Coma Cuento: cocina sin enredos

Publicado el @ComíCuento

Una “picada” de 6 millones de pesos

por: Mateo Viveros (@mateoviveros)

Lo primero que uno nota al entrar a un casino no son las luces ni las caras cargadas de frustración, tampoco la imperante soledad ni el dominio tiránico del pesimismo sobre cualquier otro pensamiento, no, lo primero que uno nota es el olor. Nadie sabe precisamente a que huele, de donde viene o si es a propósito, pero el segundo en que uno entra a un casino el olor lo engancha a uno y sin remedio queda uno interesado por ver que pasa mientras se reparten las cartas o cae una bolita en una casilla. El problema no es el olor en sí, sino lo que uno encuentra detrás de él.

Cuando se pasa por el espacio designado para las máquinas, las carreras de caballitos y ruletas electrónicas, uno se da cuenta de algo presente en los ocupantes de sus sillas, no es fácil entenderlo y muchas veces se le escapa a uno de las manos; cuando uno pasa por las luces, los sonidos optimistas y las conversaciones indiscretas se da cuenta de que ninguna de las personas que están ahí quieren escucharse a sí mismas. Al llegar a las mesas de Ruleta y de Blackjack, ese intangible se revela como algo más allá de una aversión por el silencio, uno se da cuenta de que un sentimiento impera sobre todo el lugar y que la gente está allá compartiendo su soledad mediante la tristeza del juego.

Hay pocas cosas que puedan parecer menos interesantes que sentarse a ver a otra persona ganar o perder en una mesa de Blackjack, pero en realidad es en esos momentos en los que uno puede ver los sentimientos más puros de personas que muchas veces temen mostrarse como son. La semana pasada decidí almorzar en un casino de Bogotá, almorzar en una mesa de Blackjack observando como la vida y los sentimientos pasaban en cuestión de segundos por la cara de mis compañeros de mesa.

La comida generalmente está asociada con el poder compartir la soledad, las familias salen a comer para poder cortar el silencio que parece invencible durante la semana, la comida es una gran manera de convencer a alguien de que debería enamorarse de uno y no de alguien más, es confortante en los espacios más complejos, acompaña a quien va a cine solo y se divide cuando una pareja decide ir espontáneamente a ver cualquier cosa que estén pasando. La comida nos une como culturas, nos divide por nuestros gustos y ha generado todo tipo de impacto en nuestra forma de pensar y de actuar. Es precisamente por esto que me intrigó ir a un sitio donde la comida parece ser irrelevante, donde se ve como un servicio necesario por parte del casino porque, como dijo uno de mis compañeros de mesa “tienen huevo si nos roban la plata y encima no nos dan alguito de comer”.

Close up picture of a typical colombian picada on white background

A las 3 de la tarde entré al sitio y me fijé que varias de las personas que estaban rondando las mesas se conocían entre sí, se molestaban constantemente por su apariencia, por como apuestan o simplemente porque sí, porque como no iban a molestar al que tenía un 20 y le sacaron una 21 con 7 cartas. Durante todo el tiempo que estuve allá ninguno de mis acompañantes comió al mismo tiempo que otro, era casi una regla tácita que cada uno comía solo, casi que segregado a una actividad mundana que los distraía de la tarea a realizar.

Mientras miraba a otras partes, vi cómo la gente comía sin ningún problema en grupo, como discutían los méritos del casino y su comida, como podían ver a la comida como algo que compartir y al casino como un punto más en una noche compleja. Al volver la mirada a mi sección parecía como si la gente que en verdad le importaba el juego no veía motivos para darle méritos a algo más, sorprendido decidí irme lo más pronto posible, pero no pude: uno de los hombres, que se había terminado un plato de alitas de pollo hacía segundos, acababa de perder una mano difícil mientras que para su compañero, quien comenzaba a devorar una hamburguesa al otro extremo de la mesa, la mano había sido la cereza de un pastel de ganancias que le había durado horas. No me pude ir porque el caballero de las alitas de pollo se dispuso a contar una historia, explicaba como una de las primeras veces que había llegado a un casino terminó arrepentido, comenzó ganando en la ruleta, caían sus números de forma inexplicable y su suerte parecía inacabable, después pasó a las cartas y los números le seguían dando la razón. Como era de las primeras veces que iba, no había descubierto del todo que el casino no es un sitio para tener amigos sino para compartir tristezas y desesperaciones, así que estaba esperando a un amigo para ir con él a comer picada a un sitio al lado de donde estaba. La historia tuvo muchas turbulencias tanto gastronómicas como de azar, pero ninguna fue tan relevante como la última frase que dijo, justo mientras su contraparte se terminaba la hamburguesa: “al final mi amigo llegó 40 minutos tarde, y el chistecito de la picada me salió en 6 millones de pesos, desde entonces no he vuelto a comer esa maricada”.

No me había podido ir porque la actitud de quien contaba la historia me dejó pasmado, pero después de pensarlo siento que esa historia muestra perfectamente porque los casinos son hogares para los desorientados, perdidos y vacíos. Si uno mira a una picada y piensa que puede ser la culpable de haber perdido 6 millones de pesos en un casino, es muy jodido vivir la vida tranquilamente.

Comentarios