era un desafío, pero el solo hecho de llegar fue increíblemente sanador. Pude, muy lentamente, ir retomando mis funciones básicas como bañarme sola, ir al baño, comer, caminar… un proceso.

El trance aun no terminaba y debía encarar las dificultades de cada día que eran promesa de una meta alcanzada y un sentimiento de gran superación me llenaba. En casa todos decían estar sorprendidos por mi evolución. Yo daba mis primeros pasos y ya quería caminar, caminaba y quería correr… y volar.

Sin darme cuenta diciembre llegó con el sol de  mi mes preferido y una nueva oportunidad.

Trabajaba arduamente en mi sanación interior tratando de entender el por qué verdadero de lo que me había pasado y para mantenerme fuerte mental y espiritualmente y que las circunstancias externas no me derribaran. El dolor de la cirugía era el mayor desafío, pero también lo era el soltar, el dejar ir todo aquello que se debía ir. Un cierre de tiempo mágico que venía presentándose drásticamente desde la mitad del año. Llorar un día, no dormir dos. Levantarme al siguiente, seguir firme, sonreír. Volver a llorar. Limpiar, liberar, lavar, purificar.

En mi corazón sentía que todo estaba terminando, que pronto retomaría mi vida, esta vez haciendo solo lo que yo anhelaba. Estaba feliz y llena de ilusión. Pero la fe es una prueba que se presenta día a día. Y la prueba llegó contundente.

El patólogo más reputado de Colombia llevaba varias semanas revisando la substancia que me habían extraído de la columna. Yo estaba tranquila pues sentía en mi corazón que estaba bien y que no iba a haber nada malo en ella. Además, todos decían que cuando se demoraban tanto en responder era porque no había nada grave.

Los resultados llegaron una noche y al abrirlos una palabra me atravesó. Los ojos se me inundaron de lágrimas. Poseída por la desesperación salí de mi cuarto donde me acompañaban mis papas y mi hermana. Me encerré en el baño. —No es verdad— le decía a mi papá mientras lloraba, —el doctor dijo que no encontró tumor—, —no es verdad, ¿Cómo así que maligno? ¿Por qué? Yo estoy bien—gritaba, mientras mi papá agachado conmigo me trataba de tranquilizar. —Dios mío ¿por qué? No puede ser, no lo creo—. Honestamente no recuerdo qué me decía mi padre, pero su energía sanadora me sacó de la crisis.

Todos tenemos dentro una reserva de fuerza insospechada que emerge cuando la vida nos pone a prueba, dice Isabel Allende. Pues bien, al otro día me levanté como si nada hubiera pasado. Había un papel con unas letras pero yo me negaba a aceptarlo. En realidad no era porque no aceptara o respetara el criterio de un medico experto. Era porque en mi corazón había una fuerza, una energía más poderosa que la de cualquier ser humano en la tierra, una convicción total que no me la arrancaba nadie y era la voz de Dios que me había dicho suavecito y solo a mí, —Tú estás bien-.

Una mañana de enero esperaba a que me llamaran. Estaba en Oncólogos. Todo era tan irreal. Estaba ahí sentada con mis dos ángeles de la guarda y por mi mente no pasaba nada. Sabía que en cualquier momento iba a entrar a ese consultorio y me dirían que no tenía nada, que era un error, que la patología era benigna, que esa pesadilla había acabado.

