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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
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	<title>Blogs de literatura colombiana | Blogs El Espectador</title>
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        <title>Humo en los ojos</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/direccion-unica/humo-en-los-ojos/</link>
        <description><![CDATA[<p>Publicado originalmente en la revista Hojas Universitarias de la Universidad Central (2009) y finalista de un concurso convocado por la Fundación Gilberto Alzate Avendaño y la desaparecida Revista Número, comparto este cuento de mi autoría alrededor de la figura de Agustín Lara, a propósito de los 55 años de fallecimiento del cantante, compositor<br />
y actor mexicano, un día como hoy:<br />
6 de noviembre de 1970.</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<h2 class="wp-block-heading has-text-align-center has-large-font-size">Publicado originalmente en la revista <br><em>Hojas Universitarias</em> de la Universidad Central (2009) y finalista de un concurso convocado <br>por la Fundación Gilberto Alzate Avendaño <br>y la desaparecida <em>Revista Número</em>, comparto <br>este cuento de mi autoría alrededor de la figura <br>de Agustín Lara, a propósito de los 55 años <br>de fallecimiento del cantante, compositor <br>y actor mexicano, un día como hoy: <br>6 de noviembre de 1970.</h2>



<p>Permanezco de este lado de la realidad. Sin embargo, hay llamas que se alzan en las paredes de la habitación y por las cuales no puedo hacer a un lado la figura de ultratumba de aquel hombre ni sus largas falanges gravitando sobre las teclas del piano. Al fondo de esa visión, las cortinas de terciopelo y el halo de luz que se filtra por las vidrieras esmeriladas me llevan a reparar en ella. Es, sin duda, una escena conocida. Parece esperar a que me acerque y tase sus servicios o a que levante mi mano para llamar su atención. Me abstengo de hacer cualquiera de esas cosas mientras que un olor a madera consumida sube por las escaleras y se cuela entre el humo del tabaco y el hedor del mezcal y la champaña barata. Sin que hayan transcurrido siquiera unos minutos, veo que viene hacia mí moviéndose lo suficiente para no perder la simetría de su postura inicial, reclinada groseramente sobre el piano y fumando con una de esas pitilleras que solía reconocer con gran curiosidad en las viejas películas italianas. Lejos de percatarme de lo que ello significa, giro la mirada hacia el vestíbulo en donde el fuego consume la alfombra y las lozas, trepando hasta la cornisa de las habitaciones adyacentes y creando una humareda que de seguro no tardará en entrar al salón principal. </p>



<p>Nada parece cambiar. Ni siquiera el estrépito de las vigas y los candelabros logra perturbar el raro aire que envuelve el recinto. Casi en perfecta armonía, los hechos transcurren como en una tela de cinematógrafo. Consiente de ello, avanzo un poco para tratar de descubrir el hechizo, chocar con una pared en la que mi sombra impide una fracción de la imagen: quizá la figura del pianista de cara cortada que desfallece mientras canta, acaso la mujer que segundos antes caminaba decididamente hacia mí sosteniendo entre sus dedos la colilla de un cigarrillo apagado. Puede que sólo logre tapar con mi cuerpo una fracción de escenografía o una de esas ventanas enmarcadas por el desenfado de las damas que permanecen junto a las cortinas. Me acerco a la escena con la certeza del choque, pero nada ocurre. Avanzo un poco&nbsp; más y no descubro a mi paso más que restos de colillas y botellas vacías. Evito levantar la mirada, en tanto presiento la inminencia del encuentro con la mujer a quien segundos antes no creí más que un fotograma y que pronto se encontrará frente a mí en espera de que haga lo que corresponde.</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>–No puedo explicarlo muy bien. Tropezar con ella en cada nueva visión ha representado la causa de mis males. Abrir la caja de Pandora fue jamás dejar de ver ese rostro que el fuego no pudo consumir del todo. Fue mirarme cada día al espejo y ver su marca repetida en mi mejilla y escuchar ese estribillo incomprensible &#8211;<em>Me has dejado en la cara, marcada como un epitafio efímero y doloroso, la seña de tu eterno amor-,</em> fue no pasar un sólo día en el cual no percibiera su cercanía y el olor de su piel y su perfume a ratos trastornado por el vaho de la nicotina y el rancio olor de un vestido alquilado.</p>
</blockquote>



<p>La escena empieza a espantarme. El hombre ha dejado de tocar y como si me instase a marcharme de allí, retira sus manos de las teclas para llevárselas a los bolsillos del frac. Saca un cigarrillo y lo pone en su boca sin encenderlo. Me acerco y le ofrezco fuego. Asiente displicente y levanta la mirada justo cuando logro encender el mechero. Iluminado de súbito por la combustión, el primer plano de su rostro me ofrece una imagen de otro mundo. Noto que me observa con cautela mientras aspira la primera bocanada, luego revisa sus partituras y se pone en pie. Me aparto de su lado ofreciéndole una venia y vuelvo a mi lugar. Su delgada silueta me lleva a recordar aquellos espantajos de otro mundo que solían verse en los cinematógrafos veracruzanos, fantasmas sanguinolentos que al despuntar la noche arribaban al puerto y se instalaban en las pantallas y los carteles jarochos. Procuro buscar alguna seña en su rostro en tanto se desplaza por el salón hasta un tapete que se impone en mitad del lugar, bajo una lámpara cuya luz no permite siquiera descifrar. Los gestos se acomodan en su semblante con la candidez de un ebrio circunspecto, con ese raro aire que se dan los melancólicos cada vez que un pensamiento turbio sustrae conformismo. Sin moverme de mi sitio, persigo sus movimientos y el notorio temblor de sus dedos que parecen estar aún tocando aquel bolero o acariciando las mejillas burdamente pintadas de la mujer que le escucha mientras su cantinela la nombra.</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>–Un envenenamiento, eso precisamente, un trastorno etílico, un paisaje alucinado que me mantiene ante una película que se va convirtiendo en ceniza, quizá tendido en una camilla mientras una serie de bombillas se suceden sobre mí y alguien me espera tras un par de puertas de quirófano. <em>¿Por qué te hizo el destino pecadora&#8230; si no sabes vender el corazón?</em> Quizá sólo sea una resaca en un burdel y yo siga creyendo en su llamado mientras un acorde de piano martillea mi cabeza con dolorosa persistencia.</p>
</blockquote>



<p>Dubitando unos segundos bajo la luz, aquel espectro parece examinar los dibujos enrevesados que el tapete forma a sus pies. Sin permitir que la ceniza de su cigarrillo llegue a manchar la pulcritud del único objeto que permanece a salvo del desaseo, se retira hacia una mesa para arrojar la colilla y servir algo de licor. Me veo expuesto a sus miradas cada vez que gira su cuerpo en dirección a las mujeres que vacilan entre las columnas y mantienen su atención en mí sin que yo acceda siquiera a salir de mi turbación, estado que de seguro les atrae ya que no dejan de cuchichear entre ellas cada vez que alguna pone al descubierto algo de su comprometedora anatomía. El humo que se expande sobre mi cabeza me recuerda la realidad, o al menos aquella realidad que me lleva a pensar en esos gritos, voces y llamados en off y en ese fuego que resplandece agazapado en las columnas y los dinteles que rodean la sala de estar. Tras unos segundos de sofocante calor, una suerte de placidez narcótica se apodera de mi cuerpo alejándome de cualquier brote de razón que pudiese llevarme de vuelta a la realidad, incluso el traje que llevo y la manguera que permanece en el suelo dejando escapar unas pocas gotas de agua, han dejado de colmar mi interés para sentirme empujado, y sin remedio alguno, al rol dramático que se me ofrece.</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>–¿Pero, qué sucedió? Ah, sí. Las imágenes que van y vienen. El cuerpo sin forma de una mujer que añoré en las noches y un fuego consumiéndome sin prisa. Este fuego de años postreros, este estúpido spleen. La daga en el pecho, la marca en la piel como un blasón hecho de mujeres siniestras. La infame música, <em>Y aquel que de tus labios la miel quiera, que pague con brillantes tu pecado, que pague con brillantes tu pecado.</em></p>
</blockquote>



<p>De improviso, y pasando por alto el peso de los atavíos que me acompañan, abandono mi postura y voy hacía una de ellas. La tomo de las muñecas obligándola a trastabillar y sin mediar palabra le llevo a una de las habitaciones. La noto conforme y presta al destino que le he planeado y no hace siquiera el ademán de resistirse por mi repentina empresa. Al ver la cama cubierta por una sabana desteñida y un viejo cuadro impresionista sobre su cabecera, me figuro uno de aquellos hostales de paso que suelen encontrarse en las afueras de la ciudad. La empujo a la cama y ella, gobernada por un brusco ataque de risa, empieza a despojarse de lo poco que lleva encima.</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>–Una maquina de deseo, un hijo del tiempo recobrado, una llama. Al olvidarlo todo, las marcas se fueron acentuando en mi mejilla. <em>Un solo beso que tanto esperaba me hizo creer en ti. </em>Siempre voy y luego retrocedo, me desvanezco. Me pongo en píe, recaigo, <em>Y fue su lumbre como la del sol que hiere la dorada espina, y enciende un himno que canta a la sangre cuando se es feliz.</em> Veo mis manos y un río bermejo que corre a través de sus líneas me hace perder la compostura. Alzo la mirada, todo se detiene.</p>
</blockquote>



<p>Sentí que su cuerpo desaparecía. Manteniendo mis ojos en una pequeña ventana sometida por las llamas, advierto que alguien permanece en la puerta, observándome. Levanto con suavidad la cabeza, evito virar para verle, justo cuando un intenso resplandor se abalanza sobre mí. Poseído ya por la fuerza de aquella presencia, empiezo a padecer un dolor abdominal que me obliga a recobrar mi postura horizontal sin poder siquiera levantar los brazos para defenderme. El humo y el sopor me cubren por completo, trato de moverme hacia un lado para caer de la cama, pero algo junto a mí me impide cualquier salida. Parece el cuerpo desmembrado de un maniquí, uno de esos aparejos inservibles que el calor ha empezado a corroer emanando una extraña fetidez. Reparo un poco más en él intentando moverle, hasta que una sensación de horror, la certeza de hallarme ante otra macabra jugada de la muerte, me llega al cuello atragantándome.</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>–Pude ver su desfigurada mueca, el canotier rosa sobre su cuerpo y un par de billetes hechos trizas entre sus dedos. El mundo volvió de repente. Fuego replegado en las paredes y en los cuadros. Fuego revolviéndolo todo, fuego acezando, fuego corroyendo, fuego devorando la carne que minutos antes había tomado entre mis manos. Fuego, fuego y más fuego. <em>Si fue limosna nada me importa, sé que su fuego puede hacer que nunca te olvides de mí.</em></p>
</blockquote>



<p>Recobro de lleno la conciencia luego de que alguien me arrastra al salón principal, mientras percibo otras voces que recorren el lugar yendo de un lado para otro. Como si el azar me jugase una mala pasada, consigo reconocer el rostro de quien segundos antes me auxiliara y que ahora me examina con pasmosa tranquilidad. Su risa, rasposa y lentamente prolongada en un gesto de agonía, me altera de tal modo que logro incorporarme de un solo intento y me retiro de su lado algo atontado por el humo que empieza a colmar el recinto. Nadie en el lugar parece preocuparse, me dirijo con precaución hacia una de las salidas hasta que un grupo de mujeres sale al paso halándome cada una hacía una dirección distinta. Finalmente, y habiéndome librado de una veintena de manos que me apresaban, la mujer del pianista me toma con fuerza del brazo y murmura algo a las demás, mirándoles con desden mientras se apartan refunfuñando hacia las ventanas. Sin siquiera buscar mi afirmativa, me hala detrás de una columna y me aprieta contra la pared acercando sus labios a los míos sin besarme. De repente el fuego está en todas partes, un beso apaciguado me inunda y el humo que va borrando su rostro me hace caer al suelo con una breve escalera de mármol ante mis ojos.</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>–<em>Vende caro tu amor, aventurera. Dale el precio del dolor, a tu pasado. Tus labios al besarme, impregnados dejaron los míos de un suave olor a incienso&#8230;.</em></p>
</blockquote>



<p>Escucho muy de cerca la voz del pianista, y la sensación de verme sumergido en sus palabras, me lleva a implorar su ayuda. Siento, sin embargo, que he perdido ya todas mis fuerzas y sólo llego a escuchar su canturreo mientras el mundo a mí alrededor termina por derrumbarse. Una densa niebla me envuelve y los últimos acordes alcanzan a retumbar en mis oídos como un viejo gramófono que se extingue:</p>



<p class="has-text-align-center"><em>Humo en los ojos, cuando te fuiste,</em><br><em>cuando dijiste llena de angustia ya volveré.</em><br><em>Humo en los ojos cuando partiste,</em><br><em>cuando me viste antes que a nadie, no sé porqué.</em><br><em>Humo en los ojos, al encontrarnos,</em><br><em>al abrazarnos el mismo cielo se estremeció,</em><br><em>humo en los ojos, niebla de ausencia</em><br><em>que con la magia de tu presencia se disipó.</em></p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>–Bien, eso es todo. La pequeña caja musical me mantiene de este lado de la realidad. Qué más puedo agregar. Sí, desde luego, recuerdo mi nombre, cómo decirlo… Sólo tome nota, Ángel Agustín María Carlos Fausto Mariano Alfonso del Sagrado Corazón Lara y Aguirre del Pinto. El resto, si acaso importa, ya lo he olvidado.</p>
</blockquote>
]]></content:encoded>
        <author>Carlos Andrés Almeyda Gómez</author>
                    <category>Dirección única</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=122117</guid>
        <pubDate>Fri, 07 Nov 2025 05:19:46 +0000</pubDate>
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        <item>
        <title>Los minutos no se venden solos</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/hypomnemata/los-minutos-no-se-venden-solos/</link>
        <description><![CDATA[<p>Es mejor que no trabaje más —Apenas fueron tres meses —me dijo por teléfono—. La vieja me dijo que ya casi daba a luz y que trabajar me adelantaría el parto. Entonces, dijo que ya no más. ¿Puede creerlo? Me puso reemplazo. Le pedí que nos viéramos y me dijo que era imposible. Estaba en [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Es mejor que no trabaje más</strong></p>



