Lloronas de abril

Publicado el Lloronas de abril

Para que nada salga mal

 

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Federico Acevedo Ramírez. 

Me asusta decirle cuánto lo quiero. Él sabe que lo quiero, pero no conoce la verdadera dimensión.  A veces siento que lo amo más que a mí mismo y que sería capaz de dejarlo todo por él: una seña y suelto todo. Pero eso lo guardo para mí. No quiero que se sienta tan seguro y descuide esta relación, o peor aún que se vaya detrás de otro. La infelicidad del ser humano es su condena a desear lo que no tiene y yo no quiero que sienta que me tiene. Por eso no lo celo, hago de tripas corazón,  me muerdo el codo pero procuro no hacerle reclamos ni  pedirle mucha información.

Yo no puedo quedarme solo con todo este amor porque me mata. Lo que tanta felicidad me da puede convertirse en veneno de un momento a otro. Eso me asusta mucho y por esa razón quiero calcularlo todo, para que nada salga mal. Por ahora lo único que me sale mal es que a veces siento que lo quiero más que él a mí. Se lo he preguntado a quienes nos conocen: no tienen la misma percepción. Me tranquilizan, pero a veces pienso que quizás solo lo digan por eso, por tranquilizarme o por huirle a la imprudencia. Con esto de la prudencia, ya no sabe uno cuándo le dicen la verdad o cuando están siendo solo “correctos”, políticamente correctos. Yo no espero que me digan lo que quiero escuchar, yo espero la verdad. Al menos su verdad. Pero bueno, ese es un tema aparte. La cuestión es que me asusta estar dándolo todo, haciendo tantos esfuerzos, pensando cada detalle y que al final no quede nada. Al final no quedará nada de este amor, ni el recuerdo porque quienes lo atestiguaron también morirán. Pero antes de que llegue ese momento quiero que mi sentimiento permanezca correspondido.

En estos días lo llamó un hombre a las 8:00 p.m. Supuestamente  era un amigo de trabajo pero lo noté nervioso. Puede que sean ideas mías, el caso es que no le pregunté nada. Me tragué ese sapo. Soy consciente de que estoy siendo muy calculador, pero así me enseñó mi mejor amiga en la universidad. Una rubia voluptuosa que planea todos los movimientos de sus relaciones. Hay que decir que no le va mal, es ella la que se desencanta y los deja. Al menos no queda en esa horrible posición del abandonado: solo y sin saber qué hacer con tanto amor.

Cuando me angustio mucho llamo a mi amiga.  Ella siempre me recomienda el pensamiento mágico. “Un pensamiento mágico siempre ayuda”, me dice. Ese es el lugar común, recurrir a Dios, la virgen, los ángeles, deidades de cualquier tipo, energías y astros para que nos solucionen el problema. Le digo que nací sin la gracia de la fe, que soy muy racional, pero ella insiste. Si la relación se acaba, si me quedo solo con tanto amor y después de haberlo dado todo, pues el universo, según ella, me lo va a retribuir por otro lado.  Que nada se destruye, solo se transforma, que mi esfuerzo no se esfumará sino que cambiará de forma y me llegará de vuelta. Tal vez. Me suena un poco más. Aparte que pensándolo mejor, así sea o no cierto, sirve para seguir adelante. Si nos ponemos a pensar en el tiempo que hemos perdido y que podemos estar perdiendo, no haríamos nada, nos paralizaríamos. Yo, personalmente, siento que he perdido tiempo con mucha gente, con el colegio, con la universidad, con el trabajo, con todo. Podría haber llegado a este punto sin perder tanto tiempo. Pero por lo visto, la vida no funciona así. Hay que darle un orden a la mente y un sentido a la existencia.

No creo que la vida tenga más sentido que el que uno mismo le da. Lo que pasa es que preferimos dejarle esa responsabilidad al destino y a seres sobrenaturales. La libertad no es fácil, tomar decisiones es una tarea muy difícil. Por eso hay quienes prefieren la condición de subordinados toda la vida.

Que les digan qué hacer y cómo pensar, esa es la filosofía de muchos. Pero la mía definitivamente no. A mí me gusta pensar, diseñar mi propio juego y mis propias reglas. Esto claramente no garantiza la felicidad completa, si existe, pero al menos vivo de acuerdo a mi esencia y fiel a mí mismo hasta que deje de ser y regrese a la paz de la nada, para que nada salga mal.

 

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