Llamaban y llamaban gente, pasaban las horas. Me habían dado la prelación de la cita por recomendación de mi cirujano. Es decir, fui sin cita ni nada. Me iban a sacar un espacio por la urgencia de la situación y aunque en mi mente seguía creyendo que todo era un error, allá seguía sentada en un ambiente extraño al que sentía que no pertenecía…

Me llamaron. Entramos. De pronto estaba ahí sentada frente al médico. Recuerdo solo escuchar cuando dijo la palabra quimioterapia. Recuerdo también el llanto de mi hermanita que estaba sentada a mi lado, y quedarme pensando no en lo que dijo el doctor sino en que era la primera vez en ese tiempo que ella lloraba delante de mí. Mi mamá estaba muda a mi otro lado. Recuerdo decirle al doctor que no estaba dispuesta. Lo recuerdo a él decirme que no quería ver a alguien tan joven llegando en un mes en una silla de ruedas, que me iban a poner la más leve, que era por seguridad mientras analizaban por segunda vez el resultado, que era urgente, que no me iba a tumbar el pelo, que me tenían que hospitalizar de inmediato, que no quería verme llegando cuadripléjica.

Yo estaba en blanco. Recuerdo que mientras mi mamá cuadraba con el doctor mi entrada a la unidad de oncología del Hospital San Juan de Dios yo salí entre la gente. Me sentía flotando, estaba sedada por la consternación. La luz se volvió neblina y me cegó. Cuando mi hermanita salió le dije que quería ir a la peluquería.

Nos subimos al carro. Mi mama rompió el silencio diciendo que no pasaba nada, que eso no era nada, que había que hacer lo que había que hacer. Yo en silencio a penas sentía su angustia por dentro y me conmovía por la fuerza que me trataba de transmitir.

. . .

Lo primero que pensé cuando vi mi habitación en la nueva clínica era que parecía la de un manicomio. Toda sellada con una ventana pegada al techo por donde no entraba el aire y era poco lo que se veía. Todo tan blanco, tan cerrado, tan hermético. A las personas solo se les veían los ojos, todos andaban con gorro y tapabocas, incluso los visitantes debían entrar así. Allí la visita solo era una hora al día, una sola persona.

La tristeza se apoderó de mí y rompí en llanto de no entender nada, de estar otra vez en un hospital, con mis venas canalizadas, con mi familia en esa situación. Pero los ángeles siempre están ahí y a mi encuentro llegó un médico divino que se sentó y me habló de Dios, de la fe y me tranquilizó.

Durante mi estancia allí permanecí conectada a líquidos todo el tiempo. Yo estaba lejos de terminar de recuperarme de la cirugía y seguía necesitando ayuda para moverme, pero dentro surgió una fuerza extraña que provenía tal vez de la rabia o de la impotencia, no lo sé, pero me ayudó porque empecé a moverme más por mí misma, arrastrando de un lado a otro el aparato donde cuelgan los líquidos para ejercitarme de alguna manera. Al término de mi estadía allí, ya caminaba sola.

En la habitación había un sofá donde me sentaba con mi hermana a ver películas y pintar mándalas. Quería estar lo más lejos posible de la cama. Por las noches llegaba mi papá, y mi mamá me cuidaba el sueño.

Me analizaban a diario sobre si estaba dispuesta a recibir el remedio. Yo estaba tan confundida que un día decía que sí y otro que no. Los tres días que se supone iba a estar se convirtieron en ocho. Una mañana colapsé y en los brazos de mi mamá me deshice en llanto porque no quería que me aplicaran aquel tratamiento, porque no se había reconfirmado el resultado, y le decía a ella, a mi enfermera del alma y de la vida, —¿si una persona tiene gangrena en una pierna, es un hecho que se la tienen que cortar verdad? Pero si este no es un hecho sino una sospecha, ¿cómo me voy a poner eso que es tan toxico? ¿Cómo le voy a hacer esto a mi cuerpo después de tantos químicos que he recibido, de tanta droga, de tanto? — y me ahogaba otra vez…

Hay momentos en la vida donde uno verdaderamente siente que no hay salida, que la oscuridad es tan densa que no deja campo a la luz. Pero la realidad es que siempre que haya vida, habrá un aliento de luz que hará lo que sea por surgir del interior y sanar el ser. Un aliento que es Dios en uno.