<p>—Apenas fueron tres meses —me dijo por teléfono—. La vieja me dijo que ya casi daba a luz y que trabajar me adelantaría el parto. Entonces, dijo que ya no más. ¿Puede creerlo? Me puso reemplazo.</p>



<p>Le pedí que nos viéramos y me dijo que era imposible. Estaba en su casa, con su esposo, y no quería darle razones para que sospechara algo que no existía. Hablaba en serio. Accedí a contarle al hombre sobre el texto que estaba escribiendo. No tenía por qué ser un secreto. Al final dijo que sí. Nos veríamos al día siguiente en la dirección que me había dado. Colgamos.</p>



<p>El día acordado, me recibieron con un acalorado tinto y una galletas saltinas con mantequilla. Humilde manjar que comí encantado. El esposo de Cecilia estaba usando camisa manga larga y le bajaban, por el rostro, sucesivas líneas de sudor.</p>



<p>—Buenas tardes, señor periodista. Mi esposa me lo contó todo y le agradezco que haga una investigación sobre los problemas del transporte público en Bucaramanga. Ese es un tema de interés para todos. —Dijo sentándose frente a mí.</p>



<p>Después, Cecilia me contaría que tuvo que inventar todo eso para que pudiéramos encontrarnos ese día. Yo no era periodista y no me interesaba, en ese momento, el caos del transporte público.</p>



<p>—Mi mujer —continuó diciendo— sabe mucho de esas cosas. El trabajo que tenía, como usted sabe, le permitía estar pendiente de las rutas que pasaban por la carretera. Le puedo asegurar que conoce todas las rutas y los tiempos que debe llevar cada una. De todas formas, si usted necesita otra entrevista yo estoy a la orden. ¿Va a tomar fotos?</p>



<p>Le dije que sí; lo entrevistaría después de hablar con su esposa. Las fotos, las tomaría otro periodista. Me agradeció y fue a llamar a Cecilia.</p>



<p>—Ya llegó el señor —gritó mientras subía por las escaleras.</p>



<p>Tres meses antes, al lado de la parada de bus frente a la autopista que une Piedecuesta con Bucaramanga, se estacionó una motocicleta. La mujer que la conducía bajó una mesa pequeña; las que usaban antes para vender lotería, y esperó. Al rato llegó Cecilia. Una mujer joven, delgada, de baja estatura, mestiza, de cabello negro y ojos grandes. Caminaba despacio por la acera contraria, cruzó la calle y saludó.</p>



<p>—Buenas días, mi señora.</p>



<p>—Buenos días. Hay que llegar temprano.</p>



<p>—Es que había trancón.</p>



<p>Entre las dos ubicaron la mesita en la acera, debajo de la sombra de los bambúes.</p>



<p>—Espéreme un rato —le dijo a Cecilia.</p>



<p>Cecilia esperó junto a la mesa y se cruzó de brazos. Parecía nerviosa. Era su primer día de trabajo vendiendo minutos a celular.</p>



<p>—No era mi primera vez —me diría más tarde—. En mi barrio yo vendía. Y me iba muy bien. Pero cuando el negocio dejó de ser exclusivo, empezó a generar pérdida. En todos lados se encontraban minutos a celular, y baratos. Yo vendía cuando eran a doscientos. Yo era muy buena en eso. Las matemáticas son mi fuerte. Después, doña Cira me ofreció trabajar acá. Y aquí estoy.</p>



<p>Doña Cira llegó cargando una sombrilla, una escoba y dos bolsas negras. Primero sacó el chaleco verde que Cecilia debía llevar puesto todo el día. A él, le siguieron cigarrillos y celulares atados con cadenas, chicles y dulces, dos termos de café y un taburete azul tan incómodo que Cecilia tendría que sentarse cruzando las piernas. Después traería un cojín.</p>



<p>—Veinte bombones, —Doña Cira empezó a contar mientras escribía en una libreta— siete cajas de cigarrillos, treinta chicles y cincuenta mentas. El vaso de café lo llena hasta acá. Esta es la medida. No lo llene. Por ahora, eso. Si usted ve que se vende más me dice y mañana traemos más. Mucho cuidado. Usted sabe cómo es.</p>



<p>— Sí señora —dice Cecilia mientras instala la sombrilla.</p>



<p>Hecho el inventario, Doña Cira le dice los precios de cada cosa y se va.</p>



<p>—El mejor consejo que me han dado —recuerda Cecilia mientras estoy en su casa— me lo dio la vieja ese día: Si se ve más pudiente, el cliente puede pagar cincuenta pesitos más. ¿No le parece? —sonríe.</p>



<p>Su esposo nos trae más galletas con café. Felizmente, esta vez está frío. Mido el calor que hace por la humedad que se expande, cada vez más, por la camisa del aquel.</p>



<p>Cecilia sigue contando su experiencia en el trabajo que acaba de perder. Y dice que todo es culpa del embarazo. Miro de reojo a su esposo y no se inmuta. Él quizá piense lo mismo: el embarazo fue el problema.</p>



<p>Es inusual escucharle esa palabra a Cecilia: embarazo. Meses antes, no se atrevía a pronunciarla y esquivaba cualquier pregunta sobre su condición. Nunca creyó que se le notaría tanto, rezaba para que el niño no creciera mucho y la dejara trabajar. Pero faltando tres meses para nacer era imposible no verle la panza.</p>



<p>—Es mejor que ya no trabaje más —le dijo Doña Cira mientras hacían cuentas.</p>



<p>—Usted sabe por qué lo hago. Con el sueldo de repartidor no alcanza.</p>



<p>—Es mejor, Cecilia, es lo mejor. —Después la llamaría por teléfono para decirle que no fuera al día siguiente.</p>



<p>—Cuando le preguntaba, por qué no dejaba ir a trabajar —recuerda Cecilia— me decía que ya habíamos hablado sobre eso y que habíamos quedado las dos, imagínese las dos, en que ya no volvería más. Já. Me tocó aceptarlo total ni qué contrato ¿no?</p>



<p><strong>Cecilia se aburre mucho</strong></p>



<p>Habían horas del día&nbsp; en que parecía ser la única habitante de la ciudad. Ni siquiera los buses llevaban gente. Sus &nbsp;conductores parecían fantasmas. A veces llevaba una revista y un crucigrama. Otras, antes de que se lo prohibiesen, escuchaba vallenato por unos audífonos prestados.</p>



<p>— Incluso llegue a contar los pasos que había de aquí a aquella piedra que está allá —decía mientras vendía un café—. Noventa y ocho pasos si se es mayor. Sesenta si se es joven. Si va de afán son menos.</p>



<p>Sin embargo, en su segundo mes de trabajo encontró una manera divertida de pasar el tiempo: haciéndole bromas a sus clientes.</p>



<p>—Me da pena decirlo —dice sonriendo— a veces, entregaba los cigarrillos al revés para que los encendieran por el&nbsp; filtro. La gente se daba cuenta del error pero se iban disimulando. Les daba pena. Caminaban, con el cigarrillo en la boca, como si nadie los hubiera visto. Cuando estaban lejos yo soltaba la carcajada. Y eso no es nada —Se acomoda en la silla— una vez, juro que fue una sola vez, le hice un huequito a un vaso, serví el café y la señora se fue como si no pasara nada mientras que, gota a gota, el café le manchaba la blusa. —Carcajea— Qué pecado.</p>



<p>Cecilia le pide a su esposo que haga más café. Ella está embarazada. Él se levanta, va a la cocina y desde allá le grita que mejor me cuente cuando la atracaron.</p>



<p>—Uy, sí —dice— ese sería un buen final para su artículo. Imagínese que estaba yo esperando a Cira para entregarle la producción del día, más o menos a las cinco de la tarde. Ella acostumbra llegar a esa hora, hacemos cuentas y nos vamos. Cuando, de sopetón, salieron dos tipos por atrás de los bambúes. Uno de ellos me empujó, me caí de la silla y grité. El otro sacó el cajón de la plata. Me imagino que lo desocupó en una bolsa. Al estilo de las películas. No pude verlo. Cuando me levanté ya se habían ido. No se llevaron ningún celular. Nadie me asistió, y eso que grité duro. Ese día fue muy feo. Doña Cifra no me cobró la plata que se perdió, pero me regañó una semana entera; que tenía que estar atenta, que tenía que cuidarme. Después se me pasó el susto.</p>



<p>El esposo de Cecilia llega con más café. Está hirviendo. Entonces, pregunta: ¿Y todo esto qué tiene que ver con el transporte público? Nos miramos y, cómplices, reímos. Le contamos la verdad y, en buen tono, sermonea a su mujer diciéndole que no sea tan desconfiada, que ni porque él fuera tan celoso y la besa.</p>



<p>Llega la hora de irme. Agradezco los tintos y las galletas y me pongo en pie.</p>



<p>— No vaya a poner mi nombre de verdad —me dice.</p>



<p>—Si usted me lo permite —digo.</p>



<p>Le pregunta a su esposo un nombre. Él se encoge de hombros. Se le ocurren tres: Cecilia, Carolina y Liseth.</p>



<p>—Ponga Cecilia —sentencia— Ese me gusta más.</p>



<p>Publicado originalmente el 17 de noviembre de 2012 en El Espectador.</p>
]]></content:encoded>
        <author>Jorge Eliécer Pacheco Gualdrón</author>
                    <category>Actualidad</category>
                    <category>Hypomnémata</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=120945</guid>
        <pubDate>Thu, 02 Oct 2025 00:05:24 +0000</pubDate>
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        <item>
        <title>Regalos del río</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/el-peaton/rio/</link>
        <description><![CDATA[<p>Un relato de Albeiro Guiral que celebra caminar y recuerda la infancia campesina.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p></p>



<p class="has-text-align-right"><em>Foto: detalle de Robert Walser</em>.</p>



<p><strong>Arturo Ríos no amaba hacer nada más en la vida que caminar</strong>. La primera vez que lo vimos en esa montaña donde nacimos nos pareció un niño como nosotros, pero un niño grande con sombrero raído y machete colgado al cinto. Nos trajo, en aquella visita, un balón amarillo que rescató de la corriente del Campoalegre y una pequeña muñeca ultrajada sin una pierna que todos miramos por un largo rato, estupefactos.</p>



<p>No simpatizaba con los perros que lo miraban siempre como a un desconocido y le gruñían en la noche como si no fueran a dejar de hacerlo nunca. Le ladraban e intentaban morderlo a traición, en vano, erizados como ante los espantos. Por más que le sentíamos, en el corredor, susurrando la oración para atraer la mansedumbre, estos animales no dejaban de desconfiar de él en ningún momento.</p>



<p>Una medianoche de Semana Santa despertó a toda la vieja casa con gritos extraños. <strong>Habló en una lengua que nadie entendió</strong>. Excepto el abuelo:</p>



<p>—Dice que vio una luz salir de la tierra, y a un hombre pequeño y verde salir con ella —dijo—. Ya no volverá a hablar lengua de cristianos.</p>



<p>Desde que adquirió, de súbito, esta lengua desconocida, no volvió a visitarnos. Un tío llegó una vez del pueblo a decirnos que lo había visto en un taller de orfebrería:</p>



<p>—Hace unas cosas muy lindas. En Santa Rosa todos hablan de su trabajo.</p>



<p>No le creímos. <strong>Seguíamos esperándolo salir del monte y cruzar el potrero hasta la casa con sus regalos del río</strong>.</p>



<p>Pero fue en vano. Un sábado en la tarde llegó una carta que nos decía que estaba hospitalizado hacía meses. Cuando caminaba por la larga carretera de vuelta al pueblo, una moto lo había atropellado. El motociclista resultó ileso; lloraba mucho, eso sí, según dijeron, desconsolado, por Arturo, quien fue llevado al hospital, pero no fue capaz de identificarse como humano. Intentaba, en su idioma de barro, decir que le dolían todos los huesos pero sólo causaba terror en las enfermeras. Hasta que un visitante fortuito lo reconoció y nos escribió.</p>



<p>Pocos días después de recibir la noticia, murió. Todos se pusieron muy serios. Los grandes se peinaron y se vistieron con ropa dominguera para el funeral. Los niños pudieron usar zapatos. Hacía años que nadie iba al pueblo entre semana. Yo me resistí a ir, como pude los convencí para quedarme encerrado con los perros, también tristes. Todo ese largo martes estuve con la mirada puesta en el camino solitario. <strong>No quise asistir al entierro de la infancia</strong>.</p>



<p><strong>Albeiro Guiral</strong><br><a href="https://www.instagram.com/amguiral/">www.instagram.com/amguiral</a></p>



<p></p>
]]></content:encoded>
        <author>Albeiro Guiral</author>
                    <category>Cultura</category>
                    <category>El Peatón</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=120894</guid>
        <pubDate>Sun, 28 Sep 2025 17:05:30 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/09/28120125/robertwalser.jpg" type="image/jpeg">
                <media:description type="plain"><![CDATA[Regalos del río]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Albeiro Guiral</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>“La industria editorial  aumenta de forma dolorosa la soledad del escritor”: Hugo Reyes</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/cura-de-reposo/la-industria-editorial-aumenta-de-forma-dolorosa-la-soledad-del-escritor-hugo-reyes/</link>
        <description><![CDATA[<p>Cedo hoy el espacio del blog al escritor barranquillero Hugo Reyes Saab. Él habla sobre el oficio de escribir y la encomiable labor de las editoriales independientes. &#8220;Es nuestra responsabilidad permitir que la literatura nos siga guiando a través de las oscuridades del mundo&#8221;, dice. </p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right has-small-font-size"><em>Hugo Reyes Saab, escritor colombiano. </em></p>



