Ese extraño oficio llamado Diplomacia

Publicado el Asociación Diplomática y Consular de Colombia

ELOGIO DE LA UNIDAD ASIMÉTRICA*

El expresidente de los Estados Unidos de América, Dwight David Eisenhower, pronunció hace más de sesenta años las siguientes palabras: “Ni un hombre sabio ni un hombre valiente se acuestan en las vías de la historia para esperar a que el tren del futuro pase sobre él”. Considerado el “general de la paz” tras llevar a las tropas aliadas a la victoria sobre el nazismo, el 34° huésped en propiedad de la Casa Blanca saltó a los libros de historia en un periodo en el que consiguió librar magnas batallas tanto en la segunda “Gran Guerra” como en la lucha contra la segregación racial y el reconocimiento de los derechos civiles.

Grandes mujeres y hombres son recordados hoy por sus posiciones firmes, aunque a veces contrarias al establishment, por sus contribuciones novedosas aún para tiempos conservadores o por su capacidad persuasiva para crear consensos o descongelar momentos de crisis con simples pero ingeniosas alternativas. Es así como podemos percatarnos de que la diplomacia le ha sido útil, no sólo a reconocidos diplomáticos, sino también a políticos y líderes que han perseguido estratégicas y convenientes alianzas en las que se logran explorar nuevos y gratos caminos para el entendimiento en medio de sensibles e insondables asimetrías.

No obstante, y aunque ya se ha discernido -no lo suficiente- sobre los vínculos de la diplomacia con la poesía, el cine, la cultura, el deporte, la educación, las lenguas, el comercio, la economía, el café, la sociedad civil, las migraciones, la paz, la política e incluso con la risa como “refinada muestra de civilización”, en esta oportunidad propongo que meditemos por unos minutos sobre el alcance que tiene el concepto de unidad en procesos variados e históricos determinantes y en la relevancia que ostentan las dinámicas de cohesión al interior de grupos humanos diferenciados, herramienta igual o más poderosa que la propia práctica diplomática. Todo lo anterior con el objetivo de crear consensos parciales, pero sustanciales, que permitan abrir puertas y ventanas hacia la construcción de identidades colectivas relativamente sostenibles. Para aterrizar el asunto un poco más, ¿nos sentimos identificados con las personas de nuestro entorno laboral? ¿Tenemos claros objetivos en común? ¿Hay algo más allá de la frívola arquitectura que nos mueva y cohesione nuestro proceder?

Pensamientos de todo tipo se nos vienen a la cabeza cuando nos cuestionamos al respecto. La mayoría afirmará cercanía con algunas personas, quizás por la creación de vínculos de amistad previos o incipientes, afinidad profesional o social, academias en común, conversaciones de camino a casa o encuentros de café o aromática o, por qué no, por el simple hecho de que somos seres humanos y nos caemos bien entre unos y no tanto entre otros -la subjetividad es más palpable de lo que solemos creer-. Esto es lo realmente fascinante de la diversidad. Por otro lado, se encuentran aquellas personas conscientes de su apertura universal, a quienes identifico como neutrales, bien sea porque naturalmente se la llevan bien con todos -a quienes se les conoce como easy going- o ya sea porque estratégicamente tienen una filosofía de vida friendly -a modo de costo/beneficio y más a largo que a corto plazo o ¿es que acaso vivimos la vida sin pensar en nuestro propio beneficio? -.

Ahora bien, aunque la unidad requiere de dicha subjetividad, los procesos de cohesión logran trascender de ella con la loable esperanza de erigir una identidad colectiva útil, la cual suele estar relacionada con un sistema de creencias -y no hablo necesariamente de las religiosas-. Es precisamente dicha identidad colectiva la que genera acciones colectivas, descritas por Alberto Melucci al abordar la sociología estadounidense como el resultado de tensiones que subvierten el equilibrio del sistema social y que son meramente reaccionarias, emocionales, conflictivas. Al mismo tiempo -continua Melucci- tendríamos que considerar que la identidad individual y social se enfrenta continuamente con la incertidumbre generada por el flujo permanente de información, con el hecho de que los individuos pertenecemos de forma simultánea a una pluralidad de sistemas -en los que destaco la estratificación crónica de nuestro país- y con la proliferación de distintos marcos de referencia espaciales y temporales, situación que conlleva a una necesaria pero delicada renegociación y restablecimiento de las identidades colectivas.