Ese aliento hay que saber reconocerlo y aunque uno este muy cerrado, dejarle al menos un huequito para que entre y lo inunde a uno de amor. A veces llega a través de una persona, a veces con un atardecer, pero siempre e inevitablemente llega y toca el corazón.

Una frase vino a mi cabeza, de uno de los seres de luz terrenales que me habían sido enviados.
—¿Si sabes adentro de ti que estás sana, por qué dudas?—.

Un calor envolvió mi corazón y me deje abrigar por él… me incorporé despacio y abracé a mi mamá. Le dije que lo haría, que me pondría el remedio.

Es hermoso porque Diosito me ha permitido prepararme para todo. Y así fue con eso. Esa tarde firmé el consentimiento y luego dediqué el tiempo a comunicarme con mi cuerpo, a decirle a mis células y órganos cuanto los amo y cuanto agradezco lo que hacen por mi cada día. Les hice saber que vendría un guerrero a luchar con ellas por si había algo que vencer, que era un aliado y que lo recibieran sin temor y con respeto. Que todos juntos íbamos a lograr la sanación y la libertad.

Cuando la noche llegó, en compañía de mi papá recibí la quimioterapia. La recibí tranquila, con la respiración calma, mi ser interno en paz y en espera del algo bueno. La recibí sentada pues no quería hacerlo estando acostada. Me explicaron sobre los efectos que podría tener. Luego hicimos una oración.

Esa noche, mientras el remedio entraba por mi vena, escribí

Que extraño. ´Cielo´, con esa palabra está marcada la bolsa del liquido que resultó ser transparente, y yo que creía que era de un color oscuro y siniestro. Sin embargo, transparente entra por mi vena. No sé, la verdad, si esto ya lo había vivido antes. Aquella primera noche en la UCI, cuando el doctor dijo a mi familia que las noticias eran buenas porque no encontró tumor, esa noche en la que después de atravesar un valle de niebla helada, hipotermia, bebí y lo tengo muy claro, diez vasos de limonada de yerbabuena por la sed que me consumía. Una a una en mi mente las elegía y me refrescaban como nunca antes algo lo había hecho.

Lo que quiero decir volviendo a mi vena y al líquido transparente que entra por ella es que creo que esa noche en la UCI, lo vi. Vi un ópalo en forma de lanza de un color bellísimo azul hielo y resplandeciente, puesto sobre mi mano izquierda extendida en la camilla, tal como la tengo ahora, y la punta del ópalo inyectaba toda su luz por mi vena a través de mi brazo hacia arriba con mucho poder y mucha luz y luego llegaba a la base de mi cabeza y bajaba por toda mi espalda limpiando. Me impresiona. Es impresionante.

El remedio entró con delicadeza y no me produjo ninguna de las posibles secuelas. Por el contrario me sentía muy bien y cuando me hicieron exámenes para ver cómo estaban mis defensas encontraron que podía salir una semana antes de lo planeado.

Recuerdo decirles a todos una y otra vez antes de irme, entre risas pero con mucha seguridad, que esa era la única vez que me verían allí…

Otra vez en libertad me sentía conmovida de poder ver, oír, oler, tocar. Agradecida y con la convicción de sanidad como estandarte.

Aunque debía mantenerme con tapabocas a diario para protegerme de posibles virus yo me sentía muy bien y esperaba con ansia el encuentro con el doctor que me daría los resultados del segundo análisis.

El jueves 26 de enero de 2017, dos meses después de mi cirugía, un día antes de luna nueva, me encontraba otra vez en la sala de espera de Oncólogos de Occidente. Ese día me vestí de fiesta.

Tenía de frente el consultorio donde me darían los resultados finales. Veía entrar abuelitos uno tras otro. Tomé la mano de mi tía y de mi mamá, había muchas personas conectadas en oración…

Siguió mi turno. Agarrando fuerte al arcángel San Miguel en mi mano, entré al consultorio. Sentada en el medio saludé al doctor y nos quedamos en silencio. Él leyó los resultados. Mi tía de pie a mi lado izquierdo y mi mamá sentada junto a mí al otro, escuchamos.