<p class="has-text-align-center has-large-font-size"><strong>Los insectos</strong></p>



<p><strong>Por: <em>Hugo Reyes Saab</em>, </strong><em>filósofo y escritor colombiano</em></p>



<p>La publicación del ensayo <strong><a href="https://blogs.elespectador.com/actualidad/cura-de-reposo/la-literatura-colombiana-esta-en-crisis/">“La literatura colombiana está en crisis”,</a> </strong>del bloguero Alexander Velásquez en <strong>El Espectador</strong>, me hizo reflexionar sobre la tarea de ser escritor en Colombia. Este oficio, más parecido a la alquimia que a la ingeniería, enfrenta el doble reto de producir una buena obra literaria y además, ser publicada. No basta con que el escritor haya vencido el miedo a exponerse, pasado los filtros estilísticos y ortográficos, para que alguna editorial le preste atención. Si no se ha ganado un concurso o si no se llega por recomendación, el novel escritor se enfrenta a una frialdad casi autista.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Cruzado este umbral, la obra, que debe defenderse por sí sola basada en su calidad, enfrenta la indiferencia de un público cada vez menos interesado en la lectura, pero sí en la rapidez y la superficialidad; y esto no está mal, es seguramente el signo de los tiempos. Pero la soledad del escritor, materia prima de su forma de ser y estar en el universo, es aumentada de forma dolorosa e incomprensible, por la industria de producir libros.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Afortunadamente, ese vacío ha sido llenado por las editoriales independientes; “los insectos”, como con humor se refiere a sí mismo mi editor. El nombre que él preside podría acomodarse al inglés como la famosa banda inglesa que transformó a la juventud en los años sesenta, o también al escarabajo, símbolo de la laboriosidad de todos esos animalitos que se miran con indiferencia, pero que en su dimensión y disciplina, construyen edificios invisibles al ojo humano.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="1024" height="682" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/07/15114318/ZETA-LITERATURA-HUGO-REYES-AUTOR-Y-LIBRO-1024x682.jpg" alt="" class="wp-image-118060" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/07/15114318/ZETA-LITERATURA-HUGO-REYES-AUTOR-Y-LIBRO-1024x682.jpg 1024w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/07/15114318/ZETA-LITERATURA-HUGO-REYES-AUTOR-Y-LIBRO-300x200.jpg 300w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/07/15114318/ZETA-LITERATURA-HUGO-REYES-AUTOR-Y-LIBRO-768x512.jpg 768w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/07/15114318/ZETA-LITERATURA-HUGO-REYES-AUTOR-Y-LIBRO-1536x1023.jpg 1536w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/07/15114318/ZETA-LITERATURA-HUGO-REYES-AUTOR-Y-LIBRO.jpg 1600w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>



<p class="has-text-align-right has-small-font-size"><em> Hugo Reyes Saab, filósofo y escritor colombiano, autor de la novela </em><a href="https://blogs.elespectador.com/actualidad/cura-de-reposo/las-bajas-pasiones-a-30-mil-pies-de-altura/">&#8220;Toque de Silencio en la Tropósfera&#8221;</a><em>, (editorial Escarabajo) y del blog </em>El diván de Hugo<em>. </em></p>



<p>Allí he tenido la oportunidad de leer las nuevas voces de la literatura colombiana. Me he sorprendido con el vigor y el talento de unas narrativas cada vez más alejadas de la magia macondiana, de la vulgaridad predecible de la cultura narcotraficante, y de maneras ya caducas de narrar la violencia endémica. Es cierto que a estas voces por su reciente aparición les faltan tonos para afinar el corifeo de la próxima narrativa colombiana; pero el director que se necesita para esta tarea sólo aparecerá de la unión por el amor a las letras y no a los intereses personales. Hay una obra pendiente más allá de lo impreso, de los reconocimientos y de la ganancia económica, y es nuestra responsabilidad permitir que la literatura siga hablando, nos siga guiando a través de las oscuridades del mundo.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; No quiero parecer detractor de la manera clásica como las grandes editoriales manejan su negocio ni un romántico para defender la forma disruptiva como las independientes hacen el suyo, ¿pero habría una posibilidad de mejorar el arte de traer los libros a los estantes? Creo que un poco de amabilidad y empatía, podrían ayudar en este difícil parto.</p>



<figure class="wp-block-embed is-type-wp-embed is-provider-blogs-el-espectador wp-block-embed-blogs-el-espectador"><div class="wp-block-embed__wrapper">
<blockquote class="wp-embedded-content" data-secret="uUdDpdN75F"><a href="https://blogs.elespectador.com/actualidad/cura-de-reposo/la-literatura-colombiana-esta-en-crisis/">La literatura colombiana está en crisis</a></blockquote><iframe class="wp-embedded-content" sandbox="allow-scripts" security="restricted" style="position: absolute; visibility: hidden;" title="&#8220;La literatura colombiana está en crisis&#8221; &#8212; Blogs El Espectador" src="https://blogs.elespectador.com/actualidad/cura-de-reposo/la-literatura-colombiana-esta-en-crisis/embed/#?secret=aRguTb68rz#?secret=uUdDpdN75F" data-secret="uUdDpdN75F" width="500" height="282" frameborder="0" marginwidth="0" marginheight="0" scrolling="no"></iframe>
</div></figure>



<p class="has-text-align-right has-secondary-color has-text-color has-link-color wp-elements-ec65624ca7280262a702b69f93dedd4f"><strong>Si usted quiere opinar sobre el tema, envíe su escrito al siguiente correo: alexvelasquezcolombia@gmail.com</strong></p>
]]></content:encoded>
        <author>Alexander Velásquez</author>
                    <category>Actualidad</category>
                    <category>Cura de reposo</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=118058</guid>
        <pubDate>Wed, 23 Jul 2025 11:24:36 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/07/22184114/ZETA-LITERATURA-HUGO-REYES-PRINCIPAL.jpg" type="image/jpeg">
                <media:description type="plain"><![CDATA[“La industria editorial  aumenta de forma dolorosa la soledad del escritor”: Hugo Reyes]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Alexander Velásquez</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>En busca del lector perdido</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/cura-de-reposo/en-busca-del-lector-perdido/</link>
        <description><![CDATA[<p>Cedo hoy el espacio del blog a César Augusto Ruiz Bulla, formador de lectores, en respuesta al ensayo “La literatura colombiana está en crisis”. Él habla acerca del valor de la lectura compartida en voz alta y la importante labor de los mediadores de lectura.   </p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right has-small-font-size"><em>Lectora: Angélica Sánchez. Fotografía tomada en la sala de lectura de la Librería Garabato en Bogotá. </em></p>



<p></p>



<p><strong>Por César Augusto Ruiz Bulla, </strong>artista formador, escritor y promotor de lectura.</p>



<p>Quiero comenzar mencionando una frase que por su permanencia en el tiempo viene tomando forma de máxima: “En Colombia los niveles de lectura son muy bajos”. Así el estudio realizado por la Cámara Colombiana del Libro,<em> Hábitos de lectura: visita a bibliotecas y compra de libros en Colombia en 2023</em>, demuestre un ascenso en la práctica de la lectura, los índices siguen siendo muy bajos: 3.75 libros al año por habitante.</p>



<p>Sin embargo, que se haya mostrado un ascenso resulta esperanzador, un logro pequeño pero significativo para quienes durante los últimos años nos hemos venido dedicando a la promoción de la lectura en un país que enfrenta una aberrante desigualdad social, en la cual un amplio margen de la población se debate diariamente en el ejercicio de suplir sus necesidades básicas, en las que el libro y la lectura están ausentes de sus “rituales” de esparcimiento y ocio.</p>



<p>Desde que comencé a dedicarme a este oficio, en enero del 2007, el panorama siempre se ha mostrado retador, un ir y venir de emociones que péndula entre la alegría y la frustración, un ejercicio propicio para curtir la piel y el espíritu, en el que leer en colectivo ha resultado ser una experiencia que logra congregarnos alrededor de una historia y de los diálogos que surgen en su apreciación, una experiencia que propone escenarios de escucha y reflexión en una cultura que ha adolecido de ellos y que históricamente se ha debatido entre el regionalismo y la guerra, formas de relacionarse tan intrincadas como la geografía del territorio habitado en común.</p>



<p>La lectura compartida en voz alta ha sido una forma única de encontrarnos y de reconocernos, de desmantelar la idea de la lejanía y evocando a Eduardo Galeano o, al mejor estilo Fahrenheit 451, imaginar a las personas como libros, para desde su consulta experimentar en comunidad los alcances de la palabra. </p>



<p><strong>Hemos transgredido la placentera experiencia de leer en silencio y soledad, para explorar la literatura como un hecho social</strong>, en el cual los libros dialogan con las vivencias y opiniones de las personas que desprevenidamente o por interés propio participan de estos espacios colectivos de lectura, en los cuales se asume en comunidad el reto lector fundamental de completar el sentido de las historias.</p>



<p>Creo que, por este motivo, el lector termina siendo para mí el eslabón esencial de una “cadena” que aparentemente termina en él. El reto a mi parecer será seguir construyendo “parnasos de lectores”, que se vean enriquecidos desde la selección de obras y la manera que estas puedan dialogar con otras manifestaciones artísticas; solo cultivando espacios de lectura será posible ampliar el universo cultural de los lectores, quienes en el ejercicio irán reconociendo referencias que les permitan fortalecer su criterio estético.</p>



<p class="has-text-align-right has-vivid-red-color has-text-color has-link-color has-large-font-size wp-elements-9bbed9c5fb3e52b910c51638cc75e797"><strong>A mí no me resulta malo que Mario Mendoza sea el autor de culto del momento; lo malo es que su lectura no se ponga en diálogo con otras obras del género negro o policiaco sobre el cual ha cimentado su obra.</strong></p>



<figure class="wp-block-image size-full"><img decoding="async" width="720" height="960" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/07/14154510/ZETA-LITERATURA-CESAR-AUGUSTO-RUIZ-clarita.jpg" alt="" class="wp-image-118046" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/07/14154510/ZETA-LITERATURA-CESAR-AUGUSTO-RUIZ-clarita.jpg 720w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/07/14154510/ZETA-LITERATURA-CESAR-AUGUSTO-RUIZ-clarita-225x300.jpg 225w" sizes="(max-width: 720px) 100vw, 720px" /></figure>



<p class="has-text-align-right has-small-font-size"><em>César Augusto Ruiz Bulla, artista formador, escritor y promotor de lectura.</em></p>



<p>Persistir en la creación de estos espacios me parece entonces un hecho esencial, para preservar un ecosistema que recopile obras icónicas de la literatura nacional y universal de escasa consulta, en la que también se tengan en cuenta a escritores y escritoras jóvenes, que desde hace algunos años vienen haciéndose un camino y son la apuesta valiente de algunas editoriales independientes, artistas que quizá no hayan sido apreciados de la mejor forma por distraernos en la búsqueda infructuosa de hallar un nuevo Premio Nobel.</p>



<p>Me pregunto hasta qué punto el propósito de una “literatura nacional” debe ser ganar un Nobel, si hasta el mismo García Márquez ha sido absorbido por el mismo marketing del cual hoy Mario Mendoza es erigido como su principal representante. Es sabido por propios y extraños que García Márquez es el escritor mayor de esta vasta e intrincada geografía denominada Colombia, el Nobel lo convirtió en un símbolo de la nación, que junto a un himno y un estropeado escudo bregan por mantener una confusa y resquebrajada identidad nacional. El aedo de Aracataca es admirado hasta la alabanza; sin embargo, tengo la impresión de que pocos lo leen, su figura alegre y luminosa es recordada aún después de su muerte.</p>



<p>Aun así, siento que el personaje suele devorar al autor y que la riqueza de su obra es eclipsada por su figura, permaneciendo muchos de sus escritos en las sombras para un amplio margen de la población nacional, que se conforma tan solo con reconocerlo o que en medio de los rigores del día a día por suplir sus necesidades básicas no ven el libro como un “elemento vital”</p>



<p>A mí no me resulta malo que Mario Mendoza sea el autor de culto del momento, venerado por masas impresionables de jóvenes, ávidas de historias de crimen y misterio; lo malo a mi parecer es que su lectura no se ponga en diálogo con otras obras del género negro o policiaco sobre el cual el autor bogotano ha cimentado su obra. Autores como él o como Fernando Soto Aparicio o Germán Castro Caycedo, hasta el mismo Héctor Abad Faciolince con su “El olvido que seremos” podría entrar en la denominación de <em>betsellers</em>, tan necesarios para el sostenimiento de una industria editorial que los necesita para sobrevivir; incluso <strong>con las limitaciones de las que se les pueda señalar, estos autores han sido para muchas y muchos una puerta de entrada al mundo del libro y la lectura.</strong></p>



<p>Comparto la intención de no solo quedarse en el umbral de lo comercial, de hacer del atreverse e ir más allá una sensata necesidad, una labor en la que el promotor o promotora de lectura si así lo desea puede llegar a ayudar.</p>



<p>El panorama es tanto retador como interesante para quienes nos dedicamos a procurar experiencias literarias junto a las comunidades en las cuales sea posible leer y reflexionar en colectivo, hacer ecos de obras de autores nacionales que permanecen ocultas, continuar formándonos como lectores en espacios en los que el pasar y pasar de las páginas sea un ejercicio de comunidad que rememore las noches en las que junto al fuego nos sentábamos a escuchar historias. &nbsp;</p>