En este sentido, la continuidad de la acción es indispensable, aunque imposible sin la integración e interdependencia de los individuos y grupos que podrían generar tal identidad colectiva, es decir, la identificación y subsiguiente reconocimiento de que cada uno de nosotros tenemos orígenes medianamente o diametralmente distintos, pertenecemos a grupos que comparten ciertas particularidades y afinidades pero que, en últimas, nos debemos al Estado en cuanto servidores públicos y, por lo tanto, debemos trabajar unidos en torno a la obtención de objetivos comunes a favor de una política exterior pública y de Estado la cual, a su vez, promueva el progreso del país y beneficie a cada uno de los nacionales colombianos -de una u otra forma-.

Pese a lo anterior, hago un nuevo llamado a la reflexión: ¿son las tensiones, crisis, coyunturas o fenómenos de distinta índole un prerrequisito esencial para la creación de una identidad colectiva que genere acciones colectivas?, es decir, ¿necesitamos de un motivo excepcional que remueva nuestras emociones y logre unirnos en torno a algo que nos identifique como colectivo que trabaja para el fortalecimiento de la política exterior colombiana? O, por lo el contrario, ¿continuaremos en nuestro letargo de autosatisfacción anteponiendo el beneficio propio sobre el del Estado? Para intentar responder esta pregunta, hablaré de Durkheim, quien nos menciona la existencia de “estados de gran densidad moral”, de momentos de entusiasmo colectivo en los cuales el individuo se identifica con la sociedad y se eleva a un nivel superior de vida adhiriéndose a ideales generales, momentos en los que se dan las grandes transformaciones sociales.

En efecto, para Durkheim cuando un grupo se forma, se desprende de él “una vida moral” que contiene las condiciones particulares de las cuales se ha nutrido, “pues es imposible que los hombres vivan reunidos, sostengan un comercio regular, sin que adquieran el sentimiento del todo que forman con su unión”.

Por ejemplo, si bien el reinado de los Ch´in (Qin) fue de corta duración (221-206 a. C.), su idea de la unidad de los pueblos al interior de la muralla permaneció en el tiempo, aún en los períodos de desunión. De hecho, para autores como Goodrich no hay duda alguna de que el nombre de China sea uno de sus legados, además de la expansión de lo que hoy conocemos como la Gran Muralla, la unificación de un sistema de escritura y de los de pesos y medidas, así como la centralización de los feudos, la integración económica y la búsqueda de uniformidad cultural -aunque con métodos reprochables-. La dinastía Qin, y más adelante la dinastía Han (206 a.C.-9 d.C.), consolidaron el pensamiento confucianista en toda la población, del cual es importante mencionar que defiende, entre otros postulados, el elegir a los hombres sobre la base del mérito más que por su nacimiento. Aunque se dice que el confucianismo fue una ideología para la élite, ésta ha trascendido como una práctica filosófica aceptada y reproducida en Asia, y ha sido reconocida mundialmente como una milenaria y valiosa herencia china -variable sociocultural que contribuye a entender a China como una potencia mundial en términos humanos-.

Por otra parte, me resulta inevitable pensar en el proceso de integración europea más allá de la reconstrucción de esta región luego de la Segunda Guerra Mundial, de la unión aduanera o monetaria y de la desaparición de las fronteras imaginarias que los Estados defienden casi con un sentimiento profundo de alardeo soberano. Me refiero a la nacionalidad europea que implícitamente está garantizada por el derecho comunitario y que genera -en gran parte de la población de la Unión Europea- un sentimiento de unidad que logra ir más allá del concepto de nacionalidad y de las diferencias culturales y socioeconómicas -incluso notables- entre, por ejemplo, un ciudadano italiano a un ciudadano alemán o a un ciudadano letón. Este proceso de construcción se ha erigido sobre la representación de identidades distintas, pero con propósitos y beneficios en común, los cuales terminan produciéndose y reproduciéndose en torno a símbolos y acciones colectivas a favor de los ciudadanos europeos y, en muchas ocasiones, lideradas por entidades de derecho público supranacionales. Ejemplo de ello, podríamos resaltar desde el mismo proceso de elecciones libres y universales de los eurodiputados al Parlamento Europeo hasta el otorgamiento de generosas becas estudiantiles sustentadas en la libre circulación de personas a través del programa Region Action Scheme for the Mobility of University Students, más conocido como Erasmus.