—Estaba preparado para hospitalizarte hoy y empezar con todas las quimioterapias. Pero esto es increíble. No hay malignidad. No hay linfoma. Tú eres el 1% de las personas. No tienes cáncer. Esto es un milagro real—.

Dios..no puedo describir lo que sentí…

En este momento lloro al recordar que la noche anterior le pedía a Dios que me dejara mostrar que yo estaba sana como él me lo había dicho. Que me permitiera ser testimonio de su grandeza. Que me dejara ser un milagro de él en la tierra. Que me permitiera ser un milagro vivo de su amor para que todos supieran que los milagros existen y que él nos ama y nos cuida. Y lo hizo.

. . .

Abrir mi corazón y compartir mi historia ha sido un gran esfuerzo, pero es un acto de amor y de gratitud. Solo deseo a quien sea que lea esto que sepa que Dios existe y su poder es infinito y es superior. Que el poder de nuestro ser es infinito y es superior. Que la vida es el regalo. Que la única oportunidad es ahora. Que el amor es la luz de la vida y todo lo puede y que por mas difíciles que sean las circunstancias siempre, siempre que haya vida, existirá la razón más preciada, la única razón. ¿Y el amor? Hay que abrirse al amor, por más cerrado que uno esté. Ahora sé que todas las personas que fueron y han sido puestas en mi camino en este tiempo, son ángeles de Dios; mis padres, [email protected], [email protected][email protected], [email protected] abuelos, [email protected], mis [email protected], los doctores del alma, mi cirujano, todo el personal médico e incluso la gente que no conocía. El hombre que llenó de luz mis noches más oscuras cuando todo empezó, mi amor Carlos. Había mucha gente pendiente y a todas las bendigo por su amor, porque ese amor me salvó la vida. Fue ese amor el que hizo que la pequeña luz que quedaba dentro emergiera y se volviera gigante y me llenara de nuevo de esperanza y fuerza. Gracias a todos y cada uno de los que de una u otra forma estuvieron presentes, y aun siguen acompañándome en este proceso. Todos los días de mi vida hay una oración en el cielo de mi parte por ustedes y los amo de verdad.

Ninguno estamos exentos de vivir algo así. A veces creemos que porque estamos jóvenes o tenemos buenos hábitos de salud, o somos fuertes, o no le damos importancia al tema, o no tenemos tiempo para pensar en eso, no nos va pasar. Y la realidad es que a cualquiera nos puede pasar porque somos seres humanos, somos frágiles en cuerpo, pero nuestra alma es fuerte, mucho más fuerte que la carne y a ella es la que nos debemos volcar a mantener en paz y en equilibrio porque donde hay un alma sana, hay un cuerpo sano.

La enfermedad es una amiga. Es una aliada que nos muestra el camino para resolver algo verdaderamente profundo. La enfermedad no es la razón del sufrimiento. Lo es en realidad un conflicto del alma y el pensamiento, una desarmonía de algo por dentro que no se pone de acuerdo. Y la verdad, es que nuestro ser debe estar equilibrado en sus diferentes partes, todas caminando hacia un mismo propósito, en sintonía. De lo contrario cuando hay desarmonía en ese universo, hay caos. Pero el caos como decía Einstein no es el fin, es en realidad la gran oportunidad de evaluar y comenzar de 0, es el dios Shiva de la destrucción, en donde de la transformación, el dolor y las cenizas, emerge algo nuevo, puro, más bello y libre.

La vida es mágica. Está repleta de cosas mágicas, algunas veces las vemos otras no pero ahí están. Y son cosas que no se dicen, si se dicen se niegan. Se guardan en el corazón siendo uno consciente de su magnificencia y con el gozo de guardar un tesoro de verdad. Un tesoro que es en realidad la bendición de la vida, es el secreto, la clave del poder que hay dentro de nosotros mismos y en todas las cosas, para lograr lo que anhelamos. Para ver donde no hay nada y luego ver materializarse…de la nada.

