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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
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	<title>Blogs de suicidio | Blogs El Espectador</title>
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        <title>Elizabeth &amp;#8220;Lee&amp;#8221; Miller (1907-1977)</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/ella-es-la-historia/elizabeth-lee-miller-1907-1977/</link>
        <description><![CDATA[<p>Aventurera y desafiante, así podríamos definir a una mujer que no vaciló ante el peligro, y, antes bien, lo encaraba con la ferocidad de un soldado experto, no temiendo entrometerse en el lugar más prohibido. Su fascinación por rebelarse sería según parece una cuestión de temperamento. A los 7 años, embelesada con los trencitos de [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Aventurera y desafiante, así podríamos definir a una mujer que no vaciló ante el peligro, y, antes bien, lo encaraba con la ferocidad de un soldado experto, no temiendo entrometerse en el lugar más prohibido. Su fascinación por rebelarse sería según parece una cuestión de temperamento. A los 7 años, embelesada con los trencitos de juguete de su hermano, decidió escapar de la custodia de sus padres para comprobar con sus propios ojos cómo operaban los trenes de verdad, luego de lo cual sus padres tuvieron que rescatar a su extraviada pequeña en la estación ferroviaria. Elizabeth, más conocida como “Lee”, nació a las laderas del río Hudson, a unos 140 kilómetros de New York, en una familia que había heredado el interés por las manualidades y las artesanías. A su abuelo se le recuerda por haber enladrillado el centro educativo de artes, el Antioch College, colocando cada día un promedio de unos siete mil ladrillos. Su tío oficiaba como editor de <em>American Machinist, </em>una revista dedicada a la mecánica, y así también su padre, Theodore, de ascendencia alemana, y quien ostentaba un título en ingeniería mecánica y era un aficionado a la fotografía, además de un experto apasionado en el diseño de curiosos artilugios. De pensamiento liberal, el padre inculcó a sus hijos una vida sin mayores principios, siendo su ejemplo el de un hombre infiel y poco creyente en las religiones. Les decía: “Pueden hacer lo que les apetezca, siempre que no hagan daño a nadie.” Elizabeth creció en un entorno campestre, disfrutando con sus dos hermanos de la casita del árbol que su padre les había diseñado, imitando las técnicas de fotografía e intentando ella misma inventar nuevos e ingeniosos adminículos. Y aunque se confesara poco hábil para las manualidades, lo cierto es que Lee desde muy pequeña desestimaría las muñecas y el bordado y se vería cautivada y familiarizada con las cámaras y la fotografía. “No soy muy hábil con las manos. Soy buena con un destornillador, puedo desmontar una cámara. Pero, ¿coser un botón? Podría ponerme a gritar”, comentaría años más tarde. Su madre, Florence, temía que su hija era un poco “masculina” y que pudiera convertirse en un “chicazo”, siendo que ella quería precisamente a una muñeca, a una niña ejemplar, e incluso sería por ello que cortó el pelo de uno de sus hijos con el estilo de peinado clásico de mujer. Por su parte el padre respondió cortándole el cabello a Lee con un corte varonil. Aproximadamente a los 8 años, Lee quedó una tarde bajo el cuidado de un tipo cercano a la familia y que acabaría abusando sexualmente de la pequeña, contagiándola de gonorrea, y generándole un trauma del que según parece no se pudo reponer nunca. Desde entonces no dejó de sentirse sucia y solía bañarse varias veces al día, se convirtió en una niña irritable, avergonzada, temerosa, solitaria. Padecía ataques de ira en los que destrozaba sus pertenencias, y debido a su conducta rebelde, sería varias veces expulsada de la escuela. Lee recibió tratamiento psicológico, pero sería tal vez la práctica inusual de su padre lo que logró mitigar un poco la vergüenza de su hija, y explorar con libertad su propio cuerpo. Tan liberal era su padre, que utilizó a Lee como modelo para fotografiarla desnuda empleando la técnica estereoscópica, conservándose una de tantas fotos en la que podemos apreciar a la pequeña Lee posando sobre la nieve y vistiendo apenas su par de botas, mientras recoge sus brazos en un intento por apaciguar el frío. Tal vez estas experiencias de exposición lograron destrabar en parte los complejos de Lee, ayudarla a superar sus traumas, desnudar sus temores, y de paso revelar en ella su vocación predestinada: la de fotógrafa. Pese a lo inquietante que pueda parecer esta práctica con su hija, Theodore sería siempre para ella “el hombre más querido y en el que más confiaba”, confesó muchos años después. En adelante comenzaría un proceso de recuperación. Empezó a interactuar con otras niñas, se interesó por la cocina, el piano, la danza, y en general por el mundo de las artes escénicas. La fotografía pudo haberla salvado. A sus 10 años visitó el teatro con su madre, y fue entonces cuando entendió que lo suyo era el protagonismo, destacarse, ser reconocida, consagrarse como el centro de atención. A los 17 años mostraba un cierto descontento por su vida y confiesa haber tenido algunos pensamientos suicidas, pero justo coincidió con un viaje que la familia decide realizar por Europa. Sería en París donde Lee podría respirar el ambiente bohemio que tanto la sedujo por sentirse identificada. Disfrutó ver la cotidianidad de las prostitutas y quedó impregnada del ambiente artístico de la capital francesa, por lo que sus padres decidieron matricularla en una escuela de teatro, ya que lo de ella no parecía ser la academia formal. Pero poco tiempo después de iniciado el curso teatral, la joven Lee se dejó conquistar por el consumado mujeriego que era el director de la escuela, y una vez enterado del amorío, el padre mandaría traer de regreso a la díscola de su hija. Para 1927, a sus 20 años, ya Lee se había convertido en un mujerón de esas que impactan por su belleza. Alta y alargada, de un pelo rubio y abundante, de ojos vibrantes, claros y saltones, nariz ancha, arquetipo del ideal de los años veinte, y con ese rostro expresivo que cautivaría cualquier día a un hombre que, según la leyenda, la salvaría de sufrir un accidente de tránsito. “¿Te interesaría trabajar como modelo?” Fue lo que atinó a preguntar aquel ángel guardián, Condé Nast, y quien también fuera editor de <em>Vanity Fair </em>y de <em>New Yorker, </em>además del fundador de la prestigiosa revista <em>Vogue. </em>Ese mismo año Elizabeth Lee Miller aparecería en la portada de la revista <em>Vogue, </em>y durante los siguientes dos años su imagen sería una de las más cotizadas y requeridas por fotógrafos, publicistas y por todo el entorno del modelaje, trabajando junto a los más prestantes y reconocidos del gremio. Pero su carrera como modelo llegaría a su fin luego de que se valieran de su imagen para publicitar unas compresas para la higiene menstrual, lo cual era inédito en los medios propagandísticos, y por lo cual la modelo sería condenada como una desvergonzada. De cualquier forma Lee supo reponerse y emprender un nuevo rumbo, y esos caminos la llevarían de nuevo a mudarse a territorios galos, con el firme interés de hacerse conocer entre los artistas de vanguardia y especialmente dentro del movimiento surrealista. “Prefiero tomar una foto que ser fotografiada”, decía Lee, convencida de su propósito de convertirse en fotógrafa profesional. Corría el año de 1929 cuando la intrépida Lee se le presentó al afamado Man Ray en el cafetín <em>Le bateau ivre. </em>Así lo recuerda su protagonista: “En aquel tiempo estaba en París, así que me acerqué a él y le dije: ‘Hola, soy tu nueva alumna y aprendiz.’ Él respondió: ‘Yo no tengo alumnos ni aprendices.’ Y yo le dije: ‘Ahora sí.’” Ella tenía 24 años y él 40, y a partir de ese saludo el pintor haría parte de su vida a esa joven mujer por la que entonces abandonaría a su esposa. “Me marcho de vacaciones a Biarritz”, le dijo Man Ray. “Yo también”, le respondió su amante. Fue entonces cuando comenzó una relación en la que Miller serviría como fuente de inspiración artística: musa y pupila, el cuerpo y la imagen toda de Lee quedaría retratada en pinturas y en fotografías que hicieron parte de una obra de tinte surrealista. Se recuerda la foto que captura el <em>derriere </em>desnudo de la modelo y que tituló <em>La prière </em>(La que reza). Debido a una casualidad, Miller descubrió la técnica conocida como “solarización”, donde las zonas oscuras se revelan como zonas iluminadas y viceversa, con un borde luminoso que define las zonas de contraste, y que el afamado artista ayudaría a desarrollar, y aunque poco crédito le haya dado a su compañera. Lo cierto es que parte de la producción fotográfica atribuida a Ray, fue realmente el trabajo clandestino de Miller, y quien estaba más interesada en aprender de su mentor y darle un espacio para que éste pudiera dedicarse más tiempo a la pintura. Una vez logrado cierto renombre, Miller abre su propio estudio, y es a partir de entonces cuando empezará a codearse con los más célebres del momento, como es el caso de Dora Maar, Salvador Dalí, Joan Miró, Max Ernst, Pablo Picasso (quien la retrataría por lo menos siete veces), y también Jean Cocteau, quien apenas la conoció le propuso interpretara a una estatua que cobra vida en su película de 1930 titulada <em>La sangre de un poeta</em>. Lee pasa a formar parte del movimiento surrealista, y su propuesta es la fotografía de imágenes simbólicas e hilarantes y en donde solía valerse de la técnica de la “solarización”. En 1932 pone un punto final a su relación con Man Ray y regresa a New York para establecer un estudio junto a su hermano Erik. Para ese año la veremos exponiendo en la Galería Julien Levy de New York, y un año después realizará otra exposición en la misma galería, pero esta vez con una presentación en solitario. En 1934 contrajo matrimonio con el ingeniero egipcio Aziz Eloui Bey, a quien conoció cuando éste realizaba un viaje de negocios a New York, y por quien acabó dejando todas sus empresas y proyectos personales para mudarse junto a él a la ciudad de El Cairo. La consumada fotógrafa no desaprovecharía su tiempo para tirar una que otra fotografía del contexto social cairota, o para captar la esencia de un paisaje, como es el caso de la fotografía que sacó desde lo alto de una pirámide, y que pareciera una composición cubista a base de sombras; u otra foto que tomó cerca al desierto de Siwa, a la que tituló <em>Portraits of space, </em>y que inspiraría a René Magritte para su pintura <em>Le baiser. </em>Y aunque tendría la oportunidad de escandalizar un poco a la sociedad musulmana, siendo la única mujer que se permitía pasearse en las playas vistiendo diminutos trajes de baño, la vida apaciguada y cómoda que le brindaba Egipto acabaría por aburrirla, y necesitada de aventura, desafío y adrenalina, volvería a París, y para 1937 comenzaría un idilio con el coleccionista de arte, Roland Penrose. “Siempre he buscado una combinación utópica de libertad y seguridad y emocionalmente necesito estar completamente absorta en algún trabajo o en el hombre que amo”, diría Lee en su momento. En 1939 Miller intentó trabajar como fotógrafa de <em>Vogue, </em>pero apenas logró conseguir un puesto como asistente; sin embargo con el inicio de la Segunda Guerra Mundial algunos fotógrafos dedicados al oficio de la moda serían reclutados para disparar sus lentes hacia el frente de batalla, y en cuestión de pocos meses Elizabeth quedaría ocupando el cargo al que en un principio aspiraba. “Me parece que las mujeres tienen más probabilidades de éxito en la fotografía que los hombres… Las mujeres son más rápidas y más adaptables. Y creo que tienen una intuición que les