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Publicado el Carlos Andrés Almeyda Gómez

Del opio, las anfetaminas y otros “dioses del olvido”


La búsqueda del olvido. Richard Davenport-Hines. Turner, FCE. Madrid, 2003. 543 páginas.


Según se cuenta en La búsqueda del olvido –síntesis histórica de los avatares de la droga y sus facetas médicas, hedonistas, adictivas y comerciales– la musa “psicotrópica”que llevó al músico francés Hector Berlioz a bosquejar el conocido pasaje de su ópera Los troyanos, “Los dioses del olvido”, fue el efecto y las bendiciones del opio, enérgico benefactor de las artes y la medicina moderna, como se comprueba en este libro del historiador inglés Richard Davenport-Hines. En cierta medida, la demostración de los inconvenientes causados por el prohibicionismo y/o los desaciertos en la prescripción de fármacos, pudo dar vida –como en efecto lo hizo– a uno de los males y, a su vez, a uno de los más discutidos pilares del arte, la medicina, o los asuntos socio-económicos y políticos de nuestra historia moderna, así como a ciertas utopías generacionales perseguidas por la doble moral y el statu quo.

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Davenport-Hines –autor además de un importante ensayo sobre el poeta norteamericano Wystan Hugh Auden– revisa la un tanto reprobable experimentación médica, garante, inconscientemente o no, del abuso de aquellas drogas que terminaron por sumarse a la lista de los fármacos de acceso restringido o que fueron puestas bajo el mote delictivo de drogas ilegales. Trátese de la supresión de la cocaína como compuesto base de la mundialmente conocida Coca Cola, dado que aquel refresco poseía un agregado que provocaba, en teoría, la “violación de mujeres blancas por parte de la gente de color”, o de la implementación de fármacos de época que se iban sumando a las drogas peligrosas, el asunto en La búsqueda del olvido no se detiene en lo meramente conjetural, en lo legislativo.

De ahí que los pormenores de la farándula rockanrolera o el persuasivo ejercicio de sus efectos en la literatura y las artes en general lleven la lectura a otros terrenos y la vindiquen, lejos de la aparentemente acartonada condición de libro de historia, como un rara avis de culto para los ‘consumidores’ de estudios tan complejos como el llevado a cabo en este libro.

De la estética algo bizarra o subterránea que validaba el consumo, el quehacer de los clichés de rigor daba al arte y al hecho factible de la creciente adicción una nueva justificación, precisamente aquella por la cual a los consumidores que no eran puestos bajo vigilancia, o tenidos como parte de esa clase baja que reúne a psicópatas y depravados sexuales, se les “concedía un estatus aristocrático”, como a “las estrellas de rock, las modelos del momento o los poetas”.

Valga citar, a guisa de ejemplo, lo que el dramaturgo inglés Aphra Behn sentenciaba con algo de sátira, al hablar del opio y el láudano:

“Pequeño frasco que contiene en sus estrechos límites lo que el universo entero no podría comprar si fuese vendido en su justo precio”.

El principio está dado, escape o consumición. La individualidad como contraparte se enfrenta a esto, el conflicto, el ‘Yo’ del diccionario Oxford que recoge el verso de Thomas Traherne:

“A secret self I had enclos’d within” [“Un yo secreto albergaba yo dentro”].

Más tarde aparece Bacon, su extraña y algo maniática fórmula de la vida eterna: “sangre y aceites”, quizás linóleo, parafina, y luego Abraham Cowley sentenciando: “La vida es una enfermedad incurable”.

Una poeta, Anna Seward (1742- 1809), en la década de 1780, escribía en su “Soneto a la amapola” lo siguiente:

“Se yergue entre las hierbas la enferma enamorada; Sonríe con azoro, en tanto bate el viento Sus lazos brillantes manchados de polvo y lluvia”;