Hay que decidir con el corazón que es realmente lo que uno quiere en esta vida que es la única. Y aunque haya que cruzar un valle de dificultad, si es por lograr lo amado que así sea. Sentir de verdad la vida como lo que es: una única, gran y maravillosa oportunidad, un viaje en sí mismo. Una sorpresa tras otra. Y querer verlo así. Decidir radicalmente verlo así. Decidir de una vez por todas casarse para siempre con la gratitud y así sentir todas las cosas que la maestra Vida nos presenta, placenteras o dolorosas, sentirlas bien, recibirlas bien, desde el sentimiento, el pensamiento y la acción. Procesando los momentos y caminando hacia adelante. Llenándose la cabeza de buenos pensamientos y así buenas palabras. Por que las palabras tienen poder, un poder impresionante. Se cumplen, lo creamos o no.

El dolor también es un amigo. Yo le tenía mucho miedo al dolor pero descubrí que nos hace humanos, que él viene para enseñarnos, nos mueve, nos toca, nos sacude y nos hace reaccionar sobre lo que muchas veces olvidamos. Nos hace recapacitar para mostrarnos que estamos vivos. El dolor es un umbral a la renovación, a la vida, es un regalo.

Nuestro cuerpo todo lo escucha y todo lo sabe. Nuestras celulitas de todo se enteran y permanentemente hay una comunicación interna que rige el funcionamiento de todo. Por eso es necesario siempre enviarles los mejores pensamientos. Hablarles con amor, comunicarse con los órganos y expresarles reverencias por toda su labor. Y en esa comunicación también enviarles y alimentarles con lo mejor. Los placeres son placeres, pero son pasajeros. La salud es perenne si así se desea. Es trascendental. Sin salud no hay nada, absolutamente nada. Entendiendo que es lo mínimo que podemos hacer por nuestro cuerpo que es nuestro templo que vive permanentemente en función nuestra y que está conectado con nuestra mente y nuestro espíritu. Todo en una sincronía total a función nuestra y del logro de nuestra plenitud.

Como en el equilibrio de la vida hay dos partes, junto a la indescriptible felicidad de ser salvada de las garras del infierno, también vino la responsabilidad de seguir adelante en la búsqueda de un diagnóstico sobre mi salud, siendo este un caso extraño. Seguimos adelante con mi familia y con Dios adelante investigando qué pudo generar todo esto con el propósito de prevenir y también de seguir sanando hasta poder cerrar este ciclo, este aprendizaje, en conexión con la voluntad divina. Mi vida no volverá a hacer igual. Hoy veo la vida con ojos de alguien que acaba de nacer. Se me ha dado una segunda oportunidad y no la voy a desaprovechar. Deseo invertir mi energía vital en cosas vitales. Yo soy un milagro de Dios y lo alabo frente a todos.

Deseo que todos podamos aprovechar esta única y maravillosa oportunidad. Que no esperemos a que llegue el dolor a mostrarnos a la fuerza lo que debemos cambiar. Pero si es así y el dolor llega a tu puerta, no temas, déjalo pasar y siempre recuerda que por difícil que sea, por más extremo y por más al borde que te sientas del abismo, si estás vivo, lo tienes todo.

Los amo con el corazón y Dios del milagro del amor los bendiga, el que somos todos.

Les regalo estas frases que llegaron a mi corazón por esos días…

Lo único que no es una ilusión es aquello que permanece.

La vida es un parpadeo de luz en la oscuridad, la luz que llevas dentro.

María Isabel Meza Vélez
Comunicadora social y Periodista
Directora Orgamística Casa de Sanación y Editorial
Escritora, artista y estudiosa de la sanación

 

 

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