ayuda a comprender las personalidades más rápido que los hombres”, dijo en su momento; y sí que sabría demostrar su punto, consagrándose como uno de los ojos más especiales del mundo de la fotografía. Sin embargo para 1942, y pese a la insistente desaprobación de sus familiares y amigos, contrariando a quienes se le oponían y en un desafío mortal, Lee acepta formar parte del London War Correspondents Corps y alistarse como fotoperiodista y corresponsal de guerra de la revista <em>Vogue, </em>en un cubrimiento del escenario bélico que la llevaría a batallar en distintos frentes. Se hizo a un uniforme diseñado a su medida en Savile Row y navegó el océano hasta dar con el Canal de la Mancha, para luego internarse en Francia y testimoniar con su cámara todo el horror de la guerra. Así, pues, la modelo se vistió de soldado y ofició durante años los estragos de la guerra, siendo una de las cuatro fotógrafas acreditadas por las fuerzas armadas estadounidenses. Si es cierto que para captar buenas fotografías el fotógrafo debería acercarse a su objetivo lo máximo posible, Lee conseguiría las mejores imágenes, ya que ubicaría su lente justo al frente de los cañones. Así sucedió en un episodio en el que la intrépida fotorreportera quedaría a merced de una confrontación armada, siendo ella la única en el terreno que contaba con el armamento peculiar de una simple cámara fotográfica. Así recuerda dicho suceso: “Era la única fotógrafa en kilómetros a la redonda y tenía una guerra para mí sola. Fue un impacto letal… Luego todo se lo tragó el humo… Me refugié en un puesto alemán, en cuclillas bajo las murallas. Mi talón pisó una mano inerte y arrancada y maldije a los alemanes por la sórdida y terrible destrucción que habían provocado en esta hermosa ciudad.” Al comienzo se le encomendó la discreta misión de fotografiar la cotidianidad de las mujeres abocadas al servicio de la guerra, pero con el paso de los días su interés se vio volcado hacia el lado más excitante del conflicto, testimoniando con sus fotografías la devastación luego de la Batalla de Alsacia, así como los destrozos provocados por el ataque <em>Blitz </em>de los alemanes. “Ser una buena fotorreportera es cuestión de arriesgarse y cortarlo detrás de ti”, decía. No se resistía ante el peligro, e incluso iba tras él, persiguiéndolo con sevicia. Y fue así como un mes después de que los aliados consiguieran reconquistar las playas de Normandía, Miller llegaría con la intensión de cubrir el trabajo de las enfermeras en el hospital de campaña en Omaha. Entonces no desaprovecharía el momento, y aunque le estuviera prohibido, la atrevida fotorreportera sería la única en conseguir hacer presencia en la liberación de Saint Melo, para dejar un registro de los horrores perpetrados por el uso indiscriminado de napalm, y por lo que sería enviada a prisión durante un par de días, para luego ser expulsada del primer frente de batalla. A pesar de esto, la escurridiza reportera se escabulliría de todo impedimento y acompañaría a los soldados aliados que acabarían retomando sus territorios en la Liberación de París, y de la cual nos dejó un registro icónico, gracias a la foto que capturó de una Torre Eiffel cubierta por el manto de la niebla, otorgándole un aspecto de dramatismo que bien podría simbolizar el emblema de una ciudad fantasmal. Para darle mayor profundidad a su trabajo, las fotografías de Lee vendrían acompañadas de la palabra, redactando ella misma los textos que explicaban el contexto de la imagen, ganando prestigio y reputación por la agudeza de sus descripciones y la manera sensible como lograba interrogar a los espectadores. Uno de los momentos que más parece haberla signado sería cuando fotografió a un soldado que había sido casi incinerado, y que estaba cubierto de cuerpo entero por los vendajes. El malherido le pidió en un gesto cómico y esperanzador que le tomara un retrato para ver “qué pinta tan graciosa tengo”, imponiendo el humor al dolor, y muriendo unas horas después. Sin embargo, Lee también se dio a la tarea de retratar imágenes más ligeras y que también daban cuenta del contexto social, como aquella foto que tituló <em>The way things are in Paris, </em>y en la que vemos a una joven aparcada junto a los escombros de un cafetín destrozado por los bombardeos; o las fotos de los secadores de una peluquería y que acompañaría con el siguiente texto: “De muchos reportajes publicados en Reino Unido podrías pensar que las parisinas han tenido todo lo que las inglesas anhelan, excepto pequeños detalles como la libertad y la seguridad.” La mirada con ese toque de experta en asuntos de moda estuvo siempre presente en sus composiciones, y a pesar de lo escabrosas que pudieran ser. El ojo artístico de Miller no se ausentó nunca al momento de captar lo más terrible del ser humano. Se decantaba más por destacar lo simbólico de cada imagen para dejar de lado el sensacionalismo amarillista, y de allí que sus fotos no sean una composición vacía, evidentemente cruel, para en cambio aportar una estética más representativa, y así mismo cruda, real, sujeta a la interpretación de un ojo periodístico y documental, o a la de un incauto espectador que quedará seducido por tratarse de una inconfundible pieza de arte. Varias de sus fotografías fueron expuestas en 1940 en la exhibición <em>Surrealismo hoy,</em> en la Galería Zwemmer de Londres, y un año más tarde sus fotografías participarían de la exposición <em>Gran Bretaña en guerra</em> en el Museo de Arte Moderno (MOMA) de New York. Se recuerdan fotografías como la del soldado caído que flota sobre las aguas marinas, o la que titularía <em>La capilla inconformista </em>y en la que se aprecia la imagen surrealista de una inverosímil iglesia consumida absolutamente por los impactos de las bombas. Una de sus fotos más celebradas sería la serie que tituló <em>Máscaras de fuego, </em>en la que se contemplan varios rostros cubiertos por máscaras antigás, y en ocasiones acompañadas por algunas muñecas que se vislumbran entre los escombros. Lee Miller también sería la primera en llegar a los campos de concentración de Buchenwald y Dasau en el momento en que fueran liberados por las tropas aliadas, dejando para la memoria histórica el registro del escenario siniestro que los nazis habían perpetrado al interior de estos macabros recintos. Miller asegura que el pueblo alemán no desconocía el horror que se vivía en los campos de concentración, y su denuncia tal cual lo temía fue también desconocida por la revista para la que trabajaba. “No suelo sacar fotografías de horrores. Pero no creo que aquí haya una ciudad o una zona que no estén repletas de ellos. Espero que en <em>Vogue </em>piensen que estas fotografías son publicables”, le confesaba la fotógrafa a uno de sus colegas por medio de un telegrama. Y en efecto <em>Vogue </em>no quiso comprometerse a publicar las fotos, pero no así sucedió con la revista <em>Vogue </em>americana, que no vaciló ante el escándalo que las fuertes imágenes pudieran ocasionar, y se limitó a publicarlas. “¡Créanselo!” Ese fue el texto que Miller redactó para acompañar las imágenes que aparecieron con el título de <em>Fotografías en los campos de concentración de Buchenwald y Dasau. </em>Pero por lo que sin duda será más recordada es por la mítica y retadora fotografía que <em>Vogue </em>publicaría con el siguiente texto:<em> El apartamento de Múnich de Hitler: Lee Miller, que recoge la historia, disfruta del baño de Hitler. </em>Como solía hacerlo, Miller consiguió salirse con la suya y disuadir a los soldados para que le permitieran acceder al interior de la vivienda donde moraba el líder máximo y protagonista de este lado de la guerra. “Durante años he llevado la dirección de Hitler en Múnich en el bolsillo y por fin he tenido la oportunidad de usarla. <em>Mein host was not home </em>(Pero mi anfitrión no estaba en casa). Tomé algunas fotos del lugar y dormí bastante bien en la cama de Hitler. Incluso me quité el polvo de Dachau en su bañera.” Estas fueron las confesiones de Miller luego de haber sido fotografiada tomando un baño en la bañera de Adolf Hitler, ubicada en el 16 de Prinzregentenplatz de Múnich. El encargado de fotografiarla fue su aliado y colega, el corresponsal de la revista <em>Life</em>, David E. Sherman, componiendo un cuadro sugestivo y de cualquier manera provocador. Ensuciando la alfombra, bajo la bañera, descansan un par de botas enlodadas, y que recogen el terruño de su paso reciente por Dachau. A un costado de la bañera, junto a la pasta de jabón, un retrato del <em>Führer </em>contempla el desafío de una mujer que nunca temió a nada y que gozó de ese baño como si se tratara de una venganza de limpieza. “Naturalmente, tomé fotos. ¿Qué se supone que debe hacer una chica cuando una batalla aterriza en su regazo?”, decía emocionada luego de su acto de rebeldía, y que curiosamente ocurrió ese mismo 30 de abril en el que Hitler se suicidaría en compañía de su esposa Eva Braun entre las cobardes paredes de un decadente búnker. En definitiva, tras sus experiencias de guerra, evidenciar que sus fotos permiten revelarnos lo que la autora tuvo que presenciar también con sus propios ojos. Miller sería testigo de los presos que rogaban cesaran las torturas, de las pilas de cadáveres que se amontonaban en los campos de concentración, niños famélicos, soldados con heridas de muerte, y todo tipo de ejecuciones que acabarían por hacer mella en su espíritu. Durante su estancia en Francia, Miller estuvo realizando una serie de autorretratos, y en los que paulatinamente podemos apreciar un deterioro en su rostro, en sus ojos cansinos, en su boca apagada y en sus labios resquebrajados, en su piel desgastada y en esa expresión atónita, desconcertada, ausente, sin brillo y melancólica, reflejo de un alma que pareciera desengañada del mundo. “Yo lucía como un ángel, pero por dentro era un demonio”, decía. Es así como después de la guerra la aventurera fotógrafa nunca más podría reponerse, y como si se tratara de un soldado a quien le costara retomar su condición de civil, Miller se refugió en el alcohol, y ya nunca más volvería a ser la misma. Una vez acabada la guerra viajaría a Viena para capturar las imágenes de huérfanos moribundos, y luego en Hungría retrató la vida campestre, y así también tomó fotografías de las ejecuciones de algunos integrantes del nazismo que habían sido castigados con la pena capital, siendo el más recordado el del líder del gobierno húngaro, el primer ministro Laszlo Bardossy. Pero es que lo que Lee parecía disfrutar y lo que la hacía sentir viva era creer que estaba siendo parte de una película de acción. Y es que ciertamente durante unos años así fue su cotidianidad, y era ella la protagonista de una trama acelerada y cargada de adrenalina y que no dejaría de extrañar. Nostálgica de guerra, Lee se recordaría a sí misma infundiendo respeto entre las tropas, hablando el mismo lenguaje soez del soldado, y experimentando un cambio en una voz que pasó de ser acaramelada para convertirse en el vozarrón autoritario de un general. La antigua modelo se había convertido en un soldado consumado. Convencida de su potencial e interesada en que todos se enteraran de sus capacidades artísticas, Miller continuó un tiempo más como fotógrafa, y a pesar de interesarse cada vez menos por el oficio y declinar de algunas propuestas de trabajo, la famosa fotorreportera no tenía reparos en reconocerse como un espécimen único en su especie: “No seré la única reportera en París, pero sí la única dama fotógrafa, a no ser que llegue otra en paracaídas.” En 1947 se divorcia de Aziz Eloui Bey y se casa con Roland Penrose, estableciéndose de nuevo en Inglaterra, y convirtiéndose a la edad de los 40 años en madre de un niño llamado Anthony, experimentando un estrés posparto que acabaría sumiéndola