<figure class="wp-block-embed is-type-wp-embed is-provider-blogs-el-espectador wp-block-embed-blogs-el-espectador"><div class="wp-block-embed__wrapper">
<blockquote class="wp-embedded-content" data-secret="lnKxAI4cPJ"><a href="https://blogs.elespectador.com/actualidad/cura-de-reposo/la-literatura-colombiana-esta-en-crisis/">La literatura colombiana está en crisis</a></blockquote><iframe loading="lazy" class="wp-embedded-content" sandbox="allow-scripts" security="restricted" style="position: absolute; visibility: hidden;" title="&#8220;La literatura colombiana está en crisis&#8221; &#8212; Blogs El Espectador" src="https://blogs.elespectador.com/actualidad/cura-de-reposo/la-literatura-colombiana-esta-en-crisis/embed/#?secret=takFZuVWxt#?secret=lnKxAI4cPJ" data-secret="lnKxAI4cPJ" width="500" height="282" frameborder="0" marginwidth="0" marginheight="0" scrolling="no"></iframe>
</div></figure>



<p class="has-text-align-right has-secondary-color has-text-color has-link-color wp-elements-ec65624ca7280262a702b69f93dedd4f"><strong>Si usted quiere opinar sobre el tema, envíe su escrito al siguiente correo: alexvelasquezcolombia@gmail.com</strong></p>



<p></p>
]]></content:encoded>
        <author>Alexander Velásquez</author>
                    <category>Actualidad</category>
                    <category>Cura de reposo</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=118009</guid>
        <pubDate>Tue, 15 Jul 2025 10:47:30 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[En busca del lector perdido]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Alexander Velásquez</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>&amp;#8220;Los críticos literarios no han muerto&amp;#8221;: Diego Firmiano</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/cura-de-reposo/los-criticos-literarios-no-han-muerto-diego-firmiano/</link>
        <description><![CDATA[<p>Cedo hoy el espacio del blog a este artículo enviado por Diego Firmiano, en respuesta al ensayo “La literatura colombiana está en crisis”. El escritor sugiere que &#8220;necesitamos comprender qué es y qué no es literatura hoy” y propone “crear comunidades lectoras”. </p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right has-small-font-size"><em>Fotografía tomada en la Librería Garabato, en Bogotá. Modelo: Camilo Rico. </em></p>



<p></p>



<p class="has-text-align-center has-large-font-size"><a><strong>Ejes rotos</strong></a></p>



<p><strong>Por Diego Firmiano, </strong>editor, escritor, crítico literario y director del portal cultural&nbsp;<a href="https://ojoaleje.wordpress.com/">Ojo al Eje</a></p>



<p>Toda crisis lleva en su seno una señal admonitoria: o se revisan los fundamentos y se da un giro, o se acepta el destino y con él, el fin de un ciclo. Una verdad que puede ser aplicada a una civilización, un proyecto personal, o a lo que menciona Alexander Velásquez, a la Literatura. Por eso es que su título en <strong>El Espectador</strong>, casi que redactado en el tono de <em>El Grito</em> de Edvard Munch, «La literatura colombiana está en crisis» (<a href="https://blogs.elespectador.com/actualidad/cura-de-reposo/la-literatura-colombiana-esta-en-crisis/">ver</a>), pone la cuota para dialogar acerca de ciertos elementos culturales amenazados, sobre los cuales él apunta como un francotirador, y acierta.</p>



<p>Así que, calibrando las ideas, hay tres elementos a observar según la nota periodística mencionada, y junto con ellos, una propuesta para cada una, a saber: que hay un nuevo sujeto lector; posiblemente el crítico haya muerto; y la industria del libro ha sufrido una mutación amorfa.</p>



<p>Sobre lo primero, el público lector que antes era un cuerpo sensible, con un gusto estético formado y ávido de leer, ahora son grupos de <em>fan-ships</em>, que compran libros por sugestión editorial, los leen por inercia (o fuerza grupal), y se casan con un escritor posicionado por el marketing. ¿Ven el giro? Y esto aplica para obras como «Vírgenes y Toxicómanos» de Mario Mendoza, «Los nombres de Feliza» de Juan Gabriel Vásquez, o «El olvido que seremos» de Héctor Abad Faciolince que se convirtió ya en un «Long-seller», y no aplica, por ejemplo, para «La Vorágine» de José Eustasio Rivera, «El día del odio» de José Osorio Lizarazo, o «Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón» de Albalucía Ángel.</p>



<p><strong>Propuesta:</strong> Necesitamos comprender qué es y qué no es literatura hoy.</p>



<figure class="wp-block-image size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="600" height="600" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/07/10121158/A-BRETON-DIEGO.jpg" alt="" class="wp-image-117918" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/07/10121158/A-BRETON-DIEGO.jpg 600w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/07/10121158/A-BRETON-DIEGO-300x300.jpg 300w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/07/10121158/A-BRETON-DIEGO-150x150.jpg 150w" sizes="auto, (max-width: 600px) 100vw, 600px" /></figure>



<p class="has-text-align-left has-small-font-size"><em>Diego Firmiano, editor y crítico literario.</em></p>



<p>Sobre lo segundo, no es que el crítico literario haya muerto, es que ahora las conversaciones librescas son más soterradas y no hay suficientes medios para demostrar los aciertos o desaciertos de las obras literarias. Es cierto que se comenta en voz baja que se editó mucho «En agosto nos vemos», que «Los abismos» tiene escenas muy flojas y diálogos muy destemplados, o que «Satanás» es un remedo, si acaso no un pastiche, pero de ahí, a publicar esto con fundamento y visibilidad, hay un largo trecho. </p>



<p>Y así es que las editoriales y los medios periodísticos han dejado de contratar a estas «figuras incómodas» que, a decir del bloguero, con su ejercicio apuntan a la vanidad del escritor, y como respuesta obtienen una injuria del mismo autor, impidiendo que sean los mismos lectores quienes defiendan la obra. ¿No sucedió así con la crítica de «El año del sol negro» de Daniel Ferreira, o las balas satíricas de Elsy Rosas Crespo contra el establecimiento literario del país, o la pelea entre Fernando Vallejo y Héctor Abad Faciolince?</p>



<p><strong>Propuesta</strong>: Necesitamos un Clemente Manuel Zabala, una Michiko Kakutani, o un Marcel Reich-Ranicki.</p>



<p>Finalmente, las editoriales se han convertido en meras máquinas de impresión. Desde que se descubrió que los libros son un negocio, la literatura dejó de ser importante. Punto. Así que es justo decir, para ser honrado con la verdad, que las grandes marcas editoriales (ahora <em>trust</em>) publican basura, pero la venden como productos transgresores y vanguardistas. ¿Cómo logran esto? Sencillo: recurren a reseñas famélicas de una línea donde un autor, editor o <em>influencer </em>alaba la publicación y la recomienda. Y esta es la tragedia moderna de los libros, pues ante la pregunta de Velásquez, de si «¿Hay más escritores que literatura?», la respuesta es obvia: Sí. Y más que escritores, hoy vemos artistas de la palabra descartables, y no los guillotinan (como sí hacen con los textos), porque pueden necesitarlos más adelante, o reformarlos para que causen escándalos mediáticos y vendan libros.</p>



<p><strong>Propuesta: </strong>Es necesario crear comunidades lectoras enfocadas, y no quemar los buenos escritores demandando de ellos libros un libro por año (o dos), cosa que las editoriales explotarían perfectamente.</p>



<figure class="wp-block-embed is-type-wp-embed is-provider-blogs-el-espectador wp-block-embed-blogs-el-espectador"><div class="wp-block-embed__wrapper">
<blockquote class="wp-embedded-content" data-secret="9lJb01cbFv"><a href="https://blogs.elespectador.com/actualidad/cura-de-reposo/la-literatura-colombiana-esta-en-crisis/">La literatura colombiana está en crisis</a></blockquote><iframe loading="lazy" class="wp-embedded-content" sandbox="allow-scripts" security="restricted" style="position: absolute; visibility: hidden;" title="&#8220;La literatura colombiana está en crisis&#8221; &#8212; Blogs El Espectador" src="https://blogs.elespectador.com/actualidad/cura-de-reposo/la-literatura-colombiana-esta-en-crisis/embed/#?secret=gz8A3PlWZX#?secret=9lJb01cbFv" data-secret="9lJb01cbFv" width="500" height="282" frameborder="0" marginwidth="0" marginheight="0" scrolling="no"></iframe>
</div></figure>



<p class="has-text-align-right has-secondary-color has-text-color has-link-color wp-elements-ec65624ca7280262a702b69f93dedd4f"><strong>Si usted quiere opinar sobre el tema, envíe su escrito al siguiente correo: alexvelasquezcolombia@gmail.com</strong></p>
]]></content:encoded>
        <author>Alexander Velásquez</author>
                    <category>Actualidad</category>
                    <category>Cura de reposo</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=117916</guid>
        <pubDate>Sun, 13 Jul 2025 12:07:11 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/07/10122956/ZETA-LITERATURA-CRITICO-GARABATO.jpg" type="image/jpeg">
                <media:description type="plain"><![CDATA[&#8220;Los críticos literarios no han muerto&#8221;: Diego Firmiano]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Alexander Velásquez</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>Vereda, una novela de Oscar Pantoja</title>
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        <description><![CDATA[<p>En la novela “Madre” (Premio Nacional de Novela Ciudad de Bogotá, 2022) de Oscar Pantoja, los fantasmas se vuelven protagonistas para relatar la violencia que han debido enfrentar miles de campesinos colombianos ante la indiferencia del resto de compatriotas, ahí la imaginación del autor pareciera entretejerse perfectamente con la denuncia estética que hace de nuestra [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p>En la novela “Madre” (Premio Nacional de Novela Ciudad de Bogotá, 2022) de Oscar Pantoja, los fantasmas se vuelven protagonistas para relatar la violencia que han debido enfrentar miles de campesinos colombianos ante la indiferencia del resto de compatriotas, ahí la imaginación del autor pareciera entretejerse perfectamente con la denuncia estética que hace de nuestra propia realidad nacional. Ahora, en “Vereda”, el protagonista se difumina en una realidad que es también una ilusión, la casa que su madre soñó para su hijo, quien vuelve al lugar de origen después de fracasar buscando una solución para su vida en una gran ciudad, teniendo como única alternativa la reparación de unos hornos abandonados, cuyo propósito es verdad sabida por muchos compatriotas.</p>



<p>Vereda transcurre en cualquier espacio rural de Colombia, de norte a sur y de occidente a oriente, en donde todo tipo de violencia arrecia contra la población más indefensa, los campesinos que deben sortear entre sobrevivir frente a los grupos al margen de la ley, frente a sus propios miedos manifiestos en unas manchas que van apareciendo por todas las casas, como una plaga que se va esparciendo, imponiendo un silencio en medio de un lugar donde pareciera que nada pasa.</p>



<p>En 27 capítulos los protagonistas van mutando, la casa al inicio es un mero sueño, hasta que poco a poco se va volviendo realidad, entonces hay una resistencia física frente a lo que acontece en el pueblo, las manchas no llegan tan pronto a ese espacio donde los ladrillos van formando paredes, ventanales sin vidrios y dinteles sin puertas, pero que permiten a su hacedor tener instantes de ilusiones y de sueños. Ahí, en una carpa improvisada dentro de la estructura, se permite conocer el amor, aunque sea por unos instantes, sin energía, sin acueducto, por algunos momentos la casa le permite cierta felicidad en la complacencia de hacer realidad el sueño de su madre.</p>



<p>Sin embargo la casa va tomando vida, una especie de conciencia que se manifiesta en sueños, exigiéndole a su morador que cabe un hueco para construir aparentemente un sótano. Una alegoría quizá al inconsciente colectivo que subyace en los miles de NN que siguen perdidos en los campos colombianos, pero también de un grito silencioso de esperanza para seguir habitando, como el protagonista de la novela, en el encuentro con lo perdido, ahí es la voz de la madre la que se vuelve espanto y habita la casa, animando a su hijo a ir tras otros desaparecidos también amados, también despreciados por muchos, mientras la mancha sigue creciendo y atrapando en su red a todo aquel que busque la memoria perdida.</p>



<p>“Vereda” es más que una metáfora de este país, ahí la fantasía y el onirismo permiten comprender una realidad que quiere ser ocultada por muchos, la memoria de un país que, pese a todo lo que se diga, vive en y desde la ruralidad, las otras patrias que muchos quieren desconocer.</p>



<p>En hora buena por la apuesta de Rey Naranjo Editores con esta novela en donde las letras, las manchas y la simbología numérica cobran especial relevancia en un lugar donde la muerte y los desaparecidos siguen siendo una realidad.</p>



<p>Pantoja, O. (2025). Vereda. Bogotá: Rey Naranjo Editores.</p>
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        <author>J. Mauricio Chaves Bustos</author>
                    <category>Cultura</category>
                    <category>Pazifico, cultura y más</category>
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        <pubDate>Thu, 12 Jun 2025 12:14:38 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Vereda, una novela de Oscar Pantoja]]></media:description>
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        <title>La literatura colombiana está en crisis</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/cura-de-reposo/la-literatura-colombiana-esta-en-crisis/</link>
        <description><![CDATA[<p>El boom colombiano. Acometer el asesinato simbólico de Gabo para encontrar el alma de la literatura nacional. Cuestionar el papel de las élites culturales. Espabilar a una industria sentada en sus laureles. Revivir a los críticos literarios.  Nuevos aires a los programas de promoción de la lectura. Evolución y revolución literarias.</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right has-small-font-size">Centro Cultural Gabriel García Márquez en Bogotá. Fotografía del autor.</p>



