El Peatón

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Mark Strand y las aguas de la infancia

Mark Strand (1934-2014). poetryfoundation.org.
Mark Strand (poetryfoundation.org).

Emprender el viaje a la infancia es tomar un camino a la incertidumbre. En este descenso, imaginado a la manera de Orfeo o de Altazor, podríamos poner lo vivido en contraposición de lo soñado, y ya no sabríamos a cuál de estas dos esferas pertenecen los recuerdos. Ya no sabríamos quiénes son los niños que aparecen en las fotografías y por qué nos han dicho que éramos nosotros, tan sonrientes, tan distintos a quienes ahora sorben café para no dejarse morir sobre un escritorio; ni sabríamos si los viejos se quedaron allí, en esa hermética atmósfera o, si como dicen, hay claveles brotando de sus corazones en este instante mismo en que me lees, o si las cicatrices de nuestras manos las talló el infortunio en esta vida o en la onírica. Viajar a la infancia podría ser, en fin, una asunción de las derrotas, pero para Mark Strand (1934-2014) es una inmersión en el agua de la evocación.

Sabemos que este poeta se ampara en el recuerdo como herramienta para hacernos, más que lectores, cómplices de sus versos. Tan alto es su nivel de empatía que logra que asumamos como nuestras, por ejemplo, las elevadas y níveas montañas que nunca hemos visto, el lago dormido que nunca conoceremos más que en sus poemas, de cuya superficie emerge la niebla como del lomo de un animal congelándose. Strand evoca blancos paisajes ajenos para nosotros, al menos en nuestra tropical y enloquecida cotidianidad, y nos sitúa a la orilla de su contemplación. Entiende que «Vivimos vidas de desarraigo/ y sólo permanecemos en un sitio/ lo suficiente para entender/ que no pertenecemos» (p. 18), sabe y pone de manifiesto que somos pasajeros y que la escritura no nos salvará del destino del viaje de la vida.

Esta reflexión nace del poema Una caminata contigo, pero verdaderamente donde Strand empieza a vislumbrar la idea del regreso, de la inmersión en la infancia, es En celebración: «Estás sentado en una silla», nos dice, «tocado por nada, sintiendo/ tu antiguo ser convertirse en el ser más viejo, imaginando/ sólo la paciencia del agua». Espera, mientras ve pasar por la ventana a la amistad y al amor, como si viera la película de su juventud. Espera, inmóvil. Sabe que la amargura y el dolor vienen del deseo, que la sanación consiste en entregarse a la nada y esa es la verdadera celebración. Sabe, en una bella paradoja, «que hay regocijo al sentir/ tus pulmones prepararse para un futuro de cenizas,/ y entonces esperas, te quedas mirando y esperas, y el polvo se asienta/ y las milagrosas horas de la infancia vagan en la oscuridad» (p. 49).

En el anhelo por volver al origen, por recuperar la imagen primigenia, el poeta encuentra la infancia, el sosiego. De un modo similar, aunque más contundente y vasto, en el poema ¿Dónde están las aguas de la infancia?, corazón de estas palabras, alcanza tanta luz en la expresión que encandila. El poema nos lleva de regreso a la casa paterna. «¿Ves donde las ventanas están tapiadas[…]?/ Este es el lugar donde debes comenzar». Allí empieza el recorrido, pasa por el cuarto que servía a los padres para el amor, sigue por las habitaciones que albergaron la inocencia, mira los perros ya desaparecidos, los vecinos que riegan el césped. Al avanzar, descubre que los padres, antes de encanecer, se encuentran ahora en el campo. De pronto, desaparecen, los arraiga la inexistencia.

Por último, el poeta conduce: «Ahora inventas el barco de tu carne y lo colocas sobre las aguas/ y navegas en el oleaje gradual, en la sal laboriosa./ Ahora miras hacia abajo. Allí están las aguas de la infancia» (pp. 64-65). Nos sitúa en la anterioridad de la vida, en la antelación de nosotros mismos. Nos da una visión que sería imposible fuera del mundo poético: la forma del vacío. A todas luces inconcebible, toma una textura, un sabor en nosotros.

Es en el tercer poema escogido, de título magistral, Nuestra obra maestra es la vida privada, donde las aguas que abordamos toman la apariencia del inconsciente. La inmersión del ser humano ya no es en el pasado, tan ajeno, ni en un ya mencionado «futuro de cenizas», sino en sí mismo. La vida ha sucedido adentro: «¿Hay algo, abajo en la ribera de las aguas, que se nos oculta,/ algún tímido evento, algún secreto de la luz que cae del abismo,/ alguna fuente de tristeza que no desea ser descubierta aún?» (p. 94).

Intuimos que lo oculto es mejor dejarlo donde está. Mejor no nadar en uno mismo como en un sueño pantanoso. Las imágenes poéticas de Mark Strand nos ofrecen, así, una puerta a lo más escondido que tenemos. Nos comunican en un espacio sin tiempo. Verso a verso, el poeta nos guía por su historia íntima, que se convierte también en la nuestra. Lo leemos para poder entrar a la muerte con los ojos abiertos.

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Srand, M. (2011). Nada ocurra. Trad. B. Pérez Rego. Caracas: bid & co. editor.

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