en episodios depresivos, así como ataques de ira provocados principalmente por las infidelidades de su marido. Lee confesaría que jamás pudo superar en definitiva el trastorno producido por la violación de la que fue víctima en su infancia, y esto sumado a su estrés de posguerra, a sus tendencias suicidas y al consumo excesivo de alcohol, y que sería lo que le impediría sobrellevar con tranquilidad sus restantes años de vida. “Perdida es una buena forma de describirla”, fue como lo expresó su nieta, Ami Bouhassane. Por su parte, su hijo la recuerda como a una ebria a la que poco veía, deslenguada, y desentendida en todo momento de su labor de madre, y a quien incluso miraba con cierta vergüenza. “Lee tenía problemas a la hora de querer a alguien”, comentó su hijo a <em>The New York Times. </em>En 1949 la familia se muda a Farley Farm House, en Sussex, y a partir de entonces la reconocida fotógrafa casi abandonará el oficio por el que será siempre recordada. Sus últimas fotografías profesionales datan de 1953, y para 1955 elige una selección de su trabajo que exhibe en el MOMA de New York con el título de <em>The family of man. </em>Con el pasar de los años sería su esposo quien iría cobrando prestancia y reconocimiento como artista de vanguardia, siendo incluso nombrado como caballero en 1966, lo que oficialmente convirtió a Elizabeth en Lady Penrose, y a lo cual ella se burlaba con su característica mordacidad, bautizándose a sí misma como “Lady Lee”. Sus últimos años los pasó en el mismo hogar, donde solía recibir a conocidos y amigos para celebrar tertulias en las que además participaba su esposo. En la cocina también encontraría un refugio. Tomó clases de gastronomía en el Cordon Bleu de París y compiló sus propias recetas en un libro que pretendió publicar, y que cien años después de su natalicio su nieta daría a conocer bajo el título de <em>Lee Miller: a life with food, friends, and recipes. </em>Finalmente, Elizabeth Lee Miller muere a la edad de los 70 años. Después de su muerte su hijo Anthony descubrió en el ático de su casa un material fotográfico que su madre quiso mantener siempre oculto, permitiéndole comprender mucho mejor quién fue esa madre de la que apenas si sabía un par de anécdotas, y hasta el punto de comenzar un estudio de su vida y obra, y que acabó siendo la más completa biografía sobre la fotorreportera: <em>Las vidas de Lee Miller</em><em>. </em>Un año antes de su muerte asiste como invitada de honor a los Encuentros Internacionales de Fotografía celebrados en Árles. <em>The New York Times </em>anunció su muerte y eligió nombrarla con el apodo que no merecía: “Lady Penrose”. Anthony, quien confiesa no haber llorado cuando murió su madre, dice haberse conmovido toda vez se enteraba de las andanzas de mamá, derivando en ese relato de vida que un diario neoyorquino reseñó como “una especie de canto de amor a la mujer que nunca llegó a conocer”, y entonces por fin lloró. “Me di cuenta de todo lo que me había perdido, tantas cosas que querría haber sabido de ella y haber entendido”, comenta Anthony, quien desde hace años transformó la antigua casa de sus padres (y en la cual él se crio) en un museo consagrado a la memoria de sus progenitores. Además de dictar toda clase de talleres, en la actualidad el museo mantiene una exposición permanente de algunas pinturas de Roland Penrose, un par de valijas que abandonaría Man Ray en algún descuido, azulejos pintados por la mano de Picasso, y algunas fotografías de nuestra protagonista. En 1989 se llevó a cabo una exposición ambulante que dio una gira por Estados Unidos y en la que se presentaba una colección de fotos de la aclamada Lee. En el 2012 varias de sus fotografías fueron incluidas en la décimo tercera edición de la Documenta de Kassel. La vida y obra de esta mujer de muchas vidas ha sido narrada a través de libros y relatos, y en los próximos meses se espera el estreno de la película <em>Lee, </em>protagonizada por Kate Winslet en el papel de Elizabeth, y acompañada por Jude Law y Marion Cottilard.</p>
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        <author>Milanas Baena</author>
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        <pubDate>Mon, 24 Jul 2023 07:22:21 +0000</pubDate>
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        <title>Cuarta cara al suicidio (4 de 4)</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/deloga-brusto/cuarta-cara-al-suicidio-4-4/</link>
        <description><![CDATA[<p>Parte cuatro (viene de la Parte Tres) En su libro El peligro de estar cuerda , Rosa Montero enlista algunos suicidas que recorrieron su vida con intensidad excesiva. Y propone una conclusión: quienes gozan y sufren la vida de manera intensa son más propicio a perder su capacidad de gestionarla. Muchos pasan del hedonismo al [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<h2>Parte cuatro</h2>
<p>(viene de la <a href="https://blogs.elespectador.com/actualidad/deloga-brusto/tercera-cara-al-suicidio-3-4">Parte Tres</a>)</p>
<p>En su libro <a href="https://www.buscalibre.com.co/libro-el-peligro-de-estar-cuerda/9786280002361/p/54141125?bmkt_source=google&amp;bmkt_campaign=878570393&amp;gclid=CjwKCAjw5dqgBhBNEiwA7PryaLmOWArmSQaxGfquQVxOyKUyHj9Zy8c1jtVCKtFgyHGjXDG5kSFxTRoCpFwQAvD_BwE"><em>El peligro de estar cuerda</em> , </a>Rosa Montero enlista algunos suicidas que recorrieron su vida con intensidad excesiva. Y propone una conclusión: quienes gozan y sufren la vida de manera intensa son más propicio a perder su capacidad de gestionarla. <span style="font-weight: 400">Muchos pasan del hedon</span><span style="font-weight: 400">ismo al sufrimiento insoportable, de extremo a extremo del péndulo de la existencia, cuyo impulso contrario al éxtasis es la fuerza inevitable de una muerte deseada. </span><span style="font-weight: 400">De cualquier manera, todos ellos evaden la inercia de la indiferencia con la que muchas veces saboteamos el pulso de nuestra existencia. </span></p>
<blockquote><p><em>El poeta dadaísta francés Jacques Rigaut, muerto por un disparo propio, escribía en &#8220;<a href="http://rigaut.blogspot.com/2019/">Todos les espejos llevan mi nombre</a>&#8220;, que &#8220;el suicidio y todas las corrupciones sólo nacen del tedio&#8221;.</em></p></blockquote>
<p>No se trata de una simple pregunta entre locura o cordura, sino de una posición en las temperaturas del universo, una certeza de que no se puede vivir sino desde una pasión particular y propia, sea ésta compuesta por brillos vigorizantes o por la completa oscuridad. Como Don Quijote (¿otro suicida?), que se entrega a la parsimonia y a la simpleza de Alfonso Quijano cuando por fin entiende que su condición de heroico Caballero Andante ya no tiene una segunda oportunidad sobre la tierra.  Sancho, que alguna vez asumió la voz de la aburridísima cordura, al final llora, no al hacendado pasivo y cuerdo, sino al héroe inolvidable de la Triste Figura:</p>
<blockquote><p>&#8220;No se muera vuestra merced, Señor mío (…) porque la mayor locura que pueda hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que la melancolía&#8221;.</p></blockquote>
<p>&nbsp;</p>
<figure id="attachment_93416" aria-describedby="caption-attachment-93416" style="width: 455px" class="wp-caption aligncenter"><img decoding="async" class="wp-image-93416 size-full" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/01/sanmcho-llora-a-quijote.jpg" alt="" width="455" height="533" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/01/sanmcho-llora-a-quijote.jpg 455w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/01/sanmcho-llora-a-quijote-128x150.jpg 128w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/01/sanmcho-llora-a-quijote-256x300.jpg 256w" sizes="(max-width: 455px) 100vw, 455px" /><figcaption id="caption-attachment-93416" class="wp-caption-text">Sancho Panza, ahora fiel escudero, llora a Don Quijote en la agonía de Alonso Quijano. Grabado de A.B Houghton de <a href="https://www.cervantesvirtual.com/portales/quijote_banco_imagenes_qbi/ficha_imagen/?id=6429">la Biblioteca Cervantes</a>.</figcaption></figure>
<p>&nbsp;</p>
<p>Un final grandilocuente puede ser la coherencia natural de una vida grandilocuente. Tendemos, y no se puede culpar a nadie por ello,  a ampliar el manto de tragedia sobre quien tomó la decisión de suicidarse hasta opacar una posible coherencia entre su última decisión y el fulgor de su vida. Y quizás resulte sano creer que en muchos casos no había otra opción, que no se trataba de evitarlo, sino de encontrar el momento exacto de una conjunción precisa.</p>
<p>Porque existen predisposiciones, esquemas mentales irreversibles, formas en las que el cableado neuronal se teje para no poder escapar de la idea de aniquilarse. Una <a href="https://www.researchgate.net/publication/350166791_Implication_of_cerebral_astrocytes_in_major_depression_A_review_of_fine_neuroanatomical_evidence_in_humans">investigación</a> reciente de Liam O’Leary y Naguib Mechawar de McGill University de Montreal encontró en la mayoría de cerebros de suicidas menores densidades de astrocitos (las neuronas encargadas, entre otras, de limpiar los desechos del cerebro) en comparación con cerebros sanos. También se encontraron en estos cerebros disminuciones similares en la corteza prefrontal, el núcleo caudado (que ayuda a controlar el comportamiento dirigido a objetivos) y el tálamo (que pasa información sensorial información a la corteza). Si existe una predisposición cerebral, seguramente también la hay en el plano emocional.</p>
<blockquote><p>El amor trágico es otra forma de destino inevitable. No existe el Amor Absoluto, solo actos de amor absoluto que lo hagan real.</p></blockquote>
<p>Así lo veían cientos de amantes que en la década de 1930 decidían subir el Monte Mihara en Japón y se arrojaban a la boca del volcán activo. Y es que el suicidio (sobre todo cuando tiene carga dramática) también es contagioso. De acuerdo a algunos reportes entre 1936 y 1937 más de 1500 personas murieron fusionándose con la lava. Muchas de ellas lo hicieron en pareja en un último gesto de unión que se dio a conocer como <em><a href="https://en.wikipedia.org/wiki/Shinj%C5%AB">shinjuu</a>, </em>palabra tomada de <a href="https://www.britannica.com/topic/The-Love-Suicides-at-Amijima">una obra</a> de teatro para títeres del siglo XVI. Las autoridades decidieron cercar el borde el volcán, instalar guardias constantes y criminalizar la compra de tiquetes de ferry de trayecto único. Japón, imperio de rituales, no podía escapar de ninguna reflexión sobre misterios y encantos oscuros.</p>
<p>La primera persona de la que se tiene noticia de haberse arrojado por la boca del volcán se llamaba Kiyoko Matsumoto, una estudiante de 21 años que sostenía una relación con su compañera Tomita Masako, a pesar de que el amor entre personas del mismo género estaba severamente prohibido. Decidieron viajar juntas al volcán el 12 de febrero de 1933, pero solo Kiyoko se dejó caer. En su carta de despedida, divulgada por Tomita poco después, como si se tratara de un manifiesto, escribió:</p>
<blockquote><p>&#8220;Amada mía: estoy desconcertada por las incertidumbres de maduración femenina. No soporto más. ¿Qué puedo hacer? Me arrojaré a un volcán&#8221;.</p></blockquote>
<p>Para entonces, ya el suicidio de mujeres resultaba frecuente en Japón.  Iniciativas como las de <a href="https://en.wikipedia.org/wiki/Nobu_Jo">Nobu Jo</a>, con sus <a href="https://news.google.com/newspapers?nid=1734&amp;dat=19310928&amp;id=rNEbAAAAIBAJ&amp;sjid=AVEEAAAAIBAJ&amp;pg=6737,3961664">hogares de paso</a> que brindaban asistencia a las mujeres severamente deprimidas, fueron desplegadas en varias partes del país, sobre todo en áreas rurales. Muchas personas fueron trasladas de manera clandestina a ciudades, pues allí tenían mayores oportunidades de encontrar educación o trabajo y de encontrar parejas.  Pero poco escapa del sino trágico en una cultura que busca la trascendencia en todas sus capas.</p>