<p class="has-text-align-right has-vivid-red-color has-text-color has-link-color wp-elements-aa1f9889acacae22f72bee798a2fa8a7"><strong><em>“Basta ser un lector exigente para comprobar que la historia de la literatura colombiana, desde los tiempos de la Colonia, se reduce a tres o cuatro aciertos individuales, a través de una maraña de falsos prestigios</em> (…) <em>El problema no es de cantidad, sino de nivel”:</em> Gabriel García Márquez, en el ensayo “La literatura colombiana, un fraude a la nación” (abril de 1960).</strong></p>



<p>Sobre el oficio de escribir, la escritora Natalia Ginzuburg dijo una vez: “No me importa nada de lo que hagan los otros escritores”.</p>



<p>Hay cierta hipocresía que mantiene postrada a la literatura de este país y a los escritores colombianos relegados a la sombra de ese monstruo insuperable que sigue siendo el maestro Gabriel García Márquez. Pareciera que con él nace y con él muere la literatura colombiana, todo lo demás son casos aislados, gente bien intencionada, libros que se leen con deleite, loables intentos, escritores juiciosos, ninguno (todavía) consagrado al nivel de aquel.</p>



<p>Hay mucha bulla mediática alrededor de un nombre: Juan Gabriel Vásquez pero no hay consenso; lo propio ha pasado con el nombre de Fernando Vallejo. ¿Es ruido que dejamos caer? ¿Tal vez no sea para tanto? ¿Soñar en un segundo Premio Nobel de literatura? Demasiado temprano para saberlo. No pensemos con el corazón porque ahí radica el problema.</p>



<p>La literatura colombiana y la industria que la sostiene se mecen en su zona de confort: las editoriales publicando a diestra y siniestra (con siniestra no me malentiendan), incluso si no son buenos, ni los autores ni sus libros. En Estados Unidos un Gore Vidal despreciaba a la Susan Sontang literata. Aquí muchos desprecian las letras simplonas de Mario Mendoza pero no hay quién se lo diga en su cara, y así con otros autores, y así con otros libros. Los jóvenes lo consumen con avidez, lo siguen por doquier, llenan auditorios y lo tratan como a un semidios. Es un <em>rockstar </em>a su manera. El marketing obra esa clase de milagros.</p>



<p class="has-text-align-right has-vivid-red-color has-text-color has-link-color wp-elements-4b89b993875d86ad0e7dfac7ccbdc79d">En el Suplemento Literario Ilustrado (<strong>El Espectador,</strong> 12 de noviembre de 1926), el crítico Luis Trigueros escribió sobre La vorágine: “Las fabulaciones de Rivera –hay que reconocerlo- carecen de método, de orden, de ilación: <em>La vorágine</em>, pongo por caso, es un caos de sucesos aterrantes, una maraña de escenas inconexas, un confuso laberinto en que los personajes entran y salen, surgen y desaparecen sin motivos precisos ni causas justificativas”. </p>



<p class="has-text-align-right has-vivid-red-color has-text-color has-link-color wp-elements-ee2f48b191db256b48686f0ffd1403da">El destinatario de la diatriba, José Eustasio Rivera, le respondió, a los pocos días en dos artículos distintos, a través de las páginas de El Tiempo: “… con espíritu cicatero farfullaste un esbozo mísero de mi novela, en el cual, por poder llenar una página de revista, embutiste citas inocuas y párrafos míos a manera de transcripciones. ¿Dónde están los tesoros de tu sabiduría que nos los derramaste a manos llenas…?  (…)  acudiste para juzgarme La vorágine a un procedimiento doloso y desleal: tomaste la primera edición, a sabiendas de que la segunda salió corregida y teniendo la tercera en tu poder. (…) A qué hado adverso obedeciste cuando te dio por meterte a crítico, como si eso fuera empresa fácil”. (Del libro <em>La vorágine: Textos críticos</em>, compilación de Monserrat Ordoñez Vila, Alianza Editorial Colombiana.</p>



<p class="has-text-align-center has-large-font-size"><strong>Sin crítica literaria no hay <em>Parnaso</em> colombiano</strong></p>



<p>La ausencia de crítica literaria le ha hecho daño a la literatura colombiana. Ni el editor ni el lector están para cumplir esa función, ya sabrán por qué. A los medios de comunicación alguna culpa les cabe. No hay crítica literaria en la prensa colombiana o la poquísima “crítica” que sobrevive la hacen los propios amigos de los escritores, así que en vez de crítica hay alabanzas camufladas a modo de reseñas, y algunas tan mal hechas que torpemente resumen el libro —hacer espoiler se llama— que nos &#8220;ahorran&#8221; el trabajo de leer. Entre amigos se tapan con la misma cobija y eso le hace daño a la literatura.</p>



<p>Pasaron a mejor vida los críticos literarios (con todo lo malo y lo bueno que tengan) y nadie los echa de menos. Sin críticos, la literatura va ahí, a tientas, a la deriva, como todo lo demás, incluidos nosotros, en este foso oscuro que es el Universo, tan necesitado de luz para llegar al <em>Parnaso.</em>  </p>



<p><strong>Truman Capote</strong> dijo: “Cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo y el látigo es únicamente para autoflagelarse”. Es decir, autocompadecerse no es suficiente si se trata de superarse a sí mismo. No hay más remedio que devolverle a la crítica y a los críticos su lugar: resucitarlos.</p>



<p>La crítica sirve para recordarnos que lo que existe, imperfecto o regular o a medio hacer, existe, y cualquier cosa es mejor que no tener conciencia de esa existencia. Pasa lo mismo en el periodismo. El problema tal vez no sean los críticos, sino la falta de humildad de los criticados. En un país de sordos —¡y este abusa de su sordera!—, bueno sería entonces que a quien le caiga el guante se lo chante. Al fin de cuentas, la humildad no es más que una cabeza gacha aferrada a la pluma, al teclado.</p>



<p><strong>Gustave Flaubert</strong> dijo: “Nadie le hará jamás una estatua a un crítico”. Aceptemos también que hay escritores sin estatuas. En Colombia el problema es que no somos dados a honrar a nuestros escritores, y entre ellos pasa lo mismo. El respeto y el prestigio se han diluido en celos y soberbias. Han confundido cofradía con mafia de escritores. Dice Javier Cercas: &#8220;Hay que acabar con la soberbia del escritor endiosado&#8221;. </p>



<p>Se entiende que nadie quiere ser presa del ridículo y el crítico debe saber que ese no es el papel que se espera de él o ella.&nbsp;</p>



<p class="has-text-align-center has-large-font-size"><strong>La alegría de leer</strong><strong></strong></p>



<p class="has-text-align-right has-vivid-red-color has-text-color has-link-color wp-elements-176de722a842670ebebd1cfb7961a81f"><strong>“Escribo a los 66 años con el mismo propósito que tenía a los dieciséis que es, desde luego, dar sentido a mi vida y quizás ayudar a otras personas a dar sentido a la suya”: John Cheever, escritor estadounidense.</strong></p>



<p>Ahora bien, el placer de la lectura sigue siendo un privilegio de pocos y tengo la impresión, además, de que el grueso de la población no entiende cuál es el valor que tiene o podría tener la literatura en sus vidas, y tampoco se hace lo suficiente para despertar en la gente el sentido del gusto literario, ese lector en potencia criado desde la infancia, o el adulto que no tuvo infancia lectora.</p>



<p>Desacralizar la literatura es un asunto que daría para conversaciones infinitas.&nbsp;Volvamos a Capote: “Los libros que leí por mi cuenta tuvieron una importancia mucho mayor que mi educación oficial, que fue una pérdida de tiempo y concluyó cuando cumplí diecisiete años”.</p>



<p>Los escritores colombianos son como los inquilinos de un manicomio: allá en su rincón cada loco con su tema, cada <em>genio</em> con su historia. Falta articulación, identidad literaria, acallar los ruidos individuales con un noble propósito superior: el hito sinfónico creador. El boom colombiano con bombos y platillos.</p>



<p>Hacia afuera el gran referente sigue siendo Gabo (perdón, por las confiancitas), a pesar de que hay unos tres nombres, quizás cuatro, ¿a lo sumo cinco? (en todo caso, muy poquitos, casi nada), con la suerte de ser profetas en tierras ajenas, alejados (¿separados?) de sus orígenes, casi incomprendidos, la tragedia del hijo negado, que persiste en el sueño de encontrar la universalidad. Por lo tanto, es la literatura colombiana la que debe emprender el regreso a Itaca. </p>



<p>Esos <em>poquitos </em>se leen más allá que acá, porque acá seguimos sin encontrar la pócima que permita la multiplicación de los lectores. Todo lo contrario: cada vez se lee menos y un día se nos olvidará que sabíamos leer y otro día se nos olvidará que sabíamos escribir. Con el tiempo hay cosas que entran en desuso. Si la IA impone su tiranía, los humanos seremos lo próximo a desechar. ¡Carita triste! Réquiem anticipado por nosotros. </p>



<p>A veces me pregunto si la inteligencia artificial obligará a los escritores a replantear la manera cómo se escribe la literatura o si, por el contrario, esta sobrevivirá por los siglos de los siglos bajo los métodos y formas que conocemos. Desde luego hablo como lector y creo que el asunto nos sobrepasa. Tal vez un buen escritor de ciencia ficción podría anticiparnos ese futuro. O no futuro. </p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1024" height="1001" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/06/08072227/ZETA-LITERATURA-LECTOR-1-1024x1001.jpg" alt="" class="wp-image-116725" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/06/08072227/ZETA-LITERATURA-LECTOR-1-1024x1001.jpg 1024w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/06/08072227/ZETA-LITERATURA-LECTOR-1-300x293.jpg 300w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/06/08072227/ZETA-LITERATURA-LECTOR-1-768x751.jpg 768w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/06/08072227/ZETA-LITERATURA-LECTOR-1.jpg 1080w" sizes="auto, (max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>



<p class="has-text-align-right has-small-font-size">Lector en Transmilenio, una rareza en estos tiempos. </p>



<p class="has-text-align-right has-vivid-red-color has-text-color has-link-color wp-elements-bfca72ce420a6e04a45cad9b0f2cc0b7"><strong>Jane Austen en su novela <em>La abadía de Northanger</em>: &#8220;Quien no disfruta de una buena novela, ya sea caballero o dama, debe ser intolerablemente estúpido&#8221;.</strong></p>



<p>Al mediador de lectura debería dotarse de un rol protagónico, lo mismo que al librero, sin las ataduras comerciales que impone el mercado para cuadrar caja. El día que se vendan libros como pan caliente muchos habrán saciado un tipo de hambre para el que ignoraban la existencia de ese alimento: el deleite lector. Incentivar los talleres de lectura ayudaría en tal propósito con la ventaja adicional de abrir un espacio seguro contra la soledad, <em>mal</em> que se propaga como la peste, virtud incomprendida.</p>



<p>Se les abona a personas como Carolina Sanín que enseñen literatura, formen lectores, y de vez en cuando les den fuete a sus colegas. Se necesitan huevos para eso y ella los tiene. Pero se requiere humildad por parte de los escritores, de ellos y de ellas: deshacerse de cualquier falsa superioridad.</p>



<p>Para hacerse lector, y de paso apoyar a los nuestros, está bien empezar por Mario Mendoza, pero está mal quedarse ahí, y en ese único autor habiendo grandes promesas y autores no comerciales que superan por mucho a aquel. Hay que nadar sin miedo hasta la profundidad, allá donde pervive lo insondable del alma humana. Ojalá los muchachos no se queden en la orilla: sería como negarse a crecer. Y crecer es una obligación hasta encontrar nuestro muy íntimo final. Entre una cosa y la otra, entre nacer y morir, está la literatura. Buena o mala. Hablamos aquí de ambas literaturas: la de ficción y la de no ficción que usa recursos de la primera. Si es buena, nos ayuda a encontrarle un sentido a la existencia, o a dárselo. (Acotación: Yo preferiría que el bautismo de los nuevos lectores se haga con cualquiera de los libros de García Márquez que, por obligación y no por placer, leímos en el colegio hasta aborrecer la literatura en general y a Gabo en particular, pero cada quien tendrá su fórmula de iniciación).</p>



<p>¿Quién tiene la vara de Moisés para separar las aguas: lo bueno de lo malo? ¿Cómo separar la paja para hallar el trigo?</p>



<p>Las editoriales publican como locas pero, carentes de estrategia, sin plan para promocionar a sus escritores de manera adecuada. Tienen, eso sí, un plan para pasar libros por la guillotina en caso de que no se vendan. Quedé sin palabras el otro día al escuchar <a href="https://open.spotify.com/episode/6ik3qhIb4MuzDwN6V60y8R?si=V2q9WMpJSGqYCaAlkdovhA">en este pódcast</a> a una editora, de una editorial colombiana, afirmar que muchos de los libros que no se venden, se pican.</p>



<p>¿En serio se destruyen libros en Colombia? Entonces, ¿para qué satanizar a la Inquisición, que los quemaba en el pasado, si de todas maneras algo parecido se hace hoy en vez de donarlos a quienes no tienen ni tendrán con qué comprarlos? Es terrible. ¿Sacrificar árboles por nada? ¿Cuál es la responsabilidad de un editor que, con buen ojo, podría evitar una matazón de árboles innecesaria? Es como si alguien me dijera que la comida toca botarla porque nadie la compró. ¡Qué locura es esa!</p>



<p>Más no es todo: La misma persona confirma con cifras en mano la manera inaudita cómo cada mes se inunda de libros el mercado local. ¿Quién financia esto, cómo se sostiene una industria si no venden los libros o es que producen libros para un mercado inexistente? ¡Me perdí!</p>



<p>Hay que poner los libros al alcance de la gente, no triturarlos.</p>



<p class="has-text-align-center has-large-font-size"><strong>El derecho a la literatura</strong></p>



