El Peatón

Publicado el Albeiro Montoya Guiral

Desembocaduras

Una reflexión sobre erotismo y los ríos que somos. Publicada originalmente en la octava edición de la Revista Voices.

Desembocadura del Río Buritaca en el Caribe colombiano. Foto: Daniela Gaviria.

Estoy vacío de ideas a propósito del erotismo, y grávido como todos los seres humanos, creo, de experiencias en la sombra, a contraluz, en la extrema y encandilante luminosidad, en la agitación, el desvelo, la rabia, el desencanto. Pero también la plenitud, el largo sueño del amor. La indecible espera. He cruzado los puentes del deseo. Puentes entre dos abismos y, la mayoría de las veces, entre dos montañas cercanas. He aguardado en todas las orillas del amor un desembarco, una carta que sí ha llegado. Sí he tenido quien me escriba, pero jamás me he detenido a pensar en el erotismo, tal vez porque, como diría Juan Manuel Roca: «si un pájaro se pone a pensar por qué está volando, seguramente se cae».

Probado ya el hecho de que he sabido del erotismo en los caminos mas no en el mundo de las ideas, debo admitir que cuando se me pide prologar la edición de la revista Voices en torno a este tema, mi cabeza se inclina por esbozar una bagatela acerca de la desfemenización necesaria de la naturaleza, de la sana tarea, de quienes nos dedicamos a la escritura, de no erotizar más a las mujeres en este tipo de textos; pero mi memoria me engaña y solo puede apelar al agua. A Heráclito a través del prisma de Borges: «Somos el tiempo […]/ Somos el agua[…]/ Somos el río…». Solo puede mi memoria apelar al agua que somos y que intercambiamos en los ámbitos del tiempo. Al agua que somos, en sintonía con la creencia del memorable Capitán Ahab de que los seres humanos provenimos del agua y al agua volveremos, de que todos los caminos conducen al mar donde se columbra el retozo increíble de la ballena blanca de la ilusión.

A lo finito del cuerpo, como planteó Spinoza en su magistral ética geométrica, al decir que lo nuestro es apenas la ridícula concordia entre el entendimiento y la extensión, los dos únicos atributos de lo humano con relación a lo divino, con los cuales puede hacerse una idea reducida de este y de su prolongación inconmensurable. Dos gotas ínfimas en un océano sin tiempo, que no pudo ser creado por otra sustancia, sin fin y que, al roce de lo sagrado, rompe e interrumpe la eternidad que es la vida. Que dura lo que el cuerpo dura.

Desembocamos en otros cuerpos y el nuestro es también una desembocadura. El frágil y en apariencia débil hilo de agua que nace cerca de La laguna del buey y que con el paso de su corriente sedienta se va a convertir en el amoroso y refrenable río Cauca, testigo manso de la invasión española y de la diáspora que iba a mestizar a Antioquia, de la corriente humana y hambrienta que iba a neocolonizar al pueblo Quimbaya que hoy en día no se recuerda por la orfebrería sino por el café, testigo, en fin, de la tragedia que es Colombia, cuerpo fragmentado, calcinado y desaparecido. Río que a su vez desemboca en el Magdalena, altiva y ancha serpiente que atraviesa a Neiva, ciudad solar, como en un relato mítico, solo comparable tal vez con la ostentación de México-Tenochtitlán en la hermana altiplanicie que en el Norte de nuestro continente no pudo defender Moctezuma. Río Magdalena, ser sin tiempo que jamás sufrirá de nostalgia ni envidiará a ningún otro río del mundo.

Pero lo erótico no reside nada más en las corrientes desmedidas ni en los océanos inconmensurables que desnudan, golpean con su mayor ímpetu, arrojan y sacuden a quienes les nadan. También está en las quebradas pequeñas y a veces incluso en la ausencia de los cauces. Después de pasar cabizbajo por la quebrada Ayurá, con su zurriago espanta perros en la mano, en compañía de don Benjamín, rumbo al Eje Cafetero, Fernando González pensó encontrar la conclusión de todo misticismo, decía: «después del coito el ser humano es un animal triste». La no consecución del anhelo, la interrupción y el fracaso de la seducción están dentro del juego. La Ayurá consiguió pasar a fundirse en las aguas del río Medellín, después del encuentro con lo divino, y el filósofo consiguió cruzar a la otra orilla.

«El corazón necesita ausencias para alimentar el deseo», pensó a propósito Gonzalo Arango, un discípulo suyo.

Y ya en las riberas del Otún una pájara pinta, Albalucía Ángel, escogió el exilio para pregonar por el mundo la necesidad propia y la de sus semejantes andariegas de construir otra realidad donde sí cupiera la verdadera libertad de las mujeres. Muy cerca de allí, en Santa Rosa de Cabal, tal vez mojando sus pies en la mansedumbre del río Campoalegre, Amílcar Osorio, quien moriría en una laguna de Jericó, Antioquia, iba a acompañar la fundación del Nadaísmo como un movimiento, un oleaje que reconociera por igual a todas las personas que se aman.

Este texto serpenteante desemboca así, querida gente ribereña de la revista Voices. Quisiera anclar en sus mentes la imagen de un mundo donde se entienda que lo erótico depende de la perspectiva de quien lo vivencie, mientras lo vivencie con su autonomía y donde ejerza su libertad. Un mundo donde entendamos las palabras de Jorge Manrique que cumplen ya cinco siglos:

«Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir»…

 

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