En seguida viene la confesión, frase puntual de una adinerada consumidora de época: “El opio es un amigo muy poco confiable”. Así como esos activistas que, en épocas de Federico II de Prusia guardaban, para su escape, “dieciocho píldoras de opio”, lo necesario para llevarlos hasta “el oscuro confín del que no se regresa”. Desde Montesquieu, para quien el vino es “el más temible regalo de la naturaleza”, el asunto de la caída y el olvido ha fijado el modelo, la estratagema en lo referente a las adicciones, dado que “la mente humana es la contradicción misma: disolutos y licenciosos, nos rebelamos furiosamente contra toda regla; y la ley, diseñada para hacernos más justos, generalmente sólo nos hace más culpables”. Davenport-Hines va tejiendo así en su poliforme estudio, la dualidad que se presenta frente a esos medicamentos “que, en suma, lo mismo corrompían que curaban” y trae a cuento a ilustres opiómanos como De Quincey, amigos de la mezcalina como Aldoux Huxley, de la cannabis como Balzac, de la cocaína como Freud, de las anfetaminas como Auden o los poetas beatnik norteamericanos, siempre embebidos de café, jazz y toda clase de pastillas.

Lejos de mostrarse apologético o de hacer juicios desde una postura ‘políticamente correcta’, La búsqueda del olvido resuelve, como libro de historia, un conflicto algo velado por el sesgo en lo que a narcotráfico y delincuencia respecta.

Por un lado, a Davenport-Hines no le interesa el exceso estadístico, el recurso lineal, el rótulo satanizador del Establecimiento, y por el otro es claro lo que aquí prevalece, lo psicológico, además de un paneo por la farmacopea en el arte y en otros asuntos del hombre contemporáneo.

El opio, como paradigma de las drogas aquí tratadas, tranquilizaba a los niños, ‘aplacaba’ diarreas, sometía pueblos y, entre sus múltiples y risibles usos, ayudaba a algunos, como a la poeta Elizabeth Barret, a “reconciliarse con sus tonterías”.

En Thomas de Quincey y su Confesiones de un comedor de opio, recala, según sir William Des Voeux, “el prejuicio ordinario de los ingleses contra el opio” dado que, ya en palabras de Davenport-Hines, aquellos “consumidores habituales de narcóticos rara vez encajan en la noción burguesa de la identidad humana como una cosa seria, estable, estática y continua, que requiere la afirmación de un yo interior verdadero y consciente como prueba de salud y de buena ciudadanía”.

A la par, el tema de los laboratorios farmacéuticos y sus avances en la obtención de alcaloides y compuestos específicos para su uso médico aclara de alguna forma el galimatías de las drogas que llegaron a ser objeto de restricción, así como el despropósito médico por el cual los errores en el recetario de entonces –o la excesiva prescripción médica que ayudó a algunos pacientes a graduarse de distribuidores ilegales– convirtieron a muchos pacientes en fieles adictos, desde inocentes prescripciones de morfina hasta licencias de sexo, opio y hachís, como las que el libro describe al hablar de Gustave Flaubert y su particular forma de inspiración literaria.

El efecto soporífero del opio pudo haber enarbolado parte de las tendencias evasivas que ayudaron a muchos a mitigar un dolor físico, pero, más que eso, se hace claro hasta dónde sustrajo también a otros de sus afecciones metafísicas, llevándolos al dulce mundo del abandono asistido. Así lo entendió Hector Berlioz, quien encontró en el opio el escape más contundente para sus frecuentes padecimientos:

“Vivo en un infierno; mi neuralgia no me da un instante de reposo. Todos los días a las nueve de la mañana tengo cólicos violentos que me duran hasta las dos o tres de la tarde; espasmos en el pecho; por la noche dolores en el cuello de la vejiga con redoblados espasmos. ¡Y una depresión como para oscurecer el sol naciente: Una repugnancia por todo!”.

Al igual que en sus usos terapéuticos y hedonistas, la droga tuvo, gracias a la aguja hipodérmica, otra excusa para proveer a sus usuarios de efectos casi inmediatos. Si no se recetaba como solución a intensos dolores o brotes imprevistos de psicopatías, se la empleaba para amainar impulsos sexuales o limitar los actos de conciencia en los individuos, tal y como lo consignara el médico berlinés Eduard Levinstein:

“En caso de presentarse el deseo de intercambio sexual en algún intervalo libre, lo eliminaban con una inyección de morfina”.

