Mi Opinión

Publicado el Ben Bustillo

Clínicamente Muerto

Cielo

Sábado, doce y media de la noche, creo que llevaba como una hora de estar durmiendo después de haberme acostado como a las diez y media mirando la serie de televisión amigos “friends”, de la forma que me gustaba irme a dormir: con una sonrisa en la cara.

De pronto sentí un dolor agudo en el lado izquierdo del pecho que se extendía a la quijada y a mi brazo izquierdo. Nunca había sentido ese dolor tan fuerte. Me levanté apresurado y me fui a la cocina y me tomé dos aspirinas de 81 miligramos cada una. Las que tomaba a diario. Además, me di masajes en el área afectado por el dolor, llamé al 911 y pedí la ambulancia. Antes de irme a acostar para esperar los paramédicos, le quité la llave a las puertas del frente de la casa, y me orillé en mi cama grande.

En la espera, me remonté a vidas pasadas y cuando episodios rencorosos aparecían en forma de fantasmas, los desechaba como cuando me cansaba de las novias o mujeres imponentes con quien compartí espacios y amoríos candentes algunos y los otros apáticos que eran necesarios.

Cuando llegaron los paramédicos, inmediatamente me sacaron de la cama y me acostaron en una camilla. Yo pensaba que les hablaba y les decía “yo puedo caminar a la camilla, no hay necesidad de maltratarme.” Tan pronto me acostaron, comenzaron a darme respiración artificial, me pusieron los choques eléctricos cerca al corazón y bombeaban mis pulmones.

“Me acabo de tomar dos aspirinas”, les decía, pero el desespero de los tres enfermeros era tan obvio, y las llamadas constantes al hospital los tenían concentrados en lo que hacían que no me prestaban atención. Me sacaron corriendo de la casa, me subieron a la ambulancia, y la sirena comenzó a sonar rumbo al hospital.

Recuerdo cuando la visión que tuve con mi madre a los pocos días de haber fallecido diciéndome que no la dejaban pasar y necesitaba mi ayuda. Apareció nuevamente con su mirada fija y fría como témpano de hielo. La del viejo tenía cara de preocupación y alentaba a los uniformados para que llegaran al hospital rápido. Repetía con frecuencia, “no es tiempo todavía”, “no es tiempo todavía”.

El tiempo en llegar al hospital me pareció que habían sido segundos. Bajaron la camilla y entraron al cuarto de emergencia con la misma prisa y continuando el bombeo a mis pulmones y dándole masajes a mi corazón. Sacaron una inyección y la pusieron en mi pecho. Nunca les he tenido miedo y casi siempre no sentía dolor al aplicarla. Esta vez fue como si hubiesen penetrado un cuchillo rompiendo la piel y lo que encontrara en su camino a su destino. Reavivar mi corazón.

Cardiólogos, enfermeras todos a mi alrededor ansiosos de que reaccionara a todos los procedimientos que utilizaban, pero aparentemente no había más signos de vida.

Las palabras  “muerto clínicamente” resonaron como trompetas y tambores en el recinto hospitalario donde me encontraba, y el eco, formaba ondas que podía mirar como se transportaban en el espacio. De repente, comprendí lo que estaba ocurriendo. Había tenido un infarto cardíaco y me estaban tratando de resucitar, pero podía escuchar cada palabra, y acto de todos quienes estaban en el cuarto. Es más, creía que hablaba y les daba instrucciones o les decía lo que estaba sintiendo en cada proceso que ejercían.

Al final, el cuarto quedó vacío, y entró una enfermera en sus treinta y cinco años hermosa, de cuerpo esbelto y senos abundantes. Levantó la sábana que estaba a mitad de mi cintura rozando mi piel haciéndome sentir deseos carnales por ella, y cubrió mi cara. “Muerto clínicamente”. El silencio se hizo más pesado y en la sombría pesadumbre, traté de mover mis brazos para descubrir mi cara. “La enfermera lo que quiere es ahogarme”, pensaba.  “¿No sabe que sufro de asma?” “Estos carajos no saben nada y lo que quieren es explotar económicamente mi seguro médico”, me decía. Pero nada sucedía físicamente. Mi cuerpo inamovible parecía estar separado de mi pensar, porque todavía seguía razonando.

“Pero si estoy muerto, ¿dónde están los demonios o los ángeles?” Se suponía que tenía que ir a alguno de esos lados de acuerdo al residuo de las enseñanzas “cristianas” que todavía permanecían en las gavetas de memorias en mi cerebro. Esperando ver luces celestiales o infernales y que nada sucedía, las palabras que pensaba que había escuchado oír del viejo se repetían en el espacio vacío de mi mente: “no es su tiempo”. ¿Quién tenía la razón? ¿Los médicos? ¿El viejo?

Esta obsesión con la muerte creo que aumentaba con el pasar de los años y cuando la realidad de los años vividos se reconciliaba con la pasibilidad de lo próximo a acontecer. Pero al ver la imagen indiferente de mamá, su cara petrificada por el desdén y el apuro del viejo de hacer palpitar mi corazón que eran las cosas que ejercían posesión de mi pensar, decidí que no era tiempo todavía.

No veía a Dios ni al demonio. No encontré luces al final del túnel; ni el tan mencionado túnel aparecía por ningún lado. No luces especiales, no horizontes en perspectiva. Estiré mis piernas con el esfuerzo sobrenatural del querer continuar, moví mis brazos y removí la sábana sobre mi cara. Me levanté y encendí la luz que la enfermera hermosa había apagado – a lo mejor lo hizo para que no me molestara la luz – busqué mi ropa y comencé a vestirme.

Abrí la puerta del cuarto de emergencia donde me encontraba, y me dirigí a la recepción. Cuando el personal me vio, corrieron hacia mí queriéndome llevar nuevamente al cuarto frío donde la imagen endurecida había quedado ya que el viejo estaba a mi lado diciéndome, “vete a tu casa que ya estás bien”.

“Señor no lo podemos dejar salir porque usted acaba de sufrir un ataque al corazón y estuvo clínicamente muerto”. “Enfermera, prepare mi cuenta, aquí está mi tarjeta, cóbrese, porque me voy”. “Pídame un taxi también, por favor”. Sin más que hacer, firmé unos papeles, y salí afuera a esperar mi taxi.

“Tienen coraje, pensé, y que clínicamente muerto”, acaso ¿no estoy caminando? El taxi llegó, me llevó a la casa, me acosté en mi cama, y dormí el resto de noche que quedaba y parte de la mañana siguiente también. Mi rutina continuó, y pensé que el viejo, que había muerto hacía cuarenta y un años, sabía más que la bola de esos doctores y enfermeros.

Comentarios