Minería sin escape

Publicado el JD Angulo Argote

Desde el individualismo colombiano, lejos de ser una sociedad

Días, semanas y meses de encierro por la pandemia de la Covid-19, donde las comunicaciones eran frecuentes con los seres queridos a través de video llamada usando whatsapp o haciendo celebraciones de cumpleaños por zoom. Además, se escucharon muchas promesas de ser mejores antes de retornar a la vida normal y construir una verdadera sociedad. ¿Sociedad?

Las palabras se las lleva el viento, dice un sabio refrán. El colombiano carga y sostiene un grillete llamado individualidad y se resiste a pensar como sociedad. Muchas veces creemos y dentro de ese imaginario nos sentimos que actuamos como sociedad. Desde otros países, ellos como sociedad se expresan: ustedes son alegres, bullangueros, comparten en familia, son abiertos y espontáneos, al final, terminan alagándonos con la comida ¡qué sazón tienen!. Y ahora sacamos más pecho, por tener la mejor chef del mundo. Si ven, lo que hace el individualismo, manifiestan la gran mayoría de los colombianos, solita se hizo sin el concepto de sociedad y sin políticas públicas por parte del Estado, dejen de culpar a los gobiernos, quienes nos han gobernado no les interesa construir sociedad, cada quien que se defienda. ¿Entonces, para qué carajo votan?

Ahora pensemos desde el ámbito colectivo y social “trabajar en equipo”, de eso muy poco en Colombia. Por ejemplo: en reuniones cuando se comparte un tinto o café, se habla de tantas cosas desde la construcción colectiva, mucho se predica pero nada se aplica. Estas son las más comunes:

  1. Se imaginan a Colombia con un equipo conformado con los mejores ciclistas “escarabajos”, como usualmente los reconocen en el ámbito internacional, compitiendo en el Giro de Italia, Tour de Francia y la Vuelta a España. Si esto fuera así, la imagen del país sería colectiva, se identifican con los casos aislados como el de Egan, Nairo, Rigoberto, Superman López entre otros.
  2. Cuando se habla de lo económico nos enorgullece vociferar a los cuatro vientos de la riqueza y biodiversidad que nos brota, con un potencial minero único, rodeado de dos mares, que se pueden conectar de manera fluvial y férrea, estaríamos hablando de otro país, ¿cierto?. Lo extraño de todo, es que se quedan mirándose a los ojos, bueno ¿cuándo el departamento de Boyacá tendrá una empresa departamental que sea capaz de catapultar nuestros recursos naturales? para promover un proyecto de escala de gran minería con proyección mundial en diversificación y transformación de los recursos naturales (carbón, esmeralda, roca fosfórica, viento, energía solar, cemento y sus agregados entre otros) y así ser más competitivo y resiliente frente a los mercados internacionales. Al final de la conversación después de tantos tintos, sale el individualismo a relucir, no hay plata, no se puede, no es bueno tener una empresa estatal, la quiebran, mejor que lleguen otros “economías que trabajan como sociedad” y nos dejen las colillas (empleo, impuestos y regalías).

Más tarde cada individuo retorna a su casa después de arreglar el mundo de manera colectiva, donde se espera encontrar un ambiente social dentro de la familia, pero, para sorpresa, actúan de forma individual (en el mejor de los casos se encuentran divididos, dos caminos por recorrer). A esto se le llama comúnmente: hogares disfuncionales que le heredan a los hijos.

Actualmente en Colombia se habla de dos temas: las elecciones presidenciales (donde se piensa como individuo, más no como sociedad) y en la final de la Champions League que va jugar el guajiro Luis Díaz, muy raro que digan el colombiano “es un atributo al individualismo y regionalismo propio de nuestra creencia”. La individualidad colombiana de Lucho como se le dice al jugador de futbol, expresa lo siguiente: ¿cómo es posible que aquel niño pobre, que gracias a sus esfuerzos individuales, se convirtió en el mayor referente actual del deporte colombiano?, es donde el padre le expresa a su hijo, mire que él sí pudo y si usted también se esfuerza, solito lo va lograr.

También existe el ejemplo que no puede faltar en la mesa “familiar”, donde el padre menciona al empresario colombiano que se hizo a pulso, sin las herramientas que le brindan los países desarrollados a su sociedad, caso Canadá, Australia, Nueva Zelanda, los países nórdicos, los N1 (economías de primera generación del Asia) entre otros.

Estos lugares viven remando hacia un mismo sentido (sin tanto folklor de abrazos y sonrisas como es característico de la individualidad colombiana). Para ellos, prevalece el esfuerzo colectivo, aquellos que perciben más dinero, declaran más impuestos (no elusión, evasión y colusión), el objetivo es tratar de equilibrar la balanza de una sociedad.

Existe un indicador llamado el índice de desarrollo social o humano (IDH), el cual mide las políticas públicas de los gobiernos que luchan por la construcción social. Los primeros lugares del ranking 2020-2021 son ocupados por aquellos que piensan en sociedad, y de la mitad de la tabla hacia abajo, son los que se caracterizan por el actuar de forma individual. En  el top 5 tenemos: 1. Noruega, 2. Irlanda, 3.Suiza, 4. Hong Kong y 5. Islandia. En América Latina y el Caribe: 43. Chile, 46. Argentina, 55. Uruguay, 57. Panamá, 62. Costa Rica, 70. Cuba, 74. México y 83. Colombia. De 183 economías analizadas en el mundo.

Antes de acostarme converso con mi esposa y dentro de los temas que más nos asombran de nuestros coterráneos, siempre hablamos de dos: la ausencia de empatía (la cual ha calado con tinte de xenofobia y aporofobia con la migración de Venezuela) y el individualismo que abriga al colombiano, con este último, llegamos a la siguiente conclusión: “cada persona actúa de forma egoísta frente a sus creencias (el ambiente donde desarrollaron es crucial), dentro de su corazón es el yo, se niegan a pasar la página para avanzar, creen tener la última verdad y no están dispuestos a desprender para reaprender y así dejar el individualismo y construir sociedad, ni en sus hogares son capaces de hacerlo”.

 

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