<figure id="attachment_93417" aria-describedby="caption-attachment-93417" style="width: 265px" class="wp-caption aligncenter"><img decoding="async" class="wp-image-93417 size-full" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/01/NobuJoSignboard.jpg" alt="" width="265" height="433" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/01/NobuJoSignboard.jpg 265w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/01/NobuJoSignboard-92x150.jpg 92w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/01/NobuJoSignboard-184x300.jpg 184w" sizes="(max-width: 265px) 100vw, 265px" /><figcaption id="caption-attachment-93417" class="wp-caption-text">Los letreros de las campañas de Nobu Jo se solían desplegar en los lugares que las suicidas frecuentaban como rieles, puentes y terrazas de edificios.</figcaption></figure>
<p>Dice Marc Caelles que el suicidio también es un acto de exhibicionismo. Un manifiesto con vocación teatral. La expresión más estruendosa y dramática que alguien pueda dar. También por eso tantos suicidas escogen sitios públicos para hacerlo (puentes, edificios, torres, hoteles bien equipados, etc). Los suicidas saben que su último acto será registrado. Y muchos intuyen que si hay una buena antesala, más vistoso va a ser el cierre.</p>
<p>En 1924 un hombre sombrío se paseaba por los barrios más cuestionados de Tokyo. Prostitutas y maleantes lo veían pasar con recelo. Su rostro, completamente cubierto de polvo blanco, no lograba ocultar del todo su identidad. Algunas lo reconocían como cliente habitual, pero no se atrevían a pasar con él ninguna noche por su aspecto fantasmal.</p>
<p>Ryūnosuke Akutagawa había sido apodado &#8220;Ryūnosuke&#8221; o <i>hijo del dragón</i> por haber nacido el primer día del año de ese animal mitológico. A sus 32 años ya se le consideraba el padre del cuento japonés, pues había escrito piezas tan importantes como &#8220;Rashomon&#8221;, años después <a href="https://www.youtube.com/watch?v=xCZ9TguVOIA">adaptado para cine</a> por Akira Kurosawa. Era celebrado como un autor que era capaz de fusionar la entonces aún críptica cosmogonía del Sol Naciente con el mundo occidental.</p>
<p>Su cuidadoso maquillaje blanco tenía un objetivo central: que quienes lo conocían tuvieran una antesala de su muerte. En julio de ese año, Akutagawa ingirió una calculada dosis de veronal que lo mató en segundos, pero que no fue suficiente para desfigurarlo o para hacerlo ver menos bello. Desde entonces, fue común ver a jóvenes parejas paseando sus caras blancas por pasillos de universidades y calles de las ciudades, concubinas descubiertas en sus amoríos con hombres de alta sociedad maquillándose antes de perderse para siempre, como última expresión de despecho.</p>
<p>La vida no tiene otra dirección que la eventual separación de todo, la entropía desligará todo hasta el silencio y la distancia. ¿Vale creer, como lo sugieren aquellos <a href="https://www.smithsonianmag.com/smart-news/1500-year-old-chinese-skeletons-found-locked-embrace-180978509/">dos esqueletos abrazados, </a>descubiertos hace poco por el profesor Qian Wang y el Instituto Provincial de Arqueología de Shaanxi, que el amor puede ser un remedio contra el vacío?</p>
<p>&#8220;Ningún hombre ni ningún destino pueden compararse a otro hombre o a otro destino&#8221;, escribió Viktor Frankl en &#8220;El hombre en búsqueda de sentido&#8221;, pero las personas que me han servido para redactar este texto comparten un mismo pabellón dentro de las voces que me han enseñado. Al abrazar de manera voluntaria la muerte, me dejan sobre todo un mensaje sobre la vida.</p>
<p>Sin que importe el medio o la escena que eligieron, los suicidas me han hablado más sobre lo que necesita ser vivido que sobre lo que podemos esperar de la muerte. A veces su último gesto ha sido confuso, otras veces muy claro, la mayoría críptico. Han buscado redención o venganza contra fantasmas propios y ajenos. Han elegido actos sublimes o impulsos desesperados. De cualquier manera me han resultado inspiradores.</p>
<blockquote><p><em>Nada del suicidio es fácil: ni siquiera hablar desde la posición del duelo lejano, afectado por uno de los aros amplios de su epicentro de tristeza y desconcierto. </em></p>
<p><em><strong>Pero hay que intentarlo.</strong> </em></p></blockquote>
<p>Hace algunos días alguien cercano se quitó la vida. Sin él no hubiera llegado a este texto, sino posiblemente a uno más estructurado y frío. El presente me angustia y me calma al mismo tiempo. Como la vida misma: cruza emociones, contra el viento algunas veces y aprovechando su impulso otras. Me moldea frente a un tema que me ha rondado con el paso de los días. A lo mejor sea esta una fuerza que me sorprenda hasta detenerme algún día, lejano o cercano,  habiendo percibido el puerto final o no. Habiéndolo adelantado o no.</p>
<p>No conozco a nadie que sostenga que la vida nos prepara para la muerte. Al contrario: las personas que me rodean insisten en aplazarla  a toda costa, bien sea con sesiones de gimnasio y visitas cada vez más frecuentes a los consultorios o en salones donde las sustancias aturdidoras y la alegría (muchas veces con demasiado maquillaje) tratan de hacernos olvidar que el barco que nos lleva se hundirá de todas maneras. Si se habla de calidad de vida también deberíamos hablar de calidad de muerte. Sin pasiones, sin morales alquiladas.</p>
<p>Cerrando esta serie siento que la muerte puede enseñarnos a vivir. A lo mejor, si una persona que contempla suicidarse se toma el tiempo y reflexiona sobre esta decisión antes de realizarla, decide aplazarla.  Quizás si alguien escoge un ejercicio de reflexión (como el de estas entregas) logre encontrar una razón apasionante en su cabeza y decida que sin la vida esta reflexión dejará de nutrirle.  Pensar en el suicidio (más allá del morbo, más allá del dolor) es una cuestión apasionante, incluso la han llamado &#8220;el único problema serio de la vida&#8221;. Ese alguien que contempla suicidarse se perdería este debate si se mata.</p>
<p>Durante estas charlas con la muerte yo mismo he pasado noches enteras escribiendo <strong>sobre el suicidio</strong>, mas no <strong>en suicidarme</strong>. Por primera vez, la muerte ha sido mi cálida interlocutora, no algo que me amenaza.</p>
<p>Desde las incertidumbres que aún me abruman y que aún me impulsan quiero honrar por última vez a ese muerto porque ahora él también enriquece todos los veranos que me hacen invencible y le da fuerza reparadora a los inviernos que me esperan para dormir, tarde o temprano, esta intensidad que también me palpita.</p>
<p>Ojalá hasta siempre, JM. Y gracias.</p>
]]></content:encoded>
        <author>Robert Max Steenkist</author>
                    <category>DELOGA BRUSTO</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=93438</guid>
        <pubDate>Thu, 23 Mar 2023 16:16:34 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/04/DefaultPostImage-2.jpg" type="image/jpeg">
                <media:description type="plain"><![CDATA[Cuarta cara al suicidio (4 de 4)]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Robert Max Steenkist</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>Tercera cara al suicidio (3 de 4)</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/deloga-brusto/tercera-cara-al-suicidio-3-4/</link>
        <description><![CDATA[<p>Parte tres (viene de la Parte dos) Las cartas de despedida son quizás la muestra más clara de que quien las escribe no le tiene miedo a la muerte. La ha calculado. La deja venir desde la distancia, como el bañista que se ajusta el traje antes de nadar hacia la cresta del tsunami. El [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<h2>Parte tres</h2>
<p>(viene de la <a href="https://blogs.elespectador.com/actualidad/deloga-brusto/suicidio-2-4">Parte dos)</a></p>
<p>Las cartas de despedida son quizás la muestra más clara de que quien las escribe no le tiene miedo a la muerte. La ha calculado. La deja venir desde la distancia, como el bañista que se ajusta el traje antes de nadar hacia la cresta del tsunami. El que escribe una carta de suicida recibe la muerte con la frente en alto, así sea desde la esquina herida del que ya no puede alzar los guantes.</p>
<p>Solo un 30% de los suicidas escribe a alguien antes de irse para siempre. <a href="https://www.instagram.com/marccaellas/?hl=en">Marc Caellas</a> ha escrito bien y a profundidad sobre las cartas más impresionantes y legendarias.</p>
<p>Ni siquiera en su inventario extenso y cuidadoso abundan las que revelan una reflexión sobre el momento inmediatamente después de que cesa la vida. Acaso sucede porque lo que guía al suicida (con mayor o menor sufrimiento) es la certeza de que con el punto final de nota llega también el final del libro de su vida. No existen suicidas que crean que con la realización de su última voluntad van derecho a la perdición eterna. Nadie se suicida para seguir sufriendo.</p>
<h3>Para el suicida, como para tantos que elegimos la vida, no es la fé en un futuro paradisíaco o de condena lo que define nuestros actos, sino una realización en el presente que nos afirma y nos reta.</h3>
<p>El legendario y turbado músico Kurt Cobain (1967-1994) escribió su última nota a un amigo imaginario, Boddah. El papel parece desgarrado, el contenido es furibundo hacia él mismo y angustioso para los demás, las letras parecen cruzadas por una inseguridad.</p>
<p>&#8220;<em>Esta nota debería ser muy fácil de entender (&#8230;) Ya hace demasiado tiempo que no me emociono ni escuchando ni creando música, ni tampoco escribiéndola, ni siquiera haciendo rock&#8217;n&#8217;roll.  Me siento increíblemente culpable (&#8230;) Simular que me lo estoy pasando el 100% bien sería el peor crimen que me pudiese imaginar (&#8230;) ¿Por qué no puedo disfrutar? ¡No lo sé! Tengo una mujer divina, llena de ambición y comprensión, y una hija que me recuerda mucho como había sido yo&#8221;.</em></p>
<p>Como lo muestra la carta, Cobain fue consciente de que en el presente tenía todo lo que miles personas ansían para su futuro: una carrera exitosa como ícono del género <a href="https://www.youtube.com/watch?v=8--P4o2xVOM">grunge</a>, una familia que lo amaba, fortuna, talento&#8230;pero nada logró alejarlo del desconsuelo total, de un tedio asfixiante.  Si bien fue alabado por los críticos, endiosado por seguidores de todas las edades y aplaudido en los escenarios de mundo, en su interior creció una inconformidad que nubló todas las satisfacciones. En algún lugar de la segunda novela de la serie de aventuras de &#8220;El Capitán Alatriste&#8221; el protagonista dice: &#8220;<em>Un hombre cabal puede elegir el momento de su muerte, pero nadie puede escoger lo que recuerda</em>&#8221; o algo así.</p>
<p><img loading="lazy" decoding="async" class="aligncenter size-large wp-image-93415" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/01/23c16067f0c74f7f08ac301c1df21b54-542x1024.jpg" alt="" width="542" height="1024" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/01/23c16067f0c74f7f08ac301c1df21b54-542x1024.jpg 542w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/01/23c16067f0c74f7f08ac301c1df21b54-79x150.jpg 79w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/01/23c16067f0c74f7f08ac301c1df21b54-159x300.jpg 159w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/01/23c16067f0c74f7f08ac301c1df21b54.jpg 564w" sizes="auto, (max-width: 542px) 100vw, 542px" /></p>
