Yo veo

Publicado el Diego Leandro Marín Ossa

Se llama paz

Los colombianos asesinados esta semana en nuestro país ya sean líderes sociales o no, también eran seres humanos como lo somos nosotros, tenían una vida y personas que los aman, tan sólo esa es la principal razón por la cual merecían vivir, porque la vida es sagrada y nadie tiene el derecho de quitársela a otra persona.

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Y si pensaban diferente como muchas otras personas lo hacen a lo largo y ancho del mundo, como otros lo han hecho antes y como lo harán después, es porque pensar y expresar la diferencia hace parte del ser humano, más aún cuando se trata de alguien que padece la violencia, es víctima de un conflicto armado, o siente que sus derechos no se le respetan. Todos tenemos derecho a no estar de acuerdo con algo y a expresarlo.

Pensar y expresarnos diferente no nos hace X o Y cosa que merezca repudio, poner una etiqueta, afirmar que tal o cual es esto o lo otro como si todo se redujera a una frase, definirlo en una sola palabra que dice poco o nada de un ser, es el camino fácil e injusto para evitar debates, diálogos y acuerdos. Es imponer la ley del más fuerte por vías de la negación, la censura y la intimidación.

En relación con los asesinatos sistemáticos y selectivos que se presentan desde hace meses, nuestros gobernantes han dicho poco, casi nada, y en lugar de llamarnos como sociedad a reaccionar como un gran cuerpo social, algunos han criminalizado de nuevo cualquier expresión de diferencia, lo que además de ser temerario es irresponsable, tanto el gobierno saliente como el entrante solo usan palabras de cajón, por diplomacia, por protocolo pues no se han dado acciones contundentes para frenar esta masacre. Para no quedar muy mal ante los ojos del mundo rechazan y repudian la muerte, pero no hacen nada y nuestra justicia hace menos que nada.

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Todo esto, nuestra indiferencia, nuestro silencio, nuestra incomprensión y la falta de empatía de muchos colombianos, sirve de combustible a los mercaderes de la muerte, tanto a los determinadores como a los ejecutores, porque ellos: los que ordenan y los que disparan ya perdieron la esperanza, ellos se saben muertos vivientes, pasajeros amargos de un viaje sin propósito noble, un viaje del cual no tienen billete de regreso ni estación de destino, en su ser tienen un hueco profundo que creen que se llena con una palabra vacía, cualquier palabra que justifique sus actos de barbarie.

Pero no cuentan con que algún día todos nosotros seremos el pasado, y vendrán otros a hacer lo que nosotros como sociedad no hicimos, y habrá paz y justicia y sus actos tendrán menos sentido que el que tienen ahora.

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Ayer millares de colombianos recibieron en Bogotá a los jugadores de la selección colombiana de futbol, algunos de estos víctimas del conflicto, se veían felices y eso me alegra también. Y aunque no soy fanático del futbol, yo hubiera ido a recibirlos porque ellos son colombianos que triunfan y luchan por sus anhelos, pero además porque sufrí y me alegré con ellos en cada partido que jugaron. No fui porque vivo lejos de la capital y además mi ánimo por lo que pasa en el país no está en un buen nivel como para celebrar nada.

Regresaron las masacres, las amenazas y la intimidación como en la época joven de mis abuelos, de mis padres y de mis contemporáneos, y aunque nunca he militado en partido alguno, ni hago parte de algún ismo, también soy colombiano y me duele que esto ocurra una, y otra y otra, y otra vez. Y lo peor de todo es que nada cambia, si acaso los nombres y las coordenadas.

Cómo nos gustaría a muchos colombianos que algún día de manera espontánea y auténtica naciera en todos nosotros, cerca de 50 millones de colombianos, un sentimiento  tan fuerte y tan digno, que llenáramos las calles, las plazas, los estadios para celebrar la vida y rechazar la muerte, y acoger a las víctimas sin importar su región de procedencia, su raza, su oficio, su edad, ni su forma de pensar, ni su pasado.

Y que lo hiciéramos sin que un partido político, un movimiento religioso o un gobierno nos digan: piensen, sientan, hagan, vayan, a pesar de lo importante que es tener opciones políticas y religiosas en un Estado de derecho.

Que sólo por el hecho de sentir empatía con las víctimas, por su vida arrancada, por su futuro mutilado, nos uniéramos al menos en una emoción tan contundente que hiciera retroceder a los mercaderes de la muerte: a sus determinadores y a sus ejecutores, y hasta les hiciera temblar ya no de ira sino de miedo, porque en lugar de sentir en su piel y en su cerebro el poder que les da el regreso de la violencia a las calles y a las veredas, sentirían la manera como por toda la geografía humana estaría de regreso el amor y la esperanza, y ya no tendrían justificación alguna para su reino de muerte ante esta verdad tan contundente.

Lástima que no es así, seguimos pensando que esta guerra entre hermanos colombianos no nos afecta ni nos corresponde. Seguimos a la espera de que un árbitro extranjero haga justicia porque nosotros no sabemos que es eso.

Hoy nuestra capacidad de reconciliación, de debate y de acuerdo está a prueba, para nosotros y para el mundo.

Sentir el dolor ajeno como algo propio sin necesidad de insultarnos ni matarnos, es apenas el comienzo de un largo camino que se llama paz.

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