Por otro lado, aquellas víctimas y/o consumidores no sólo comprendían a aquellos miembros aislados de la sociedad que llegaban a ella por melancolía o enfermedad, también se contaban entre sus amigos a altos dignatarios del gobierno, las fuerzas armadas o a médicos que se volvían habitués gracias a sus propiedades anestésicas y a su fácil acceso. Los estereotipos en el uso y abuso de drogas hacen que La búsqueda del olvido nos lleve a explorar pasajes literarios y episodios sórdidos del jet set de cada época, esto es, desde el tedio de un jornalero sin más entretención que la de prodigarse frecuentes dosis de láudano, hasta las ‘exquisitas’ experiencias de Oscar Wilde y su amante lord Alfred Douglas con el hachís y una disoluta promiscuidad, “sexo con hermosos mancebos”, o, como ocurrió tras el auge de algunas sustancias psicoactivas, dando vida a numerosas logias de intelectuales y famosos interesados en la experimentación alucinógena:

“Un ejemplo de esto fue el consumo experimental –por parte de Louis Lewin en Alemania, Weir Mitchell en los Estados Unidos y diversas figuras literarias británicas asociadas con Havelock Ellis– del peyote, el pequeño cactus sin espinas que se encuentra en los desiertos de México y Texas y que contiene un alcaloide llamado mezcal que produce visiones”.

Davenport-Hines pone especial énfasis en las leyes que fueron regulando el consumo de drogas y por las cuales los habituales se convirtieron en delincuentes, todo como resultado de la etiqueta moral que los órganos de control norteamericano fueron imponiendo a su acceso. Igualmente, el asunto cruzó el umbral de la clandestinidad para enjuiciar públicamente la tenencia, prescripción y consumo de las drogas que se sumaban a las listas prohibidas, ayudada su satanización por “el oportunismo de los periodistas y de los autotitulados moralistas públicos con sus mentiras y distorsiones acerca de los efectos de las drogas, [infligiendo] daños incalculables al mundo occidental durante los siguientes ciento veinte años”.

En el álbum de la iatrogenia, el ‘naciente negocio’ de las drogas descubiertas arrojaba a su vez una gran cantidad de muertes por sobredosis y drogadictos espontáneos que sucumbían en abusos que, al no conseguir ya los efectos de las primeras dosis, pese a desarrollar tolerancia, optaban por ir a fármacos más fuertes o doblar las dosis de aquellos en un principio entregados por algún galeno o farmaceuta irresponsable. Desde el uso del hidrato de cloral –hecho posteriormente a un lado por las compañías farmacéuticas dado su bajo costo–, el arsénico o el nitrito de amilo, usado frecuentemente por Marcel Proust para prevenir sus repentinos ataques de asma, el prontuario de los fallecimientos a causa de prescripciones indebidas iba en alarmante aumento, como pudo comprobarse tras la muerte del comerciante James Maybrick, a quien los médicos suministraron gran cantidad de “medicamentos venenosos” que acabaron pronto con su frágil salud: “estricnina, arsénico, jaborandi, cáscara sagrada, belladona, morfina, ácido prústico, papaína, iridina y otras sustancias tóxicas”. Luego, hábitos como el éter, la inhalación del llamado “gas de la risa” –óxido nitroso– o el cloroformo, sacó a las drogas de la exclusiva supervisión médica y permitió, según lo confirma Davenport-Hines, que su adquisición no estuviese supeditada a las equivocaciones de la medicina. En los excesos y la excentricidad, las drogas también encontraron adeptos e hicieron lo propio, como dice Octave Mirbeau en Les vingt et un jours d’un neurasthénique por boca de un personaje cansado de la monotonía de la vida burguesa:

“Me gustan los tipos originales, los extravagantes, los impredecibles, aquellos a los que los psicólogos llaman degenerados”.

Por regla general, la interdicción en el flujo de las drogas aumentó la curiosidad de muchos, sea de aquellos obstinados amantes de lo ‘prohibido’ o en respuesta a una crisis de oferta y demanda que llamaba a producir y proveer a todos de su ‘paraíso artificial’, situación que se puede comprobar al revisar el aumento en el consumo de la cocaína, por ejemplo, tras la implantación de la ley Harrison y las subsiguientes regulaciones internacionales que iban siendo firmadas por órganos fundados exclusivamente para atender dichos asuntos.