<p>El movimiento del grunge nació a finales de década de 1980 y significó un giro del rock, que a ese punto había sido domesticado por peinados elaboradísimos, vestimentas pomposas, espectáculos llenos de luces y extravagancias. Al contrario de los estadios preparados para miles de fanáticos maquillados, los escenarios del grunge en un principio apenas estaban adecuados con tarimas subterráneas, sonido caseros y luces improvisadas. Allí se juntaron pálpitos del punk, estridencias de guitarras setenteras, distorsiones reacias y el vigor de otros géneros que encajaron mejor en los sótanos de la rebeldía que los taquilleros espectáculos del glam.</p>
<p>La vena principal del grunge fue la rabia. La introspección y la angustia formaron sus letras, así como el sentirse a la deriva, las relaciones tóxicas de padres despertados a golpes del sueño americano, una vida monótona en ciudades paralizadas&#8230; En vez de una provocación política o un activismo musicalizado, este género sirvió de expresión a almas solitarias que prefirieron irse de frente contra el mundo desde una coherencia solitaria, sin importar lo complejos o contradictorios que pudieran parecer.</p>
<blockquote>
<h3><b><em>&#8220;Prefiero ser odiado por lo que soy que ser amado por lo que no soy&#8221;, afirmaba Kurt Cobain. </em></b></h3>
</blockquote>
<p>Algunos músicos de la época supieron desde el principio que Nirvana estaba tres o cuatro pasos adelante de los grupos de su época. Ya había tras disqueras y productores solidificando un movimiento, pero el álbum insignia de la banda titulado &#8220;<a href="https://www.nirvana.com/album/nevermind/">Nevermind</a>&#8221;  consolidó el centro gravitacional del género. Su variedad musical (desde el hardcore-punk hasta baladas acústicas), sus letras marcadas por la ironía, la oscuridad y la incómodad despertada al <em>mainstream</em>, lograron que se convirtiera en una especie de estandarte entre quienes apenas <a href="https://www.youtube.com/watch?v=hTWKbfoikeg">entraban en una adultez</a> que les ofrecía muy poco. Llevó a que, en solo cuatro meses, se vendieran más de 300 mil copias a la semana.</p>
<p>Eddie Vedder, vocalista y uno de los guitarristas de Pearl Jam, sostiene que en la congestionada escena de Seattle &#8220;todos tenían una copia y que era imposible zafarte de las canciones&#8221;. A 1999 este disco había vendido más de 30 millones de copias físicas, sin contar las descargas y las reproducciones en plataformas digitales desde entonces.</p>
<p>Existen <a href="https://www.lavanguardia.com/cultura/20210513/7450787/fbi-desclasifica-informe-muerte-kurt-cobain.html">teorías</a> que ponen un asesinato dentro de las posibilidades de la muerte de Cobain; pierden cualquier solidez cuando consideramos que el disparo a su propia cabeza fue precedido por al menos un plan previo para quitarse la vida. Un mes antes, en una gira por Italia, tomó unas cincuenta pastillas de Rohypnol y quedó inconsciente por unas 20 horas. Y, a pesar de la alarma y el dolor que despertó este intento fallido, todo parecía responder a un desconsuelo imparable que ya había dado ciertos signos de su determinación: &#8220;Una paz total después de la muerte, llegar a ser otra persona es la esperanza más alta que tengo&#8221;, decía.</p>
<figure id="attachment_93412" aria-describedby="caption-attachment-93412" style="width: 540px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" class="size-full wp-image-93412" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/01/carta-suicidio-kurt-cobain.jpg" alt="" width="540" height="720" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/01/carta-suicidio-kurt-cobain.jpg 540w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/01/carta-suicidio-kurt-cobain-113x150.jpg 113w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/01/carta-suicidio-kurt-cobain-225x300.jpg 225w" sizes="auto, (max-width: 540px) 100vw, 540px" /><figcaption id="caption-attachment-93412" class="wp-caption-text">Carta de despedida de Kurt Cobain, 5 de abril de 1994.</figcaption></figure>
<p>El desconsuelo: un valor de esa generación. De acuerdo a <a href="https://faroutmagazine.co.uk/author/tomtaylor/">Tom Taylor</a>, la juventud de la década de 1990 presentó una particular relación con la banda porque la lógica de las urbes en expansión, sin una comunicación tan eficiente como la de hoy en día, aislaba a los individuos, sin opciones para la clase media. La música de este grupo y otros similares tuvo una mayor recepción entre hombres blancos de edad media que habían sufrido una educados pobre y que vivían en centros urbanos ajenos a los booms económicos de malls y condominios autosuficentes, muy golpeados por las recesiones y las crisis sociales. Esta misma población fue la que <a href="https://www.economist.com/leaders/2018/11/24/why-suicide-is-falling-around-the-world-and-how-to-bring-it-down-more">registró una mayor alza de suicidios</a> pocos años después.</p>
<blockquote><p><em>Alarma: en crisis anteriores, como la del 2008, se presentó un incremento de por lo menos 10,000 suicidios en Estados Unidos y en algunos países de Europa. </em></p></blockquote>
<p>Nirvana (y muchos grupos de grunge) les daba <a href="https://www.youtube.com/watch?v=GtBhclCigH0">una salida a una existencia plana</a>, un sentido de comunidad. Quizás no consuelo, pero si una razón colectiva para no sufrir en soledad el hundimiento en la mediocridad que percibían.  Estas bandas gritaron en nombre de quienes creen que se necesita la discontinuidad para vivir. Le dieron voz a los turbados, visibilidad a los que en su intimidad no estaban bien, a los que elegían guardarse para no hacerle daño a su entornos o a si mismos. Un grupo humano compuesto por soledades. Su canción &#8220;<a href="https://www.youtube.com/watch?v=pkcJEvMcnEg">Lithium</a>&#8221; empezaba:</p>
<h3></h3>
<h3>“I’m so happy ’cause today I found my friends, they’re in my head”</h3>
<p>&nbsp;</p>
<p>Para muchos críticos el año 1994 significó el año en el que un músico se quitó la vida y con esto cerraba el último rock. Desde entonces, dicen, la senda que venía recorriendo esta música se entregó completamente a la facilidad del pop y a la industria y dejó de darle voz a los fantasmas de las edades que sienten que con las luces apagadas todo es menos peligroso.</p>
<figure id="attachment_93413" aria-describedby="caption-attachment-93413" style="width: 1200px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-93413 size-full" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/01/nirvana_taking_punk_to_the_masses.jpg" alt="" width="1200" height="802" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/01/nirvana_taking_punk_to_the_masses.jpg 1200w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/01/nirvana_taking_punk_to_the_masses-150x100.jpg 150w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/01/nirvana_taking_punk_to_the_masses-300x201.jpg 300w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/01/nirvana_taking_punk_to_the_masses-768x513.jpg 768w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/01/nirvana_taking_punk_to_the_masses-1024x684.jpg 1024w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption id="caption-attachment-93413" class="wp-caption-text">Concierto de Nirvana, como lo muestran en el  <a href="https://www.mopop.org/exhibitions-plus-events/exhibitions/nirvana-taking-punk-to-the-masses/">Museum for the Pop Culture de Seattle.</a></figcaption></figure>
<p>Muchas otras letras de Kurt Cobain hablan desde rincones viscerales y desesperados.  No disimulan su imperfección o su posible incursión en la cursilería del amor o de la desolación. Parecen saberse valiosas porque generan brillo al desplomarse. &#8220;Its better to burn out than fade away&#8221; es una frase de <a href="https://www.youtube.com/watch?v=LQ123T3zD2k">una canción de Neil Young</a> que Cobain usó en su carta de despedida. Es la voz ronca de quien prefiere extinguirse como un meteoro en vez de apagarse como una vela lenta que se entrega a la pasividad y al aire que no cesa, pero que tampoco avanza.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<h2></h2>
]]></content:encoded>
        <author>Robert Max Steenkist</author>
                    <category>DELOGA BRUSTO</category>
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        <pubDate>Tue, 21 Feb 2023 11:10:17 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Tercera cara al suicidio (3 de 4)]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Robert Max Steenkist</media:credit>
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        <item>
        <title>Segunda cara al suicidio (2 de 4)</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/deloga-brusto/suicidio-2-4/</link>
        <description><![CDATA[<p>PARTE DOS (viene de la Primera cara al suicidio) Todo suicidio tiene algo de tormenta perfecta. Coinciden en un día preciso, en un momento exacto, el pico de una tristeza invencible y una jornada laboral particularmente frustrante; la entrega decidida a su propia muerte y el silencio de una voz que ese día sencillamente no [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<h2>PARTE DOS</h2>
<p>(viene de la <a href="https://blogs.elespectador.com/actualidad/deloga-brusto/primera-cara-del-suicidio-1-4">Primera cara al suicidio</a>)</p>
<p><span style="font-weight: 400">Todo suicidio tiene algo de tormenta perfecta. Coinciden en un día preciso, en un momento exacto, el pico de una tristeza invencible y una jornada laboral particularmente frustrante; la entrega decidida a su propia muerte y el silencio de una voz que ese día sencillamente no contestó; la desesperanza absoluta y una noticia que resulta detonante para el pesimismo definitivo; el desamor y un puente que nadie salió a vigilar.  Un día, todo puede estar bien; el otro todo puede colapsar. </span>&#8220;¡Qué bella es la salud/ un día antes de la muerte!&#8221;, escribió Cesar Dávila Andrade en un poema titulado Hospital. El poeta ecuatoriano también se quitó la vida el 2 de mayo de 1967.</p>
<p><span style="font-weight: 400">A lo mejor lo que lleva a alguien a suicidarse es la carga de una </span>belleza inconmensurable que no podemos comprender quienes no contemplamos (al menos no aún) este final. Antes de que partiera el mundo llevándosela, así lo cantó Alejandra Pizarnik en su poema &#8220;<em>En un ejemplar de &#8220;Les Chants de Maldoror</em>&#8220;:</p>
<blockquote><p>&#8220;<em>Debajo de mi vestido ardía un campo con flores alegres</em><br />
<em>como los niños de la medianoche.</em></p>
<p><em>El soplo de la luz en mis huesos cuando escribo la palabra</em><br />
<em>tierra. Palabra o presencia seguida por animales perfumados;</em><br />
<em><br />
triste como sí misma, hermosa como el suicidio; y que me</em><br />
<em>sobrevuela como una dinastía de soles</em>&#8220;.</p></blockquote>
<p><span style="font-weight: 400">Quizás la carga sublime que guarda el suicidio, su naturaleza de constelación terrible, contribuye a que la muerte por mano propia permanezca en la gaveta de los tabús, cuando no estigmatizada por quienes viven de condenar a los otros, por quienes se impiden la comprensión o la mínima solidaridad. Quienes leen en el suicidio la derrota máxima de la vida, también debe reconocérselo como victoria definitiva de la voluntad. Ningún suicida es un arrodillado. Un suicida roza la omnipotencia. </span></p>
<h3>Hay historias de suicidas a los que la muerte persigue hasta arrinconarlos, sin importar los escondrijos que alquilen o las trincheras desesperadas que caven. Por los testimonios escritos que dejaron sabemos que la muerte es su alivio escogido.</h3>
<p>Del filósofo rumano Emil Cioran dicen que recibía a menudo muchas cartas de lectores que lo trataron como un consejero para sus actos finales, pues reflexionó abiertamente sobre el suicidio y lo planteó como una presencia indiscriminada en todos los humanos que se consideran libres. Le preguntaban su opinión sobre éste o aquel método e incluso hubo una mujer que le propuso, sin que él la hubiera visto una vez, que viajaran al Mediterráneo y nadaran en el mar hasta ahogarse juntos.</p>