<p>De tiempo atrás muchas voces abogan por la democratización del libro, convertirlo en un artículo básico de la canasta familiar –es decir, hacerlo accesible a la gente, no solo a quienes tienen recursos para adquirirlo. En <a href="https://blogs.elespectador.com/actualidad/cura-de-reposo/dejad-los-libros-vengan-llamado-la-industria-editorial/">este mismo blog</a> expuse las preocupaciones sobre el tema y la necesidad de actualizar la obsoleta Ley del Libro (Ley 98 de 1993).</p>



<figure class="wp-block-embed is-type-wp-embed is-provider-blogs-el-espectador wp-block-embed-blogs-el-espectador"><div class="wp-block-embed__wrapper">
<blockquote class="wp-embedded-content" data-secret="CnzRfYHgzF"><a href="https://blogs.elespectador.com/actualidad/cura-de-reposo/dejad-los-libros-vengan-llamado-la-industria-editorial/">Dejad que los libros vengan a mí (Un llamado a la industria editorial)</a></blockquote><iframe loading="lazy" class="wp-embedded-content" sandbox="allow-scripts" security="restricted" style="position: absolute; visibility: hidden;" title="&#8220;Dejad que los libros vengan a mí (Un llamado a la industria editorial)&#8221; &#8212; Blogs El Espectador" src="https://blogs.elespectador.com/actualidad/cura-de-reposo/dejad-los-libros-vengan-llamado-la-industria-editorial/embed/#?secret=JcwyK6KsdY#?secret=CnzRfYHgzF" data-secret="CnzRfYHgzF" width="500" height="282" frameborder="0" marginwidth="0" marginheight="0" scrolling="no"></iframe>
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<p>Y, como en todo, debería importar más la calidad que la cantidad. Con razón, Fernando Vallejo afirma lo siguiente en su novela “Escombros” (página 137): “Hoy en día sacan novelas como pollos de una incubadora. Nooo, esto no es así de fácil, hay que vivirlas y meditarlas mucho”, dice.</p>



<p>En igual sentido, Arturo Pérez-Reverte publicó en el portal Zenda <a href="https://www.zendalibros.com/perez-reverte-las-editoriales-tienen-muy-poca-verguenza">este demoledor ensayo</a> sobre el mundillo editorial donde no deja títere con cabeza; aunque habla de su país creo que la enfermedad se propaga por estos lares, “<em>indicio de una estrategia editorial sin escrúpulos que como una mancha infame envilece lo que aún llamamos literatura”, </em>dice el escritor español.</p>



<p>Y continúa: “Cada año, cada mes, cada semana, una cantidad enorme de novelas aparece en librerías, plataformas digitales y redes sociales. Algunos de sus autores son mediocres o innecesarios, publicados por sus editores a ver si suena la flauta, (…) Es una lástima que algunos que podrían ser brillantes carezcan de las herramientas técnicas, las lecturas o el cine que hoy son necesarios para un oficio que no consiste solo en teclear lo que tienes en la cabeza, sino en años de trabajo duro, respeto por los maestros, educarse en el conocimiento de los clásicos y, sobre todo, ser capaz de crear algo que no se haya hecho antes —eso es muy difícil— o contar lo que desde hace siglos se cuenta, pero de una manera diferente, actualizada (…) desde hace tiempo las casas editoriales, que antes eran criba y filtro de calidad, se han lanzado a la ofensiva descarada del todo vale, saturemos los anaqueles, maricón el último.&nbsp;(…)Da igual que sepan escribir o no, pues para eso están los editores y los llamados&nbsp;<em>negros literarios,</em>&nbsp;que ponen su talento e imaginación bajo el nombre de quien se limita a insinuar una idea, una trama básica, o a aportar unas notas en el móvil&nbsp;(…) las casas editoriales, con su ambiciosa desvergüenza, son las principales culpables de semejante acumulación de basura”.</p>



<p>Sobre calidad literaria habló García Márquez en un artículo publicado en 1959, con el título <em>Dos o tres cosas sobre “La Novela de La Violencia”: <strong>“No es asombroso que el material literario y político más desgarrador del presente siglo en Colombia, no haya producido ni un escritor ni un caudillo”. (&#8230;) “Había que esperar que los mejores narradores de la violencia fueran sus testigos. Pero el caso parece ser que éstos se dieron cuenta de que estaban en presencia de una gran novela y no tuvieron la serenidad ni la paciencia, pero ni siquiera la astucia, de tomarse el tiempo que necesitaban para escribirla”.</strong></em></p>



<p>Recuerden tres cosas: en ese momento todavía faltaban ocho años para la publicación de&nbsp;<em>Cien años de soledad</em> (1967), la idea de esta novela rondaba en su mente desde la adolescencia (según cuenta su hermano Eligio en el libro “Son así: Reportaje a nueve escritores latinoamericanos), y le tomó dieciocho meses de encierro en Ciudad de México para escribirla (1965-1966).</p>



<p>Gabo lo tuvo claro: es menester que la literatura se ocupe del asunto de la violencia. Me pregunto hoy, primer cuarto de siglo del siglo veintiuno, si los escritores y las editoriales colombianas tienen claro cuál es el tema o los temas de nuestro tiempo, eso de lo cual estamos siendo testigos los vivos. ¿O acaso, como un siglo atrás, los autores siguen escribiendo con afán y sin pericia?</p>



<p>Los dictadores, la novela sobre el poder, fue tema obsesivo dentro del <em>Boom latinoamericano</em>. ¿Cuáles son hoy, sí las tienen, las obsesiones de los escritores?</p>



<p>El escritor tiene un compromiso con la literatura, esa sensibilidad literaria que lo ata a su tiempo, ese presente que no tiene ya ni pasado ni futuro en los libros inmortales.&nbsp;¿Sigue siendo acaso la violencia y la novela de la violencia, de cualquiera de nuestras múltiples ruinas, el tema recurrente?&nbsp; Había que preguntarse qué es Colombia en este momento para aventurar una respuesta, y dudo mucho de que haya claridad o consenso al respecto.</p>



<p>Gabriel García Márquez partió la historia de la literatura colombiana en dos y la situó en el croquis universal. Preguntémonos qué cosa extraordinaria ha pasado después de Gabo. Si sus libros se leerán dentro de cien años, como muchos profetizan, hay que preguntarse si se leerán dentro de cien años los escritores de ahora, sabiendo que ni siquiera se leen hoy, más allá de unos reducidos círculos de adoradores. ¿Qué clase de libro es ese del que se habla durante veinte días y luego se olvida?</p>



<p>Yo solo hago preguntas: ¿Qué libros de autores colombianos clasificarían dentro de eso que llaman canon literario?¿Hay más escritores que literatura? </p>



<p>Hay buenos escritores. Y cada uno se mueve al vaivén de su pequeñísima gloria, solito, como la solitaria, aislado, indefenso, rey en su minúsculo reino, creyéndose su fama, alimentando vanidades, tan efímeras ambas; cada autor asumiéndose importante, quizás no relevante, y por lo mismo tanto, desligado de una voz coral que blinde nuestra literatura. ¿Le falta espesor u otro hervor a la sopa? </p>



<p>No tiene eso que sí tienen, por ejemplo, las literaturas de México, Argentina o Chile, eso que las hace poderosas de puertas hacia afuera, desde cuando vivían Rulfo, Borges o Neruda; Fuentes, Cortázar o Bolaño.</p>



<p>Creo que la literatura colombiana no ha logrado <em><strong>matar el</strong> <strong>Boom latinoamericano</strong></em>, mejor dicho, no ha logrado <em>matar </em>a Gabo, y eso que en el <em>el arte de matar</em> sentamos cátedra. Creo que es hora de acometer el asesinato simbólico y de que ahora sí los escritores se pongan serios a hacer historia con vocación literaria absoluta: escribir la historia del post-boom. Gabo murió hace doce años y el último del <em>boom,</em> Mario Vargas Llosa, acaba de morir. Asustarse con fantasmas son excusas.</p>



<p>Por ahí leí que los genios nacen una vez cada siglo.&nbsp; Bueno, si García Márquez nació en 1927, es posible que falte poco para que una pareja de enamorados esté próxima a engendrar el segundo Premio Nobel de Literatura colombiano y, en el mejor de los casos, faltarían dos décadas más para que publique su primera novela. Con suerte estaremos vivos para leerla.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1024" height="768" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/06/07222327/ZETA-LITERATURA-2-1024x768.jpg" alt="" class="wp-image-116716" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/06/07222327/ZETA-LITERATURA-2-1024x768.jpg 1024w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/06/07222327/ZETA-LITERATURA-2-300x225.jpg 300w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/06/07222327/ZETA-LITERATURA-2-768x576.jpg 768w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/06/07222327/ZETA-LITERATURA-2.jpg 1280w" sizes="auto, (max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>



<p class="has-text-align-right has-vivid-red-color has-text-color has-link-color wp-elements-6deb966dec3e18b97069dc230c5d9184"><strong>“Los textos que viven cien años son aquellos en los que el autor mostró, a través de un pequeño detalle, la dimensión universal, cuya grandeza dura. Los textos que carecen de este vínculo desaparecen”: Ryszard&nbsp; Kapuscinski, citado por Jairo Osorio en el libro “Tan buena Elenita Poniatowska: Noticias de autores y libros”.</strong></p>



<p>Decía Fiódor Dostoievski, el escritor ruso, que quien haya leído <em>Don Quijote de la Mancha</em> habrá justificado su paso por este mundo. «Oh, este es un gran libro, no como los que se escriben ahora; estos libros se envían a la humanidad cada varios cientos de años», escribió en <em><a href="https://www.elconfidencialdigital.com/articulo/la_voz_del_lector/opinion-dostoyevski-quijote-poder-transformador-literatura/20220422181109384479.html">Diarios de un escritor</a></em><strong><em>.</em></strong></p>



<p>Maialen Aguinaga Alfonso, investigadora literaria española, nos regala esta otra frase de los Diarios de Dostoievski: “En todo el mundo no hay obra de ficción más profunda y fuerte que ésa. Hasta ahora representa la suprema y máxima expresión del pensamiento humano, la más amarga ironía que pueda formular el hombre y, si se acabase el mundo y alguien preguntase a los hombres: Veamos, ¿qué habéis sacado en limpio de vuestra vida y qué conclusión definitiva habéis deducido de ella? Podrían los hombres mostrar en silencio el Quijote y decir luego: «Ésta es mi conclusión sobre la vida y… ¿podríais condenarme por ella?»&nbsp;</p>



<p>Quizás eso es lo que les está faltando a los escritores colombianos: comprometerse con la literatura pero también con su tiempo; comprometerse a fondo con la vida misma. Porque la literatura es la vida que pasa ante nuestros ojos y para la posteridad los escritores colombianos deben decirnos qué tanto vieron sus ojos y qué tan capaces fueron de encontrar totalidad en su prosa.</p>



<p>Parafraseando a Dostoievski, cualquier colombiano que lea <em>Cien años de soledad</em> habrá justificado su existencia y su paso por esta tierra, de esas obras maestras que toca leer al menos una vez antes de morir, aunque uno termina releyéndola&nbsp;por infinito placer. Con todo, faltan muchos más libros y autores de los que podamos decir lo mismo. Es imperdonable partir sin haber leído algo, cualquier cosa, de la extensa y maravillosa obra que dejó García Márquez. Creo que el país sigue en deuda con él. &nbsp;</p>



<p>Pero, sobre todo, persiste la vieja deuda de narrar la Colombia de nuestro tiempo, de este tiempo que si bien se narra, parecen los retazos sueltos, no la obra consumada. En últimas, <em>matar a Gabo</em> no significa nada distinto a desmontar la maquinaria detrás de su universo macondiano, no para comprenderlo a él y su obra, sino para alentar la creación desde ceros, que es continuar el camino; es decir el regreso a Itaca: es decir, el regreso a Macondo, ahora con el propósito de <em>destruirlo</em>… por segunda vez y ojalá para siempre.  Se anticipa un viaje peligroso. Una nueva estirpe de escritores debe<em> asegurarle </em>a la literatura una segunda oportunidad sobre esta tierra, no condenarla.</p>



<p>El reclamo de Gabo sigue siendo válido ya no hacia atrás (de 1959) sino hacia adelante (casi 70 años después), para continuar la tradición que empezaron él y sus&nbsp;antecesores. Dice Gabo en el mismo ensayo mencionado arriba: &#8220;No se empieza una tradición literaria en veinticuatro horas&#8221;. Si, como lo suponía él, no había &#8220;algún escritor profesional, técnicamente equipado&#8221; que &#8220;haya sido testigo de&nbsp;la violencia&#8221;, ¿de qué son testigos quienes le sobreviven? ¿Son conscientes las generaciones posteriores al Gabo la responsabilidad que recae sobre sus hombros?</p>



<p class="has-text-align-center has-large-font-size"><strong>La orfandad del escritor</strong></p>



<p class="has-text-align-right has-vivid-red-color has-text-color has-link-color wp-elements-a7213f4de8e849956732bc72edecc5a9"><strong>“Si el escritor no se mueve, nadie se va a mover por él, nadie lo va a ayudar. Y será siempre un paria de la sociedad, un trabajador sin futuro”: Carlos Fuentes, escritor mexicano.</strong></p>



<p>En un país que no promociona de manera suficiente a los autores y sus obras, aplaudo la iniciativa de Señal Colombia con su <strong>“Señal Literaria”, </strong>conducida por Erick Duncan, para sacar a los escritores de sus cuevas enmohecidas. No sé si están todos los que son o si los que están son todos buenos, pero esta iniciativa contribuye a la promoción de la literatura local y, por lo tanto, a la formación de un país lector.</p>