Las infracciones, la satanización y el castigo de todos aquellos reunidos en torno a las drogas, fue agudizando el problema que más puede verse en la actualidad y que cierra la investigación de Davenport-Hines: el narcotráfico. De ahí que el tratamiento de la adicción empezaba a tener rasgos punitivos mientras que paralelamente los asuntos culturales brillaban por su frecuente relación con el mundo de las drogas, sobre todo las anfetaminas, la cocaína, el LSD y la heroína. Por cuenta de ese mismo flagelo, el tráfico de estupefacientes, algunos laboratorios y comerciantes, ávidos de tan rentable mercado, pudieron ver sus arcas colmadas y, como dato curioso y particular, muchos logros del arte llegaron a hacerse posibles gracias a su filantropía. Fue el caso de Paul Sacher y su esposa, la escultora Maja Hoffmann, mecenas de artistas de la talla de Georges Braque, Paul Klee o Marc Chagall; la misma pareja que auspiciara tiempo después y estando Sacher al frente de una importante compañía farmacéutica, un concierto de despedida junto a su amigo Mstislav Rostropóvich con nada menos que Ígor Stravinski y Pierre Boulez como asistentes ilustres. En el vademécum de las drogas ilícitas, pueden verse además aquellas llamadas drogas de diseño como la Ketamina, el GH, el PCP, el nitrito de butilo, la MDMA –y que además recibían, dada su clandestinidad, nombres como Quaaludes, Rave, Poppers o ‘polvo de ángel’–, así como gran variedad de derivados anfetamínicos, calmantes, antipsicóticos y benzodiacepinas, todo un menú de dioses del olvido para las fiestas y los mítines intelectuales.

Diane di PrimaVéase a Diane di Prima, poeta de Brooklyn, que a la par de Allen Ginsberg, Jack Kerouac y William Burroughs, solía proveerse de Speed, las adoradas anfetaminas que también le complicaron las cosas a cantantes como Janis Joplin, quien pasó del abuso de ellas a una segura y rápida muerte por heroína. De hecho, el vasto mundo artístico que ha girado hasta hoy día en torno a las drogas, creó, como lo corrobora el estudio de Davenport-Hines, una oleada de pastiches entre los jóvenes que se asomaban al rock o que parecían querer copiar a poetas malditos como Arthur Rimbaud o Charles Baudelaire. Casos concretos pueden verse en el apartado del libro que trata sustancias de moda como el LSD dentro del rock británico, o las jornadas de heroína y cannabis de los Rolling Stones que más de una vez le valieron a Mick Jagger redadas policiales en su casa de Sussex. Luego, canciones con referencias directas a las anfetaminas –“Mother´s little helper”(1) de los Stones–, al lsd –“Lucy in the sky with diamonds” de los Beatles– o a la cocaína y la heroína –como “White rabbit” de Jefferson Airplane o “Heroin” de Velvet Underground–. Finalmente, el problema de la guerra antidrogas y la enorme presión de los organismos de control en muchos países que de alguna manera han cargado con la culpa del creciente consumo (los países del Tercer Mundo, productores de gran parte de las drogas que se venden en potencias como los Estados Unidos), lleva a Davenport-Hines a varios exámenes sobre la validez y eficiencia de la figura de la prohibición y el control. Desde el nombramiento del primer zar antidrogas, Harry Anslinger, hasta las campañas guerreristas del presidente Richard Nixon con organismos como la DEA, se empezó a regular un problema que en sus manos cobró matices más dañinos y contraproducentes; lo que en un principio parecía tan sólo efecto de las carencias de la civilización terminó por convertirse irremediablemente en un problema de seguridad nacional, en un juego policíaco de vigilancia y castigo, tal y como lo confirma Philip Jennkins al referirse al puritanismo norteamericano:

“Ninguna de las agencias reguladoras acepta que el principal objetivo de una droga sea elevar el ánimo, proporcionar placer, intensificar el gozo sexual o perfeccionar la conciencia, al menos para las personas que funcionan normalmente (a diferencia de los depresivos clínicos). Si ninguno de estos aspectos resulta deseable o siquiera tolerable, entonces la menor prueba de daño primará automáticamente sobre los beneficios (supuestamente inexistentes) de un producto químico determinado, y éste caerá bajo los tabúes legales, tan intransigentes como los de cualquier religión”.

He ahí la verdadera enfermedad, el adversario del que alerta Davenport-Hines, además de ese otro monstruo silencioso, el que alienta la huída, la propia condición humana.

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(1) The pursuit of happiness just seems a bore. And if you take more of those. You will get an overdose. No more running for the shelter of a mother’s little helper. They just helped you on your way, through, your busy dying day. Mother’s little helper. The Rolling Stones.

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