<p>Cioran consideraba que escribir era una terapia, la única servible. De hecho aseguraba que su primer libro fue su primera aplazamiento de la muerte, la que sucedió tras un largo avance de Alzheimer. Ironía absoluta: había escrito que la vida solo era posible gracias al olvido. Y no se suicidó.</p>
<p>Como muchos otros judíos del siglo XX, el austriaco <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Stefan_Zweig">Stefan Zweig</a> emprendió un tortuoso peregrinaje por un mundo que se derrumbaba sin dejarle lugar para consolarse o para lavar las culpas de sus omisiones. Un mundo que, para alguien tan brillante como complejo, sencillamente resultó asfixiándolo.</p>
<p><a href="https://ww1.habsburger.net/de/personen-objekte-ereignisse/stefan-zweig#:~:text=Stefan%20Zweig%20war%20%E2%80%93%20wie%20viele,kriegsneutrale%20Schweiz%2C%20um%20zu%20exilieren.">Siendo joven, celebró</a> el principio la Primera Guerra Mundial, pero luego escribió una carta a Benito Mussolini en la que suplicaba que <a href="https://it.wikipedia.org/wiki/Giuseppe_Antonio_Borgese">Giusseppe Germanise</a> fuera desterrado y no condenado a muerte. Aunque se sumó a las primeras barricadas contra los gobiernos de ultraderecha de los 1930s, no fue contundente contra al nazismo, hasta que Hitler lo cercó, le arrancó sus amuletos y quemó sus templos.</p>
<blockquote><p>&#8220;No somos sino fantasmas o recuerdos&#8221;, le dijo Stefan Zweig al también escritor Thomas Mann en Nueva York.</p></blockquote>
<p>Con el <a href="https://www.youtube.com/watch?v=sbvjnieZ32k">adiós a Europa</a> inició su larga agonía: al final de su vida había tratado de instalarse en Austria, Francia, Inglaterra, Estados Unidos, República Dominicana, Uruguay y Brasil (donde finalmente eligió morir). Contempló la idea del suicidio en muchas ocasiones, pues, según un testimonio de su primera esposa Friderike con Winternitz, ya se lo había propuesto en el pasado.</p>
<p>Quizás pronosticándose perseguido, Stefan Zweig se juramentó ciegamente <a href="https://zweig.lernzettel.org/romain-rolland-der-mann-und-das-werk-das-gewissen-europas-das-manifest-der-freiheit-des-geistes/">a la libertad</a>. Nunca dejó de creer que Europa se unificaría. Reclamaba una supranacionalidad, un mundo para todos. Como se anticipó al Humanismo globalizado, hubiera denunciado la aberración sionista contra Palestina: &#8220;Después de regar el mundo con nuestra sangre e ideas durante 2.000 años, ahora no podemos limitarnos a ser una pequeña nación apartada en un rincón”, le dijo a Mark Scherlag.</p>
<p>Suramérica le ofrecía una interlocución vibrante. Una primera visita al continente en 1936, cuando Buenos Aires hospedó la <a href="https://www.academia.edu/40336868/El_congreso_del_PEN_Club_en_Buenos_Aires_1936">Conferencia XIV del Pen Club</a>, presenció cómo las voces de los intelectuales se alzaban en alarma e ilusiones para un mundo que parecía moverse de nuevo en torno a las ideas. Posiciones contrastadas se enfrentaban en paz y lo llenaban de ilusiones. Y ahora la impotencia que sentía en ese momento lo deprimía. la posibilidad de un mundo humanista se desbarataba con el avance de los totalitarismos y las conveniencias solapadas de la guerra.</p>
<figure id="attachment_93361" aria-describedby="caption-attachment-93361" style="width: 262px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-93361 size-full" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/01/SZ-en-las-escalaeras-de-la-biblioteca-de-NY.jpg" alt="STEFAN ZWEIG EN LAS ESCALERAS DE LA BIBLIOTECA PUBLICA DE NUEVA YORK " width="262" height="394" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/01/SZ-en-las-escalaeras-de-la-biblioteca-de-NY.jpg 262w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/01/SZ-en-las-escalaeras-de-la-biblioteca-de-NY-100x150.jpg 100w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/01/SZ-en-las-escalaeras-de-la-biblioteca-de-NY-199x300.jpg 199w" sizes="auto, (max-width: 262px) 100vw, 262px" /><figcaption id="caption-attachment-93361" class="wp-caption-text">Stefan Zweig y su exilio imposible en las Biblioteca Pública de Nueva York en 1942. Cortesía: <a href="https://s.wsj.net/public/resources/images/RV-AN473A_BKRV__DV_20140523111202.jpg">Wall Street Journal</a>.</figcaption></figure>
<p>Durante sus años finales en Brasil, la poeta chilena Gabriela Mistral fue muy cercana al escritor (en ese entonces de 61 años) y su pareja Lotte Altmann (de 33). Compartía con ellos rutinas de letras y una devoción por la naturaleza que los animaba a dar paseos por bosques y plantaciones. Mistral vivió años de serenidad y alegría con ellos, tal vez porque ellos no dejaban de admirar la exuberancia del trópico. Ambos &#8220;hacían la vida más quieta del mundo, y la más dulce en la apariencia y la más linda de ver&#8221; escribió la Premio Nobel en <a href="http://www.bibliotecanacionaldigital.gob.cl/bnd/623/w3-article-137390.html">una carta</a> al argentino Eduardo Mallea  el 24 de febrero de 1942, un día después del suicidio de los amantes.</p>
<p>Así describe lo que encontró luego de atreverse a ver la última escena de la pareja:</p>
<blockquote><p>&#8220;<em>En dos pequeños lechos juntos estaba el maestro, con su hermosa cabeza solamente alterada por la palidez. La muerte violenta no le dejó violencia alguna. Dormía sin su eterna sonrisa, pero con una dulzura grande y una serenidad mayor todavía. Parece que él murió antes que ella. Su mujer, que habrá visto ese acabamiento, le retenía la cabeza con el brazo derecho, y toda su cara estaba echada sobre la suya</em>&#8221; .</p></blockquote>
<p>Un cuadro programado. Como el de Zweig, muchos suicidios tienen algo de ritual cuidadoso. Una meticulosidad secreta asegura el paso final de muchos que deciden quitarse la vida.</p>
<p>En un testamento claro y amoroso, los amantes disponen con puntualidad cada cosa de valor que dejaron: los libros deberían ser donados a la <a href="https://casastefanzweig.org.br/?language=en">Biblioteca Pública de Petrópolis;</a> el fox terrier se lo dejaban a la propietaria de su casa, confiados en que lo cuidaría con esmero; algunos de sus manuscritos y archivos los mandó a manos seguras en otros países y quemó los que, según su determinación final, no valía la pena leer; instrucciones para repartir la ropa que dejaban entre los más necesitados de la ciudad; cartas a muchos amigos, ya sellados y listos para ser enviados sin generar sobrecostos a nadie.</p>
<p>En su carta Zweig no dice una palabra sobre su amada, pero cierra la carta con un mensaje directo a la familia que escogió en vida: &#8220;mando saludos a todos mis amigos. Ojalá vivan para ver el amanecer tras esta larga noche. Yo, que soy muy impaciente, me voy antes que ellos&#8221;. Sus últimas líneas no son las de una despedida: es la manera más eficaz de instalarse en el futuro de los que si decidieron esperar el sol.</p>
<p>Stefan y Lotte eligieron dignas prendas de vestir (una corbata impecable, un vestido banco delicadísimo),  un método de morir (barbitúricos) que les garantizara buen aspecto ante los forenses. Incluso adoptaron posturas que aminoraran el impacto visual cuando los encontrasen: el mismo lecho, uno al lado del otro, las manos entrelazadas, acompasados por la placidez definitiva.</p>
<p>&nbsp;</p>
<figure id="attachment_93364" aria-describedby="caption-attachment-93364" style="width: 347px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" class="size-full wp-image-93364" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/01/carta-suicidio-stefan-zweig.jpg" alt="" width="347" height="480" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/01/carta-suicidio-stefan-zweig.jpg 347w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/01/carta-suicidio-stefan-zweig-108x150.jpg 108w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/01/carta-suicidio-stefan-zweig-217x300.jpg 217w" sizes="auto, (max-width: 347px) 100vw, 347px" /><figcaption id="caption-attachment-93364" class="wp-caption-text">&#8220;Declaracao&#8221; es el título de la última carta escrita por el &#8220;impaciente&#8221; Stefan Zweig: un texto tan tierno como contundente, 22 de febrero de 1942.</figcaption></figure>
<p>No podemos romantizar ninguna forma de suicidio, ni siquiera ésta, con tanta pinta de vehículo al amor eterno. Los suicidios poéticos son una minoría, incluso dentro de los casos del suicidio. Los suicidias no ven salidas, son presos de la depresión, se ahogan por ansiedad o han perdido cualquier ilusión. De acuerdo al Centro de Control y Prevención de Enfermedades (Center for Disease Control and Prevention) de EEUU la década de 2020 ya registra el mayor número de suicidios desde la Segunda Guerra Mundial y un 33% más alto que los datos recopilados en 1999. El mismo Centro establece que las razones principales para este el incremento son el estrés laboral, la difusión del matoneo y las comparaciones frustrantes a través de las redes sociales, las deudas y el consumo desmedido de opioides y metadonas.</p>
<p>La población suicida está mayormente concentrada entre los hombres de 46 a 65 años: el mismo rango de edad de impacientes del que cupo Zweig.</p>
<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
        <author>Robert Max Steenkist</author>
                    <category>DELOGA BRUSTO</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=93436</guid>
        <pubDate>Mon, 13 Feb 2023 13:33:38 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Segunda cara al suicidio (2 de 4)]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Robert Max Steenkist</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>Primera cara al suicidio (1 de 4)</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/deloga-brusto/primera-cara-del-suicidio-1-4/</link>
        <description><![CDATA[<p>Introducción Una noticia me pasma: alguien cercano se quitó la vida. Justo yo preparaba un ensayo sobre los posibles riesgos que enfrenta la salud mental de las generaciones más jóvenes, sobre todo después de la pandemia y en un año tan propicio a las crisis como el 2023. No pude pensar en algo distinto. Ray [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<h2>Introducción</h2>
<p><em>Una noticia me pasma: alguien cercano se quitó la vida. Justo yo preparaba un ensayo sobre los posibles riesgos que enfrenta la salud mental de las generaciones más jóvenes, sobre todo después de la pandemia y en un año tan propicio a las crisis como el 2023. </em></p>
<p><em>No pude pensar en algo distinto. Ray Bradbury decía que escribir es una forma de supervivencia. A lo mejor es eso lo que palpita en las diferentes descripciones de las caras del suicidio que me atrevo a enfrentar: sentir que la muerte me respiraba en la nuca me hizo querer vivir de todas las formas posible.    </em></p>
<p><em>Dudé mucho entre ofrecer esta serie o guardarme mis reflexiones. El suicidio, dicen, tiene poderes contagiosos. Al final lo hago considerando que explorar nuestras sombras puede ser un manera contra su tortura. Cada vez que encaramos a nuestros fantasmas se amansa el frío de sus apariciones. </em></p>
<p><em>Ni una sola de estas partes puede, por ninguna razón, considerarse una apología o un rechazo al suicidio. No soy quien para juzgar personas de dolores o convicciones tan profundas que optan para acortar la distancia entre sus pálpitos y la nada. Tal vez a alguien que tenga mi misma posición pueda servirle también para explorar abismos.</em></p>
<p><em>A lo mejor este texto sirve para comprender, o al menos conocer, más a fondo las turbaciones que pueden llegar a nublar a nuestros jóvenes, que en todo caso son los que más necesitan reflexión y peor les sientan los dogmas. A lo mejor hay cómo transformar para ellos el horror del suicidio en algo que le anteceda y que haga la vida más valiosa para su falta de esperanzas. Si las siguientes caras del suicidio sirven para ello habrá cómo darle gracias a estos insomnios.                   </em></p>