<figure class="wp-block-embed is-type-video is-provider-youtube wp-block-embed-youtube wp-embed-aspect-16-9 wp-has-aspect-ratio"><div class="wp-block-embed__wrapper">
<iframe loading="lazy" title="Señal Literaria - Capítulo 29: Evelio Rosero -  Martes 18 de febrero" width="500" height="281" src="https://www.youtube.com/embed/BoVpRSP8l58?list=PLdRQxCJRB6fccXKl92o45DkaVmyg3N5n0" frameborder="0" allow="accelerometer; autoplay; clipboard-write; encrypted-media; gyroscope; picture-in-picture; web-share" referrerpolicy="strict-origin-when-cross-origin" allowfullscreen></iframe>
</div></figure>



<p>Asistí, en la FILBo, a la presentación de <em>“Camino al bosque”,</em> un cuento póstumo para niños del colombiano David Sánchez Juliao. No veo una sola referencia sobre esta obra en la prensa colombiana. Entiendo que a muchos autores les ha tocado apañárselas para ser ellos mismos los promotores de sus libros.</p>



<p>La Feria del Libro de Bogotá necesita reingeniería. No basta con traer cada vez uno o dos escritores de renombre internacional —rarísima vez un premio Nobel— a cambio de presenciar el mismo cuadro monótono de siempre: un enjambre de personas desorientadas yendo de un lado para otro dentro de Corferias, sin saber a dónde van, porque además dentro del recinto ferial la señalización es regular; algunas salas no están bien identificadas y la zonas de comidas suele estar más atestadas de gente que las salas de conferencias.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1024" height="1006" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/06/08072501/ZETA-LITERATURA-CAMLIBRO-1024x1006.jpg" alt="" class="wp-image-116728" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/06/08072501/ZETA-LITERATURA-CAMLIBRO-1024x1006.jpg 1024w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/06/08072501/ZETA-LITERATURA-CAMLIBRO-300x295.jpg 300w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/06/08072501/ZETA-LITERATURA-CAMLIBRO-768x754.jpg 768w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/06/08072501/ZETA-LITERATURA-CAMLIBRO.jpg 1080w" sizes="auto, (max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>



<p class="has-text-align-right has-small-font-size"><em>Sede de la Cámara Colombiana del Libro en Bogotá. Fotografía del autor. </em></p>



<p>Hay dos Colombias ocurriendo en simultánea pero abismalmente separadas: la una&nbsp;transcurre en Bogotá, donde pareciera que sucede lo único que importa, y la otra Colombia es el resto del país, desconectada, más naciones dentro de una misma nación. El <em>boom colombiano</em> —como la promesa autoimpuesta— puede ser&nbsp;respuesta y antídoto ante esa única nación fracturada.&nbsp;</p>



<p>Podríamos intentar unificarlas a través de los libros, pero no única ni solamente por la vía de las ferias regionales. Ahí está el desafío. Los señores de la Cámara Colombiana del Libro, entidad que tiene el monopolio de la FILBo, deberían&nbsp;pensar cómo hacerlo. A la Feria del Libro de Bogotá ya da pereza ir y la entrada económica no es; hay que reinventarla antes de que el tedio nos quite las ganas de leer. Es hora de otorgarles el protagonismo merecido a las editoriales independientes, que contribuyen a enriquecer el firmamento libresco sin ínfulas mercantilistas.</p>



<p>Tal vez hoy necesitemos una comisión de sabios que nos ayude a reconciliar a todas las Colombias: encontrar el alma, el espíritu polifónico por medio de la escritura. Ni siquiera hemos logrado unir una sola nación que se sienta orgullosa de tener su único Premio Nobel de Literatura. Aceptemos que hay un problema de desamor propio por resolver, ese yo interior como sociedad, a través de un artificio colectivo.</p>



<p>En el único sentido que le cabe a la expresión, hay que convocar a los espíritus (ya se ha hecho antes) para conjurar los hitos de nuestra historia, la real y la de ficción.</p>



<p>En algo hemos fallado, ¿podemos remediarlo? Se habla mucho en Colombia de las élites políticas y económicas. ¿Qué hay de las élites culturales? Va siendo hora de preguntarles, sin pena y sin temor, qué responsabilidad les cabe en lo dicho hasta aquí. Tienen la palabra, ojalá y no para refunfuñar.</p>
]]></content:encoded>
        <author>Alexander Velásquez</author>
                    <category>Actualidad</category>
                    <category>Cura de reposo</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=116705</guid>
        <pubDate>Sun, 08 Jun 2025 13:01:40 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[La literatura colombiana está en crisis]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Alexander Velásquez</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>Amar los libros sobre todas las cosas</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/cura-de-reposo/amar-los-libros-sobre-todas-las-cosas/</link>
        <description><![CDATA[<p>El Día Internacional del Libro -¡hoy 23 de abril!- es la mejor excusa para acercarse a los libros sin miedo. </p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right has-secondary-color has-text-color has-link-color has-large-font-size wp-elements-94156b9ef6fa2137274c5826cc53bd57"><strong><em>Asegúrate de llevar siempre un libro metido en tu cabeza.</em></strong></p>



<p class="has-text-align-right has-secondary-color has-text-color has-link-color has-large-font-size wp-elements-909800107cb172cc01a6d1aae9914549"><strong><em>Para ser lector, solo se necesita una cosa: saber leer. Y ni siquiera, porque en el peor de los casos alguien te puede leer.</em></strong></p>



<p class="has-text-align-right has-secondary-color has-text-color has-link-color has-large-font-size wp-elements-03ec5d718f27d39c9ae8e9e0eccf10dd"><strong><em>Quisiera tener un poder para curarle a la gente la pereza de leer.</em></strong></p>



<p>Cuando no quiero escribir es porque tengo ganas de leer, y al revés.</p>



<p>Lo poco o mucho que sé sobre la vida se lo debo a los libros que he leído. Y leo de todo: literatura, biografía, historia, ensayo, cuento&#8230; </p>



<p>Lean lo que las plazca, pero lean. </p>



<p>El día que escuché esta frase de <a href="https://www.zendalibros.com/mario-vargas-llosa-lo-mas-importante-que-me-ha-pasado-en-la-vida-ha-sido-aprender-a-leer/">Mario Vargas Llosa</a>, de una me identifiqué con ella: <strong>“Lo más importante que me ha pasado en la vida ha sido aprender a leer”.</strong> En mi caso, se lo debo a mi abuela materna, que me enseñó las vocales y luego el abecedario completo. Con su mano dirigía la mía con amorosa paciencia, y así aprendí también a escribir. Tenía cinco años, ella 38.  </p>



<p>Se ama a los libros, del mismo modo que se ama a los autores favoritos. Son como amantes: los libros y los escritores.  En consecuencia, amo las librerías, templos sagrados de todo lector. Nuestro primer mandamiento podría ser: <strong>Amarás los libros sobre todas las cosas.</strong> </p>



<p>Invito a los profesores que me leen a que desarrollen un ejercicio de escritura creativa con los muchachos: hacer la lista de mandamientos del lector moderno. Sí me los envían por correo, prometo publicar los más originales en uno de los blogs que dedicaré a la Feria del Libro de Bogotá, FILBO 2025.</p>



<p>Tengo varias librerías <em>de segunda mano</em> entre mis favoritas. Escribiré sobre ello un día de estos.</p>



<p>No recuerdo mi primera vez, pero han sido muchas desde entonces. ¿Cuándo fue la última vez que entraste en una librería? Hazlo sin miedo. Acaricia los libros, siente su olor, como harías con tu amante. &nbsp;Ojéalos y hojéalos. Puede&nbsp;ser que no compres nada: Nadie te juzgará. Suficiente con que sepas que los libros no muerden y que existen unos personajes llamados libreros que, por lo general, son criaturas amables, dispuestas a compartir lo que saben, y saben demasiado.</p>



<p>Las charlas más maravillosas ocurren entre los buenos lectores y los buenos libreros. &nbsp;&nbsp;</p>



<p>Los libros tienen alma, así que los libros que uno ama son sus almas gemelas. Yo tengo un montón en mi lista. La encabeza “Cien años de soledad”, de Gabriel García Márquez. Es el único libro que he leído tres veces, y faltan más lecturas. Otro día contaré por qué lo considero como el mejor libro colombiano de todos los tiempos.</p>



<p>¿Saben algo? Debería constituir delito ser colombiano y no haber leído esa joya literaria, al menos una vez. O lo diré de otra forma: debe ser triste morirse sin haber leído algo de lo mucho que escribió Gabriel García Márquez.</p>



<p>El universo <em>garciamarquiano</em> es inagotable. ¿No sabes por dónde comenzar? Mi humilde consejo: Comienza leyendo “Crónica de una muerte anunciada”. Si no quieres leerlo a él, lee a otros autores colombianos. Apoyemos a los nuestros. </p>



<h2 class="wp-block-heading"><strong>Los libros tienen alma, así que los libros que uno ama son sus almas gemelas.</strong></h2>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1024" height="1024" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/04/23104759/ZETA-LIBROS-2-1024x1024.jpg" alt="" class="wp-image-114900" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/04/23104759/ZETA-LIBROS-2-1024x1024.jpg 1024w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/04/23104759/ZETA-LIBROS-2-300x300.jpg 300w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/04/23104759/ZETA-LIBROS-2-150x150.jpg 150w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/04/23104759/ZETA-LIBROS-2-768x767.jpg 768w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/04/23104759/ZETA-LIBROS-2.jpg 1080w" sizes="auto, (max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>



<p>Lee y contagia a otros con este virus. Los niños aprenden con el ejemplo: el bueno y el malo. Si te ven leyendo, más posibilidades habrá de que quieran volverse lectores. <strong>Si tienes poco tiempo para compartir con tus hijos, regala libros. Es una forma de felicidad, otro modo de compensar la ausencia.&nbsp;</strong></p>



<p>Un libro es el mejor amante que cualquier persona puede tener. Cuando alguien cae bajo su hechizo, le será muy difícil volver a ser el de antes. Es amor a primera vista&#8230; de página. El único apego saludable que conozco. Deliciosa dependencia. Bendita adicción. Un orgasmo de la mente, podría decirse.</p>



<p>Por lo general, llevo siempre un libro conmigo, porque nunca sé dónde me cogerán las ganas de leer.</p>



<p>Leo en el Transmilenio y en la fila del banco, o en el restaurante mientras pasa el diluvio. No es buena idea leer bajo la lluvia, pero sí bailar. Cuando haya Metro en Bogotá cumpliré una de mis tres mayores fantasías. No les cuento ninguna para que se cumplan.</p>



<p>El día que no&nbsp;leo me siento raro, incompleto, hambriento.</p>



<p>Quien ama los libros nunca está solo. Porque ese amante siempre está ahí, incondicional, disponible a toda hora, dispuesto a dejarse manosear. No entiendo cómo hay gente que puede vivir sin libros. </p>



<p>Me apenan tres clases de personas en el mundo: las que fuman (cualquier cosa que fumen); las que malgastan el tiempo y las que odian leer por la razón que sea. &nbsp;Con lo que invierten en cigarrillos durante un año o menos, yo dichoso compraría las biografías completas de Stefan Zweig. Si alguien me regala esa colección, me hará el hombre más feliz sobre lo que queda de la Tierra.</p>



<p>¡Cambien cualquier mal vicio por el vicio de leer, que en realidad es un gran placer! Y copien al ingenioso <a href="https://www.muyinteresante.com/curiosidades/10753.html">Groucho Marx</a>: <em><strong>&#8220;Considero que la televisión es muy educativa. Cada vez que alguien enciende el televisor salgo de la habitación y me voy a otra parte a leer un libro&#8221;</strong>, </em>decía. </p>



<p>¡Qué no daría yo por ser el dueño del tiempo que otros pierden! Porque con tanto que hay para leer, una vida no basta. Por eso, y solo por eso, me aferro, como melcocha entre los dientes, a la idea budista de la reencarnación. Las buenas personas y las personas a las que uno ama, lo mismo que los libros maravillosos que forman parte de nuestra biografía personal, hacen que la vida valga la pena, y soy de los que quiere repetir.</p>



<p>¿Los libros curan?, es una pregunta que se repite. No sabría qué responder. Pero puedo decir que son un antídoto para personas, como yo, que deben lidiar con la muchedumbre y la timidez. </p>



<p>Sí, lo confieso. Estoy enfermo de amor… de este amor loco por los libros, de esta enfermedad sin remedio, menos mal. No conozco al primero que haya muerto por semejante locura. &nbsp;&nbsp;</p>



<p>Si el sueño de Mario Vargas Llosa era hallar la muerte mientras escribía, me pregunto si el sueño de todos los lectores es morir leyendo. Me gustaría leerlos antes del fin.  </p>



<p>¡Feliz día de tus libros, querido lector! </p>



<p class="has-text-align-right has-small-font-size"><strong><em>Correo: alexvelasquezcolombia@gmail.com</em></strong></p>



<p></p>
]]></content:encoded>
        <author>Alexander Velásquez</author>
                    <category>Actualidad</category>
                    <category>Cura de reposo</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=114896</guid>
        <pubDate>Wed, 23 Apr 2025 18:44:29 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Amar los libros sobre todas las cosas]]></media:description>
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            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>Las estrellas son negras de Arnoldo Palacios, recepción temprana</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/pazifico-cultura-y-mas/las-estrellas-son-negras-de-arnoldo-palacios-recepcion-temprana/</link>
        <description><![CDATA[<p>En mayo de 1949 Arnoldo Palacios publicaba su novela “Las estrellas son negras”, anotando que los originales fueron a parar a la nube de cenizas que se levantó el 9 de abril de 1948 en Bogotá, de tal manera que el autor debió recomponerla de memoria y publicarla, para después abandonar el país y radicarse [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p>En mayo de 1949 Arnoldo Palacios publicaba su novela “Las estrellas son negras”, anotando que los originales fueron a parar a la nube de cenizas que se levantó el 9 de abril de 1948 en Bogotá, de tal manera que el autor debió recomponerla de memoria y publicarla, para después abandonar el país y radicarse en Francia. Considerada por muchos la primera novela afrocolombiana, no ingresó tan pronto al canon literario nacional, pese a la amistad que Palacios tenía con influyentes personajes de la cultura bogotana, como anota Gustavo Vasco en la edición de 2010, (Palacios, 2010) sin embargo, es de anotar que ésta tuvo una recepción temprana importante, y que el autor fue ampliamente querido por ese pequeño grupo de escritores y escritoras que animaban su reducido círculo en Bogotá, como el mismo Palacios lo reconocerá en posteriores escritos y entrevistas (Zapata, 2006).</p>