En el otro extremo de esta breve reflexión casuística, los invito a recordar los atroces y extremos periodos de violación de derechos humanos en los campos de concentración nazi de Auschwitz, Mauthasen, Sachsenhausen y Ravensbrück, en los que se encontraban las más grandes agrupaciones de judíos; clases altas e intelectuales; opositores políticos, gitanos, homosexuales y testigos de Jehová; y, mujeres, respectivamente. Todos ellos eran prisioneros hermanados como resultado de la persecución genocida de una agrupación -a la vez unida en torno al nacionalismo exacerbado y ciego y en la que se promulgaban derechos superiores sobre la raza humana-, grupos de personas dominadas y reducidas a los mínimos de supervivencia humana quienes intentaban desesperadas acciones colectivas como respuesta a necesidades primarias, a veces inconscientes, y a la identificación de líderes que les imprimía cohesión y les reconfortaba como última esperanza de vida. En palabras de Freud, aquí se observa cómola relación madura y real de los objetos se sustituye en las masas con el proceso regresivo de identificación, en el cual el líder se convierte en super-yo y atomiza la dinámica colectiva”. La resistencia como acción colectiva y a la vez generada por una identidad colectiva y construida como resultado de abultas y extremísimas tensiones.

Según Melucci, dicho comportamiento colectivo tiende a reestructurar el componente perturbado por la tensión, eliminando la incertidumbre que la caracteriza, mediante una creencia generalizada que moviliza la acción hacia componentes más generales, que aquella sometida a la tensión, y en tal modo tiende a restablecer el equilibrio -o a conservar la esperanza de sobrevivir-. La solución del problema, continua Melucci, no se deja a los procesos sociales normales del nivel en cuestionamiento, que están ya institucionalizados -o impuestos, legal pero no legítimamente-; en vez de ello “se verifica un corto circuito, casi mágico, que ve la solución en un nexo instantáneo y resolutivo entre los componentes más generales de la acción y el rango específico en tensión”.

Estos procesos de tensión positivos y negativos me permiten regresar a la frase inicial de esta reflexión para cuestionarme sobre el verdadero propósito que debemos tener como colectivo, como un conjunto de servidores públicos y como miembros del capital humano encargado de contribuir a la ejecución de la política exterior colombiana, a la defensa del Estado mismo en todos sus componentes -incluyendo a la población directa o indirectamente beneficiada- y a la asistencia de miles de connacionales que viven en el exterior y que esperan y necesitan ayuda humana y de calidad, que tienen derecho a una mano amiga pero extendida por los mejores.

En este sentido y para finalizar, exhorto a que nos detengamos un último momento para repensar nuestro papel en la historia y en la sociedad colombiana como miembros de la administración que tienen la convicción de pertenecer -y permanecer- en ella. Aunque somos plenamente conscientes de que conformamos un colectivo nutrido por varios grupos de disímiles sectores socio-económicos, políticos, académicos, profesionales e ideológicos, con diversas visiones del mundo y del funcionamiento de lo público, con símbolos e identidades particulares e intereses privados inherentes al ser humano, con diferentes formas de contratación y por ende de contraprestaciones y roles al interior de esta nuestra casa, de la siempre eterna Cancillería de “San Carlos”, nunca debemos permitirnos -ni por un minuto- dejar de identificarnos con el fin último y común de nuestro trabajo diario: contribuir al desarrollo de nuestro país.

 

*David Alejandro Arias Parrado. Abogado, de la Universidad Industrial de Santander; Magíster en Asuntos Internacionales, de la Universidad Externado de Colombia; Magíster en Diplomacia y RR.II., de la Escuela Diplomática de España; Doctor en Ciencias Políticas y de la Administración y RR.II., de la Universidad Complutense de Madrid. Funcionario de la Carrera Diplomática y Consular en el rango de Tercer Secretario de Relaciones Exteriores. Actualmente, hace parte del grupo de Tratados de la Dirección de Asuntos Jurídicos Internacionales.

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