<p>Justo cuando recibió la noticia repasaba <a href="https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC8110323/">algunos estudios</a> que invitan a reconsiderar la presunción (muy justificable) de que la epidemia había aumentado las tasas de suicidio. Incluso <a href="https://www.sciencedirect.com/science/article/abs/pii/S0272775711000677">un estudio</a> de Benjamin Hansen de la Universidad de Oregon, Joseph Sabia de la Universidad Estatal de San Diego y Jessamyn Schaller de Claremont McKenna College estableció que la tasa de suicidios entre personas de 12 a 18 años disminuyó durante el cierre de los colegios en Estados Unidos. La escolaridad virtual protegió a los niños y a los jóvenes más vulnerables del bullying, de la presión académica y de los agrestes entornos institucionales. Y esa vida virtual, paradójicamente, les afirmó su esperanza en esta dimensión.</p>
<p>El Centro para el Control de Enfermedades de EEUU (Centres for Disease Control o CDC) <a href="https://www.cdc.gov/suicide/facts/index.html">estableció</a> que un estudiante que ha sido matoneado o ha sufrido de bullying en algún punto de su vida escolar tiene 320% más de posibilidad de suicidarse que uno que ha pasado esta etapa de su vida sin mayores traumas sociales. El regreso a la modalidad presencial disparó el índice de suicidios: un 12% y un 18%, con respecto a los casos anteriores al COVID. Si algo tiene de bueno la posibilidad de armar vidas en pantallas y universos ajenos al trato presencial es que la salvación de muchas tensiones puede estar en un botón de apagado, en un corte de energía que está en sus manos.</p>
<blockquote>
<h3>Durante la pandemia el suicidio dejó de ser la segunda causa de mortandad de personas en edad escolar secundaria.</h3>
</blockquote>
<p>Por otra parte, <a href="https://www.tfah.org/report-details/pain-in-the-nation-2022/">no pocos</a> estudios muestran un dramático incremento de muertes por uso excesivo de drogas (30%) y alcohol (27%), sobre todo desde los primeros meses de la pandemia. Abusar de sustancias también es programarse una cita con la muerte. Que lo digan, entre otros muchísimos escritores, los poetas Georg Trakl, Dylan Thomas o Malcolm Lowry (que &#8220;<a href="https://www.youtube.com/watch?v=SPJk457iVi8">murió tocando el ukelele</a>&#8220;)&#8230;</p>
<p>Los colegios, como siempre, son una fuente de enseñanza para los adultos. Es hora de dejar de creer que el abuso por parte de pares con un status de más jerarquía en nuestros ambientes son males exclusivos de las edades escolares o de las universidades. Sin importar la fecha de nacimiento se vienen años de represión, censura y control. Sea por las medidas contra un nuevo pico del COVID o por la imposición de gobiernos autoritarios o plutocracias que se vienen instalando en todo el planeta. Parece solo una cuestión de para que la invasión a Ucranía desate una guerra de grandes proporciones.  La ansiedad, la incertidumbre parecen sumarse al colapso de los valores que la Democracia y los Derechos Humanos medio habían instalado como pilares para el siglo XX.</p>
<p>Falta tiempo para saber qué consecuencias colectivas concretas dejarán los hitos y los sucesos que nos están marcando como individuos de nuestra época. Pero contamos con herramientas que nos permiten anticipar algunas: la velocidad de la información, la cantidad de estudios que ilustran casos y tendencias o las crecientes manifestaciones artísticas que exhibieron los temas-tabú (el suicidio, los abusos intrafamiliares, los tormentos íntimos, etc.). Ya podemos percibir la dimensión del eco que aún nos aturde.</p>
<blockquote><p>Algo sabemos con certeza: hace años empezó una era que nos exige acciones constantes, compromisos explícitos y sutiles que nos son ineludibles. Vivimos en la era de un presente puro y simplón, en el scroll down perpetuo y monótono que distrae de los oficios y disipa las preocupaciones y las oportunidades. Y eso no resulta cómodo para todos.</p></blockquote>
<p>La muerte de alguien cercano catapulta nuestro pensamiento a lo infinito, al incierto paso por la vida que en realidad compartimos todos. Ya lo han explorado otros que, más allá de soluciones, nos dan compañía y luces para que el miedo no anule la oportunidad de aprender de lo indeseable. Sin endiosarlo ni dejándonos cegar por su terrible llama, el suicidio puede ser, como <a href="https://plato.stanford.edu/entries/camus/">para muchos</a>, la cuestión filosófica definitiva y el arte una manera de abordarla.</p>
<p>No ceder ante la tentación de romantizar una decisión dolorosa e incurable, pero tampoco volvernos verdugo de quien la toma, requiere de serenidad y disposición para superar las cátedras y las ideologías que usamos para sentirnos cómodos. El arte, esa voz que con frecuencia irrumpe de manera estridente y provocadora, sirve para explorar algunas versiones del mismo laberinto al que somos llamados todos o en el transitaremos todos con más o menos complacencia.</p>
<h2>PARTE UNO</h2>
<p>El cuadro &#8220;El suicidio de Dorothy Hale&#8221; (1938) de Frida Kahlo narra los tres últimos momentos de la vida de una fabulosa <a href="https://en.wikipedia.org/wiki/Dorothy_Hale"><em>socialité</em></a> que se dejó caer desde el piso 36 de un edificio de Nueva York. Una leyenda, casi a la manera de una carta de lotería mexicana, es la base de todo el cuadro:</p>
<h2 style="text-align: center">“<em>En la ciudad de Nueva York , el 21 de octubre de 1938, a las seis de la mañana, se suicidó la señora Dorothy Hale tirándose desde una ventana muy alta del edificio Hampshire House. En su recuerdo (borradas algunas palabras ) ese retablo, pintándolo Frida </em><i>Kahlo</i>”.</h2>
<p>&nbsp;</p>
<figure id="attachment_93256" aria-describedby="caption-attachment-93256" style="width: 825px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" class="wp-image-93256 size-full" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/01/the-suicide-of-dorothy-hale.jpg" alt="" width="825" height="1000" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/01/the-suicide-of-dorothy-hale.jpg 825w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/01/the-suicide-of-dorothy-hale-124x150.jpg 124w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/01/the-suicide-of-dorothy-hale-248x300.jpg 248w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2023/01/the-suicide-of-dorothy-hale-768x931.jpg 768w" sizes="auto, (max-width: 825px) 100vw, 825px" /><figcaption id="caption-attachment-93256" class="wp-caption-text">&#8220;El suicidio de Dorothy Hale&#8221; (1938) de <a href="https://www.fridakahlo.org/the-suicide-of-dorothy-hale.jsp">Frida Kahlo</a>. Este retrato fue regalado por la pintora a la madre de Dorothy. Apenas abierto la señora sufrió un ataque de nervios que casi la mata y quiso quemar la pieza.</figcaption></figure>
<p>La obra es punzante, dolorosa, incómoda. Seguro hay muchos que no puedan evitar los escalofriantes recuerdos del 9/11 , cuando muchas personas atrapadas entre las llamas, y ante el inminente colapso de las Torres Gemelas, optaron por <a href="https://www.thebraziltimes.com/blogs/ivyjackson/entry/67080">saltar</a> a la amplia lista de los mártires que no tenían por qué serlo.</p>
<p>Un cielo, quizás nacido en un Magritte, es surcado por lo que parecen nubes algodonadas: sus sombras y vuelos despegan de lo que puede ser un broche de rosas amarillas anclado sobre el cuerpo de la muerta ensangrentada. Sus ojos ya no pueden parpadear fuera de los del espectador. Aún es hermosa y delicada.</p>
<p>Más arriba, la misma Dorothy cae de cabeza. Viste de blanco, como soñando desde una pijama cosida para volar. Las nubes son plumas de su faceta de Ícaro en picada. Suavizan el vértigo.</p>
<p>En el tercio superior del cuadro, entre el espejismo de la punta del Hampshire House, una sombra, anónima por la distancia, salta. El cuadro fija los segundos que pasan desde la decisión de acabar con su vida hasta el momento en el que el espectador se enfrenta a la incómoda inmovilidad de su mirada. Es una bitácora del vértigo aniquilador que no termina en la pintura.</p>
<p>Quien mira sufre una hipnosis paradójica: horror y belleza, vuelo y colapso, alguien eligió una muerte anticipada, pero se volvió inmortal en una pintura. Logra vivir en colores, desde el otro lado del tormento. Una mujer nos habla con su cuerpo, a través de los trazos de otra, sobre los tiempos y el universo inclemente de quien salta al vacío.</p>
<p>Antonin Artaud aparece pronto ante quien sigue los senderos en los que la pintura y la literatura se trenzan. Su premiado ensayo &#8220;<a href="https://www.buscalibre.com.co/libro-van-gogh-el-suicidado-por-la-sociedad/9789509282674/p/28071694">Van Gogh, el suicidado por la sociedad</a>&#8221; de 1947 señala cómo el holandés logró impactar la historia del arte por &#8220;deducir el mito de las cosas más pedestres de la vida&#8221;. Por su parte, los psiquiatras (para Artaud nada menos que &#8220;erotómanos&#8221;, &#8220;pedazos de cochinos inmundos&#8221; o &#8220;sanioso y purulento cancerbero&#8221;) son los antihéroes más vergonzosos, los fieles representantes &#8220;de una realidad hostil, de la bajeza, de la mentira, de la hipocresía, de la debilidad del mundo&#8221;. Solo pueden contrarrestar el poder del arte aislando la sensibilidad y la genialidad o quemando cerebros más poderosos con electrochoques y medicamentos.</p>
<p>(Para <a href="https://fortnightlyreview.co.uk/2018/01/van-gogh-gachet/#:~:text=Gachet's%20and%20Van%20Gogh's%20relationship,the%20intercession%20of%20mutual%20friends.">sazonar este cuestionamiento</a>: el psiquiatra que trató a Van Gogh al final de su vida resultó ser, coincidencialmente, uno de sus coleccionistas más apasionados (y un artista menos celebrado que se apodaba Paul Van Ryssel). El Dr. Paul Ferdinand Gachet, que lo &#8220;trató&#8221; los últimos meses de vida, fue criticado por el propio Van Gogh ante su hermano, pero resultó ser el dueño de por lo menos siete pinturas suyas y el agente de muchas otras. Luego esa valiosa colección pasó a manos de sus hijos Marguerite y Paul-Louis, quienes en 1952 vendieron por una cifra astronómica la colección al Estado francés. En esa colección varios cuadros resultaron burdas falsificaciones (o, al menos, muy malas copias) del maestro holandés, de Gaugin y de otros impresionistas).</p>
<p>El mismo <a href="https://www.worldmime.org/en/about-mime/vipersonalities/105-vipersonalities/295-antonin-artaud.html">Artaud</a> pasó más de la mitad de su vida en sanatorios, pero en una etapa más evolucionada de la psiquiatría y de los medicamentos. Aún así declaró que una persona creativa usualmente es &#8220;al que la sociedad se niega a escuchar, y al que quiere impedir que exprese determinadas verdades insoportables&#8221;. Tal vez este aislamiento e incomprensión general pueda llevar a los artistas a tener una inclinación más clara al suicidio.</p>
<p>De acuerdo a <a href="https://ajp.psychiatryonline.org/doi/abs/10.1176/ajp.144.10.1288?journalCode=ajp">un estudio</a> de 1987 de la Doctora Nancy Andreasen de la facultad de psiquiatría de la Universidad de Iowa los cerebros creativos (es decir, un 25% de los humanos) son más propensos a tener trastornos bipolares, depresiones devastadoras, ataques de esquizofrenia o de pánico y otro tipo de anomalías que pueden llevar a la autodestrucción. Dentro de este grupo, a los escritores se le identifica un 30% de riesgo mayor que a los músicos o a los pintores.</p>