<p>La novela encierra una profunda voz de denuncia frente al aislamiento y abandono del Chocó, y en general del Pacífico colombiano, dado un centralismo rampante que no permitió ni ha permitido el reconocimiento real y verdadero de las otras colombias que habitan dentro de un mismo país. Irra, el protagonista, parece encarnar en parte al propio Arnoldo, el deseo de abandonar la ciudad que pareciera enmarcar toda la desigualdad de una nación, el desasosiego al no saber vislumbrar un futuro promisorio para él y para lo suyos, el rio Quito, que es el mismo Atrato, donde van y vienen penumbras en medio de soles candentes que parecieran alumbrar a unos pocos, no sin razón el protagonista cuestiona ese destino, afirmando que los hombres están determinados por las estrellas al momento de nacer, por eso afirma con marcada desesperanza: “<em>Las de ellos titilan eternamente y tienen el precio del diamante. Y la mía, Señor, es una estrella negra… ¡Negra como mi cara, Señor!” </em>(Palacios, 1949). <em>&nbsp;</em></p>



<p>Aunque “Las estrellas son negras” no ingresó pronto al canon literario nacional, es importante resaltar que esos importantes lectores formaban parte del mundo literario colombiano de entonces y que la novela tuvo una acogida temprana por parte de un grupo intelectual, si se quiere, tal y como sucedió con otros autores, cuyas obras quedaron en grupos reducidos. Quizá la primera apreciación critica la hace el maestro José María Restrepo Millán, rector del Externado Camilo Torres, donde Palacios culminó el bachillerato, parte de este texto es incluido en la solapa de la edición príncipe: “<em>Un libro que nos ha dejado temblorosos y anhelantes, por la hondura y la acumulación de su dramatismo; por el galopante interés de su narración; por la inmediatez de su materia prima; por sus terribles implicaciones sociales y políticas; por la modernidad y pungencia de su técnica; por la fuerte libertad expresiva de su idioma. En suma, por una congregación de seis cualidades muy marcadas y no previsibles, a lo menos algunas en grado igual, y mucho menos todas juntas, dentro del repertorio de la novela colombiana</em>.” (en Palacios, 1949).&nbsp;</p>



<p>Poco después de haber publicado la novela, Palacios emprende viaje a París, buscando quizá un futuro promisorio para un afrocolombiano enfermo de poliomielitis. En agosto de 1949, la escritora Elisa Mujica escribe una columna de despedida, anotando lo siguiente: “<em>Arnoldo Palacios se va a París. El hermano de Irra, el chocoano, recibe su oportunidad. Bien por Arnoldo”</em> (Mujica, 1949)<em>, </em>y después de anotar la importancia del viaje a una ciudad eminentemente cosmopolita, y de recordar el drama de la publicación y de la pobreza en que vivió en Bogotá, anota que el libro tuvo un éxito inmediato, que la edición se agotó en las librerías, que<em> “el país la recibía como algo que había estado esperando y que necesitaba para conocerse mejor</em>” (Mujica, 1949), sobre todo porque narra, según la escritora, con crudeza la realidad que habita en Colombia, un país hastiado de formulismos, reconociendo la fuerza de los personajes y de la forma como el autor logra retratar esas pulsiones.</p>



<figure class="wp-block-image size-medium"><img loading="lazy" decoding="async" width="300" height="182" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/03/13165236/arnoldo-palacios-con-zapata-certegui-choco-300x182.jpg" alt="" class="wp-image-112833" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/03/13165236/arnoldo-palacios-con-zapata-certegui-choco-300x182.jpg 300w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/03/13165236/arnoldo-palacios-con-zapata-certegui-choco.jpg 750w" sizes="auto, (max-width: 300px) 100vw, 300px" /></figure>



<p>El 31 de diciembre de 1949, en el Balance Crítico realizado por Interim (seudónimo), se lee: “<em>En la novela nueva debemos registrar el nombre y la obra de Arnoldo Palacios con su admirable “Las estrellas son negras”. Hay en Arnoldo Palacios una sorprendente capacidad de novelista. Movido y variado estilo, cualidades de observación, y sobre todo un poderoso sentido de lo humano, de lo cordialmente vivido, de lo visto y observado en un arduo caminar de dolor y de lucha. Arnoldo Palacios no es un aprendiz de novelista. Es un novelista en pleno dominio de sus capacidades intelectuales, y con una intensa vocación de escritor</em>.” (Interim, 1949).</p>



<p>En el Suplemento Literario de El Tiempo, dirigido por Jaime Posada, del 8 de enero de 1950, en la sección el mundo de los libros, se entrevista a varios de estos personajes preguntando acerca de cuáles consideran son los mejores libros publicados en Colombia en 1949, anotando que consideran la mejor novela la de Palacios, nada más ni nada menos que Hernando Téllez, Jorge Rojas, Guillermo Payán Archer, León de Greiff, Eduardo Carranza anota de la novela como “<em>una revelación</em>” (El Tiempo, 1950). Además, el 15 de noviembre de 1950, en la sección de Novedades literarias de El Tiempo, se anota que circulaba el número 39 de la revista Vida, en donde aparece publicado “La piedra del amor” de Arnoldo Palacios, lo que implica que hubo un seguimiento a la producción del autor chocoano.</p>



<p>En el periódico El Tiempo del 26 de junio de 1951 se anota que se está organizando una colecta en beneficio del autor residente en París, iniciativa del jurista Luis Carlos Pérez, esposo de la poeta Matilde Espinosa, amiga y mecenas de Palacios durante su estadía en Bogotá, se leí ahí: “<em>Las Estrellas Son Negras, una de las novelas más originales y vigorosas que últimamente han aparecido en Colombia</em>”, (El Tiempo, 1951) de donde se deduce que la novela tuvo importantes lectores.</p>



<p>Curiosamente, en 1954 se anuncia para octubre la edición de esta novela por parte de la editorial argentina “Nuestra América”, y se anuncia de esta manera: “<em>Una nueva edición. La 3ª de este jugoso libro de juventud. Una novela que pinta la desesperanza de la juventud negra de nuestro rico y ajeno Chocó, y describe en términos de un realismo apasionante el anhelo siempre inalcanzable de una raza que lucha para redimirse de los prejuicios sociales y de la explotación a la que es sometida</em>” (El Tiempo, 1954). Parece que no llegó a concretarse y al anunciar que es la 3ª edición pareciera un error de los editores, las 6 ediciones de la novela son las siguientes: <a>1949, Bogotá, Iqueima; 1971, Bogotá, Revista Colombiana; 1998, Bogotá, Ministerio de Cultura; 2007, Bogotá, Intermedio; 2010, Bogotá, Ministerio de Cultura; 2021, Bogotá, Editorial Planeta.</a></p>



<p>En la Francia de la postguerra, Palacios encontró lo que no encontró en su propia patria, un espacio y un lugar para encontrarse con quienes debatían ya el aporte del África al mundo moderno, de tal manera que inscrito en la Sorbona, tiene la posibilidad de codearse con autores europeos, africanos y antillanos que hacían esa meditación, sin dejar de sentir nunca en su piel, casi que espiritualmente, esa lluvia y esa agua tan propias de su tierra, de ese Chocó biodiverso y rico, en donde las voces viejas le narraban su propia herencia, donde los dioses primigenios negros, disfrazados en mantos de vírgenes y en estatuas de santos, seguían conduciendo su propio destino. Como lo menciona Oscar Collazos (en Palacios, 2010), es en París donde descubre sus raíces latinoamericanas, afroamericanas siendo más específicos.</p>



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<p>De París fue a Polonia, como una coincidencia el barco que lo condujo de Cartagena de Indias a Europa era polaco, ahí en 1950 fue el vocero de Colombia en el Congreso de la Paz, empapándose de las ideas socialistas y siendo un activista, lo cual le costó la beca en la Sorbona. Sin embargo, vuelve a Francia, y con esas coincidencias que marcarían su vida, en una calle lo detiene un hombre que había descendido de un coche, era un médico que dirigía <a>el Instituto de Poliomielitis de París,</a> enfermedad que aquejó al autor desde los dos años, sería sometido a una serie de cirugías que mejorarían en algo su movilidad.</p>



<p>Algunos de sus biógrafos anotan que en Francia se casó con una mujer de la vieja nobleza francesa venida a menos económicamente. Tuvo cuatro hijos. Recorrió gran parte de los países de la entonces llamada Cortina de Hierro. Hizo importantes amistades en Francia, y en 1975, junto con su esposa Beatriz creó la “Fundación Palacios”, que en 1988 entregó el Primer Premio Omar Khayyam a la escritora rusa Katia Kranoff, premio que según nota de prensa de El Tiempo del 8 de octubre de 1988 se entregaba “<em>a una personalidad abierta al mundo, que haya consagrado su vida al arte, al respeto de la naturaleza, a cultivar la amistad</em>”, y del autor chocoano anota: “<em>Arnoldo Palacios es un andariego. Quizá la rápida y vigorosa corriente del río Atrato le abrió los caminos del mundo. Desde sus orillas trepó a la altiplanicie bogotana; fue a las soledades de Islandia; estuvo en el atosigante Nueva York; fue a Roma y Moscú</em>” (El Tiempo, 1988).</p>



<p>Antes de emprender viaje a Francia, Collazos (en Palacios, 2010) anota que regresó a Quibdó, donde escribió relatos y una obra de teatro sobre Manuel Saturio Valencia, un abogado e intelectual chocoano, el último colombiano condenado a pena de muerte, por lo menos oficialmente, sin embargo, &nbsp;por las amenazas de bomba en el teatro por parte de los “blancos” de la ciudad, la función y la obra fueron suspendidas. Enrique Buenaventura (Mendoza, 1961), recordaría que en la pensión “Gandhi”, donde vivió, entre otros con Palacios, y bautizada así con sorna por las condiciones de pobreza, tuvo extensas y largas charlas con el autor chocoano, hasta el punto que decidió abandonar sus estudios en Bogotá e irse para Istmina, “<em>La Chocó Pacífico lo recibe como aceitero de una draga</em>” (Mendoza, 1961), esta característica de Palacios, de ser tan fluido verbalmente, obedece quizá a la herencia oral existente en el Pacífico, ya que al no haber modelos educativos formales durante tanto tiempo, su propia historia, sus mitos, sus leyendas, se transmitían oralmente, perviviendo aún la “décima cimarrona”, como un claro ejemplo de esa heredad oral.</p>



<p>Parece que pese al distanciamiento de Arnoldo al vivir en Europa, tuvo cercanía con sus amigos intelectuales colombianos, hasta el punto que Carlos Medellín (1961) al describir lo que el considera son los cuatro problemas de la cultura colombiana de entonces -desarticulación, inautenticidad, insularidad e impopularidad -, y al entrar al análisis de la literatura, anota: “<em>Una cultura literaria que los colombianos estimamos apegada a la tradición nacional y parte de nuestra idiosincrasia</em>”, y señala nombres reconocidos de poetas, novelistas y ensayistas, anotando al final: “<em>Ellos son y sus obras representan una cultura literaria, un compromiso actual, ¿respondemos a este?”,</em>&nbsp; y él mismo anota que se respondería que sí, anotando nuevamente nuevos nombres, entre otros: “<em>Osorio Lizarazo, Eduardo Zalamea, Arnoldo Palacios, García Márquez, Elisa Mujica, Delgado Nieto, Zapata Olivella y Eduardo Santa</em>” (Medellín, 1961).</p>



<p><strong>Referencias</strong></p>



<p>El Tiempo (1950, 15 de noviembre). Noticiero Cultural, p. 3.</p>



<p>El Tiempo (1950, 8 de enero). Arte y literatura en 1949. El mundo de los libros, p. 5.</p>



<p>El Tiempo (1951, 26 de julio). Se está organizando colecta en beneficio de Arnoldo Palacios, p. 2.</p>



<p>El Tiempo (1954, 24 de febrero). Editorial Nuestra América (anuncio publicitario).</p>



<p>Interim (1949, 31 de diciembre). Balance crítico. Perspectiva literaria de 1949, p. 3.</p>



<p>Medellín, C. (1961, 21 de mayo). Cuatro problemas actuales de la de la cultura colombiana: desarticulación, inautenticidad, insularidad, impopularidad. <em>El Tiempo, Lectura Dominicales, </em>p. 1-2.</p>



<p>Mendoza, P. (1961, 7 de octubre). El teatro en Colombia tiene un nombre: Enrique Buenaventura. <em>El Tiempo, </em>p. 11.</p>



<p>Mujica, E. (1949, 6 de agosto). El joven novelista. Despedida a Arnoldo Palacios. <em>El Tiempo, </em>p. 17.</p>



<p>Palacios, A. (2016). El señor Ecce Homo. Cali: Litocolor.</p>



<p>Palacios, A. (2010). Las estrellas son negras. Bogotá: Ministerio de Cultura.</p>



<p>Palacios, A. (1949). Las estrellas son negras. Bogotá: Editorial Iqueima.</p>



<p>Zapata, S. (2006, junio). Retrato de Arnoldo Palacios, <em>Revista Arcadia, </em>9.&nbsp;</p>



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        <author>J. Mauricio Chaves Bustos</author>
                    <category>Pazifico, cultura y más</category>
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        <pubDate>Thu, 13 Mar 2025 21:59:05 +0000</pubDate>
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