En algunas zonas de Boyacá crecen, salvajes, las maravillas. Como la mayoría de iridáceas (iris, gladiolos, etc), la tigridia pavonia es originaria de América y más específicamente de ciertas zonas montañosas de Centro y Sudamérica. Su flor, increíblemente llamativa, viene en muchos colores: blanca, roja y anaranjada con manchas atigradas o jaspeadas. Llamada también tulipán, flor de tigre o flor de un día, la maravilla es apreciada por los más expertos horticultores por su belleza, aunque la corta duración de su floración, aunado al hecho de que estas plantas prefieren la feracidad y los campos incultos a la tierra fértil y los jardines esmeradamente cuidados, la han ido relegando al olvido. Antaño hacia parte del paisaje campesino de Moniquirá y Villa de Leyva y era común verla en los campos del Valle de Tenza; muchas huertas de Cundinamarca también se adornaban con maravillas… no en vano es la flor del municipio de Gachetá.

La flor de la maravilla
La flor de la maravilla

Pero la maravilla no adquirió semejante nombre únicamente por la belleza de su flor y su efímera duración. La maravilla adquirió su nombre porque sus bulbos son un manjar y han hecho parte de las tradiciones gastronómicas de muchos pueblos y sociedades de América Latina desde tiempos prehispánicos, y Colombia no es la excepción. Colombia es el país de las maravillas. Por muchos siglos fueron parte de la dieta básica de muchos de nuestros pueblos, habiéndose convertido en patrimonio culinario y cultural de las zonas donde aún se puede conseguir. Su sabor, textura y manejo son tan únicos y es un producto tan rico en historia, que es uno de tan sólo 36 productos colombianos referenciados por el Arca del Gusto de Slow Food.

El bulbo de la maravilla
El bulbo de la maravilla

Perdida ya para la memoria popular, atada únicamente a vagas referencias en archivos poco consultados, tesis académicas y alguna que otra receta olvidada en algún anaquel, el uso de la maravilla como parte del patrimonio gastronómico del altiplano Cundiboyacense se está perdiendo. Tan sólo perdura, aislado y remoto, en las tradiciones más íntimas y cotidianas de ciertas familias campesinas cuyas costumbres aún giran alrededor de sus mayores. Las abuelas y los abuelos, los viejos, preservan los hábitos alimenticios con los que crecieron, son guardianes del patrimonio culinario y gracias a ellos aún podemos conocer la maravilla. A pesar del escaso valor que se le da hoy en día, afortunadamente aún existen algunos jardines campesinos salpicados de maravillas. Jardines como el de don Hernando Suárez, en la vereda Llano Blanco, entre Villa de Leyva y Gachantiva. Fue don Hernando quien generosamente nos mostró primero los campos de maravillas.

Don Hernando Suárez
Don Hernando Suárez

Don Hernando aún las conserva – a pesar de que sus sobrinos y otros vecinos la consideran maleza inservible – pues fue criado con maravillas y hoy en día las prefiere a la yuca, la papa y demás bulbos, raíces y tubérculos andinos. Al enviudar hace unos años, por necesidad, don Hernando tuvo que aprender a cocinar para él mismo. Entonces recordó la comida de su infancia y las maravillas con las que las mujeres de su casa alimentaban a la familia. Sopas, potajes y huevos revueltos hacen parte de su recetario con maravillas.

Los bulbos desenterrados
Los bulbos desenterrados

Por estas razones, a partir de esta semana y con la presente entrada, en Coma Cuento abrimos una sección dedicada a la maravilla como forma de ayudar a su difusión, para aportar con su rescate y posible reintroducción. Por lo tanto, todos los martes compartiremos los avances de la investigación que desde el mes de junio estamos realizando con este extraordinario producto. #Paisdelasmaravillas

Maravillas y morcilla
Maravillas y morcilla

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