<p>Quizás todos los escritores, como escribía la <a href="https://elpais.com/diario/1982/04/14/cultura/387583204_850215.html">primera Pulitzer</a> Silvia Plath, tengan corazón capaces de crear relatos y convertir su dolor en muestras de belleza. Quizás con eso compensan su desequilibrio: &#8220;dos corrientes eléctricas: alegre, positiva y desesperantemente negativa; lo que esté corriendo en este momento domina mi vida, la inunda&#8221;. Pero esa capacidad de manejar descargas excesivas, como cualquier aptitud de una persona, se acaba. Así sucedió para ella a los 30 años, el 8 de febrero de 1963 y terminó suicidándose, a pesar de los métodos que inventaron para tratarla. O gracias a ellos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<h2> <a href="https://blogs.elespectador.com/actualidad/deloga-brusto/suicidio-2-4">(Continúa)</a></h2>
]]></content:encoded>
        <author>Robert Max Steenkist</author>
                    <category>DELOGA BRUSTO</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=93435</guid>
        <pubDate>Tue, 07 Feb 2023 10:10:02 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Primera cara al suicidio (1 de 4)]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Robert Max Steenkist</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>«El canto de las moscas» de María Mercedes Carranza: Colombia en la elegía</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/el-peaton/canto-las-moscas-maria-mercedes-carranza-colombia-la-elegia/</link>
        <description><![CDATA[<p>En este libro de la poeta colombiana se mezcla el sonido mustio de las pequeñas alas de la descomposición, el olor de las fosas comunes. Cuando uno compara los tiempos en que vivió María Mercedes Carranza con los nuestros, y la evoca en ese grisáceo 2003 despedirse con un poema donde instaba a tomar el [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center"><strong>En este libro de la poeta colombiana se mezcla el sonido mustio de las pequeñas alas de la descomposición, el olor de las fosas comunes.</strong></p>
<figure id="attachment_80432" aria-describedby="caption-attachment-80432" style="width: 800px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" class="size-full wp-image-80432" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2020/11/Carranza-1.jpg" alt="" width="800" height="498" /><figcaption id="caption-attachment-80432" class="wp-caption-text">María Mercedes Carranza en su juventud.</figcaption></figure>
<p style="text-align: justify">Cuando uno compara los tiempos en que vivió <strong>María Mercedes Carranza</strong> con los nuestros, y la evoca en ese grisáceo 2003 despedirse con un poema donde instaba a tomar el suicidio como la única decisión política respetable, como la única decisión que uno puede verdaderamente tomar en Colombia, y luego lanzarse al vacío, entiende que cada vez más el tiempo le da la razón a la poeta. Entiende que cuando uno se dedica a la piromanía de la cultura, no son las sensibilidades de quienes tocamos las que se incendian, sino uno mismo, colgado de un árbol seco en el patio de la noche.</p>
<p style="text-align: justify">Y entiende, del mismo modo, que si hay un libro que ataque a la barbarie con su brevedad en nuestro país, se trata de <strong><em>El canto de las moscas</em></strong>. Allí las palabras pintan, y en su color se mezcla el sonido mustio de las pequeñas alas de la descomposición, el olor de las fosas comunes, el humo de los cilindros después de un ataque de la brutalidad. Un libro compuesto por pequeños cuadros de pueblos donde ocurrieron masacres a lo largo de esta república de palomas. Un recorrido por la elegía; un álbum de las muertes más injustas del momento, retratos de los caídos que llevamos los colombianos aún en el pecho.</p>
<p style="text-align: justify">El sufrimiento de la poeta iba a empezar del siguiente modo, aunque en el libro no lo iba a plasmar cronológicamente: el 18 de agosto de 1989 el país iba a quedar aturdido por las balas que mataban a <strong>Luis Carlos Galán</strong>. Los radios transmitían la noticia con pesadumbre, y los seguidores del precandidato lo lloraban interminablemente, como si atendieran al desagradable axioma borgeano sobre Colombia: por <em>un acto de fe</em>, pues nada aseguraba que él pudiera quedarse, de ganar la consulta del Nuevo Liberalismo, con la presidencia, pero como a <strong>Jorge Eliécer Gaitán</strong>, por la fuerza de su palabra y por su insobornable cuestionamiento incesante a la podredumbre social, lo veían como la más fuerte promesa de recomponer al país. La poeta había apoyado la campaña del político caído, de su amigo. Y así registra su desesperanza en el último canto del libro, que está incluso dedicado <em>a Luis Carlos: siempre</em>, y que lleva el nombre del municipio en cuya plaza lo arrebataran del mundo:</p>
<p style="margin: 0cm;text-align: justify;padding-left: 40px"><strong><i>Canto 18: Soacha</i></strong></p>
<p style="margin: 0cm;text-align: justify;padding-left: 40px"><i>Un pájaro</i></p>
<p style="margin: 0cm;text-align: justify;padding-left: 40px"><i> negro husmea</i></p>
<p style="margin: 0cm;text-align: justify;padding-left: 40px"><i>las sobras de</i></p>
<p style="margin: 0cm;text-align: justify;padding-left: 40px"><i>la vida.</i></p>
<p style="margin: 0cm;text-align: justify;padding-left: 40px"><i>Puede ser Dios</i></p>
<p style="margin: 0cm;text-align: justify;padding-left: 40px"><i>                 o el asesino:</i></p>
<p style="margin: 0cm;text-align: justify;padding-left: 40px"><i>da lo mismo ya.</i></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify">Siguiendo este hilo, a pocos meses de que cesaran las funciones de la Asamblea Nacional Constituyente de 1991, donde María Mercedes Carranza participaba, el poeta y periodista <strong>Julio Daniel Chaparro Hurtado</strong> arribaría a Segovia, Antioquia, con el fotógrafo <strong>Jorge Enrique Torres</strong>, a quien había convencido de que lo acompañara a último minuto para hacer una crónica del impacto de la violencia que pensaba publicar en El Espectador dentro de una serie sobre los pueblos más amedrantados. Aquel miércoles 24 de abril, cuando iban a ser las siete de la noche, los asesinaron en la calle de La Reina de ese municipio. En su libro <em>Y éramos como soles</em>, publicado en 1986, Chaparro Hurtado había sido implacable con su destino: <em>Si una noche cualquiera me encuentran muerto en una calle/ y ven mi boca repleta de insectos rabiosos/ trabajando en mi lengua,/ no me sufran:/ habrá sucedido que caí antes de escuchar el balbuceo de mi hijo/ hecho una lluvia de madres desnudas sobre mi corazón</em>… La vida, (¿o la muerte?) se burló del poeta, y Carranza lo siente y deja constancia de esta coincidencia fatal en su <em>versión de los acontecimientos</em>, como subtitularía al libro:</p>
<p style="text-align: justify;padding-left: 40px"><strong><i>Canto 5: Segovia</i></strong></p>
<p style="margin: 0cm;text-align: justify;padding-left: 40px"><i>    Los versos</i></p>
<p style="margin: 0cm;text-align: justify;padding-left: 40px"><i>de Julio Daniel</i></p>
<p style="margin: 0cm;text-align: justify;padding-left: 40px"><i>              son la risa</i></p>
<p style="margin: 0cm;text-align: justify;padding-left: 40px"><i>              del Gato de Cheshire</i></p>
<p style="margin: 0cm;text-align: justify;padding-left: 40px"><i>              en el aire de Segovia.</i></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify">Hasta morir, la poeta bogotana lideró una campaña por la paz de Colombia, con la premisa central de lograr la liberación de los secuestrados, ello porque su hermano, Ramiro Carranza, había sido raptado por las FARC en el año 2001. Cuatro años después la familia recibiría la confirmación oficial de su muerte en cautiverio, pero se resistiría a creerlo hasta cuando, ya en el 2008, su propio carcelero aseverara que habría muerto, «enfermo del alma», en abril del mismo año en que su hermana frenara su resquebrajado corazón.</p>
<p style="text-align: justify">Quien fuera la directora de la Casa de Poesía Silva decidiría morir como el poeta que un siglo antes se habría disparado en ese recinto en una madrugada silenciosa, abatida por su dolor personal, por su dolor de país, como puede verse en su libro desde el título hasta el punto final. Los dieciocho poemas parecieran tener el nombre de un pueblo, pero tienen el nombre de una masacre. La tierra, como el ser humano, adopta el nombre de su devastación. Sin embargo, Mapiripán, Caldono, Ituango… tuvieron la oportunidad de ser un poema. En cada uno se ve la muerte desde la mirada de la niña que se resiste a dejar de creer en el ser humano –la niña María Mercedes que residía en el pecho de la dama con tacones también un día iba a cerrar los ojos para siempre como los miles y miles de personas que cayeron en esas tierras que cantó–, cada uno refracta, frágil prisma, uno de los peores fragmentos de la historia colombiana con la dignidad que solo podría darle la poesía.</p>
<p style="text-align: justify">Hacen falta poetas como <strong>María Mercedes Carranza</strong>. Nos urgen en Colombia poetas que no se dejen manipular por los sistemas editoriales ni políticos, ni mucho menos por su propio sistema ni el sistema natural de la escritura. Necesitamos poetas que reinventen la historia, porque, de lo contrario, vamos a asistir a un suicidio mental colectivo. No solo eso, necesitamos un hombre o una mujer por cada familia en Colombia que adquiera el arte sencillo de matar la esperanza.  Hay que demoler la esperanza para edificar lo tangible: el futuro es apenas un espectáculo de nubes que cambian de forma constantemente y sin ritmo alguno, el ayer es un cerco de fuego devorante; y el presente es el antro donde hierven como gusanos de la muerte los cobardes.</p>
<p style="text-align: justify">Podemos seguir muriéndonos de rencor, se puede aprobar la tristeza en la mirada como un símbolo de la discriminación. Los medios de comunicación se pueden ahogar en especulaciones, los enemigos de la paz cabestreados por su innombrable y despreciable arriero pueden seguir moviendo los hilos desde su retablo oscuro, dándonos a comer de nuestras propias excrecencias. Podemos recurrir al canibalismo para que no digan que morimos de hambre sino de antropofagia desesperada, pero tiene que dejar de ser la indiferencia, de una vez por todas, la brújula que guíe a Colombia. Los colombianos no podemos seguir siendo indiferentes al <em>canto de las moscas</em>.</p>
<p style="margin: 0cm;text-align: justify;padding-left: 40px"><i>Mañana</i></p>
<p style="margin: 0cm;text-align: justify"><i>será tierra y olvido</i>.</p>
<p style="text-align: justify"><em>   </em><i></i></p>
<div class="entry-content">
<p style="text-align: center"><em>Este texto fue publicado originalmente en la revista de poesía <a href="https://www.otroparamo.com/web/#&amp;slider1=2" target="_blank" rel="noopener noreferrer">Otro páramo</a>.</em></p>
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</div>
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<hr />
<p style="margin: 0cm;text-align: justify;padding-left: 40px"><i><strong>Referencias</strong>:</i></p>
<p style="margin: 0cm;text-align: justify;padding-left: 40px"><i>El canto de las moscas: (versión de los acontecimientos). </i>María Mercedes Carranza.<i> </i>Bogotá, Arango Editores. 1998.<i></i></p>
<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
        <author>Albeiro Guiral</author>
                    <category>El Peatón</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=80430</guid>
        <pubDate>Sat, 07 Nov 2020 23:59:03 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[«El canto de las moscas» de María Mercedes Carranza: Colombia en la elegía]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Albeiro Guiral</media:credit>
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